jueves, 12 de mayo de 2016

Veleidad de veleidades


Inicia Julio César, de El Bardo, con Flavio y Marulo (no éste un Marulanda de Marinilla), patricios, recriminando a los “simples” (no salgo aún de el enigmático nombre de la rosa [y aspiro no salir nunca], Eco, eco, eco…) por su veleidad: otrora vitoreaban a Pompeyo mas en este día esperan a Julio César, quieren verlo y aclamarle, siendo César rival y verdugo de la sangre de Pompeyo. Pero no teman, que de entre el pueblo uno, un bribón, bribonazo, sabe muy bien, con pomposo cinismo, hacerle frente a los de alta cuna: el “cirujano de zapatos viejos”: –¡Caminen, limen sus suelas en las calles de Roma; yo repararé sus zapatos; por menos de un denario tendrán viejos zapatos nuevos!

El remendón tiene claro que no perderá un día de trabajo sino que ganará varios, o, interpretando la conversación de otro modo, su voluntad, como veleta cuando no sopla el viento, apunta fijo en una dirección: burlar a los dos ceñudos señores. No, más bien, francamente, a decir verdad, está matando dos pájaros con el mismo tiro.

¡Ah!, no es del todo culpa nuestra. “¡Los hombres son algunas veces dueños de sus destinos!” ¡Sólo algunas veces, Cayo Casio!, y las pocas veces que podemos sujetar las riendas de ese potro son fugaces. Veleidosa es la Diosa Fortuna. ¡O Fortuna, velut luna, statu variabilis!” Quizá debamos seguir el consejo de aquel gran medievalista, Ignatius Reilly: “Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.” Hay cineclubes a los que puedes ir y apreciar de lo mejor del Séptimo Arte, gratis. No te salgas del tema, comentador, estamos en la antigua Roma, no en Cinecittà. ¿De qué hablaba? Del pueblo veleidoso.

Confieso que he plagiado… No, ¡qué palabra tan fea! Confieso que la idea inicial para escribir este malogrado… (esto no es ensayo ni crítica ni reseña…) La idea inicial saltó como salmón de unos comentarios del escritor Joaquín Mattos Omar, exhibidos en la vitrina de un negocito de un tal Fuckerverg, dizque Féizbuk, donde vendemos los productos de nuestra pujante empresa nominada (no a ningún premio) Clan de Lectura Crítica (crítico estoy yo con esto) de la Biblioteca Piloto del Caribe, con sede en la arroyosa Charran-kill-a. Uno de ellos dice: “¿La voz del pueblo es la voz… de qué? Y bajo ese epígrafe nos hace notar lo fácil que es variar el cauce de ese río, los “simples” Adso, el pueblo lego (perdónenme los etimologistas); primero desean rendirle honores a Bruto y poco después lo consideran despreciable. Fijémonos, de esto se quejaba Marulo, sin embargo el mismo Marulo acude al recurso de la palabra (la palabra tiene poder, la palabra a viva voz) como lo hará después Marco Antonio. No hay duda, Joaquín, que la voz del pueblo es la voz de “ese dios”, y que la voz de “ese dios” canta ¡Ooo Fortuuuuunaaaaa…!

Aun esto, digamos lo que es justo decir, no casquemos sólo al pueblo de “ese dios”, que los privilegiados por Fortuna también dicen cosas que denotan su esencia contradictoria. Casca llama “honrados vecinos” al pueblo, a la gente que tenía al lado mientras César se vanagloriaba y caía, y luego, en la misma conversación con Bruto y Casio, suelta estas perlas: “la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.” La hiel de Casca también se manifiesta aquí contra César. El juego de la burla retorna invertido: al principio el zapatero mofándose de los nobles y luego el noble mofándose de la plebe, cayendo César en la última mofa mientras que en la primera estuvo a salvo. ¡Y hay más!, la burla en griego de Cicerón, seguro mofándose de lo acontecido con César, y el que entendió que entienda.

