sábado, 16 de abril de 2016

Una rosa es una rosa es una rosa...

"Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos."

"Quería que el lector se divirtiese. Al menos tanto como me estaba divirtiendo yo. Esta es una cuestión muy importante, que parece incompatible con las ideas más profundas que creemos tener sobre la novela." Cito al mismo Umberto Eco, quien a la manera de Edgar Allan Poe, escribió un texto que da cuenta de cómo y por qué escribió El nombre de la rosa, titulado Apostillas a El nombre de la rosa. La razón de esta cita se debe a que en la novela se debate con mucho ahínco y erudición sobre la risa. Jorge sostiene que Jesús jamás rió y que la risa es señal de banalidad, estulticia; necedad por la cual se resta importancia a lo que es importante. Hubo, donde trabajo, una reacción de uno de esos dignísimos abogados que, por castigo divino será, nos toca atender, cuando en chanza, por algo que me había dicho una compañera, yo le contesté "el man está vivo" (ya deben suponer qué clase de conversación tenía con esa compañera). El abogado intervino, sin haber captado el sentido de nuestra conversación, diciendo "¡Ah, sí, como dice el cura bandido ese de Santa Marta, que hasta pinta a Jesús riendo!". Aunque ese mismo día estaba transitando por los pasajes en los que se discutía sobre lo beneficiosa o perjudicial que es la risa, y había oído (más que leído, oído, con esa voz imponente suya) a Jorge de Burgos decir que Jesús jamás rió y escuchar sus argumentos en contra de la risa, y los argumentos de Guillermo de Baskerville defendiendo la risa y dando a entender que por su naturaleza humana Jesús bien pudo haber reído, y las intervenciones de los otros monjes envueltos en el debate (y las misteriosas muertes y actividades non sanctas al interior de la abadía), aun así, no quise, no tuve ganas de iniciar un debate con el indignado abogado. Me habría servido mucho lo que dice Eco: "Divertir no significa di-vertir, desviar los problemas", si la conversación, con astucia, yo la hubiera encaminado hasta este punto, algo no difícil de lograr frente a esta clase de profesionales del derecho. Sin duda, ese litigio lo ganaba yo; bastaba con mencionar personajes como Jaime Garzón para evidenciar lo serio que puede ser la risa, que hacer reír no necesariamente significa desviar los problemas o signo de estulticia, como dice Jorge. Claro, ese abogado no es Jorge de Burgos. Lectores míos, ¿no creen ustedes que Jorge de Burgos, recién recuperada la vista por el favor de Dios, se desbarataría los ojos como hizo Edipo si llegara a ver una de las camisetas de "el man está vivo"?, Ya lo veo, untando la Biblia del buen samario con aquella pócima secreta, para que el alma de ese hereje, blasfemo sacerdote coleto arda eternamente en el fuego eterno, soportando los peores suplicios jamás imaginados.

Finalmente, Eco logra vencer a Jorge de Burgos. ¡Que se vaya con su Aristóteles al Infierno el viejo loco! ¿Cómo es eso? No sé ustedes, pero yo, hermanos amadísimos, reí por montones leyendo esta obra, me divertí, porque en medio de los crímenes, el suspenso, las intrigas y la constante amenaza de la condenación eterna, e incluso de los sublimes arrebatos amorosos de Adso y las descripciones preciosas del paisaje circundante y la abadía, la obra está salpicada, en especial en momentos de alta tensión, de palabras, dichas o pensadas por los protagonistas, y situaciones cómicas. ¿Cómo no reírse cuando Ubertino intimida a Adso con sus apretones y miradas? ¡Adso, por Dios, Ubertino es un santo, no es Berengario! Aunque debo admitir que hay un personaje que me inquieta mucho y que, aun cuando me hizo reír también, me produjo mucha tristeza, por su vida tan llena de dificultades, por ser tenido como un monstruo. Me parece que a este personaje Rosseau lo podría presentar como ejemplo vivo de su célebre frase “el hombre nace sano, la sociedad lo corrompe”; porque si Salvatore es un monstruo, es porque en su periplo vital todos aquellos con quienes se tropezó contribuyeron a deformar su figura y su espíritu.

