sábado, 8 de abril de 2017

¡Qué largo me lo fiáis!


De los personajes más odiosos
que la literatura estima
éste de Tirso de Molina,
el Burlador de Sevilla,
el tunante don Juan Tenorio.

Mas peor este blandengue
que no aprueba y reprende,
pero la fechoría comete;
a la osadía, el sainete,
Catalinón, servil, se somete.

¡A mi palabra quien crea!
De amores no, sí de perjurios
es arquetipo el Tenorio;
sólo por amor quiso de novio
a él la enamorada Tisbea.

Aminta por interesada
las piernas abrió en el lecho
y también es un hecho
que Isabela fue engañada
y Ana tampoco lo amaba.

De amores éste no es héroe
sino traidor de amigos
y estafador de mujeres;
sin embargo, se impuso el mito:
gran seductor y amante. ¡Ahí tienes!

No hay plazo que no se cumpla
ni deuda que no se pague;
don Juan, tu fama injusta
tal vez algún día se acabe;
pero a Tirso: ¡Salve!

Domingo José Bolívar Peralta

¡Amira!


La anécdota es de Rosa P., una muy buena amiga de letras. Cuenta Rosa, testigo presencial de los hechos, y yo lo escribo sin la gracia de su narración y omitiendo algunos detalles, que en [esa cosa que en Charran-kill-a llaman] la Catedral se oficiaría la ceremonia o misa de cenizas de la poeta o poetisa (como prefieran) Meira Delmar, algunos días después de su fallecimiento acaecido el 18 de marzo de 2.009, a los 86 años de edad, y en el transcurso la ceremonia un hombre de aspecto humilde, a la sazón borracho, gritaba como plañidera “¡Amira! ¡Amira!” El hombre no cesaba de clamar. Decía: “¡Amira, se debió morir todo el mundo menos tú! ¡Tus poemas, Amira…!” Pedía que no guardaran el cofre con las cenizas en el columbario destinado para ello, sino que dejaran la urna funeraria expuesta a la vista de todos en alguna parte. El empleado de la Catedral encargado de guardar la urna en su nicho, ubicado en la capilla Virgen de los Remedios, sección 4, osario No. 2 (entrando a la capilla, a mano izquierda, en lo más alto), casi cae de la escalera cuando el inconsolable y confundido admirador se agarró de ella y la estremeció. Con vergüenza ajena y enojo, varios de los presentes, entre ellos sobrinos de la fallecida poeta o poetisa (como gusten), varias veces, con delicadeza, trataron de hacer callar al hombre y, ante todo, hacerle caer en cuenta de que se trataba de la misa de cenizas de Meira Delmar y no de Amira de la Rosa, también conspicua escritora del terruño. Al fin, la respuesta del diletante borrachín fue que “Meira o Amira, la misma vaina”.

Tal vez la confusión del adepto, se deba a la lectura –alicorada– de aquellos versos del poema que Meira titulara Romance de Amira de la Rosa:

La que te asiste el silencio
y el decir, y la sonrisa,
y va siguiendo tu paso,
y es ella siendo tú misma

Pero este escrito, por el contrario, quiere referirse a Amira, más que a Meira.

Amira de la Rosa, por si no lo saben, es la autora de aquel himno que, en esta ciudad “ceñida de agua y madurada al sol”, cuando el Junior juega un partido crucial, se canta con más fuerza en las gradas del estadio de fútbol Roberto Meléndez (el “Metropolitano”, como metropolitana es la Catedral María Reina –sin celsitud de tal en su arquitectura–, donde reposan las cenizas de Meira [y también los restos de Amira, en la capilla 2, sección C, osario 46; al entrar, la pared de enfrente, detrás de la estatua, a la altura del hombro], y metropolitano el aeropuerto Ernesto Cortizoss, y un etcétera de metropolitanerías que a veces figuro vivir en la misma ciudad de Superman; pero sin Superman).

Pero el legado de Amira de la Rosa es mayor, aunque en su propia ciudad pocos sepan de ella y sólo asocien el nombre con el teatro municipal. A propósito, creo conveniente que en el Teatro Amira de la Rosa, en estos momentos en remodelación, reconstrucción, reforzamiento de su estructura…, ¡qué sé yo!, se instale un monumento en su honor, el cual enseñe a los visitantes algo de su obra, como el que en Cartagena hay en memoria de Luis Carlos López con su poema A mi ciudad nativa, o en Usiacurí mantiene viva la llama de Julio Flórez con su poema Ego sum. ¡Pero que no vaya a ser el ya conocido himno a la ciudad!, ¡otra obra!, ¡algo que ella misma, si viviera, pudiera leer con orgullo! Debería tenerse también un catálogo de la obra de Amira en el teatro, exhibición de textos de su autoría y libros que sobre ella versen, retratos…, y que la gente pueda leer sus escritos. Ojalá no sea esta una causa perdida.