Y como no estoy haciendo un discurso sobre la mofa sino sobre la inconstancia, Porcia, mujer de Bruto, da prueba de su firme constancia: se hiere el muslo, con tal de saber qué perturba a su esposo, y promete ser discreta si éste le revela qué lo saca del lecho, pero qué va, Porcia no se aguanta tanto; y César, dice de sí mismo que es constante como la estrella polar, pero lo vimos titubear: –Ir o no ir, ése es el dilema– cuando Calpurnia le ruega que no vaya al Senado.

sábado, 16 de abril de 2016

Acerca de ese dios

Cuando alguien me pregunta “¿crees en Dios?”, obviamente refiriéndose a ese dios único de los monoteístas judíos, cristianos y musulmanes (que es un dios con el mismo origen: “abrahámico”, es la expresión de muchos estudiosos; prefiero la expresión “semita”), yo digo: no sé si existe; pero si ese dios existe, no creo que sea tal cual lo pintan los judíos, cristianos y musulmanes.

Mis razones para manifestarme así son estas:

Se dice, basándome más en las creencias cristianas, que no conozco tanto las otras:

  • Dios es perfecto.
  • Dios fue antes que todo y antes de él nada fue. Sólo él siempre ha sido.
  • Dios creó todo cuanto existe: el universo, nuestro planeta, la vida… Antes había creado a los ángeles, seres superiores a todo lo que es materia (o debería decir materia-energía, que vienen siendo lo mismo, y comprobándose, desde las teorías de la física de Einstein). Los ángeles, por tanto, son superiores a los humanos, más cercanos a Dios.
  • Como Dios es lo único que siempre ha existido, todo emana de él.
  • La perfección de Dios radica en que su ser es todo amor, bondad. De estas dos cualidades se desprenden todas sus virtudes. En Dios no habita ninguna tara, ningún vicio; es intachable.
  • Dios, como ya se ha planteado, es perfecto, y además omnisciente, omnipotente, omnipresente. Esto quiere decir que nada escapa del saber, el poder y la presencia de Dios.
  • Toda la “Creación”, y hago énfasis en “nuestra creación”, obedece a un “Plan Divino”, que se testimonia en los libros sagrados.

Entonces:

  • Dios creó al Diablo, el primer ángel rebelde, la representación del mal en todas sus variantes.
  • ¿De dónde nace el mal (y por ende la rebeldía), si este ángel fue creado directamente por Dios, y en Dios el mal no habita?
  • ¿Acaso el mal nace, como se creía en otros tiempos (y todavía creen algunos) respecto a los gusanos en la carne putrefacta, por generación espontánea, es decir que surgió por sí solo? Si el mal surgió por sí solo, podría decirse que Dios no tiene poder sobre él, pues no procede de Dios, y ha sido capaz de arrebatarle a Dios varios de sus ángeles, y luego desmoronar sus planes en la Tierra para las criaturas vivientes, en especial la criatura humana: el paraíso, literal y figurativamente, perdido.
  • ¿No será que el mal es parte de la naturaleza de Dios? ¿Qué Dios es tan malo como bueno?
  • ¿O puede ser que Dios se sacó esa parte maligna que habitaba en él, vertiéndola en el ángel que hoy se conoce como el Diablo?
  • ¿O será que el mal que habitaba en Dios buscó por sí mismo la forma de salir de él y actuar de manera independiente, siendo que Dios tenía reprimida esta parte de su ser? Luego, si el Diablo, el mal, es capaz de actuar de manera independiente, es que los “omnis” de Dios no son tan “omnis”. (Este punto tiene cierto tufillo psicoanalista que no me agrada).
  • Tengo esta otra pregunta, psiquiátrica: ¿es Dios un esquizofrénico, bipolar? (no bipolar como la gente que dice: “soy bipolar porque hoy no quiero hablar contigo, pero hablaremos mañana”, sino de esos que se destrozan de manera inconsciente o semiinconsciente y brutal, así como lo que habían hecho).
  • Esta otra pregunta que parece un chiste, pero no lo es: ¿es el Diablo un rebelde con causa?