Cambiando de tema, sí, hermanos míos, eso hago para ganarme el pan (y apenas obtengo para medio pan), ejerzo un oficio muy antiguo: el de escribano, escribiente, transcriptor o, como se usa más en estos días, digitador. Claro, oficio que se hace ya no con pluma, tintero y papel sino con teclado, pantalla, impresora y ésta última si lleva la tinta y el papel. Así que, de alguna manera, estoy emparentado en materia de trabajo con los monjes del scriptorium. La diferencia mayor es que ellos, los monjes medievales que describe Adso, adoran su trabajo, sienten que hacen una labor muy importante (casi nada, conservar el legado de grandes filósofos, teólogos, poetas, alquimistas…) mientras que yo, a diario me enfrento con memoriales mal redactados, he imagino que Temis tiene los ojos vendados no por imparcial sino porque no quiere leer esos escritos, y de ahí el llamado “represamiento de la justicia”. Y hasta bastante falta les hace a mis clientes, los simples y los abogados (los simples con título), que Guillermo de Baskerville les dé unas clases de lógica, porque salen con unas marañas que ni ellos mismos se entienden.


¡Ah, hermanos míos, cómo me gustaría estar encorvado, en mi mesa, con la pluma en la mano, copiando un libro exquisito en un pergamino virgen, escuchar, por sortilegio de los signos gráficos, la voz de algún sabio! ¡Eso en vez de esta atroz realidad, estar encorvado, en mi mesa, con los dedos en el teclado, haciendo aparecer en la pantalla del computador, en letras, las palabras que me dice un mediocre, un simple!

miércoles, 23 de marzo de 2016

Consuelo/Aura: el amor órfico

Al traspasar el umbral de la puerta de la casa marcada con el número 815 de la calle Donceles, se ingresa a un ámbito ambiguo, mágico. Entramos con Felipe Montero, pero es otro personaje el que nos conduce hasta ahí, alguien que siempre le habla al opaco historiador de manera coloquial, con desparpajo familiar; no le dice usted, o vuestra merced, ni nada parecido, sólo le habla de “tú”.

Como una proyección de esa magia, quizás, este personaje misterioso sale de la casa; sale a capturar a Felipe Montero y se le presenta bajo la forma de oferta de empleo en un periódico cualquiera, y le habla, le persuade de que es a él, sólo a él, a quien va dirigido el anuncio. Desde ese momento, el tiempo deja de ser ese momento; ya no estaremos en el ahora, ni en el después con que la voz va desnudando el destino o devenir; la escuchamos en tiempo pretérito, legendario. Esta historia ha empezado mucho antes, y ese antes ha disuelto los límites, se ha fundido con el ahora y el después.

Entramos y nos encontramos con unas memorias inconclusas, las del general Llorente, que deben ser completadas por una mano, la de Felipe Montero, que tiene el mismo pulso de la mano que las había escrito. Esas manos, las de Felipe Montero, son las manos que Aura sentirá en su piel, las caricias del general Llorente en las capas de cebolla de Consuelo.

Estamos allí, en la casa donde los espejos son innecesarios porque para verse están las viejas fotos. La casa donde uno es el otro y ésa es aquélla. En esta casa la juventud se cansa y desaparece, pero a los tres días vuelve. En esta casa el amor persevera y, pecaminosamente, desciende como Orfeo, al exterior, y trae de vuelta, con éxito, a la persona amada en carne nueva, rescatándolo de la mediocre “realidad”. En esta casa el avatar es carne nueva, bella, parida por el deseo, reverdecida por la savia de plantas que crecen en la oscuridad y por ritos proscritos.


La casa número 815, antes 69, de la calle Donceles, se sostiene como forastera en el mundo de los aparatos eléctricos, iluminada apenas por velas y esa fantasmagórica luz que procede de su propia oscuridad. Está sitiada. Es una indeseable anacronía, no encaja con la positivista modernidad; pero la magia que habita la casa es capaz de romper el cerco. El sortilegio reaparece cuando lees ese anuncio… Estás embrujado.

viernes, 11 de marzo de 2016

¡Ay, qué desgracia!

Inicio por el principio. Recuerda a escritores como Nabokov, Kafka, Gabito, por esa tela de araña que tiende desde el primer párrafo. Coetzee lo logró, soy la mosca adherida a sus hilos sedosos. Empieza la nada desgraciada tarea de leer. Leo esas primeras líneas con una sonrisa cómplice.