¿A qué viene todo esto? Sencillo: soy tan ignorante de la obra de Amira de la Rosa como la gran mayoría de sus coterráneos; bueno, no tanto, gracias a la poeta o poetisa (como quieran) Fadir Delgado Acosta, quien alguna vez hizo una disertación sobre ella en desarrollo de Poetas bajo palabra, precisamente en el Teatro Municipal Amira de la Rosa. Por esto y porque acabo de leer Marsolaire, nombre que se abrió ante mí como abanico en los estantes de la Biblioteca Piloto del Caribe.

El no voluminoso volumen, ya amarillento y frágil, una sobria edición de 1.941 de la sección editorial de Talleres Gráficos Rasch, según testigos y estudiosos del aporte de Amira a la literatura, sólo tuvo un tiraje de 300 ejemplares, y fue el único libro que publicó en vida Amira. El resto de sus trabajos literarios se hallaban dispersos o inéditos. Este libro contiene una historia también muy sencilla, pero contada con una agudeza singular, en donde convergen la pulcritud lingüística de la voz narradora y uno de los personajes (Gabriel Méndez Olaya, más conocido como “don Grabié”) con el habla coloquial de las gentes humildes [voces que coinciden con mi idea de que los del Caribe hablamos como hablamos por herencia de los andaluces, y Amira, quien residió en España, en otros textos que leí luego, me persuade más de ello]. Marsolaire es presentada por los editores de esta primera aparición en libro como “novela corta”; sin embargo, hallo en ella, en especial por su inicio y la técnica para sus diálogos, a la dramaturga que también fue Amira de la Rosa. Pero la poeta… La poeta es la presencia más fuerte. Las descripciones de Amira son primorosas. Dije que el inicio nos muestra a la dramaturga, y es cierto, como tan cierto que allí la poeta hace gala de su sensibilidad, mostrándonos una casa hecha con palabras, un mosaico arreglado con tanta habilidad y delicadeza como si cada palabra fuese una piedra preciosa que por color y forma encaja a la perfección. De igual manera procede cuando nos describe el trupillo, dándole un realce, una bizarría, que dan ganas de sembrar uno en el patio y otro en el frente de la casa.

Destacan los editores de esta obra su valor histórico como vistazo a la situación de Puerto Colombia, la decadencia que sobrevino luego de que los insaciables y torpes vecinos de la gran ciudad y los... [¿esclarecidos? No, más bien] deslucidos estadistas desde la andina capital, abandonaran la infraestructura de Puerto Colombia y llevaran toda la actividad portuaria a las riberas del Magdalena. Error que aún se está pagando caro, Navelena, y el muelle se sigue cayendo, a la vista de todos, pudiendo ser aprovechado como muelle turístico, para embarcaciones de recreo…

Ajá, aunque el pueblo sea bueno, parafraseando a Simón Bolívar Palacios, si es ignorante hace de instrumento ciego de su propia destrucción. Amira nos ofrece, aparte de aquella mirada de reojo a lo que le sucedió a Puerto Colombia cuando se dejó inutilizada su función portuaria (y no pierdo de vista que esta es una obra de ficción) como a pinceladas, el espíritu de los porteños de la época, sus hombres y mujeres pobres, ingenuos y supersticiosos, trabajadores y amables.  Según Germán Vargas, quien la cita en el libro Amira de la Rosa. Prosa. Colección literaria. Volumen 27, de la Fundación Simón y Lola Guberek, primera edición, mayo de 1.988, decía Amira de Marsolaire: “Es una vivencia. Un homenaje lírico al terruño. Un cuento de amor y calor entrañables. Algo así como una acuarela de mi costa encendida.” Cada cual puede decir cuánto conserva y cuánto ha cambiado Puerto Colombia desde entonces.

Novela corta, según los responsables de la primera edición; mas Ramón Vinyes (según aparece en el libro Amira de la Rosa. Obra reunida. Volumen II. Editorial Maremágnum, 2.006. Compilación e introducción de Enrique Dávila Martínez)  refiriéndose a Marsolaire dijo de ésta que era un “esbozo de novela”, reclamando que “no debió ser el esbozo de una novela; debió ser una novela, y bien larga.” Estoy de acuerdo; el relato debió, por sus posibilidades, su potencial, penetrar aún más en los personajes y lugar en que transcurren los hechos, llenar todos los espacios a fin de enriquecer aún más la obra. Tanto como “bien larga” no, pero sí un poco más gorda. En todo caso, me acojo también a lo que dijo el “Sabio Catalán” en el mismo artículo: “Sé que es mala posición de un crítico que juzgue una obra por lo que él quiere que hubiera sido y no por lo que la obra es”; haciendo la salvedad de que no soy, en toda regla, un crítico; más bien un curioso, y quizás un fastidioso borrachín.

