domingo, 7 de agosto de 2016

El Poeta, el hombre y el teólogo


Al final del Canto XVI del Infierno, Dante llama “Commedia” a sus memorias de su paso por los reinos de ultratumba, y se dirige a mí, directamente, “lettor” me dice, y me jura, amonestándose a sí mismo, por lo inverosímil, por la “apariencia de mentira” de su relato, que lo que ha cantado, es cierto, fue una experiencia real, y que no dude de la verdad que me dice cuando habla del monstruo gigantesco que aparecerá, digamos al llamado de su guía Virgilio (un Virgilio que pudo haber de algún modo inspirado la creación de Clemente Silva, el rumbero, de las selvas amazónicas de La vorágine de José Eustacio Rivera, obra de la que es inevitable pensar que se relaciona con La comedia del poeta florentino).
Recurso éste de gran valía por el fondo de su obra, su carácter estético, teológico, moralizador y político, y la época en que fue escrita, en los años 1.300, cuando el Vaticano mandó (mezclando poder religioso con poder político y económico). Hablar así al lector, desde la Edad Media, es impactante para el lector pos pos pos moderno; acerca al autor mucho más al lector, me lo pone aquí mismo, a mi lado, vivo, aunque sus restos mortales ya no sean más que polvo en el polvo. Como lector, siento que la conversación con Dante cobra fuerza, actualidad; el lector activo, gracias a que Dante lo incluye en sus reflexiones, le pellizca para que siga con atención la obra, es capaz de cuestionar al escritor y éste a su vez responderle a través de las mismas preguntas. ¡Y hay que ver que a veces uno empieza a echarle en cara algo a Dante cuando líneas después él te da una razón de lo que tú creías que no sabría él responderte! La obra, de este modo, no es estática, se mueve, se recrea en cada impulso electroquímico de donde saltan las ideas, la misteriosa región esa, aún más inexplorada y de seguro más tremenda que todos los ámbitos y más traslúcida que los personajes presentados por Dante.

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“[…] ché, seggendo in piuma,
in fama non si vien, né sotto coltre;

sanza la qual chi sua vita consuma,
cotal vestigio in terra di sé lascia,
qual fummo in aere e in acqua la schiuma.”

Infierno, XXIV, versos 47 al 51.

Estos versos, traducidos: no se alcanza la fama reclinado en blanda pluma y bajo cubierto (¿colcha?); y el que consume su vida sin gloria, deja en pos de sí el mismo rastro que el humo en el aire o la espuma en el agua.
Son palabras que dirige Virgilio a Dante, para que se mueva y continúe el viaje. Supongo que estos versos los escribió el escritor Dante para espolearse a sí mismo, en un momento en que sintió el peso de tan magna y ardua empresa, peso como las vestimentas de los condenados en el foso del que el personaje Dante acababa de salir, porque escribir esa obra ha debido ser muy fatigoso, mas desde que emprendió su tarea, las miras de Dante estaban puestas en dar al mundo la mayor obra poética de todas cuanto había habido, y habría, tal vez, y estaba seguro de que esa obra lo haría merecedor, ella sola, de un lugar destacado en el Parnaso. Así que por muy exigente que fuese la escritura de su Comedia, debía terminarla para que su fama trascendiera tal como la del griego aquel a quien los otros poetas del Limbo reverencian. Esto es existir en el mundo como un espíritu que se fortalece, que es real, cada vez que se le recuerda, menciona y cita. Estas altas aspiraciones del Poeta son posibles “cuando a la intención y a la fuerza se une la superioridad del entendimiento”.


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“Con que puedes ver cuánto es engañosa
la ilusión del mortal que considera
que es todo amor en sí laudable cosa.”
Purgatorio, Canto XVIII (traducción del Conde de Cheste).

“La sustancia tal vez puede primera
ser buena siempre; mas no siempre el sello
sale bueno, aunque impreso en buena cera.”
Purgatorio, Canto XVIII (traducción del Conde de Cheste).

Y a todas estas, “Dios es amor”.
Buenas o malas pasiones: son de carácter innato, infusas. ¿Quién nos las infundió? Hay una llave, la del discernimiento de las buenas y malas pasiones. Del uso de esa llave depende que se opte por unas u otras, es decir, del buen o mal uso de la razón. El optar es el requetemachacado libre albedrío; sin embargo, se nos dice que la razón no es suficiente, lo que la complementa para hacernos merecedores de la “gracia eterna” es la fe, y la fe es capaz de explicar lo que la razón por sí sola no puede, pues a la fe concierne todo lo que va más allá del entendimiento, la experiencia, los sentidos, la lógica.
La moral, que sabiamente nos legaron quienes “de profundis” conocieron del amor y su naturaleza, es la herramienta que los prudentes tienen para reprimir lo que del amor es nocivo. Esto justifica a Dante respecto a su Beatriz: idealizado amor, casto. Justifica también que ella y él tengan, como promesa para él y realidad para ella, el privilegio del Cielo. Mientras, Francesca y Paolo, amantes incontinentes, giran en el segundo círculo del Infierno, inseparables.