Lo anterior cuestiona la perfección de Dios en tanto que pone en duda que sea todo amor y bondad. Sin embargo, aún se puede pensar que Dios es un ser perfecto: cuando hace el mal o cuando hace el bien, lo hace sin ninguna falla. Pero he aquí donde “la cola tuerce el rabo” (dijo Fulano): los “omnis” de Dios fallan, si Dios es todo amor y bondad y el mal no estaba en sus planes. Ahora, si todo lo que ha sucedido y lo que sucede (y lo que sucederá, ya que estamos en esto) siguen al pie de la letra su libreto, yo pregunto:

·         ¿Qué clase de Dios, con todos los “omnis” y siendo puro amor y bondad, idea y dirige un “Plan Divino” que precisa del dolor, las injusticias, la violencia… ¡que necesita del mal!?
·         En el caso especial de la fe cristiana, ¿qué clase de Dios, con todos los “omnis” y siendo puro amor y bondad, idea y dirige un “Plan Divino” en el que su “hijo amado”, su “primogénito”, su “consustancial” tiene que padecer terribles tormentos, ser carne para que el mal se refocile? Discúlpenme la analogía, pero ese plan parece escrito por un autor que la buena y correcta burguesía y el cristianismo detestan (la aversión, estando él en vida, fue mutua): el Marqués de Sade. Seguro Dios ha podido tomar otro de sus “caminos inescrutables”, menos cruento, y hasta más eficaz, para vencer al mal, si de eso es lo que se trata.
·         O sí, ahora que lo pienso, fue escrito este libreto a cuatro manos, un alimón entre Sade y Max Rodríguez, quien tiene como lema “Para qué tomar el camino rápido y seguro si existe el largo y peligroso.”
·         Porque, en principio, si la “Creación” es suya, netamente suya, y teniendo todos los “omnis” y siendo todo amor y bondad, a ningún otro ser se le puede culpar por los desórdenes y desmanes de estas criaturas angélicas y humanas. Vamos más allá; la “Creación” es un fiasco desde que existen mecanismos naturales a los que ningún corpúsculo de materia-energía puede escapar: la voracidad con la que se alimenta la existencia de unos en detrimento de la existencia de otros. Pues sí, digamos que nada se pierde, que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.” Ajá, pero no estoy seguro de que a una estrella le pueda gustar ser absorbida por un agujero negro, como tampoco estoy seguro de que a un ratón le guste ser engullido por un gato, y estoy seguro de que a mí no me gustaría terminar en la nevera de un antropófago como Hannibal Lecter. ¿¡Por qué la vida se alimenta de la muerte, por qué tiene que alimentarse de la muerte!? ¿¡Por qué no simplemente nacer con un tiempo definido sin necesidad de matar para vivir, ser felices y morir satisfechos de haber vivido!?
·         Digo más: ¿acaso los ángeles no son suficiente? ¿¡Para qué más si hay criaturas como los ángeles, superiores al resto de la “Creación” en todos los sentidos?! (Hasta en el mal son superiores al resto de la “Creación”, ya tan mal hecho todo).
·         Todo lo anterior me lleva a concluir que este Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, no es perfecto, y todos sus defectos se reflejan en su “Creación”.

Viene la tabla de salvación de Dios: el libre albedrío. ¡Qué va! Un dios cuyas características son: inmaculadamente amoroso y bondadoso (nada de mal, in ma cu la do), omnipotente, omnipresente y omnisciente, bien pudo darles a ángeles y humanos (¡vaya que es un dios al que le gusta discriminar!) su buena porción de libre albedrío, sin que esto implique en ningún momento que ángeles y humanos tengan que verse en la miserable disyuntiva de elegir entre el bien y el mal. Porque el libre albedrío puede practicarse dentro del bien y nada más que el bien. Un ejemplo: Juanito va a salir y se pregunta: “¿Qué me pongo hoy, la camisa blanca con rayas azules, la camisa beige o la camisa fucsia con estampado de girasoles?” Una elección libre, en la que los ángeles, y mucho menos Dios, verían necesidad de intervenir, a menos que detesten la camisa fucsia con estampado de girasoles.

No es que le hayamos dado un mal uso al libre albedrío, sino que lo tenemos en medio de condiciones y cualidades intrínsecas que nos llevan a elegir lo que en determinado momento se dirá que es malo. Paso seguido se le echa la culpa al pobre Diablo, el chivo expiatorio de Dios, y de los humanos.

Una rosa es una rosa es una rosa...

"Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos."

