sábado, 8 de septiembre de 2018

Sin más dobleces



(Nota del autor: Si a usted no le gusta que le cuenten la película antes de verla, le sugiero que vaya al cine antes de encontrarse con el amigo que le gusta contarlas o evite encontrarse con él como le sea posible. Del mismo modo, si no quiere que le arruine su futura o aún inconclusa lectura de ‘El hombre duplicado’, no siga leyendo este opúsculo.)


El caos es un orden por descifrar
LIBRO DE LOS CONTRARIOS

Quiero volver, sin demorarme mucho en ello, a una idea tratada anteriormente en otros textos publicados en mi blog[1], invocada por el segundo epígrafe de la obra objeto de este inconcienzudo estudio, que dice:

Creo sinceramente haber interceptado muchos pensamientos que los cielos destinaban a otro hombre.
Laurence Sterne.

Jorge Luis Borges hablaba (me cito citándolo a un café) “de un inmortal o longevo que “trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos”, y agrega: “la serie de sueños y de trabajos no ha tocado a su fin.”” (¡A la verga las normas APA!, grita el capitán pirata.)

Encuentro, epigrafiado por Saramago, a este Laurence Sterne, quien parece dar a entender que tiene o sospecha tener esa percepción extraordinaria, la cual no se produce de manera onírica sinó más bien que se da en estado de vigilia. O puede interpretarse que aquellos pensamientos que los cielos destinaban a otro hombre, Sterne los captura, intencionadamente o no, en sueños, que bien podrían ser sueños lúcidos, o en un estado de éxtasis, quizás en lo fisiológico semejante al sueño.

No deja de llamar la atención que los artistas especulen o aseveren sobre el origen de la sustancia que nutre sus obras, atribuyéndolo a entidades etéreas capaces de penetrar o susceptibles de ser captadas por las mentes humanas.

Pero esto es, tal vez, desviarnos de la intención de Saramago, porque el epígrafe lo que nos quiere dar a entender es que esos pensamientos interceptados por Laurence Sterne, los cielos los destinaban a otro hombre determinado: su doble.


Unicidad y dualidad
Haz y envés

Apenas iniciando la novela ya hallamos el primer indicio de problema de identidad que desarrollará: “tiene en su documento de identidad un nombre nada corriente, de cierto sabor clásico que el tiempo ha transformado en vetusto, nada menos que Tertuliano Máximo Afonso.”

¿Qué puede decir el documento de identidad sobre nuestra identidad? Estado civil, fecha de nacimiento y edad, lugar de nacimiento, sexo o género, tipo de sangre, nombres y apellidos… ¿Estos datos revelan algo de nuestra identidad profunda? Nombres y apellidos; ¿acaso si cambiamos de nombres y apellidos cambiamos de veras nuestra identidad? A Tertuliano le desagrada llamarse Tertuliano. Bueno, digo yo, peor es que se llame Yubisnais Máximo Afonso o, ¡eche!, que se llame Naik Prins (por Nike Prince) Máximo Afonso, cole. De hecho, Domingo José quizás fue un nombre de moda en el siglo 19 o desde antes. Me basta con saber, y viene a cuento porque estamos tratando el tema del doble, que Rubén Darío le dedicó a un Domingo Bolívar un poema que bien me queda: ‘Melancolía’. Pero el nombre no hace la identidad, porque en mi propio caso, en la actualidad hay más de dos Domingo José Bolívar en mi familia, y no hay riesgos de que me vea repetido en ellos.

¿Qué carajos es, en últimas, la identidad; los datos que sobre nosotros se registran, cosa más bien superficial, o algo trascendental que quizás ni siquiera tenga que ver con estos datos?

Buscando en la identidad, la personalidad, el yo, el ser interior o como quieran, que las palabras también tienen su cuento aquí, de Tertuliano Máximo Afonso, al hombre le sucede lo que nos sucede a todos: se desdobla. Una parte de la psiquis de Tertuliano Máximo Afonso es la que se identifica como “sentido común”, y con ésta el yo Tertuliano Máximo Afonso sostiene conversaciones, las más discusiones. Divididos estamos entre lo que hacemos y lo que queremos hacer, lo que elegimos y lo que creemos debimos elegir. Las disyuntivas en la vida nos dividen en nuestro interior. Pero no sólo en dos, como vemos que a Tertuliano Máximo Afonso lo asaltan otras voces interiores, al menos una, aparte de aquella que se hace llamar “sentido común”.