Noto esa mano de cirujano, su escalpelo es la ironía, y la ironía es a su vez una fuerza capaz de moverse entre los distintos niveles que hay dentro de la ficción que ha construido J.M. Coetzee. La ironía se encuentra abundante en los discursos del narrador (estilo libre indirecto —corrección de Joaquín Mattos; había dicho, yo, narrador omnisciente— tiempo presente, tercera persona), en las palabras que David Lurie dice para otros o guarda para sí; aparece también en lo que dicen personajes como Lucy, Rosalind y hasta el pétreo Petrus. La ironía está presente no sólo en las palabras que se piensan y dicen o callan, se encuentra de manera explícita y… utilizaré la palabra “subliminal”, en las situaciones y en la naturaleza de los personajes. La vida es la más grande ironía. Dante Alighieri tituló a su obra cumbre La comedia. Pasado el tiempo, se le agregó una palabra al título y hoy se conoce más como La divina comedia. Con este libro Dante nos hace un recorrido turístico por el Infierno, el Purgatorio y el Cielo; en sí no es un paseo por un parque de diversiones. Dante usó la palabra comedia con connotaciones muy distintas a las de hacernos reír; la ironía es que ahora el título es irónico. Espero no haberme equivocado en estas doctas apreciaciones. Así, Desgracia es una novela irónica; el mismo título me parece una amarga burla de todo lo que sucede en sus páginas.

Para ilustrar lo que he dicho, confieso que casi revienta mi pecho una carcajada cuando leí esto, una frase cruel:

“¿Qué más dará que fuera en serio? Pasada cierta edad, todas las aventuras van en serio. Igual que los ataques cardíacos.”

Es David, respondiendo a una pregunta que le hace un colega sobre sus intenciones con Melanie. Ironía en mi risa, ironía en la misma forma en que David sorteó la situación.

No es menos irónico lo que le proponen sus colegas, después de haber sido David denunciado por Melanie: que se someta a “un curso de aprendizaje de sensibilidad.” ¡Ja! ¡A un hombre que imparte cursos de poesía!

He aquí otro momento jocoso, un diálogo entre David y Lucy. Rememorándolo, páginas más adelante, me revolvió el estómago:

“—¿No te pone nerviosa vivir aquí sola?
Lucy se encoge de hombros.
—Bueno, están los perros. Los perros todavía significan lo que significan. Cuantos más perros, mayor la disuasión. Y, en todo caso, si alguien decidiera asaltar la casa, no veo por qué iban a estar mejor dos personas que una sola.
—Caramba, eso es muy filosófico.
—Sí. Cuando todo lo demás me falla, me pongo a filosofar.
—Pero al menos tendrás un arma.
—Tengo un fusil. Voy a enseñártelo. Se lo compré a un vecino. Nunca lo he usado, pero lo tengo.
—Muy bien. Eso me gusta: una filósofa armada.”

La ironía es un arma eficaz para hacer crítica, para cuestionar. Valores, tradiciones y consensos que se imponen sobre la conciencia. El individuo —utilizaré esta palabra que David usa— emasculado por la conformidad. A su manera, David es un “antisocial”, o quizás el término más adecuado sea "asocial".

A partir de la ironía, se reflexiona sobre la vida, la reproducción, la vejez, la muerte. La inmortalidad del alma, la naturaleza del alma o el alma en cada ser de la naturaleza, el Arte y la paternidad-maternidad como vehículos para trascender la propia vida.

El final está a la altura del inicio: conmovedor hasta las lágrimas.

No es un final que cierre todas las situaciones. Deja abiertas las puertas en lo que concierne al embarazo de Lucy, a las intenciones de Petrus y Pollux (¡qué nombrecito para ese personaje!), la finalización de Byron en Italia, qué ha sido de Soraya o Melanie Isaacs…

Pero por encima de todo, es un final que deja a la vida seguir adelante, mientras la muerte tomará lo que a ella le corresponda.

¡Así que esto es el arte! ¡Así es como funciona! ¡Qué extraño! ¡Qué fascinante! No sé si hay algo digno de mención en todo esto.

viernes, 26 de febrero de 2016

Nunca como humanos (Granja animal)


“En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general.” George Orwell. La libertad de prensa.