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Es sumamente curiosa la mezcla de elementos de que se sirve Dante para elaborar su pensamiento teológico en su Divina Comedia. Vemos menciones de Júpiter como un dios, y no como dios subordinado (no al menos de forma explícita) sino como el poderoso dios de los antiguos grecolatinos (Júpiter o Zeus, lo mismo es). Se podría argumentar que estos personajes son símbolos, ya que la Comedia es una gran alegoría teológica. En el Infierno gran cantidad de verdugos son dioses, titanes, monstruos grecolatinos, e incluso se pueden encontrar allí héroes como Ulises. Pienso en el Caribe y me imagino a Dante como un brujo santero, que revuelve en el mismo caldero el santoral católico con dioses africanos y americanos: Santa Bárbara Bendita, el Negro Felipe, Changó, Guacaipuro, San Antonio, María Lionza… Me extraña que Dante no tuviera por este libro una sentencia de muerte persiguiéndole como a Salman Rushdie, teniendo en cuenta el agitado panorama socio-político-religioso-económico de su tiempo, con las intrigas de güelfos y gibelinos, Enrique VII, Bonifacio VIII, Felipe IV El hermoso, la Inquisición y el proceso a los Templarios, los banqueros y señores feudales… En este punto, debo copiar textualmente lo que sigue: «Durante el siglo 14, hubo intentos de encontrar herejía  dentro de la Divina Comedia, y De la Monarquía, las cuales fueron quemadas en Bolonia por orden papal. Sin embargo, The Cambridge Companion to Dante observa, a pesar de algunos rechazos iniciales, “la profusión de manuscritos ilustrados y comentarios que comenzaron a aparecer casi inmediatamente de haberse terminado, sugiere hasta qué punto la Comedia fue tratada como Escritura al comienzo”.
[…] La Enciclopedia Católica  alega que en cuanto a Dante “su posición teológica como católico ortodoxo ha sido amplia y repetidamente vindicada”.» (http://www.vision.org/node/4253)
Antes de aparecer Beatriz, en el Paraíso Terrenal, la corte de glorificados canta versos de Salomón (Cantar de los cantares) y de Virgilio (La Eneida), suerte de sincretismo, mezcla de paganismo y judeo-cristianismo. Pone en boca de personajes bíblicos hebreos palabras del romano Virgilio, quien además sería históricamente posterior a los primeros. Luego viene una salutación a Beatriz con palabras mismas con que fue aclamado Jesús. Borges ha dicho respecto a la pasión de Dante por Beatriz, “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible.” Pero esta Beatriz pura que Dante encuentra en la cima del Purgatorio se muestra severa, inflexible. Cuando Dante llora la partida de Virgilio, inicia Beatriz como quien va a consolarlo: “Dante, porque Virgilio se haya ausentado, no llores así, no llores”, y acto seguido inicia una cantaleta que ni Fernanda del Carpio, que reduce a Dante a un estado de trapo viejo. Como mujer, esta Beatriz se me antoja detestable, mas la entiende uno mejor como representación de la teología. Dante (el personaje), me parece, en efecto, ante la imponencia de la mandona Beatriz, un trapo sucio; esta mujer lo humilla en público y él se somete dócil; ante Beatriz el gran Dante que ha atravesado Infierno y Purgatorio queda reducido a un trapo viejo y sucio. Sólo se puede entender un Dante así también como representación del humano que debe humillarse ante su dios. Mis comentarios serán menos doctos (¡¿cuándo lo han sido?!) en esta parte de mi… ¿ensayo?, pero es que se me revientan las tripas si no digo lo que tengo que decir. Esta Beatriz que aparece en el Paraíso Terrenal, es una figura detestablemente soberbia. ¡Cómo le habla a los demás, cuánto se vanagloria!: “Ni la naturaleza ni el arte te brindaron jamás con encanto igual al de los hermosos miembros en que encerré mi ser”. A esas palabras de Beatroz, me alegran estas, interpretadas a mi gusto: “de todas las otras cosas, la que más me inclinó a su amor, hízoseme más aborrecible” (ambas del Canto XXXI del Purgatorio). El discurso de Beatroz me parece, también, de histérica fanática religiosa.

La promesa de Beatriz sería el cumplimiento de todos los ideales de Dante: amoroso, religioso, político: “Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano.” Si Francesca y Paolo se aman eternamente unidos en el Infierno, aquí está la promesa que alivia a Dante, y por la cual su obra, en el sentido en que él mismo explicó, es una comedia, y por su grandeza artística y aspiraciones cristianas, se le calificó de divina. La Divina Comedia.

martes, 12 de julio de 2016

Todo cambio sigue igual

Ese 26 de abril de 1.986 estaba yo en el lugar que aún hoy es “mi casa”, el hogar donde me criaron (todavía). Recién había cumplido los 8 años hace un mes y cinco días antes. Me recuerdo en la sala de la casa, jugando con mis muñequitos. En la televisión el noticiero, algo grave pasaba al otro lado del mundo. La verdad, no recuerdo mucho, no era conmigo. Recuerdo un poco las expresiones en los rostros de algunos, en la casa; no recuerdo qué decían. O quizá me lo estoy inventando y en aquella época Chernóbil era una palabra que “ni me va ni me viene”, como lo ha sido toda mi vida; algo de otra parte, que no incide directamente en mi diario vivir (o malvivir).

Eran los tiempos de la guerra fría, cuando lo de Chernóbil. Cuando hubo el terremoto en Haití, oí a mucha gente decir que se lo merecían porque ese es un país de brujos, enemigos de “ese dios”, etcétera. Supongo que algo similar debió decirse por estos lares subdesarrollados y con el cerebro lavado por la propaganda anticomunista (como por allá la por la propaganda anticapitalista) cuando sucedió el desastre.

¿Qué hemos aprendido treinta años después de la explosión del reactor del cuarto bloque de la central de energía nuclear de Chernóbil? Soy de semejante parecer al de algunas de esas voces que se escuchan en el libro de Svetlana Alexiévich, porque tragedias inmensas ha habido antes y las siguen habiendo. Sabemos más de la energía nuclear, de la radiación, sí. Algunos individuos habrán adquirido un conocimiento mucho más valioso; pero la humanidad, esta especie que se enseñorea sobre el planeta, no ha aprendido un culo. Aquello por lo que nos consideramos superiores a toda forma viviente, es lo mismo que nos sume en la condición de la más despreciable criatura. Nos hace falta evolucionar.