Marsolaire… Marsolaire, la sin padrino, es la esperanza. Y bueno, hay que decirlo, los padrinos comen y se van; mejor que Marsolaire no tenga padrino.

Domingo José Bolívar Peralta



¡Al carajo las Normas APA!

martes, 31 de enero de 2017

Tan absurdo, perturbador y despiadado como esta vida


(Un amasijo de ideas en torno a Kafka y lo kafkiano).

Concuerdo con Leopoldo La Rubia Prado[1]: kafkianas (aplicado el término como “categoría estética” –y yo sospecho que alcanza para ontológica) son aquellas situaciones tensionantes y hasta cruelmente cómicas en la obra de Franz Kafka, en que el individuo se encuentra sometido a “un aparente azar que parece estar regido por leyes incomprensibles e inaprensibles, ancestrales, ocultas e inescrutables, tras las cuales parece operar una "mano oculta", una instancia o poder invisible, monolítico y divinizante, una instancia lejana e inaccesible como las leyes que lo rigen”. Añado a esto que kafkianas son también las conductas, los modos de pensar y proceder, de personajes cuyos discursos tienen la apariencia de ser absolutamente racionales, sin embargo, rayan en lo absurdo y abstruso, porque parten de lo absurdo y porque son una maraña de raciocinios laberínticos. Además, para concurrir en la categoría de kafkiano, individuos y situaciones deben estar ubicados en ambientes, espacios exasperantes, angustiantes, que potencian la sensación de desasosiego. El coctel se completa, pues, presentado lo extraordinario como posible e incluso corriente; un conjunto de paradojas, una anomalía, que, sin embargo, se ofrece como lo más normal y lógico, no exento esto de altas dosis de ironía.

En obras capitales de la literatura de Franz Kafka, como El proceso y El castillo (esta última a pesar de ser una novela inconclusa), que guardan una relación muy estrecha entre sí no sólo por el argumento y las características de algunos personajes, sino también por la misma forma en que se hallan escritas: diálogos y monólogos donde se hace exhibición de una dialéctica complicada, la extensión de los párrafos, descripciones en las que se enfatizan detalles perturbadores…,en El proceso y El castillo se topa el lector con la incertidumbre (y, precisamente, en El castillo la incertidumbre trasciende a esas páginas que no llegaron a escribirse). Nunca, ni Joseph K., ni K., ni yo, y supongo que usted tampoco (y quién sabe si ni el mismo Franz Kafka), podríamos sacar una conclusión definitiva del porqué de tantas complicaciones. Lo inexplicable siempre es explicado de manera ambigua y contradictoria (como en ciertos libros de literatura fantástica –invoco a Borges– que no pocos consideran “sagrados”). Respecto a este punto, encuentro en un ensayo del escritor Gustavo Artiles[2]: “las contradicciones son la materia prima de la historia y de la vida real. Pronto habría de descubrir un escritor que trataba precisamente el tema de la contradicción y el absurdo cotidiano: Franz Kafka.” Apunta Artiles que se identificó con la literatura de aquel abogado oficinista de una agencia de seguros, porque encontraba en ella ese “sentimiento de impotencia contra lo que yo consideraba –y aún considero– la condición absurda del mundo”. Kafka, el escritor de ficciones, interviene solamente como frío funcionario, notario sin compasión de una absurda y cruel realidad detrás de la cual ha de haber una incognoscible sucesión de realidades superiores aún más absurdas y más crueles: no veremos jamás el rostro de Klamm ni mucho menos el del conde de Westwest, en el caso de K.; tampoco conoceremos al juez superior en el caso de Joseph K. Pero los sucesivos órdenes superiores tampoco la tienen fácil, es algo que consta en El proceso, El castillo y en Un mensaje imperial. Kafka llega a imaginar que así como el sentimiento de impotencia e inutilidad puede darse de abajo hacia arriba, también puede ocurrir de arriba hacia abajo, tal le sucede al mensajero del brevísimo Un mensaje imperial, que más bien puede ser apenas el embrión de una obra de mayor alcance (“A esta tarea literaria no puedo entregarme por completo, tal como habría de ser, y ello por diversas razones”, se quejaría Franz en una carta dirigida a Max Brod[3]). Este mensajero imperial se asemeja a Barnabás, el mensajero entre K. y (no es seguro –como nada o casi nada lo es) Klamm, porque ellos deben esforzarse, y se esforzarán, por cumplir un encargo inútil.