Agravante de la cuestión de la identidad de Tertuliano Máximo Afonso es que aparece un doble suyo, alguien que en su aspecto físico es absolutamente igual a él, y es un actor, un hombre que debe dejar su identidad a un lado cuando se mete en los zapatos de los personajes que interpreta en el cine, y casos hemos visto de actores que han sido absorbidos por personajes interpretados por ellos, como el de aquel que décadas atrás hizo de Simón Bolívar en una teleserie colombiana y su caso fue versionado en el cine con la película ‘Bolívar soy yo’. Este mismo actor doble de Tertuliano Máximo Afonso, cuyo nombre real (¡ja!) es Antonio Claro, usa el pseudónimo o nombre artístico (no heterónimo, en todo caso, señala con sarcasmo Tertuliano Máximo Afonso) de Daniel Santa-Clara. ¿El nombre, que no hace la identidad, la puede desmentir?

El fenómeno de la pérdida de identidad no es individual. Cito: “todo me cansa y aburre, esta maldita rutina, esta repetición, esta uniformidad”. Los días que se parecen unos a otros, producto de la homogeneización, y hasta pasteurización, de la masa bajo la dictadura de las industrias culturales, ahora dizque economía naranja (recordando de pronto el químico utilizado por el ejército gringo para bombardear Vietnam, ése que provocó que una niña desnuda apareciera en las primeras planas y portadas de diarios y revistas) de la sociedad de consumo y las obligaciones diarias que nos impone la feroz economía capitalista neoliberal, las cuales ordenan los usos y costumbres y estrechan nuestro margen de acción, nuestra espontaneidad (véase la vieja película ‘Tiempos modernos’, de Charles Chaplin), producen efecto idéntico en el colectivo humano: pérdida de la identidad tanto en individuos como en naciones en beneficio de la maquinaria económica. Una canción de la banda alemana Rammsteim, titulada ‘America’: el vocalista reconoce que no canta en su lengua materna; lo hace en inglés, y así, toda la letra de la canción nos habla de esta homogeneización de la cultura: “todos somos América”, es decir todos hemos sido aculturizados por los Estados Unidos de América; pero la cultura estadounidense es, acaso, el doppelgänger de la cultura europea. Poniendo el espejo en la Historia, finalmente, amigos de Rammsteim, todos somos Europa. ¿No es así, Tertuliano Máximo Afonso? Pero si ponemos este espejo más atrás, en la Prehistoria (asómbrense, supremacistas arios), todos somos África, que es la cuna de la especie (según los paleoantropólogos) y por tanto donde se configuraron las primeras manifestaciones culturales humanas. Acabo de seguir el método de estudio de la Historia predicado por Tertuliano Máximo Afonso: partir del presente e ir en descenso hasta la bruma de los tiempos.

El mismo narrador, personaje de la novela, es José Saramago, el autor de la novela, desdoblado. La ficción infiltrando la realidad y la realidad incluida en la ficción. Los sueños también son dos caras del mismo mundo humano; en la novela los casos en que los sueños intervienen en los estados de ánimo de los personajes y al revés, los estados de ánimo que influyen en los sueños, dan cuenta de que las fronteras entre lo real, lo imaginario y lo onírico no están tan indiscutiblemente demarcadas como lo están los muros levantados por los israelíes en la de un dios maldita Tierra Santa o el aún inmaterial muro de Donald Trump, que no obstante, existe.

Siendo José Saramago portugués y abordando en esta novela el tema del sosia para tratar de la identidad, no podíamos obviar a un paisano suyo. Creo verlo insinuado (e hice la insinuación a ello unos párrafos atrás) en este fragmento de un diálogo que Tertuliano Máximo Afonso sostiene con la señora Carolina Afonso, la madre de él: “del apellido Claro se sacó el seudónimo Santa-Clara, No es un seudónimo, es un nombre artístico, Ya, el otro tampoco quiso la vulgaridad plebeya del seudónimo, le puso heterónimo”. En Fernando Pessoa la personalidad del poeta se desdobla en varias y cada personaje es distinto a los demás en su forma de pensar y sentir, plasmada en los versos que les correspondan. La malicia con que Tertuliano Máximo Afonso se refiere a ese otro, Pessoa supongo, no viene al caso examinarla aquí.