Animal farm (Granja animal), Rebelión en la granja, para nosotros, hispanoparlantes latinoamericanos, condensa, en la versión digital traducida al español que conseguí (www.infotematica.com.ar), en una alegoría de 89 páginas, décadas de Historia. Tenemos claro que la idea de George Orwell, el autor de esta obra, era desenmascarar a Stalin y el régimen que impuso en la Unión Soviética, pervirtiendo los ideales iniciales del Comunismo.

Pero si uno se olvida de eso, aun mejor, si no lo llega a saber hasta después de leído el libro, encuentra que la fábula va mucho más allá; esta ficción de Orwell es reflejo de lo que, en todas las etapas históricas, ha sucedido cada vez que el ser humano ha intentado buscar una forma de organizarse comunitariamente. Siempre ha aparecido la figura del “caudillo” y de la clase dirigente, y éstos, como detentadores del poder, gozan de privilegios negados a la gran mayoría.

Hay algo que llama mi atención: Orwell hace énfasis en que son los más “inteligentes” quienes abusan de aquellos más tardos de entendimiento. Parece ser que la inteligencia humana está ligada a la perversidad humana. “El conocimiento es poder”, y quien tiene el poder hace lo que le da la gana con los demás. Mas ahí está el personaje del burro, quien es tan inteligente como los cerdos, pero su actitud nos deja con la duda: ¿es más inteligente o menos inteligente? Es un burro que sabe, que ha vivido, y la experiencia propia (y al parecer la transmitida por sus mayores) le ha impregnado el espíritu de cierto escepticismo y apatía; algo así como un estoico: “Únicamente el viejo Benjamín manifestaba recordar cada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca fueron, ni podrían ser, mucho mejor o mucho peor; el hambre, la opresión y el desengaño eran, así dijo él, la ley inalterable de la vida.”

Se plantea la injusta y cruel manipulación a los más ignorantes por quienes tienen más conocimientos, para beneficio de estos últimos. Así, los dueños del poder impiden que los ignorantes accedan al conocimiento, para seguirlos utilizando, y perpetuar sus privilegios.

Este sigue siendo nuestro anhelo, comunistas –capitalistas, anarquistas o nada de lo anterior–, esto es lo que la gran mayoría anhela: “Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil, como ella protegiera con su pata delantera a aquellos patitos perdidos la noche del discurso de Mayor.” Lástima que los “líderes” tengan esa maldita capacidad de convencer y deformar, y cuando tienen el suficiente poder, imponer.

La lectura de este libro, abre los ojos. Es actual, porque muchos de los métodos que usan los cerdos de Granja animal los usan los gobernantes habidos y por haber. ¿Una muestra? La zozobra sembrada en Estados Unidos, el mal representado en la barbuda cara de Osama Bin Laden, la permanente “amenaza terrorista”. Todo esto es tan similar a la permanente advertencia que hacía Squealer: “Seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?” La propaganda, el adoctrinamiento, la coerción…, todo esto se sigue implementando por los regímenes, sean estas solapadas dictaduras con sonrisa de democracia, de una clase privilegiada, o aquellas dictaduras absolutistas a las que no les interesa aparentar la forma de gobierno real. Al fin de cuenta, todos los gobernantes, de todos los sistemas políticos, posan sus culos sobre el pueblo, mientras alegan que lo hacen por el bien común.

Hasta que el hambre, la rabia y la indignación vuelvan a hacer la rebelión, y otro suba a dirigirla.

Domingo José Bolívar Peralta

26 de febrero del 2.016

jueves, 18 de febrero de 2016

De zonas muertas y zonas matadoras

John Smith es un nombre que nada dice, un Juan Pérez entre nosotros, los hispanohablantes; un nombre que hasta se puede tomar por ridículo o que debe de ser falso si alguien se llega a identificar con él, por ejemplo, para comprar armas de fuego. Este es el nombre del héroe de La zona muerta, novela de Stephen King.

Pero este John Smith no es un tipo corriente, él tiene un don (o maldición: ¡cuánto le pesa!), y al decir de su madre, Vera, una misión encomendada directamente por el dios extravagante que ella supone; una variante del dios de los judíos, cristianos y musulmanes, matizado con ciertas ideas de viajes interestelares en platillos voladores conducidos por ángeles.