Quien quiera tener la última palabra respecto a Franz Kafka, deberá considerar, antes de intentarlo, la afirmación de Gustavo Artiles sobre el escritor checo, que tampoco ha de tomarse como verdad absoluta: “Su valor descansará siempre en lo que él encierra de inexplicable. Pienso que, si algún día se lograra explicar del todo a Kafka, su fascinación disminuiría.”

Por mi parte, yo seguiré imaginando a ese muchacho de Carta al padre, Franz Kafka Löwy, vestido de policía, en una esquina de esta ciudad cualquiera que sea, aplicando la ley con rigurosa pasividad. Le preguntaré cuál era el camino, y, naturalmente, no me contestará que él es el camino, la verdad y la vida, sino que sonreirá y dirá:
—¿Por mí quieres conocer el camino?
—Sí —diré—, ya no puedo hallarlo por mí mismo.
—Renuncia, renuncia —dirá, y se volverá con gran ímpetu, como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.

Domingo José Bolívar Peralta.
26 de enero de 2.017.



[1]www.franzkafka.es (Ensayo: Objetos a los que se refiere lo kafkiano).
[2]www.franzkafka.es (Ensayo: La sobreestimación de Kafka (una herejía))
[3]www.ciudadseva.com (Sobre el arte de escribir. Comentarios y apreciaciones de Franz Kafka sobre sí mismo como escritor y sobre su literatura)

jueves, 12 de enero de 2017

Seva: el “ménage à trois” entre la Ficción literaria, la Historia y la Realidad


Quizá sea cierto que Luis López Nieves nunca imaginó que publicar Seva sin la etiqueta de cuento en el suplemento literario En Rojo del periódico Claridad, de su natal Puerto Rico, conmocionaría tanto a los borinqueños; sin embargo, supongo que su intención al hacerlo así no estaba muy lejos del efecto que se registró en la isla a partir del 23 de diciembre de 1.983.
No voy a extenderme en detallar ni estudiar la reacción de los puertorriqueños de todos los niveles sociales e intelectuales ante la aparición de Seva, como cuento; estaría de más, puesto que me referiré a Seva como novela o experimento literario, en donde se encuentra abundante información al respecto.
Historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898, con ese complemento en el título, sin duda que Seva se proponía una reacción quizá no de los alcances pero sí del tipo que logró producir. El cuento cimienta su éxito en los recursos literarios utilizados por el autor López Nieves (epistolar, documental, épico) y en apostar a la idea de Nación, tan estropeada en el pueblo puertorriqueño y a la vez anhelada. Seva es hoy por hoy un símbolo de la lucha de quienes no quieren más estar en línea recta bajo las directrices de la política estadounidense y tampoco quieren ser dirigidos por políticos áulicos del imperio gringo.
Todo esto es muy importante, porque una vez más nos demuestra el poder de “la pluma”, y ratifica aquello que diría Picasso y he parafraseado en otras ocasiones: el Arte es una mentira que nos revela la verdad.
Siendo admirable todo el revuelo, las polémicas que Seva cosechó después de su publicación en el suplemento En Rojo del periódico Claridad, Luis López Nieves no llegó hasta ahí nomás. Se lo tomó en serio, como reclama Charlie García en su canción Deberías saber por qué. Luis López Nieves empieza a anexar, integrar a las páginas del cuento textos relacionados con el “efecto Seva” escritos por personalidades puertorriqueñas. Si el cuento es una alteración a la Historia, la novela empuja a la realidad al reino de la ficción. López Nieves lleva a un nivel más alto su propósito inicial, porque ya no es sólo el Puerto Rico de hace un siglo, también el Puerto Rico actual entra al ámbito de su obra, logrando con ello un resultado prodigioso. El lector se verá a sí mismo persiguiendo un conejo y caerá en el libro, como el personaje autor del Apéndice 3. Seva: ¿Historia, engaño o concreción de un sueño?, Marco Rosado Conde, quien se pregunta: “¿Cuál es la fantasía y cuál es la realidad?” Al final, tendremos que hacer nuestra la conclusión a la que llega Rosado: “Creo que a veces nos creemos demasiado lúcidos y en verdad las confundimos.” O tal vez asumir la actitud de Segismundo: “La vida es sueño y los sueños, sueños son.”
De todos modos, si de algo estoy convencido, es que “¡Seva vive!”