"Quería que el lector se divirtiese. Al menos tanto como me estaba divirtiendo yo. Esta es una cuestión muy importante, que parece incompatible con las ideas más profundas que creemos tener sobre la novela." Cito al mismo Umberto Eco, quien a la manera de Edgar Allan Poe, escribió un texto que da cuenta de cómo y por qué escribió El nombre de la rosa, titulado Apostillas a El nombre de la rosa. La razón de esta cita se debe a que en la novela se debate con mucho ahínco y erudición sobre la risa. Jorge sostiene que Jesús jamás rió y que la risa es señal de banalidad, estulticia; necedad por la cual se resta importancia a lo que es importante. Hubo, donde trabajo, una reacción de uno de esos dignísimos abogados que, por castigo divino será, nos toca atender, cuando en chanza, por algo que me había dicho una compañera, yo le contesté "el man está vivo" (ya deben suponer qué clase de conversación tenía con esa compañera). El abogado intervino, sin haber captado el sentido de nuestra conversación, diciendo "¡Ah, sí, como dice el cura bandido ese de Santa Marta, que hasta pinta a Jesús riendo!". Aunque ese mismo día estaba transitando por los pasajes en los que se discutía sobre lo beneficiosa o perjudicial que es la risa, y había oído (más que leído, oído, con esa voz imponente suya) a Jorge de Burgos decir que Jesús jamás rió y escuchar sus argumentos en contra de la risa, y los argumentos de Guillermo de Baskerville defendiendo la risa y dando a entender que por su naturaleza humana Jesús bien pudo haber reído, y las intervenciones de los otros monjes envueltos en el debate (y las misteriosas muertes y actividades non sanctas al interior de la abadía), aun así, no quise, no tuve ganas de iniciar un debate con el indignado abogado. Me habría servido mucho lo que dice Eco: "Divertir no significa di-vertir, desviar los problemas", si la conversación, con astucia, yo la hubiera encaminado hasta este punto, algo no difícil de lograr frente a esta clase de profesionales del derecho. Sin duda, ese litigio lo ganaba yo; bastaba con mencionar personajes como Jaime Garzón para evidenciar lo serio que puede ser la risa, que hacer reír no necesariamente significa desviar los problemas o signo de estulticia, como dice Jorge. Claro, ese abogado no es Jorge de Burgos. Lectores míos, ¿no creen ustedes que Jorge de Burgos, recién recuperada la vista por el favor de Dios, se desbarataría los ojos como hizo Edipo si llegara a ver una de las camisetas de "el man está vivo"?, Ya lo veo, untando la Biblia del buen samario con aquella pócima secreta, para que el alma de ese hereje, blasfemo sacerdote coleto arda eternamente en el fuego eterno, soportando los peores suplicios jamás imaginados.

Finalmente, Eco logra vencer a Jorge de Burgos. ¡Que se vaya con su Aristóteles al Infierno el viejo loco! ¿Cómo es eso? No sé ustedes, pero yo, hermanos amadísimos, reí por montones leyendo esta obra, me divertí, porque en medio de los crímenes, el suspenso, las intrigas y la constante amenaza de la condenación eterna, e incluso de los sublimes arrebatos amorosos de Adso y las descripciones preciosas del paisaje circundante y la abadía, la obra está salpicada, en especial en momentos de alta tensión, de palabras, dichas o pensadas por los protagonistas, y situaciones cómicas. ¿Cómo no reírse cuando Ubertino intimida a Adso con sus apretones y miradas? ¡Adso, por Dios, Ubertino es un santo, no es Berengario! Aunque debo admitir que hay un personaje que me inquieta mucho y que, aun cuando me hizo reír también, me produjo mucha tristeza, por su vida tan llena de dificultades, por ser tenido como un monstruo. Me parece que a este personaje Rosseau lo podría presentar como ejemplo vivo de su célebre frase “el hombre nace sano, la sociedad lo corrompe”; porque si Salvatore es un monstruo, es porque en su periplo vital todos aquellos con quienes se tropezó contribuyeron a deformar su figura y su espíritu.