Pero no contaré la novela, no haré un resumen para malos lectores. Me limitaré a expresar lo que he recogido de esta obra, mis conclusiones (no absolutas) e inquietudes.

En primer lugar, creo que el trasfondo de la novela es el “plan divino”, la manera en que un supuesto dios lo ha dispuesto todo y maneja las fichas de su juego solitario. Stephen King expone en su libro unos hechos que nos hacen tambalear ante la idea de semejante dios, su naturaleza y los objetivos de su plan inapelable. Si, citando a Juan Rulfo, “la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad”[1], la ficción literaria de este escritor nacido en Portland (Maine – U.S.A.) nos revela que la historia de la especie humana en general y de cada individuo de la especie humana en particular, dan la impresión de locura, absurdo, inestabilidad: la creación de un dios esquizofrénico.

Hay varios factores de la realidad de los Estados Unidos de América, que Stephen King examina haciendo uso de su imaginación, de las herramientas que le ofrece el Arte de la Literatura; hace un recorrido por diversos momentos de la historia de su país (más que todo de las décadas de 1.950 a 1.980), en donde se tocan aspectos de la religión, la política (incluyendo la parte diplomática y la militar), la economía, las costumbres y prejuicios de la sociedad norteamericana, especialmente de los estados de la zona de Nueva Inglaterra.

En cuanto a política y economía, que es (precisamente no como buen ejemplo) arquetípicamente una sola cosa en el sistema capitalista estadounidense (invasión de territorios y pagos “compensatorios”, los Kennedy, Donald Trump...), la caracterización de personajes corruptos que entran al juego del poder valiéndose de todo tipo de artimañas, deslegitiman el concepto de democracia, tan venerado en este país. King hace sus observaciones sobre la manipulación, el engaño, las componendas que manejan los individuos con inmensas ambiciones de poder. Plasma con claridad cómo un tipo deshonesto, como funcionario público, mediante la práctica de programas que resultan beneficiosos a una comunidad, puede hacer creer que es una persona honrada, mientras por debajo de la mesa maneja negocios sucios valiéndose de su cargo; programas que a la larga no resultan ser más que otros negocios ocultos de los corruptos, dañinos para las comunidades, y una forma de ascender en sus aspiraciones de poder gracias a la fachada de pulcritud y servicio a la población. Asimismo, el autor usa al narrador u otros personajes para hacer observaciones sobre los electores y sus motivaciones para inclinarse por tal o cual aspirante a cualquier cargo de elección popular, sobre la dinámica electoral bipartidista en donde es muy raro que una persona por fuera de los partidos Republicano y Demócrata pueda ser elegido para uno de estos cargos (cosa que restringe los idearios políticos, las opciones de los votantes).

Entroncado con lo político, se encuentran los conservadores conceptos religiosos. La satanización del comunismo, mediante la propaganda desde los estrados y los púlpitos; la prensa y los folletos; la radio, la televisión y el cine. Cualquier discrepancia con el sistema capitalista y cuestionamientos a las doctrinas cristianas (o más bien a la creencia en Jesucristo), se calificaba inmediatamente de amenaza comunista. La paranoia macartista, aún presente en el gringo; sobre todo en el gringo rural, el “red neck”.

Las costumbres y prejuicios de la población rural y de las pequeñas ciudades no han variado mucho, según lo presenta el escritor. Hay cierto dejo faulkneriano, porque se encuentran personajes adoloridamente religiosos, racistas, conservadores. La avanzada de los años del rock and roll muestra dos caras, ambas despreciadas (y esto también me recuerda aquella película: Easy Rider): los violentos grupos de motociclistas y los hippies pacifistas; todos drogadictos, mechudos, sucios y vulgares pecadores: escoria de la nación.

De todo esto, parece que los U.S.A. de los tiempos en que está ambientada la novela, no distan mucho de los U.S.A. actuales en cuanto a lo religioso y lo político. Los cambios que introdujo en el “american life style” la revolución cultural de los años sesenta y setenta del siglo pasado, se dieron más bien en las grandes ciudades y en algunos estados (California, en especial, desde donde se nos vitrinea un país muy liberal).

Y el gran dios, ese personaje que está presente en toda la obra, más distante y omnisciente que el narrador, es el personaje que ha quedado sin resolver.