¿Qué hemos aprendido? Quizá que la física se convirtió en la nueva religión para los no religiosos. Sumos sacerdotes Max Planck, Albert Einstein, Stephen Hawkins… Y en esta religión también se ha dejado sentir la ira de su dios; inocentes inmolados en el altar de la materia-energía con el consuelo de que no fueron destruidos sino transformados. Porque vida y muerte no son más que procesos físico-químicos en un ciclo cósmico, etcétera… Pero el dolor…

martes, 14 de junio de 2016

Sacado del pozo

Es un hombre, en una habitación muy pobre. La narración empieza por la tarde, contándonos que ha estado despierto, tirado en la cama, desde mediodía. El calor, el desprecio a la gente, su voluntario aislamiento, lo llevan a este momento en que decide, ya cercano a cumplir los 40 años, escribir, de manera muy personal, tal como van apareciendo las ideas e imágenes, sobre sí mismo; porque de alguna manera considera que tiene algo interesante que contar, y porque lo flagela la imagen que tiene de sí mismo: la de un fracasado. La psicología o la chismografía nominan situaciones como esta “crisis de los 40”. Este personaje, además, nos recuerda aquella canción que dice “Con el pucho de la vida, apretado entre los labios…”, ya por el título de la canción –Las cuarenta (por cantar su verdad, su desencanto, y por la edad a que llega)–, ya por la frustración contenida en sus versos.Además, el relato de Eladio Linacero habla de unos “malevos” que están con el pucho en los labios, como si se tratara, así también en la canción, de una metáfora de esa existencia, de esa vida que conoce: un pucho insignificante: fuego, cenizas y humo.

Resulta conmovedor este hombre dueño de una fortaleza que lo hace capaz de asumir la ‘vida real’ como un caso perdido, y que ve en los sueños esa otra realidad digna de ser vivida, de ser tomada como parte integral de la existencia, al punto que son sus “aventuras” oníricas las que tienen mayor alcance en su relato, y su sueño recurrente, el de “la cabaña de troncos”, es continuación de un hecho sucedido en esa ‘vida real’, cuando era un adolescente; quizás una forma de redimirse, al rescatar a un fantasma que sufre en el interior de su mente; la Eurídice a la que él mismo llevó al abismo. Pienso que aquel muchacho de 15 ó 16 años amó a esa muchacha de 18 años; la amó con odio.

Llama la atención que siendo este texto de Onetti un experimento narrativo, haya mencionado una escopeta colgada en una pared, que nunca fue usada. A los maestros hay que superarlos, me recordó una amiga hace poco. Si no es posible superarlos, al menos llevarles la contraria, pero bien. Y este experimento narrativo es como si se tratara del último estertor de los movimientos vanguardistas de inicios del siglo 20, un relato fragmentario que presenta una serie de “sucesos” o “aventuras”en donde el personaje principal, el narrador Eladio Linacero, es el eje, quien nos va contando lo que escribe, y sobre la marcha hace reflexiones de lo que queda en el papel, hace digresiones acerca de lo que decide escribir, de los cómo y porqué… Aparte, no le importa si divaga, lo que se justifica, ya metiéndome con el verdadero escritor, Onetti, cuando Eladio se define como alguien que tiene una “indiferencia apacible por todo”. Metaliteratura pura, en palabras de Gabrio Mendoza, joven escritor a quien a veces le leo ejercicios similares, como el que nominó Sobre la destrucción del hombre secreto.La narración, el foco, siempre de Eladio Linacero, va y viene entre el pasado remoto, el pasado reciente y el presente: los “sucesos”, y aquello que no es posible medir con relojes y calendarios con convicción científica: las “aventuras”.

Es mucha la desazón del protagonista, al afirmar que “No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza.” Siente, no obstante, la necesidad de escribir esos “sucesos” y ante todo las “aventuras”, la de la cabaña de troncos en especial; ese “deseo ciego y oscuro” de desnudarse así, ante los eventuales lectores, quizá ni uno. Él, Eladio Linacero se da cuenta de eso, trata de explicarlo y ¡qué va!, se queda en puntos suspensivos. Ni siquiera un poeta y una prostituta tienen la pureza de alma para escuchar un sueño y comprender lo bello que es, sin glosas. ¿¡Acaso todo tiene que ser racionalizado!?, es tal vez lo que grita sin decirlo. De todos modos, probablemente, Cordes pensará lo mismo si acaso llegara a leer lo que escribe Eladio: “si todo eso es un plan para un cuento o algo así.”


En ese grito, que no se oye sino como un eco que viene de muy lejos, sólo audible si contemplamos en silencio, está guardada la más grave inquietud de Eladio Linacero: el amor, último presentimiento de algo mejor, capaz de llenar los cascarones vacíos que son las personas: “El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden.”Esta es la clave de su actitud ante la vida. “El amor es algo demasiado maravilloso para que uno pueda andar preocupándose por el destino de dos personas que no hicieron más que tenerlo, de manera inexplicable.” Porque el amor, así como viene, se va —“Se trataba del amor y esto ya estaba terminado, no había primera ni segunda instancia, era un muerto antiguo.”—, sin dar explicaciones, y de él sólo queda el eco, el humo. Se reduce a un “suceso”, o, en el mejor de los casos, se convierte en una “aventura”. Después de eso, todo pierde su gracia; todo importa un “corno”.
https://www.youtube.com/watch?v=1_-x95Q9JFo

martes, 7 de junio de 2016

Manuel Bandeira: poeta de la vida en muerte

Manuel Bandeira
(Sousa Bandeira.
El nombre entero
tenía Carneiro.)
Yo me interrogo:
—Manuel Bandeira,
¡qué disparate!
Mira una cosa:
¿Por qué no osas
firmar entonces
Manuel de Sousa?