Cambiando de tema, sí, hermanos míos, eso hago para ganarme el pan (y apenas obtengo para medio pan), ejerzo un oficio muy antiguo: el de escribano, escribiente, transcriptor o, como se usa más en estos días, digitador. Claro, oficio que se hace ya no con pluma, tintero y papel sino con teclado, pantalla, impresora y ésta última si lleva la tinta y el papel. Así que, de alguna manera, estoy emparentado en materia de trabajo con los monjes del scriptorium. La diferencia mayor es que ellos, los monjes medievales que describe Adso, adoran su trabajo, sienten que hacen una labor muy importante (casi nada, conservar el legado de grandes filósofos, teólogos, poetas, alquimistas…) mientras que yo, a diario me enfrento con memoriales mal redactados, he imagino que Temis tiene los ojos vendados no por imparcial sino porque no quiere leer esos escritos, y de ahí el llamado “represamiento de la justicia”. Y hasta bastante falta les hace a mis clientes, los simples y los abogados (los simples con título), que Guillermo de Baskerville les dé unas clases de lógica, porque salen con unas marañas que ni ellos mismos se entienden.


¡Ah, hermanos míos, cómo me gustaría estar encorvado, en mi mesa, con la pluma en la mano, copiando un libro exquisito en un pergamino virgen, escuchar, por sortilegio de los signos gráficos, la voz de algún sabio! ¡Eso en vez de esta atroz realidad, estar encorvado, en mi mesa, con los dedos en el teclado, haciendo aparecer en la pantalla del computador, en letras, las palabras que me dice un mediocre, un simple!

miércoles, 23 de marzo de 2016

Consuelo/Aura: el amor órfico

Al traspasar el umbral de la puerta de la casa marcada con el número 815 de la calle Donceles, se ingresa a un ámbito ambiguo, mágico. Entramos con Felipe Montero, pero es otro personaje el que nos conduce hasta ahí, alguien que siempre le habla al opaco historiador de manera coloquial, con desparpajo familiar; no le dice usted, o vuestra merced, ni nada parecido, sólo le habla de “tú”.

Como una proyección de esa magia, quizás, este personaje misterioso sale de la casa; sale a capturar a Felipe Montero y se le presenta bajo la forma de oferta de empleo en un periódico cualquiera, y le habla, le persuade de que es a él, sólo a él, a quien va dirigido el anuncio. Desde ese momento, el tiempo deja de ser ese momento; ya no estaremos en el ahora, ni en el después con que la voz va desnudando el destino o devenir; la escuchamos en tiempo pretérito, legendario. Esta historia ha empezado mucho antes, y ese antes ha disuelto los límites, se ha fundido con el ahora y el después.

Entramos y nos encontramos con unas memorias inconclusas, las del general Llorente, que deben ser completadas por una mano, la de Felipe Montero, que tiene el mismo pulso de la mano que las había escrito. Esas manos, las de Felipe Montero, son las manos que Aura sentirá en su piel, las caricias del general Llorente en las capas de cebolla de Consuelo.

Estamos allí, en la casa donde los espejos son innecesarios porque para verse están las viejas fotos. La casa donde uno es el otro y ésa es aquélla. En esta casa la juventud se cansa y desaparece, pero a los tres días vuelve. En esta casa el amor persevera y, pecaminosamente, desciende como Orfeo, al exterior, y trae de vuelta, con éxito, a la persona amada en carne nueva, rescatándolo de la mediocre “realidad”. En esta casa el avatar es carne nueva, bella, parida por el deseo, reverdecida por la savia de plantas que crecen en la oscuridad y por ritos proscritos.


La casa número 815, antes 69, de la calle Donceles, se sostiene como forastera en el mundo de los aparatos eléctricos, iluminada apenas por velas y esa fantasmagórica luz que procede de su propia oscuridad. Está sitiada. Es una indeseable anacronía, no encaja con la positivista modernidad; pero la magia que habita la casa es capaz de romper el cerco. El sortilegio reaparece cuando lees ese anuncio… Estás embrujado.

viernes, 11 de marzo de 2016

¡Ay, qué desgracia!

Inicio por el principio. Recuerda a escritores como Nabokov, Kafka, Gabito, por esa tela de araña que tiende desde el primer párrafo. Coetzee lo logró, soy la mosca adherida a sus hilos sedosos. Empieza la nada desgraciada tarea de leer. Leo esas primeras líneas con una sonrisa cómplice.