[1] Miguel Díez R. El cuento literario o la concentrada intensidad narrativa (ensayo).

viernes, 29 de enero de 2016

Luz mortecina




“Todo hombre tiene el privilegio de destruirse a sí mismo siempre que no haga daño a nadie, siempre que viva para sí mismo y de sí mismo”, reflexiona el repudiado reverendo Gail Hightower. Pero sucede que este privilegio de destruirse a sí mismo también es negado a los individuos, por la religión, la sociedad e incluso el Estado. Además, no hay ser humano que al hacerse daño a sí mismo no haga lo que en el argot militar se conoce como “daño colateral”, porque hay personas que se verán afectadas, mortificadas.

En cuanto a vivir de sí mismo y para sí mismo, sólo un extremo anacoreta podría lograrlo. Al vivir en sociedad, el hombre es parte de un tejido asaz intrincado; su vida está atada a las vidas de otros hombres. Sería absolutamente necesario no tener ningún tipo de contacto con otros seres humanos, vivir en un aislamiento total; porque al relacionarse un individuo con alguna persona, se estaría generando un vínculo que le impediría vivir plenamente para sí mismo. Tanto así que incluso no debería acoger ninguna mascota, para evitarse el vivir también para esa mascota. Se trataría de alguien que no tendría cultivos ni ganado de ningún tipo, un solitario cazador-recolector.

Aunque, a pesar de estas consideraciones, al final de cuentas se pueda decir que sí estamos solos, si nos atenemos al solipsismo. En este punto, me permito transcribir un aparte encontrado en la Enciclopedia Encarta, donde se estudia la obra El ser y la nada, de Jean Paul Sartre:

“La conciencia como ser para-otro y como libertad

Hay que entender la existencia del otro a partir de la estructura ontológica del para-sí, que Sartre llama el para-otro, y que estudia en la tercera parte de El ser y la nada. Ni René Descartes ni Edmund Husserl supieron mostrar la necesidad que tenemos del otro, condenándonos al solipsismo, es decir, a la soledad absoluta, pues para ellos la relación con el otro es secundaria, derivada y únicamente fundamentada en el conocimiento. No obstante, ya que la única salida que tiene el para-sí es el cogito, es preciso que el cogito de la existencia del otro se confunda con mi propio cogito. Es lo que nos enseña la mirada del otro y, más particularmente, esa relación con respecto al otro que constituye la vergüenza, a la que Sartre consagra un largo análisis. En efecto, sólo puedo sentir vergüenza bajo la mirada de otro, y mientras escapo a su mirada no soy más que mis actos: es esa mirada la que me da una exterioridad y me confiere una naturaleza. No puedo tener conciencia de mí, en el sentido de una conciencia reflexiva, sino a través del prójimo. ¿Cuáles son entonces mis relaciones concretas con el otro? Según Sartre, adoptan siempre, como bien lo vio Hegel, la forma de conflicto: existe una “dialéctica de las miradas” en la que soy mirado y “cosificado”, reducido a la esclavitud, al mismo tiempo que estoy mirando, aunque mis tentativas por apoderarme de la libertad del prójimo (amor, masoquismo, odio, sadismo) estén condenadas al fracaso.”[1]

Gail Hightower, Byron Bunch, Lena Grove, Joanna Burden, Joe Christmas e incluso Joe Brown (Lucas Burch), en de Luz de agosto, de William Faulkner, se nos presentan como personajes solitarios y autodependientes, por el hecho de mantenerse de una u otra forma al margen de la sociedad, viviendo a su modo, y ciertamente autodestructivos, mas no llegan a cumplir con las condiciones que el primero de los enumerados meditara. Sucede que son piezas de un rompecabezas, un espléndido rompecabezas que William Faulkner va encajando pieza por pieza ante nuestros ojos lectores, hasta revelarnos por completo un tiempo y un espacio conformado por los hechos objetivos y la subjetividad de los personajes, y en esta visión total, un punto en donde se encuentran las historias personales, los caminos recorridos, entre los cuales se resaltan los itinerarios de Lena y Christmas. La caracterización de los personajes más importantes, incluso de algunos secundarios, está lograda con suficiencia gracias a técnicas que usa el autor como el monólogo interior, yendo más allá porque nos enteramos de lo que sucede en la mente de los personajes aún cuando éstos no son plenamente conscientes de lo que están pensando.