Domingo José Bolívar Peralta

viernes, 23 de diciembre de 2016

La agridolce vita de los conde… nados



Sólo por sus acertadas dosis de salero y “concupiscencia carnal”, y su estupenda “banda sonora” (¡qué delicia leer después de ¡Que viva la música! otra novela igualmente musical!), he tenido para sentirme a gusto con Maracas en la ópera; cumple con ese primer requisito de mucho aprecio en autores como Jorge Luis Borges y Umberto Eco: entretener. Aún más, cumple con eso otro que Borges y Eco no dejarían jamás de lado: la provocación al intelecto.
Ramón Illán Bacca baraja a lo prestidigitador la narración sorprendiéndome cada tanto con ases guardados bajo la manga. Es como el crochet, un tejido en el que personajes y situaciones, se entrelazan con maestría. A medida que avanzaba en la lectura fue como si estuviera viendo a una señora que con sus agujas iba retorciendo las hebras, e iba tomando forma aquello que inicialmente parecía sólo un hacer nudos.
Para mí, que en muchas ocasiones el autor lograra sembrar la duda de si lo que estaba leyendo eran hechos reales que no cuenta la Historia “oficial”, chismes de reuniones sociales y esquinas de barrio, o mera invención de su imaginación, demuestra un conocimiento enorme del oficio y un talento natural, que se evidencia cuando se parlamenta con él (sin dudarlo: mucho mejor parlamento que aquél de los “honorables padres de la Patria”), porque Maracas en la ópera, aun cuando la trama, la forma en que se presenta la novela con sus divisiones, la estructura, tenga su complejidad, es una obra impregnada de esa brillante soltura que tiene Ramón como conversador.
Este contar otra historia de la Historia es como si se tratara de un deliberado acto de rebeldía del escritor que se niega a aceptar la versión de los libros escritos por historiadores de cuello almidonado, en los cuales investiga al igual que recurre a otras fuentes. Nos ofrece una mirada oblicua de la realidad, tan confabulada con la de aquel otro célebre bizco a quien en vida y muerte se le conoce con el apodo de “Tuerto” y que aparece en su novela: el poeta Luis Carlos López, aparejado de una ironía y un gracejo tal los de Ramón; “cucarachas del mismo calabazo”, como alguien me dijo una vez.
Oportuno es tomar del trabajo de Estelle Irizarry titulado Seva, de Luis López Nieves: Un clásico incalificable, las palabras que dedica a esta obra del autor puertorriqueño bajo el capítulo “Este es un rompecabezas de difícil resolución”, puesto que refleja exactamente el efecto que ha logrado, al menos en mi caso, Ramón Illán Bacca con su Maracas en la ópera. En su estudio crítico Estelle Irizarry argumenta: “[…] como rompecabezas reta al lector a comprobar su verdad o mentira, al mismo tiempo que parece refractario a toda prueba. Como ocurre a menudo con Borges, la mezcla de verdad y mentira está elaborada de modo tan genial que el lector termina siendo víctima comoquiera, si suspende toda duda y se entrega a la ficción, o si se pone a buscar datos para comprobar la mentira.” (Estelle Irizarry, Seva, de Luis López Nieves: Un clásico incalificable, Seva/Luis López Nieves, Colección Cara y Cruz, Editorial Norma, 1ª edición, 1.996).
¿Por qué Maracas en la ópera? Ajá, el título original de la novela era Bratislava, pero acertadamente se cambió por este último. Digo yo que es tan exótico como unas maracas insertas en una ópera presentada en La Scala de Milán, que un conde italiano, Amadeo Antonelli-Colonna, vástago de una rancia familia de la nobleza, protagonista de la historia europea con hechos sobresalientes y aún polémicos como la bofetada que Sciarra Colonna le zumbara al Papa Bonifacio VIII, cuando secuestraron al pontífice, por allá en el año 1.303, pues que es exótico que este conde, sin el poder político ni económico de sus antepasados y con ciertas características especiales de su personalidad (tan amante de la música como de las negras), se haya fugado de Italia con una princesa Abisinia y después de un tiempo con ésta en Panamá, donde ella muriera, terminara arrejuntándose con una mulata cartagenera (prostituta y con apenas 17 años de edad) y su vida transcurriera mayoritariamente desde entonces en el Caribe Colombiano, y que su descendencia, dos generaciones más hasta donde termina la novela, naciera y se criara aquí, en este Caribe Colombiano, gozando y sufriendo estrambóticas aventuras y todo con harta música de fondo (todos ellos apasionados por la música y las negras), en especial el aria de la ópera Escándalo en la pensión inglesa, que no es del usurpador Azalli sino del músico japonés Yukio Mizuno, apellido nipón que al parecer también retoñó en el municipio de Usiacurí, lugar a donde llegó Julio Flórez en busca de aguas medicinales y encontró el amor.
Es maravilloso cómo Ramón Illán Bacca lleva a los personajes principales, los Antonelli-Colonna, de la holgura y hasta la gran fortuna hasta las penurias económicas, una y otra vez. Cómo siempre se hallará a una mujer en el ojo de sus huracanadas vueltas y revueltas, mujeres de piel oscura: “¡Kupris! ¡Astarté! ¡Astoreth!” afrocaribeñas.
La novela tiene sus momentos pesarosos, justos y necesarios para su equilibrio, y logra mostrar las contradicciones internas de los personajes, a quienes no se les puede encasillar de manera tan simple, como sucede en las telenovelas, a unos de buenos y a otros de malos.
He oído a otros decirlo y ahora lo compruebo con esta lectura, sumada a lecturas que he hecho de artículos de prensa, notas culturales y demás de Ramón Illán Bacca: es un autor que merece mayor atención por parte de los lectores. Que no se nos haga tarde, compremos ya sus libros.