Así es, nació en Recife el 19 de abril de 1.886, y fue bautizado Manuel Carneiro de Sousa Bandeira Filho. Su padre, ingeniero, fue quien lo inició en las lecturas y animó a que se hiciera escritor (¡padre bendito!), mas deseaba que su hijo fuese arquitecto. No tengo claro aún si el padre alentó a Manolito a ser escritor a raíz de sus problemas de salud (desde muy joven tísico), los cuales obligaron al hijo a abandonar sus estudios de arquitectura, e incluso internarse por un tiempo en un sanatorio en Suiza, o si desde antes lo quería más que nada escritor; más viendo en la arquitectura una alternativa para que su hijo pudiera expresarse como artista y a la vez vivir sin angustias económicas... En todo caso al hijo le quedó gustando la arquitectura, y se lamentó no haber podido ser arquitecto.

A Manuel Bandeira se le adjudica ser la cabeza (el San Juan Bautista, según otro gran poeta de la época: Mário de Andrade) de un movimiento de vanguardia en la literatura y en general las artes en Brasil, capullo que empezó a abrir sus pétalos iniciando la década de 1.920 (muchos críticos señalan con precisión el año 1.922): el modernismo. El modernismo brasilero pugnó por encontrar en las mismas raíces brasileras, en la exuberancia natural del país, en los usos y costumbres del pueblo, sus motivos y valores estéticos. Esto daría como resultado un arte generoso, auténtico, libre de las imposturas de los artistas que se dedicaron a calcar modelos foráneos.

Esta poesía vanguardista de Bandeira es el intento de romper con la forma y el fondo tradicionales de la poesía. Su propósito fue descubrir la estética y los valores humanos de su propio país. Bandeira proclamó que el portugués de los escritores brasileros debe ser el portugués de la gente de Brasil, y así lo manifestó en su poema Evocación de Recife, que en unos versos dice:

La vida no me llegaba por los diarios ni por los libros
venía de la boca del pueblo en la lengua errónea del pueblo
lengua veraz del pueblo
porque él es quien habla sabroso el portugués de Brasil
mientras nosotros
lo que hacemos
es macaquear
la sintaxis lusíada

Con este acercamiento al habla del pueblo brasilero, no sólo encontró el poeta una forma de romper con los modelos formales de la poesía de su país hasta entonces, sino que también encontró un tono irónico y un humor afable que le ayudó a sobrellevar su vida, porque Bandeira no sólo fue un enfermo de tisis desde muy joven; tuvo que soportar la muerte de su familia en el transcurso de seis años (1.916 a 1.922), y estrecheces económicas, porque su padre no era tan rico y le dejó como herencia (¡bendito padre!) una pensión  que resultaba escasa. Menos mal Bandeira contó con “A little help of my friends”, lo que le ayudó a acceder a cargos como profesor y funcionario en el sector de la educación. Asimismo, la poesía de Bandeira es catártica, ya que sus experiencias personales son poetizadas con mucho tino —eso sí­— y en él se cumple aquello que dejara sentado por escrito Jaime Jaramillo Escobar en el libro Método fácil y rápido para ser poeta, Tomo I: “Cuando el gran poeta dice Yo, arrastra consigo a todos los demás. Cuando el poeta mediocre dice yo, no hace más que confirmar su nulidad”.

Bandeira es un poeta al que no le interesan los pedestales, y consecuente, arremete contra el poeta que fue bajado del suyo por un mundo que lo ha convertido en un objeto decorativo, y para ganarse las simpatías de ese mundo estandarizante sigue las reglas de producción del modelo económico y la cómoda hipocresía moral burguesa. Esta clase de poetas pusilánimes y áulicos se ve reflejada en Poética, poema aparecido en el libro Libertinagem, de 1.930, que sienta las bases de su obra, y es considerado fundamental en el ámbito del modernismo en la poesía brasilera:

Poética

Estoy harto del lirismo comedido
del lirismo que se porta bien
del lirismo funcionario público con libro de punto expediente protocolo y   
[manifestaciones de aprecio al señor Director

Estoy harto del lirismo que se detiene y va a averiguar en el diccionario el cuño
                   [vernáculo de algún vocablo

Abajo los puristas

Todas las palabras sobre todo los barbarismos universales
Todas las construcciones sobre todo las sintaxis de excepción
Todos los ritmos sobre todo los innumerables

Estoy harto del lirismo enamorador
Político
Raquítico
Sifilítico
De todo lirismo que capitula a lo que quiera que sea fuera de sí mismo
Por otra parte no es lirismo
Será contabilidad tabla de cosenos secretario del amante ejemplar con cien modelos de  
   [cartas y las diferentes maneras de agradar a las mujeres etc.

Antes quiero el lirismo de los locos
El lirismo de los borrachos
El lirismo difícil y pungente de los borrachos
El lirismo de los clowns de Shakespeare

—No quiero saber más del lirismo que no es liberación.

Más adelante reconfirmará, en el libro Belo belo (1.948), su posición con este poema:

Nueva poética

Voy a lanzar la teoría del poeta sórdido.
Poeta sórdido:

Aquél en cuya poesía está la marca sucia de la vida.
Hay un sujeto,
sale un sujeto de casa con la ropa de brin blanco muy bien almidonada, y en la primera
         [esquina pasa un camión, le salpica el saco o el pantalón con una mancha de   
      [barro:

es la vida.