Siendo el tema del doble, el sosia, el doppelgänger, el otro una tradición de muy vieja data, con abundantes formas de ser abordado y harto explorado en lo que se conoce como literatura gótica, no nos es difícil hallar referentes como ‘Frankenstein, o el moderno Prometeo’, de Mary Shelley; ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’, de Robert Louis Stevenson; ‘El hombre doble’, de Marcel Schwob… A continuación me atreveré a transcribir un párrafo tomado de un blog del que soy subscriptor, El espejo gótico, que expone con claridad la tesis del autor sobre lo que representa el tema del doble en la literatura: “El Doppelgänger o Doble destruye además la idea de unicidad del ser, de que somos uno e indivisibles. El Doble encarna la posibilidad de que el Yo no sea un elemento unificado, es decir, que hay otras regiones en nosotros mismos que no son "nosotros", y que en consecuencia nos enfrentan con la fragilidad del ser y la existencia. En otras palabras, que si el sujeto es apenas la superficie de un ser más grande y desconocido, un Yo repleto de regiones a las que no podemos acceder, entonces el Otro es quien existe y nosotros sólo somos para que el Otro exista.”[2] En efecto, en ‘El hombre duplicado hallamos a Tertuliano Máximo Afonso confrontado por esa parte de su ser que llama “sentido común” y con la presencia de al menos otra voz dentro de sí, aparte que su sosia Antonio Claro tiene una personalidad más bien ligera y sibarita, contraria a la suya.

Otro caso de dobles en la literatura, que también ha buscado dar otra perspectiva al asunto, como lo ha hecho Saramago con su novela, podría ser el de la noveleta de Carlos Fuentes, ‘Aura’. Montero vendría a ser el doble de un hombre fallecido hace mucho: el general Llorente; mientras que Aura, un personaje más bien fantasmal, es el doble de Consuelo. No los dobles idénticos o muy semejantes en el aspecto exterior (como no lo es el Sr. Hyde del Dr. Jekill, pero tampoco en el sentido de dobles antagónicos de estos dos personajes), sino dobles para completar aquello que hace falta, dobles al servicio de anhelos; dobles para que se produzca un encuentro y se desate una pasión sólo posible en el ámbito de lo mágico.

Hay otra clase de doble que causa zozobra y cuestionamientos éticos, doble que no sólo pertenece al mundo de la ficción sino que es más que una posibilidad una probabilidad en nuestra realidad actual y futura: el clon.


Desbaratando el carrito eléctrico

Nos interpela, a nosotros, los lectores, el narrador con frecuencia. Como si escapara del ámbito de la ficción para infiltrarse en nuestra realidad, o, al revés, nos apresara para introducirnos en su ficción. Nos empuja su presencia incorpórea cuando dice “la fecha en que estamos”, y de esta manera nos indica el tiempo en que se desarrolla la narración en ese momento, que es tiempo presente, o pasado reciente, que es el presente en su forma más volátil, es decir, sobre los hechos que acaban de suceder.

Relato en tercera persona; pero este “estamos”, primera persona, plural, tal vez venga a cuento para jugar con el asunto de la identidad y la duplicidad del título. O sólo nos indica que el narrador está inmerso también en la narración, hace parte de los hechos contados, un observador-actor. Uno de los apartes de la novela en donde se cruzan los niveles con los que el narrador trabaja y claramente vemos su intervención en el mundo de la ficción (el de Tertuliano Máximo Afonso) y nuestro mundo… real (el de los lectores) está en esta escena: “Fue precisamente lo que le sucedió a Tertuliano Máximo Afonso. Se miraba al espejo como quien se mira al espejo únicamente para evaluar los estragos de una noche mal dormida, en eso pensaba y nada más, cuando, de repente, la desafortunada reflexión del narrador sobre sus trazos físicos y la problemática eventualidad de que en un día futuro, auxiliados por la demostración de talento suficiente, pudieran llegar a ser puestos al servicio del arte teatral o del arte cinematográfico, desencadenó en él una reacción que no será exagerado clasificar como terrible. Si el tipo que hizo de recepcionista estuviese aquí, pensó dramáticamente, si estuviese aquí delante de este espejo, la cara que de sí mismo vería sería ésta.” La “desafortunada reflexión del narrador” penetra en el pensamiento de Tertuliano Máximo Afonso, y nos lo está contando, a nosotros, los lectores, el narrador como si nada, la cosa más natural que el narrador de una novela influya en los pensamientos y actos de un personaje de la novela, poniéndonos a la vez a nosotros, los lectores, a reflexionar sobre esa realidad que puede ser invadida por la ficción. Volvemos la vista a los señores Jorge Luis Borges, Howard Phillips Lovecraft y Roberto Arlt y los tres se encogen de hombros.

