viernes, 10 de julio de 2026

Delirante sociedad

Extraigo de la novela de Laura Retrepo lo que sigue entrecomillado para interpretar que es Colombia, nuestra Nación la necia de «esos palazos de ciego que ella va dando a diestra y siniestra simplemente por falta de ganas de abrir los ojos para fijarse por dónde anda». El bastón que le sirve para ir aporreando su realidad es el mismo bastón de mando patriarcal del «old money» Carlos Vicente Londoño, el que Agustina imagina y siente a través del tacto a ciegas de tantos penes en sus noches de vela paternal.

 

Este patriarcado, mutante desde los tiempos del cazador y peleador más hábil hasta estos de los acaparadores del capital, impone una estructura vertical en la que la masa de machos y sus patriarcalizadas mamis que no se hallan en la cima de la cadena canibalista compiten encarnizada y angustiosamente por trepar cada vez más alto, adonde llegan pocos. No se trata de “movilidad social”, se trata de arribismo. Cuando alguien logra superar la posición socioeconómica de la que proceden sus padres (más que de sus madres la importancia está en sus padres), el estrato, palabra que tanto dedipara a pobres como a ricos y a esa clase mierda que porque no es pobre se cree rica, se le suben las vibras y declara y manda neurolingüísticamente que «soy un auténtico fenómeno de autosuperación, un tigre de la autoayuda». En esta frase destaca además un individualismo que raya en egolatría y esta egolatría, socializada, se traduce en el desprecio de clase, el pordebajear a quienes sean inferiores de estrato. Lo dice Midas McAlister,  fielmente representativo del arribismo nacional: se debe «derrochar desprecio como arma suprema de control». Por eso el arribista desprecia y odia todo aquello que suponga nivelación social, bienestar general. Lo podrá admitir en los países de ese “primer mundo” que le encandila, porque le agrada la idea de sentirse igual a los blancos ciudadanos de esos países superiores, mas detesta que se le tenga por igual al montón de escoria patiotrasera de este país desde el que, por desgracia de nacimiento, aspira su ascenso hasta las cimas primermundistas del capital transnacional. En su educación está rumiar el odio contra todo lo que se oponga al sistema capitalista salvaje, sistema que es manifestación de la autoridad del patriarcado autocrático. Como Midas McAlister, el arribista colombiano nunca superará el complejo de inferioridad que le proviene de lo más recóndito del conocimiento de su estrato de origen, siempre inferior a lo que aspira. Inferior a los «old moneys», inferior a los adinerados del pretendido “primer mundo” blanco, en especial. Porque el arribista debe soterrar en su psiquis los siguientes valores patriarcales y no sólo tener la fe sino profesarla para, en la entronización de los más aptos de la especie por mandato de Natura o de entidades sobrenaturales, metafísicas en calidad de amos, de Pater Noster, ha de atraerse las oportunidades para trepar cada vez más: machismo, clasismo, racismo. Estos tres valores arribistas conducen indefectiblemente al fascismo, otra de las manifestaciones del patriarcado. Desde la inferioridad ante otros el arribista, aspirando ser parte de la clase que le desprecia, desprecia a quienes se encuentran en su propia clase. En el fondo es un desprecio a sí mismo mientras no llegue a situarse en la cima más alta, cada vez más alta, más esquiva, más exigente.  

 

El problema grave que enfrenta el individuo arribista es verse condenado a la condición de inferior por otros arribistas. Como el arribista intrínsecamente se acepta inferior a esos otros arribistas que están mejor ubicados socioeconómicamente (esto lo define la “tradición, familia y propiedad”), el arribista de abajo obra como lamesuelas de los arribista de arriba, de tal suerte que el arribista de abajo se somete ante los arribistas de arriba tanto que incluso cuando desde los arribistas de arriba se pregonan ideas fascistas que en vez de allanarle el camino a la prosperidad lo hunden más hacia los sótanos del anonadamiento socioeconómico, las apoya siempre con la obtusa mentalidad aspiracional de que tocando el manto de los arribistas de arriba va a sanar de su mal de inferioridad de estrato.

 

Delirio, la novela de Laura Restrepo, tiene material para darse gusto y disgusto echando cabeza.

 

 

Domingo José Bolívar Peralta

10 de julio de 2.026 c.g.