El poema debe ser como la mancha en el brin:
hacer que el lector satisfecho de sí se desespere.

Sé que la poesía es también rocío.
Pero éste queda para las nenitas, las estrellas alfa, las vírgenes ciento por ciento y las
                                                                              [amadas que envejecieron sin maldad.

Al respecto del poemario Libertinaje, dice Harold Alvarado Tenorio: “El libro oscila entre un fuerte deseo de libertad vital y artística y la necesidad de hacer íntimas, cada vez más, las imágenes que retrataran un país (…). Ha sido calificado como la más representativa contribución al Modernismo.”

Ah, hay que dejar claro que no es hacer por hacer. Manuel Bandeira no es ingenuo. La libertad de temas, vocabulario, sintaxis, tropos, métrica, rima, ritmo… no es a la ligera, porque la verdadera poesía no es mero artificio sin hondura. Mejor dejo que lo explique el mismo poeta de quien estoy hablando:

“Sin duda no cuesta nada escribir un trozo de prosa y después distribuirlo en líneas irregulares, obedeciendo tan solo las pausas del pensamiento. Pero eso nunca fue verso libre. Si lo fuese, cualquier persona podría poner en verso hasta el último informe del Ministro de Hacienda. Esa engañosa facilidad es causa de la superpoblación de poetas que infectan ahora nuestras letras. El modernismo tuvo eso de catastrófico: trayendo a nuestra lengua el verso libre, dio a todo el mundo la ilusión de que una serie de líneas desiguales es poema. Resultado: hoy cualquier subescribiente de municipio con ataque de celos, cualquier niñita desilusionada del novio, cualquier balzaquiana desubicada en su ambiente familiar se juzgan habilitados para competir con Joaquín Cardozo o Cecília Meireles”.

Manuel Carneiro de Sousa Bandeira Filho, o simplemente Manuel Bandeira, murió en Río de Janeiro el 13 de octubre de 1.968, a los 82 años de edad, lo cual es mucho si tenemos en cuenta que la tuberculosis le sobrevino a los 18 años. Como ya había dicho antes, madre, padre y hermana fallecieron entre los años 1.916 a 1.922; no es extraño, luego, que asuma la muerte de una manera muy personal y sea motivo frecuente en sus poemas. Él mismo consideró que su vida, de por sí, era un milagro, pero a la muerte le concedió el trono de la paz absoluta, algo así como la más cierta de todas las libertades. En 1.965 escribió:

Antología

La vida
no vale la pena y el dolor de ser vivida.
Los cuerpos se entienden pero las almas no.
Lo único que queda por hacer es tocar un tango argentino.

¡Ya me voy para Pasárgada!
Aquí yo no soy feliz.
Quiero olvidarlo todo:
—El dolor de ser hombre…
Este anhelo infinito y vano
de poseer lo que me posee.

Quiero descansar
humildemente pensando en la vida y en las mujeres que amé…
En la vida entera que podía haber sido y que no fue.

Quiero descansar.
Morir.
Morir de cuerpo y alma.
Completamente.
(Todas las mañanas el aeropuerto de enfrente me da lecciones de partir.)

Cuando la Indeseada de las gentes llegue
encontrará labrado el campo, la casa limpia,
la mesa puesta,
con cada cosa en su lugar.

Otro poema suyo dice:

Preparación para la muerte

La vida es un milagro.
Cada flor,
con su forma, su color, su aroma,
cada flor es un milagro.
Cada pájaro,
con su plumaje, su vuelo, su canto,
cada pájaro es un milagro.
El espacio, infinito,
el espacio es un milagro.
El tiempo, infinito,
el tiempo es un milagro.
La memoria es un milagro.
La conciencia es un milagro.
Todo es milagro.
Todo, menos la muerte.
—Bendita la muerte, que es el fin de todos los milagros.