Noto esa mano de cirujano, su escalpelo es la ironía, y la ironía es a su vez una fuerza capaz de moverse entre los distintos niveles que hay dentro de la ficción que ha construido J.M. Coetzee. La ironía se encuentra abundante en los discursos del narrador (estilo libre indirecto —corrección de Joaquín Mattos; había dicho, yo, narrador omnisciente— tiempo presente, tercera persona), en las palabras que David Lurie dice para otros o guarda para sí; aparece también en lo que dicen personajes como Lucy, Rosalind y hasta el pétreo Petrus. La ironía está presente no sólo en las palabras que se piensan y dicen o callan, se encuentra de manera explícita y… utilizaré la palabra “subliminal”, en las situaciones y en la naturaleza de los personajes. La vida es la más grande ironía. Dante Alighieri tituló a su obra cumbre La comedia. Pasado el tiempo, se le agregó una palabra al título y hoy se conoce más como La divina comedia. Con este libro Dante nos hace un recorrido turístico por el Infierno, el Purgatorio y el Cielo; en sí no es un paseo por un parque de diversiones. Dante usó la palabra comedia con connotaciones muy distintas a las de hacernos reír; la ironía es que ahora el título es irónico. Espero no haberme equivocado en estas doctas apreciaciones. Así, Desgracia es una novela irónica; el mismo título me parece una amarga burla de todo lo que sucede en sus páginas.

Para ilustrar lo que he dicho, confieso que casi revienta mi pecho una carcajada cuando leí esto, una frase cruel:

“¿Qué más dará que fuera en serio? Pasada cierta edad, todas las aventuras van en serio. Igual que los ataques cardíacos.”

Es David, respondiendo a una pregunta que le hace un colega sobre sus intenciones con Melanie. Ironía en mi risa, ironía en la misma forma en que David sorteó la situación.

No es menos irónico lo que le proponen sus colegas, después de haber sido David denunciado por Melanie: que se someta a “un curso de aprendizaje de sensibilidad.” ¡Ja! ¡A un hombre que imparte cursos de poesía!

He aquí otro momento jocoso, un diálogo entre David y Lucy. Rememorándolo, páginas más adelante, me revolvió el estómago:

“—¿No te pone nerviosa vivir aquí sola?
Lucy se encoge de hombros.
—Bueno, están los perros. Los perros todavía significan lo que significan. Cuantos más perros, mayor la disuasión. Y, en todo caso, si alguien decidiera asaltar la casa, no veo por qué iban a estar mejor dos personas que una sola.
—Caramba, eso es muy filosófico.
—Sí. Cuando todo lo demás me falla, me pongo a filosofar.
—Pero al menos tendrás un arma.
—Tengo un fusil. Voy a enseñártelo. Se lo compré a un vecino. Nunca lo he usado, pero lo tengo.
—Muy bien. Eso me gusta: una filósofa armada.”

La ironía es un arma eficaz para hacer crítica, para cuestionar. Valores, tradiciones y consensos que se imponen sobre la conciencia. El individuo —utilizaré esta palabra que David usa— emasculado por la conformidad. A su manera, David es un “antisocial”, o quizás el término más adecuado sea "asocial".

A partir de la ironía, se reflexiona sobre la vida, la reproducción, la vejez, la muerte. La inmortalidad del alma, la naturaleza del alma o el alma en cada ser de la naturaleza, el Arte y la paternidad-maternidad como vehículos para trascender la propia vida.

El final está a la altura del inicio: conmovedor hasta las lágrimas.

No es un final que cierre todas las situaciones. Deja abiertas las puertas en lo que concierne al embarazo de Lucy, a las intenciones de Petrus y Pollux (¡qué nombrecito para ese personaje!), la finalización de Byron en Italia, qué ha sido de Soraya o Melanie Isaacs…

Pero por encima de todo, es un final que deja a la vida seguir adelante, mientras la muerte tomará lo que a ella le corresponda.

¡Así que esto es el arte! ¡Así es como funciona! ¡Qué extraño! ¡Qué fascinante! No sé si hay algo digno de mención en todo esto.

viernes, 26 de febrero de 2016

Nunca como humanos (Granja animal)


“En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general.” George Orwell. La libertad de prensa.

Animal farm (Granja animal), Rebelión en la granja, para nosotros, hispanoparlantes latinoamericanos, condensa, en la versión digital traducida al español que conseguí (www.infotematica.com.ar), en una alegoría de 89 páginas, décadas de Historia. Tenemos claro que la idea de George Orwell, el autor de esta obra, era desenmascarar a Stalin y el régimen que impuso en la Unión Soviética, pervirtiendo los ideales iniciales del Comunismo.