Individuos que hacen daño incluso sin pretenderlo, y a su vez han sufrido por su propia pretensión de aislarse o integrarse a la sociedad, de unirse sentimentalmente a otras personas. Es como si se nos quisiera decir que la felicidad total no existe, que no somos capaces de liberarnos de nuestras taras, las cuales se suman al colectivo y por tal razón siempre estamos batallando contra la violencia, la discriminación, los prejuicios... Sólo Lena, con su obstinada búsqueda y actitud entre estoica y esperanzada, con un bebé abandonado por su padre, quizá brinde al final un poco de consuelo, al encontrar a un hombre dispuesto a conformar una familia con ella y su bebé. Sin embargo, no nos confiemos.



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martes, 19 de enero de 2016

Cogito, ergo sum*



Dioses y creaciones: Bioy Casares y Morel


“Si, como se afirma, no existe una clara línea divisoria entre el sueño y la vigilia, pasamos por el mundo con el sonambulismo de los fantasmas, tema que Borges supo inculcar asiduamente.”

Jaime Jaramillo Escobar. Método fácil y rápido para ser poeta, Tomo I. Pág. 166.

Si nombro a Borges, es porque Bioy Casares se lo buscó al dedicarle “La invención de Morel”, porque –me parece– la dedicatoria no es sólo por la amistad que hubo entre los dos sino por el argumento y la trama del ¿cuento largo o novela corta? Empecemos por dilucidar esto.

Hay dos posturas al respecto, debatidas en el Clan de Lectura Crítica de la Biblioteca Piloto del Caribe (Charran-kill-a), al que tengo el orgullo de pertenecer. Por una parte están quienes arguyen que se trata de una novela corta, y se fundamentan en que esta obra no tiene un único tema sino que se encuentran subtemas en la narración, historias adyacentes a la historia principal.

La segunda posición dice que es un cuento largo por la concisión del lenguaje, porque no se encuentra en ella los típicos rodeos de las novelas y no ve en los diferentes acontecimientos que se narran más que una sola historia que se ha dilatado un poco por lo compleja que es la idea, no principal sino única idea, en la que se basa.

Me adhiero a los primeros. Encuentro, por ejemplo:

1. El prófugo narrador, siempre angustiado, temeroso de ser encontrado por unos supuestos perseguidores, y cuyo crimen no se nos revela.

2. Los amores no correspondidos, el de Morel y el narrador, a una misma mujer: Faustine.

3. La creación de la máquina y sus consecuencias para los “fantasmas” de la isla.

En todo esto, hay un componente que sustenta el relato: la especulación sobre lo que es real y lo que no. El narrador, incluso llega a dar la impresión de verse víctima de una ficción patológica: delirio de persecución. Los “fantasmas” de la máquina de Morel, que son algo semejante a una proyección cinematográfica en tercera dimensión –aunque muy superior a eso–, no se dan cuenta de su real existencia como productos de un artilugio, una invención, y sólo en el momento en que repiten la escena cuando Morel les revela lo que ha hecho, se genera una situación que es el clímax de la novela.

Una idea infinita de ojeras y cuartos acolchados.

Cabe preguntarse: ¿será que los personajes de los libros viven en su universo de grafías sin saber que son creados y deben su existencia a una inteligencia –no digamos superior, porque no lo es– llamada escritor? ¿Somos nosotros un sueño, como especulan desde hace siglos algunos pensadores; sueños que a su vez sueñan? Borges y Bioy, compadritos de algún arrabal de Buenos Aires, imaginaron, soñaron –a la manera de Kublai Khan y Marco Polo– que son dos grandes escritores, y nosotros, los lectores, consecuencia de este ejercicio de la imaginación.

La invención de Bioy Casares, como literato, Creador, es portentosa. Y es un maestro de la concisión, la frase bella en su economía de palabras. El uso de la puntuación, magistral; punto y comas acertados que contribuyen al juego del suspenso, de la expectativa; la aclaración que deja algo más para decir luego, y se dice luego.

*La sentencia es de René Descartes, quien concluyó que lo único que el individuo puede afirmar con certeza es su propia existencia.