Tras los rumbos del rumbero

“¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseo de descargarla contra mi propia mano, que toca las monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime y ha vacilado el libertarme de la vida.”
Estas palabras dichas por un esclavo al que la selva nunca le había arrebatado su conciencia y se mantuvo por encima de la más básica de las reacciones del ser humano que habita en el Infierno: el vampirismo. Porque el buen Clemente Silva hace honor a su nombre y sólo hacia el final de La vorágine es capaz de gritar con desesperación y rabia “Mátelos, mátelos a todos.”
Uso la expresión vampirismo para evidenciar la actitud depredadora del humano que no tiene piedad de nada y chupa para su egoísta beneficio, placer y, ante todo, para sobrevivir, la vitalidad, aptitudes y hasta lo que pueda haber de bondad en los demás. Vampirización que no se limita al “prójimo”; especies animales y vegetales también son víctimas de este vampiro que liba sangre roja y savia blanca en las selvas amazónicas. Esta fue la denuncia que en su momento José Eustacio Rivera, a quien acaso el vampirismo de negra savia mineral lo persiguió en New York hasta dejar su tintero sin tinta.
Sí, no es descabellada esta idea dado el carácter del poeta y el derrotero que descubrió para sí en las explayadas llanuras y tortuosas trochas de los “territorios nacionales”. No lo es, si tomamos muy en serio esta sentencia “Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor de ramas no es rebeldía que me inspire afecto”, como una declaración que dicha a viva voz por su autor, y replicada, amplificada por miles, millones de voces movilizadas en las otras selvas, las más despiadadamente humanas… Estoy dejándome llevar por un pensamiento, por un deseo…
Me fui por otro lado. No había proyectado escribir algo como lo que ya está escrito. Quería escribir sobre cómo el humano, que se tiene a sí mismo como la cereza que corona el pastel de la Creación (pastel, en todo caso, hecho por un pésimo repostero) se ve inerme, reducido a un currutaco de alfeñique en la profundidad de la selva. En la penumbra, los altos árboles, los intrincados arbustos y bejucos, los sonidos de animales esquivos a los ojos, el rumor del viento en las hojas y el de los bichos en la hojarasca, todo enerva los sentidos, da la sensación de ser espiados, que los árboles nos vigilan, que toda la selva está confabulada para perdernos. Se da cuenta uno que todo esto que vive y muere seguirá aún después de nuestra muerte. “El hombre, diminuto y temeroso, siente el peso de la naturaleza salvaje —el hombre que ha creído ser el amo del planeta— y pierde el control de sí mismo.” Y viene, producto del temor, una revelación: “El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos.”
Esta vegetación densa, oscura, laberíntica, pavorosa, se opone en todo a aquella otra de las “soledades domesticadas” de que habla Arturo Cova, la de los poetas que sueñan con la Arcadia, la del ideal bucólico. No es raro, luego, que otros autores del “Nuevo Mundo” hayan coincidido en caracterizar a la selva, al bosque americano, como una entidad siniestra, amenazadora. Así lo vemos en obras de autores especialistas en el horror y el terror como Howard Philips Lovecraft y otros, quienes de una manera u otra se alimentan de los ambientes lúgubres de la literatura gótica, sólo que en este caso, es el trópico (como en la Mansión de Araucaíma) quien produce estados de ánimo delirantes, mórbidos.
En esta historia las víctimas de la selva son todos: al final es la selva quien terminará ganando. Esclavos y esclavistas se pudrirán como los troncos caídos y las hojas sueltas, serán alimento de los hongos y vegetales que les chuparán hasta la médula de los huesos, devorados por tambochas, caimanes, caribes… ¿Fue este el final de Arturo Cova, Alicia, Fidel, Griselda…, ¡la hija de Cova y Alicia!
Dos vidas malogradas —Arturo y Alicia— de dos hijos de bien; Alicia, de alta cuna de la mojigata sociedad santafereña (la Bogotá de entonces, casi la misma de ahora, en sus más altos estratos sociales); Arturo, de provincia pero con cierta respetabilidad por su apellido. Ambos rebeldes a sus destinos o en busca de destinos diferentes a los signados por la sociedad, la familia. Lanzan los dados juntos, pierden. El azar los llevará por caminos de dolor. Ambos sabían que iban por una senda que el algún momento se partiría en dos. Se sabían insensatos. Diría el poeta Cova de su compañera de infortunio: “Indudablemente, era de carácter apasionado: de su timidez triunfaba a ratos la decisión que imponen las cosas irreparables.”
Alicia era consciente de no amar a Arturo; al menos no de amarlo como él deseaba ser amado. ¿Cómo deseaba ser amado Arturo? Ni él mismo lo sabía muy bien. Era un ideal romántico, al parecer, viciado por la literatura, semejante al caso de Emma Bovary. Era también consciente Alicia de que Arturo no era un santo y la responsabilidad por la desgracia de ambos, sería de ambos. Esa responsabilidad la asume Arturo al decir: “¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!”
Alicia, después de todo, no es la típica damisela en peligro de las novelas que Cervantes parodió con las andanzas del “Caballero de la triste figura” o los cuentos de los hermanos Grimm. Su carácter es fuerte, aunque su físico lo desdiga. Soporta las incomodidades con temple y lucha a fuerza de voluntad contra la adversidad. No es ingenua hasta la estupidez (como muchas de las “fieras” de las telenovelas de las décadas de 1.980 y 1.990): se sabe perdida y se aferra a Arturo hasta que éste muestra su peor catadura, enloquecido por los celos. Por demás, Arturo Cova es un poeta que padece del mismo mal que padecieron poetas como Baudelaire: la desazón inexplicable, el no hallarse satisfecho con nada, hastío, desencanto: spleen.
La vorágine es una novela con mucha tela para cortar, no sólo por ella en sí misma sino por todo lo que generó y sigue generando a su alrededor. Toda una leyenda sobre los personajes que en ella aparecen, sobre lo que sobrevino luego cuando Colombia entró en guerra con Perú, la misma muerte de Rivera, etc.

Y es una novela que no deja de ser actual, porque aunque los hechos objetivos que se narran y el lenguaje utilizado parezcan cosa del pasado, hay que admitir que llega al fondo de las pasiones humanas, los abusos de unos, las tragedias de otros… Y eso, eso sigue vigente, y lo seguirá.

jueves, 12 de mayo de 2016

Veleidad de veleidades


Inicia Julio César, de El Bardo, con Flavio y Marulo (no éste un Marulanda de Marinilla), patricios, recriminando a los “simples” (no salgo aún de el enigmático nombre de la rosa [y aspiro no salir nunca], Eco, eco, eco…) por su veleidad: otrora vitoreaban a Pompeyo mas en este día esperan a Julio César, quieren verlo y aclamarle, siendo César rival y verdugo de la sangre de Pompeyo. Pero no teman, que de entre el pueblo uno, un bribón, bribonazo, sabe muy bien, con pomposo cinismo, hacerle frente a los de alta cuna: el “cirujano de zapatos viejos”: –¡Caminen, limen sus suelas en las calles de Roma; yo repararé sus zapatos; por menos de un denario tendrán viejos zapatos nuevos!

El remendón tiene claro que no perderá un día de trabajo sino que ganará varios, o, interpretando la conversación de otro modo, su voluntad, como veleta cuando no sopla el viento, apunta fijo en una dirección: burlar a los dos ceñudos señores. No, más bien, francamente, a decir verdad, está matando dos pájaros con el mismo tiro.