15 de diciembre de 2.016

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Es poeta


En su discurso de aceptación del premio Nobel dijo: «Muy raras veces me he expresado acerca de este tema [la poesía], casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.
El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso –o más bien principalmente– de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta –como si se tratara de algo vergonzoso–. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas.»
Es que es tan difícil para un poeta decir soy poeta porque rara vez se le creerá ni se le tomará en serio, puesto que no existen títulos académicos que gradúen de poeta, no es una profesión, y por tanto como “proyecto de vida” ya no tiene el valor suficiente como para “ser alguien”. El que llegara a sentir que no es capaz de concebir su vida sin la poesía y se quisiera dedicar con pasión a ella, deberá tener en cuenta que vivir de la escritura de versos es casi un suicidio a cuentagotas; la novela vende mucho mejor.
Es diáfana Szymborska cuando nos presenta este ejemplo: «Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como “parásito”, por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.» En efecto, demuestra el precio que ha debido pagar un poeta para ser, ante todo, poeta.
Asimismo, la poeta polaca da con otra de las claves por las cuales es tan difícil que un poeta pueda decir con propiedad soy poeta y sea tomado en serio: hay una predisposición de la gente a creer que los poetas tienen que ser unos personajes excéntricos, ensimismados todo el tiempo o como si anduvieran rodeados de una niebla. De igual manera, atinó cuando dijo lo siguiente: «La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos.» El poeta escoge ser poeta y si en verdad lo es, persistirá en sus versos, luchará una y otra vez por crear ese bello artefacto que es un poema, tal como lo hace el tornero, el panadero, el químico que ama su trabajo y brega por obtener los mejores resultados de su labor. La diferencia es que el poeta no trabaja sus poemas para ganar dinero sino para expresar lo que revolotea en su mente; el dinero, si viene como añadidura, bien recibido es, pero no es el objetivo. Y es que lo que revolotea en la mente de los poetas es de naturaleza muy diferente, como señaló Wislawa, a lo que se yergue en la mente de otro tipo de personajes a quienes «también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente». El poeta trabaja con dudas, con incertidumbres, mientras que «los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto» creen haber descubiertos verdades absolutas, piensan que con lo que ya “saben” no hay nada más que saber. En el contexto actual, estas consignas vuelven a oírse cada vez más fuerte; mas una poeta como Szymborska le ha recordado al mundo el peligro que éstas representan: «Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.»
Cuando se refirió a la inspiración, la galardonada con el Nobel de Literatura se limitó a considerar que no puede decir con exactitud que es. Y es como si el motor de la inspiración fuese esas dos palabras que la misma poeta dice valorar muchísimo: “no sé”; el motor de las «personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.» Es enfática: «También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente no sé», como los grandes científicos que están en perpetua búsqueda del saber (y nos mencionó a Isaac Newton y María Sklodowska-Curie –la famosa Marie Curie, de origen polaco, como ella)
Y remató su discurso Wislawa Szymborska atreviéndose a citar la frase “Nada hay nuevo bajo el sol” del Eclesiastés bíblico, para contradecir, con su personal visión de la realidad (la cual, como ella misma advierte, no es dogmática) que sí, que siempre hay algo nuevo, que siempre algo surge que no estaba, y el mundo no se ha terminado de hacer, y reflexiona sobre lo particular que es cada cosa en esto que conocemos como universo, por tanto ningún poeta podrá decir: «"Ya he escrito todo, no tengo nada que añadir."»