Pero si uno se olvida de eso, aun mejor, si no lo llega a saber hasta después de leído el libro, encuentra que la fábula va mucho más allá; esta ficción de Orwell es reflejo de lo que, en todas las etapas históricas, ha sucedido cada vez que el ser humano ha intentado buscar una forma de organizarse comunitariamente. Siempre ha aparecido la figura del “caudillo” y de la clase dirigente, y éstos, como detentadores del poder, gozan de privilegios negados a la gran mayoría.

Hay algo que llama mi atención: Orwell hace énfasis en que son los más “inteligentes” quienes abusan de aquellos más tardos de entendimiento. Parece ser que la inteligencia humana está ligada a la perversidad humana. “El conocimiento es poder”, y quien tiene el poder hace lo que le da la gana con los demás. Mas ahí está el personaje del burro, quien es tan inteligente como los cerdos, pero su actitud nos deja con la duda: ¿es más inteligente o menos inteligente? Es un burro que sabe, que ha vivido, y la experiencia propia (y al parecer la transmitida por sus mayores) le ha impregnado el espíritu de cierto escepticismo y apatía; algo así como un estoico: “Únicamente el viejo Benjamín manifestaba recordar cada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca fueron, ni podrían ser, mucho mejor o mucho peor; el hambre, la opresión y el desengaño eran, así dijo él, la ley inalterable de la vida.”

Se plantea la injusta y cruel manipulación a los más ignorantes por quienes tienen más conocimientos, para beneficio de estos últimos. Así, los dueños del poder impiden que los ignorantes accedan al conocimiento, para seguirlos utilizando, y perpetuar sus privilegios.

Este sigue siendo nuestro anhelo, comunistas –capitalistas, anarquistas o nada de lo anterior–, esto es lo que la gran mayoría anhela: “Si ella misma hubiera concebido un cuadro del futuro, sería el de una sociedad de animales liberados del hambre y del látigo, todos iguales, cada uno trabajando de acuerdo con su capacidad, el fuerte protegiendo al débil, como ella protegiera con su pata delantera a aquellos patitos perdidos la noche del discurso de Mayor.” Lástima que los “líderes” tengan esa maldita capacidad de convencer y deformar, y cuando tienen el suficiente poder, imponer.

La lectura de este libro, abre los ojos. Es actual, porque muchos de los métodos que usan los cerdos de Granja animal los usan los gobernantes habidos y por haber. ¿Una muestra? La zozobra sembrada en Estados Unidos, el mal representado en la barbuda cara de Osama Bin Laden, la permanente “amenaza terrorista”. Todo esto es tan similar a la permanente advertencia que hacía Squealer: “Seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?” La propaganda, el adoctrinamiento, la coerción…, todo esto se sigue implementando por los regímenes, sean estas solapadas dictaduras con sonrisa de democracia, de una clase privilegiada, o aquellas dictaduras absolutistas a las que no les interesa aparentar la forma de gobierno real. Al fin de cuenta, todos los gobernantes, de todos los sistemas políticos, posan sus culos sobre el pueblo, mientras alegan que lo hacen por el bien común.

Hasta que el hambre, la rabia y la indignación vuelvan a hacer la rebelión, y otro suba a dirigirla.

Domingo José Bolívar Peralta

26 de febrero del 2.016

jueves, 18 de febrero de 2016

De zonas muertas y zonas matadoras

John Smith es un nombre que nada dice, un Juan Pérez entre nosotros, los hispanohablantes; un nombre que hasta se puede tomar por ridículo o que debe de ser falso si alguien se llega a identificar con él, por ejemplo, para comprar armas de fuego. Este es el nombre del héroe de La zona muerta, novela de Stephen King.

Pero este John Smith no es un tipo corriente, él tiene un don (o maldición: ¡cuánto le pesa!), y al decir de su madre, Vera, una misión encomendada directamente por el dios extravagante que ella supone; una variante del dios de los judíos, cristianos y musulmanes, matizado con ciertas ideas de viajes interestelares en platillos voladores conducidos por ángeles.

Pero no contaré la novela, no haré un resumen para malos lectores. Me limitaré a expresar lo que he recogido de esta obra, mis conclusiones (no absolutas) e inquietudes.