¡Ah!, no es del todo culpa nuestra. “¡Los hombres son algunas veces dueños de sus destinos!” ¡Sólo algunas veces, Cayo Casio!, y las pocas veces que podemos sujetar las riendas de ese potro son fugaces. Veleidosa es la Diosa Fortuna. ¡O Fortuna, velut luna, statu variabilis!” Quizá debamos seguir el consejo de aquel gran medievalista, Ignatius Reilly: “Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.” Hay cineclubes a los que puedes ir y apreciar de lo mejor del Séptimo Arte, gratis. No te salgas del tema, comentador, estamos en la antigua Roma, no en Cinecittà. ¿De qué hablaba? Del pueblo veleidoso.

Confieso que he plagiado… No, ¡qué palabra tan fea! Confieso que la idea inicial para escribir este malogrado… (esto no es ensayo ni crítica ni reseña…) La idea inicial saltó como salmón de unos comentarios del escritor Joaquín Mattos Omar, exhibidos en la vitrina de un negocito de un tal Fuckerverg, dizque Féizbuk, donde vendemos los productos de nuestra pujante empresa nominada (no a ningún premio) Clan de Lectura Crítica (crítico estoy yo con esto) de la Biblioteca Piloto del Caribe, con sede en la arroyosa Charran-kill-a. Uno de ellos dice: “¿La voz del pueblo es la voz… de qué? Y bajo ese epígrafe nos hace notar lo fácil que es variar el cauce de ese río, los “simples” Adso, el pueblo lego (perdónenme los etimologistas); primero desean rendirle honores a Bruto y poco después lo consideran despreciable. Fijémonos, de esto se quejaba Marulo, sin embargo el mismo Marulo acude al recurso de la palabra (la palabra tiene poder, la palabra a viva voz) como lo hará después Marco Antonio. No hay duda, Joaquín, que la voz del pueblo es la voz de “ese dios”, y que la voz de “ese dios” canta ¡Ooo Fortuuuuunaaaaa…!

Aun esto, digamos lo que es justo decir, no casquemos sólo al pueblo de “ese dios”, que los privilegiados por Fortuna también dicen cosas que denotan su esencia contradictoria. Casca llama “honrados vecinos” al pueblo, a la gente que tenía al lado mientras César se vanagloriaba y caía, y luego, en la misma conversación con Bruto y Casio, suelta estas perlas: “la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.” La hiel de Casca también se manifiesta aquí contra César. El juego de la burla retorna invertido: al principio el zapatero mofándose de los nobles y luego el noble mofándose de la plebe, cayendo César en la última mofa mientras que en la primera estuvo a salvo. ¡Y hay más!, la burla en griego de Cicerón, seguro mofándose de lo acontecido con César, y el que entendió que entienda.

Y como no estoy haciendo un discurso sobre la mofa sino sobre la inconstancia, Porcia, mujer de Bruto, da prueba de su firme constancia: se hiere el muslo, con tal de saber qué perturba a su esposo, y promete ser discreta si éste le revela qué lo saca del lecho, pero qué va, Porcia no se aguanta tanto; y César, dice de sí mismo que es constante como la estrella polar, pero lo vimos titubear: –Ir o no ir, ése es el dilema– cuando Calpurnia le ruega que no vaya al Senado.

sábado, 16 de abril de 2016

Acerca de ese dios

Cuando alguien me pregunta “¿crees en Dios?”, obviamente refiriéndose a ese dios único de los monoteístas judíos, cristianos y musulmanes (que es un dios con el mismo origen: “abrahámico”, es la expresión de muchos estudiosos; prefiero la expresión “semita”), yo digo: no sé si existe; pero si ese dios existe, no creo que sea tal cual lo pintan los judíos, cristianos y musulmanes.

Mis razones para manifestarme así son estas:

Se dice, basándome más en las creencias cristianas, que no conozco tanto las otras:

  • Dios es perfecto.
  • Dios fue antes que todo y antes de él nada fue. Sólo él siempre ha sido.
  • Dios creó todo cuanto existe: el universo, nuestro planeta, la vida… Antes había creado a los ángeles, seres superiores a todo lo que es materia (o debería decir materia-energía, que vienen siendo lo mismo, y comprobándose, desde las teorías de la física de Einstein). Los ángeles, por tanto, son superiores a los humanos, más cercanos a Dios.
  • Como Dios es lo único que siempre ha existido, todo emana de él.
  • La perfección de Dios radica en que su ser es todo amor, bondad. De estas dos cualidades se desprenden todas sus virtudes. En Dios no habita ninguna tara, ningún vicio; es intachable.
  • Dios, como ya se ha planteado, es perfecto, y además omnisciente, omnipotente, omnipresente. Esto quiere decir que nada escapa del saber, el poder y la presencia de Dios.
  • Toda la “Creación”, y hago énfasis en “nuestra creación”, obedece a un “Plan Divino”, que se testimonia en los libros sagrados.

