Extraigo de la novela de Laura Retrepo lo que sigue entrecomillado para interpretar que es Colombia, nuestra Nación la necia de «esos palazos de ciego que ella va dando a diestra y siniestra simplemente por falta de ganas de abrir los ojos para fijarse por dónde anda». El bastón que le sirve para ir aporreando su realidad es el mismo bastón de mando patriarcal del «old money» Carlos Vicente Londoño, el que Agustina imagina y siente a través del tacto a ciegas de tantos penes en sus noches de vela paternal.
Este
patriarcado, mutante desde los tiempos del cazador y peleador más hábil hasta
estos de los acaparadores del capital, impone una estructura vertical en la que
la masa de machos y sus patriarcalizadas mamis que no se hallan en la cima de
la cadena canibalista compiten encarnizada y angustiosamente por trepar cada
vez más alto, adonde llegan pocos. No se trata de “movilidad social”, se trata
de arribismo. Cuando alguien logra superar la posición socioeconómica de la que
proceden sus padres (más que de sus madres la importancia está en sus padres),
el estrato, palabra que tanto dedipara a pobres como a ricos y a esa clase
mierda que porque no es pobre se cree rica, se le suben las vibras y declara y
manda neurolingüísticamente que «soy un auténtico fenómeno de autosuperación,
un tigre de la autoayuda». En esta frase destaca además un individualismo que
raya en egolatría y esta egolatría, socializada, se traduce en el desprecio de
clase, el pordebajear a quienes sean inferiores de estrato. Lo dice Midas
McAlister, fielmente representativo del
arribismo nacional: se debe «derrochar desprecio como arma suprema de control».
Por eso el arribista desprecia y odia todo aquello que suponga nivelación
social, bienestar general. Lo podrá admitir en los países de ese “primer mundo”
que le encandila, porque le agrada la idea de sentirse igual a los blancos ciudadanos
de esos países superiores, mas detesta que se le tenga por igual al montón de
escoria patiotrasera de este país desde el que, por desgracia de nacimiento,
aspira su ascenso hasta las cimas primermundistas del capital transnacional. En
su educación está rumiar el odio contra todo lo que se oponga al sistema
capitalista salvaje, sistema que es manifestación de la autoridad del patriarcado
autocrático. Como Midas McAlister, el arribista colombiano nunca superará el
complejo de inferioridad que le proviene de lo más recóndito del conocimiento
de su estrato de origen, siempre inferior a lo que aspira. Inferior a los «old
moneys», inferior a los adinerados del pretendido “primer mundo” blanco, en
especial. Porque el arribista debe soterrar en su psiquis los siguientes
valores patriarcales y no sólo tener la fe sino profesarla para, en la entronización
de los más aptos de la especie por mandato de Natura o de entidades sobrenaturales,
metafísicas en calidad de amos, de Pater Noster, ha de atraerse
las oportunidades para trepar cada vez más: machismo, clasismo, racismo. Estos tres
valores arribistas conducen indefectiblemente al fascismo, otra de las
manifestaciones del patriarcado. Desde la inferioridad ante otros el arribista,
aspirando ser parte de la clase que le desprecia, desprecia a quienes se
encuentran en su propia clase. En el fondo es un desprecio a sí mismo mientras
no llegue a situarse en la cima más alta, cada vez más alta, más esquiva, más
exigente.
El problema
grave que enfrenta el individuo arribista es verse condenado a la condición de
inferior por otros arribistas. Como el arribista intrínsecamente se acepta
inferior a esos otros arribistas que están mejor ubicados socioeconómicamente
(esto lo define la “tradición, familia y propiedad”), el arribista de abajo
obra como lamesuelas de los arribista de arriba, de tal suerte que el arribista
de abajo se somete ante los arribistas de arriba tanto que incluso cuando desde
los arribistas de arriba se pregonan ideas fascistas que en vez de allanarle el
camino a la prosperidad lo hunden más hacia los sótanos del anonadamiento
socioeconómico, las apoya siempre con la obtusa mentalidad aspiracional de que tocando
el manto de los arribistas de arriba va a sanar de su mal de inferioridad de
estrato.
Delirio,
la novela de Laura Restrepo, tiene material para darse gusto y disgusto echando
cabeza.
Domingo José Bolívar
Peralta
10 de julio de 2.026
c.g.
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