En primer lugar, creo que el trasfondo de la novela es el “plan divino”, la manera en que un supuesto dios lo ha dispuesto todo y maneja las fichas de su juego solitario. Stephen King expone en su libro unos hechos que nos hacen tambalear ante la idea de semejante dios, su naturaleza y los objetivos de su plan inapelable. Si, citando a Juan Rulfo, “la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad”[1], la ficción literaria de este escritor nacido en Portland (Maine – U.S.A.) nos revela que la historia de la especie humana en general y de cada individuo de la especie humana en particular, dan la impresión de locura, absurdo, inestabilidad: la creación de un dios esquizofrénico.

Hay varios factores de la realidad de los Estados Unidos de América, que Stephen King examina haciendo uso de su imaginación, de las herramientas que le ofrece el Arte de la Literatura; hace un recorrido por diversos momentos de la historia de su país (más que todo de las décadas de 1.950 a 1.980), en donde se tocan aspectos de la religión, la política (incluyendo la parte diplomática y la militar), la economía, las costumbres y prejuicios de la sociedad norteamericana, especialmente de los estados de la zona de Nueva Inglaterra.

En cuanto a política y economía, que es (precisamente no como buen ejemplo) arquetípicamente una sola cosa en el sistema capitalista estadounidense (invasión de territorios y pagos “compensatorios”, los Kennedy, Donald Trump...), la caracterización de personajes corruptos que entran al juego del poder valiéndose de todo tipo de artimañas, deslegitiman el concepto de democracia, tan venerado en este país. King hace sus observaciones sobre la manipulación, el engaño, las componendas que manejan los individuos con inmensas ambiciones de poder. Plasma con claridad cómo un tipo deshonesto, como funcionario público, mediante la práctica de programas que resultan beneficiosos a una comunidad, puede hacer creer que es una persona honrada, mientras por debajo de la mesa maneja negocios sucios valiéndose de su cargo; programas que a la larga no resultan ser más que otros negocios ocultos de los corruptos, dañinos para las comunidades, y una forma de ascender en sus aspiraciones de poder gracias a la fachada de pulcritud y servicio a la población. Asimismo, el autor usa al narrador u otros personajes para hacer observaciones sobre los electores y sus motivaciones para inclinarse por tal o cual aspirante a cualquier cargo de elección popular, sobre la dinámica electoral bipartidista en donde es muy raro que una persona por fuera de los partidos Republicano y Demócrata pueda ser elegido para uno de estos cargos (cosa que restringe los idearios políticos, las opciones de los votantes).

Entroncado con lo político, se encuentran los conservadores conceptos religiosos. La satanización del comunismo, mediante la propaganda desde los estrados y los púlpitos; la prensa y los folletos; la radio, la televisión y el cine. Cualquier discrepancia con el sistema capitalista y cuestionamientos a las doctrinas cristianas (o más bien a la creencia en Jesucristo), se calificaba inmediatamente de amenaza comunista. La paranoia macartista, aún presente en el gringo; sobre todo en el gringo rural, el “red neck”.

Las costumbres y prejuicios de la población rural y de las pequeñas ciudades no han variado mucho, según lo presenta el escritor. Hay cierto dejo faulkneriano, porque se encuentran personajes adoloridamente religiosos, racistas, conservadores. La avanzada de los años del rock and roll muestra dos caras, ambas despreciadas (y esto también me recuerda aquella película: Easy Rider): los violentos grupos de motociclistas y los hippies pacifistas; todos drogadictos, mechudos, sucios y vulgares pecadores: escoria de la nación.

De todo esto, parece que los U.S.A. de los tiempos en que está ambientada la novela, no distan mucho de los U.S.A. actuales en cuanto a lo religioso y lo político. Los cambios que introdujo en el “american life style” la revolución cultural de los años sesenta y setenta del siglo pasado, se dieron más bien en las grandes ciudades y en algunos estados (California, en especial, desde donde se nos vitrinea un país muy liberal).

Y el gran dios, ese personaje que está presente en toda la obra, más distante y omnisciente que el narrador, es el personaje que ha quedado sin resolver.



[1] Miguel Díez R. El cuento literario o la concentrada intensidad narrativa (ensayo).