Entonces:

  • Dios creó al Diablo, el primer ángel rebelde, la representación del mal en todas sus variantes.
  • ¿De dónde nace el mal (y por ende la rebeldía), si este ángel fue creado directamente por Dios, y en Dios el mal no habita?
  • ¿Acaso el mal nace, como se creía en otros tiempos (y todavía creen algunos) respecto a los gusanos en la carne putrefacta, por generación espontánea, es decir que surgió por sí solo? Si el mal surgió por sí solo, podría decirse que Dios no tiene poder sobre él, pues no procede de Dios, y ha sido capaz de arrebatarle a Dios varios de sus ángeles, y luego desmoronar sus planes en la Tierra para las criaturas vivientes, en especial la criatura humana: el paraíso, literal y figurativamente, perdido.
  • ¿No será que el mal es parte de la naturaleza de Dios? ¿Qué Dios es tan malo como bueno?
  • ¿O puede ser que Dios se sacó esa parte maligna que habitaba en él, vertiéndola en el ángel que hoy se conoce como el Diablo?
  • ¿O será que el mal que habitaba en Dios buscó por sí mismo la forma de salir de él y actuar de manera independiente, siendo que Dios tenía reprimida esta parte de su ser? Luego, si el Diablo, el mal, es capaz de actuar de manera independiente, es que los “omnis” de Dios no son tan “omnis”. (Este punto tiene cierto tufillo psicoanalista que no me agrada).
  • Tengo esta otra pregunta, psiquiátrica: ¿es Dios un esquizofrénico, bipolar? (no bipolar como la gente que dice: “soy bipolar porque hoy no quiero hablar contigo, pero hablaremos mañana”, sino de esos que se destrozan de manera inconsciente o semiinconsciente y brutal, así como lo que habían hecho).
  • Esta otra pregunta que parece un chiste, pero no lo es: ¿es el Diablo un rebelde con causa?

Lo anterior cuestiona la perfección de Dios en tanto que pone en duda que sea todo amor y bondad. Sin embargo, aún se puede pensar que Dios es un ser perfecto: cuando hace el mal o cuando hace el bien, lo hace sin ninguna falla. Pero he aquí donde “la cola tuerce el rabo” (dijo Fulano): los “omnis” de Dios fallan, si Dios es todo amor y bondad y el mal no estaba en sus planes. Ahora, si todo lo que ha sucedido y lo que sucede (y lo que sucederá, ya que estamos en esto) siguen al pie de la letra su libreto, yo pregunto:

·         ¿Qué clase de Dios, con todos los “omnis” y siendo puro amor y bondad, idea y dirige un “Plan Divino” que precisa del dolor, las injusticias, la violencia… ¡que necesita del mal!?
·         En el caso especial de la fe cristiana, ¿qué clase de Dios, con todos los “omnis” y siendo puro amor y bondad, idea y dirige un “Plan Divino” en el que su “hijo amado”, su “primogénito”, su “consustancial” tiene que padecer terribles tormentos, ser carne para que el mal se refocile? Discúlpenme la analogía, pero ese plan parece escrito por un autor que la buena y correcta burguesía y el cristianismo detestan (la aversión, estando él en vida, fue mutua): el Marqués de Sade. Seguro Dios ha podido tomar otro de sus “caminos inescrutables”, menos cruento, y hasta más eficaz, para vencer al mal, si de eso es lo que se trata.
·         O sí, ahora que lo pienso, fue escrito este libreto a cuatro manos, un alimón entre Sade y Max Rodríguez, quien tiene como lema “Para qué tomar el camino rápido y seguro si existe el largo y peligroso.”
·         Porque, en principio, si la “Creación” es suya, netamente suya, y teniendo todos los “omnis” y siendo todo amor y bondad, a ningún otro ser se le puede culpar por los desórdenes y desmanes de estas criaturas angélicas y humanas. Vamos más allá; la “Creación” es un fiasco desde que existen mecanismos naturales a los que ningún corpúsculo de materia-energía puede escapar: la voracidad con la que se alimenta la existencia de unos en detrimento de la existencia de otros. Pues sí, digamos que nada se pierde, que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.” Ajá, pero no estoy seguro de que a una estrella le pueda gustar ser absorbida por un agujero negro, como tampoco estoy seguro de que a un ratón le guste ser engullido por un gato, y estoy seguro de que a mí no me gustaría terminar en la nevera de un antropófago como Hannibal Lecter. ¿¡Por qué la vida se alimenta de la muerte, por qué tiene que alimentarse de la muerte!? ¿¡Por qué no simplemente nacer con un tiempo definido sin necesidad de matar para vivir, ser felices y morir satisfechos de haber vivido!?
·         Digo más: ¿acaso los ángeles no son suficiente? ¿¡Para qué más si hay criaturas como los ángeles, superiores al resto de la “Creación” en todos los sentidos?! (Hasta en el mal son superiores al resto de la “Creación”, ya tan mal hecho todo).
·         Todo lo anterior me lleva a concluir que este Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, no es perfecto, y todos sus defectos se reflejan en su “Creación”.

Viene la tabla de salvación de Dios: el libre albedrío. ¡Qué va! Un dios cuyas características son: inmaculadamente amoroso y bondadoso (nada de mal, in ma cu la do), omnipotente, omnipresente y omnisciente, bien pudo darles a ángeles y humanos (¡vaya que es un dios al que le gusta discriminar!) su buena porción de libre albedrío, sin que esto implique en ningún momento que ángeles y humanos tengan que verse en la miserable disyuntiva de elegir entre el bien y el mal. Porque el libre albedrío puede practicarse dentro del bien y nada más que el bien. Un ejemplo: Juanito va a salir y se pregunta: “¿Qué me pongo hoy, la camisa blanca con rayas azules, la camisa beige o la camisa fucsia con estampado de girasoles?” Una elección libre, en la que los ángeles, y mucho menos Dios, verían necesidad de intervenir, a menos que detesten la camisa fucsia con estampado de girasoles.

No es que le hayamos dado un mal uso al libre albedrío, sino que lo tenemos en medio de condiciones y cualidades intrínsecas que nos llevan a elegir lo que en determinado momento se dirá que es malo. Paso seguido se le echa la culpa al pobre Diablo, el chivo expiatorio de Dios, y de los humanos.