Domingo José Bolívar Peralta
13 de diciembre de 2.016

jueves, 24 de noviembre de 2016

¡Que viva, carajo!


Propongo un juego: imagínese que Andrés Caicedo no se mató el 4 de marzo de 1.977, poco después de haber salido en libro su novela ¡Que viva la música!, y que no es ahora, cuando estamos muy cerca del cuarto aniversario de la edición príncipe de esta obra y su suicidio, que se haya llevado al cine por primera vez la narración de María del Carmen Huerta, sino que el mismo Caicedo y sus amigos del “Caliwood” (Mayolo, Ospina, Romero…) la adaptaran a la gran pantalla, digamos, en los años en que una jovencita caleña, una refulgente belleza de cabello rubio ondulado un poco alborotado, iniciaba su exitosa carrera de actriz, porque yo estoy casi al ciento por ciento seguro que si Andrés Caicedo la hubiera visto habría exclamado “¡Ve, esa es La Mona!”, o algo así.
Es la primera vez que leo ¡Que viva la música! y la imagen de la “rubia, rubísima”, no de ese rubio “trigo que secó el sol y hebra desteñida” de los gringos sino de un pelo color encendido como la carne del mango maduro, es la imagen de mi Juanita Acosta de mi adolescencia. Aún no he visto completa la película de Carlos Moreno (quizá nunca lo haga), pero sí algunos fragmentos de ella, y bueno…, no es La Mona ni es Juanita Acosta (Juanita, en diminutivo, como la gran mayoría de la muchachada de la literatura y vida real de Andrecito).
Supongo que todo esto que he escrito arriba (disculpa, lector, ardía por jugar con esta parte de El libro negro de Orhan Pamuk: hacer la petición de Galip [Celâl]: “tipógrafo: si ahora estamos en lo alto de una columna escribe «abajo» y no «arriba») compete casi exclusivamente a los mayores de 30 años.
Ahora, hipotético lector, tómate al menos un minuto de pausa, suspende esta lectura e imagina, si ya leíste la novela del niño Andrecito…
Ya desahogado contigo, fantasma querido ‒si era gol de Yepes, era también el papel para Juanita‒, paso a mi experiencia como lector de ¡Que viva la música! y arandelas. Las dedicatorias, ¡ay!, muchas veces por parecerme simplonas he pensado que deberían estar en la página que sigue al punto final de lo que conforma lo esencial del libro, aquello que escrito en verso o en prosa, es su razón de ser y la de los editores para publicarlo como la de los lectores para conseguirlo. Pero esta dedicatoria, que no lo es, a Clarisolcita, antidedicatoria, es una suculenta carnada para este pez. Antidedicatoria que, efectivamente, es un puente entre la ficción y la realidad, conjuga la vida del autor con la vida de la novela. El lector gatuno indagará quién es esa Clarisolcita y cómo se relaciona con la “heroína” de la novela.
Luego los epígrafes, arma de doble filo. En algunas obras he tenido la sensación de que el escritor es una persona pedante que los utiliza con arrogancia. Da gusto encontrar, como en este caso, epígrafes cuya intención es darnos indicios del espíritu del escritor y del espíritu del libro. Diré, para seguir la “arjoniana” analogía, que el pez ya no sólo mordisquea la carnada sino que ha abierto la boca y se clavó el anzuelo en el labio.
La perdición del pez, su total entrega al pescador, viene cuando acaba de leer ese primer párrafo de la narración. ¡Carajo! ¡A lo Gran Maestro! ¡Knock out, grita el juez! Y el hechizo sigue, y sigue… El pez, dócil, está en las manos del pescador, dispuesto a vivir o a morir, pero el pescador es tan bueno que lo deja vivir en las vitalísimas aguas de ¡Que viva la música!; aguas con tanta vitalidad que el punto final es una muerte regocijada, muerte que sabemos nos acompaña con una sonrisa en los trágicos finales de personajes memorables. ¡Oh, Ricardito Miserable!, ¿acabaron tus días lobotomizado por un científico loco? Llené el cuestionario del psiquiátrico.
De todos los personajes clave (y notas, musicales) de la novela, es este Ricardito Sevilla, alias Miserable, el que más me conmovió, por dos razones: primera: por su aire melancólico, desamparado y tendencia asocial, pero muy noble; la segunda: porque se me hace que faltó ese libro, esa lectura compartida para que María del Carmen y él se besaran, se dieran cuenta, se convencieran de que estaban enamorados (bueno, me parece que Ricardito sí lo sabía, y que quizá La Mona lo intuía, pero se negaba aceptarlo por no “perder mi brillo”). Lástima, por un lado, pero por el otro está bien porque Andrecito me deja soñar con ese ¿qué tal si…? Ricardito Miserable, tan bello susurrándole Moonlight Mile, traduciendo al instante como los traductores de la ONU, ajustando la letra a su dolor; tan atento, de un lado a otro, angustiado, queriendo disculparse con cada uno de los asistentes a la fiesta del Flaco Flores por su “lamentable comportamiento”; aquel aullido y el “extraño fenómeno”, uno o dos fotogramas del reciente nuevo día que María del Carmen sintió detenidos tal vez por su “vinculación seria con el Miserable”, cosa que según ella nunca le importó, y yo digo que nunca quiso aceptar.
Perfecta pareja dispar: noche – día, desparpajada – taciturno, etcétera; ambos, sin embargo, en la misma sintonía del tormento y la insatisfacción. Fueron en verdad, como pensarían quienes los vieron subiendo agarrados de la mano al segundo piso de la casa del flaco Flores, “una historia de amor trágico”, siendo precisamente lo trágico de la historia que en ésta nunca se dio, como en el caso de los amantes Francesca y Paolo del Infierno de Dante, aquel momento que sellara la unión, la comunión, el libro u otro catalizador que propiciara el mutuo reconocimiento, filtro de amor, y deshiciera las barreras, apenas acaso telitas de telaraña por el lado del Miserable y gruesa muralla de hormigón por el lado de La Mona. La mayor miseria de Ricardito Sevilla fue amar a María del Carmen Huerta, personaje que ella, de soslayo, no deja entrever en estas memorias lo que le significó, porque aún se niega a reconocer lo que para ella ha significado.
En todo lo demás La Mona es fiel a sí misma, a lo que siente, piensa y hace; su vida dedicada por entero a la música, a la rumba brava, del rock a la salsa y del Nortecito al Sur; de niña bien a puta; pero siempre la más bailadora, la más aguantadora (salvo cuando vivía Mariángela, su yo misma tú), la más rumbera.
Termino mi atrevimiento, bendito espectro que aún sigues estas líneas, con cierto parangón que se me revuelca en el revoltijo de sesos: hace ya unos años leí El titiritero, novela del también valluno (nacido en Tuluá, oís) Gustavo Álvarez Gardeazábal, que si no estoy mal también salió a la luz en 1.977, y en ésta hay también una protagonista, “heroína”, que se llama María Victoria O’Byrne, jovencita de clase alta que desciende a las capas bajas de la sociedad y se une a ellas en las luchas juveniles de aquellos años posteriores al “Mayo del 68” francés y la “Masacre de Tlatelolco” mexicana, y sufre terriblemente el ensañamiento de la “bota militar” en un aula de la Universidad del Valle. Pues sí, algo había en esa época en Cali que dos escritores tan distintos concibieran dos personajes tan similares en ese espíritu rebelde, libertario, capaces de despojarse de los convencionalismos pendejo-burgueses y dispuestas a mandar al carajo el estatus social y el futuro que se les tenía previsto. Era una época en que la juventud anhelaba transformaciones y se enfrentaba a los patrones sociales, a la hipocresía moral y a las costumbres y tradiciones que no valía la pena conservar, reafirmando sólo aquellas dignas de “un mundo mejor”, como soñaba la canción de Los Speakers. Lástima que todo aquello se haya perdido; sólo en la última década del siglo pasado hubo un leve resurgir de aquella desazón e inconformismo, aquella actitud en la juventud se ha perdido casi que por completo en estas desagradables dos primeras décadas del siglo 21 de la world wide web  y los teléfonos móviles más inteligentes que quienes los portan. Son escasas incluso en las universidades públicas las agitadoras como Vicky O’Byrne y son escasas en las rumbas las tigresas con un discurso tan contundente como María del Carmen Huerta.
Ahora sí, termino diciendo que ¡Que viva la música! es una novela provocadora, arriesgada, a la que hay que cogerle el paso, porque si en verdad “Sufrir me tocó a mí en esta vida”, “Ponte duro” y “Agúzate”; sé la “Salt of the Earth”.

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Para Eli, quien por su pelo y su belleza me recordó a Juanita Acosta antes de leer ¡Que viva la música!; pero por bien y por mal, no es como María del Carmen.



Domingo José Bolívar Peralta
20 de noviembre de 2.016