Metaliteratura, palabra técnica para referirnos a la literatura que se comenta a sí misma, o dicho de otra forma, que se mira ante el espejo, nos dice lo que ve y nos insinúa o manifiesta aquello en lo que deberíamos prestar atención. El narrador de esta novela es un total metaliterato, quien con desparpajo y descaro extiende sobre líneas su dedo índice para demostrarnos que «es mi relato». Hace digresiones y circunvoluciones que subvierten el orden de la narración, el cual, de todas maneras, en líneas generales, es lineal. No teme el narrador ser partícipe de la narración, sin ser un personaje dentro de los hechos que narra, como cuando cuenta:  “Ya en el autobús que lo dejará cerca del edificio donde vive hace media docena de años, o sea, desde que se divorció, Máximo Afonso, empleamos aquí la versión abreviada del nombre porque ante nuestros ojos lo autoriza aquel que es su único señor y dueño, pero sobre todo porque la palabra Tertuliano, estando tan próxima, apenas tres líneas atrás, acabaría perjudicando gravemente la fluidez de la narrativa, Máximo Afonso, decíamos […]” No obstante, habiendo llegado al punto final de la novela, la razón aquí expuesta respecto a no usar completo el Tertuliano Máximo Afonso es un chiste (aparte del hecho sucedido en la tienda de videos), porque el narrador casi siempre usará el nombre completo en toda la narración para referirse a este hombre, identificarlo, y asimismo usará completo el Daniel Santa-Clara y más propiamente el Antonio Claro para identificar al otro hombre duplicado, y la consideración sobre la fluidez de la narración queda sin piso. Es un narrador que juega con el lector y hasta lo reta. Asegura el narrador que Tertuliano Máximo Afonso “ante nuestros ojos lo autoriza” a usar sólo los apellidos, Máximo Afonso. Solemne mentira. Una de las tantas chanzas del narrador. Lo ocurrido en la tienda de videos no pasa de un simple desaguisado más en la vida de Tertuliano Máximo Afonso por cargar ese nombre anticuado, Tertuliano, y él no ha autorizado nada; es el narrador quien se autoriza, porque es el dueño del relato, el dios que sobrevuela ese mundo en el que se mueve Tertuliano Máximo Afonso.

“Nos faltó decir”. En efecto, el narrador oscila en su relato haciéndolo a la manera clásica: tercera persona, omnisciente; y la manera ésta en que osa hacer énfasis, para que no lo olvide el lector, de que él está relatando, y se autorreferencia en primera persona del plural. Otra muestra de las reafirmaciones metaliterarias del narrador es cuando leemos: “también esta información estaba faltando”. El narrador no se conforma con sólo contar la historia que nos quiere contar de Tertuliano; se dirige al lector, le habla a ese otro que es el receptor de su relato, llamándonos la atención sobre ciertos detalles, haciendo rodeos y elipsis para después retomar algún punto de la narración y enfatizar algo.

“El diálogo podría haber sucedido más o menos de esta manera si el filme mereciese los elogios, pero las cosas, en realidad, ocurrieron mucho menos ditirámbicamente”. El narrador llena espacios de la narración haciendo suposiciones o señalando derroteros distintos por donde pudo transcurrir la acción, y descartados éstos nos conduce por los hechos que él mismo dice son los que efectivamente sucedieron; el narrador ya sabe todo, de antemano, y si se pone a divagar, a esbozar diferentes caminos por los que ha podido seguir la narración, los personajes, el flujo de pensamiento, etcétera, es sólo para enfatizar las decisiones, las ideas, los caminos tomados. Una forma más de hacerse notar como el que lleva la batuta. Sin duda, este narrador omnisciente es el dios de su relato. Conocedor del pasado y el futuro, de las posibilidades y probabilidades dentro del mismo, irónico hasta la médula de su literaria existencia, salta hasta nosotros con la suficiencia de saberse amo absoluto del mundo que leemos, y también de presumirse amo de nuestra atención mientras leemos, o sea, extiende su poder fuera del mundo de la ficción. Sin embargo, esto que acabo de consignar no debe entenderse como que digo que el narrador es un personaje fastidioso, detestable y que en vez de favorecer perjudica a la novela por sus frondosas digresiones y exhortaciones; no, es más bien fascinante, un brujo dicharachero mas no banal, que enriquece el texto con apuntes que alimentan nuestro intelecto, nos pone a trabajar con la materia propia del relato y la que no pertenece al relato, o colateral a éste, que son sus digresiones y exhortaciones.

Entre los recursos o trucos tenemos el de la duplicación en la narración, cuyo objetivo es tocar ideas recurrentes en las digresiones del narrador: los dúos de posibilidad - probabilidad y casualidad o azar - causalidad o destino. “No es ninguna obra maestra del cine [Quien no se amaña no se apaña], pero te entretendrá durante hora y media”. El narrador ya nos había contado sobre la aparición de esta película en la vida de Tertuliano Máximo Afonso, mostrándonos primero a nuestro unívoco protagonista yendo a una (obsoleta en nuestros días) tienda de videos para alquilarla, siguiéndole un posible diálogo que no sucedió entre nuestro profesor de Historia y el profesor de Matemáticas en el que éste último le recomendaría tal película, porque luego nos presenta un diálogo que sí sucedió en el que tenemos a Tertuliano Máximo Afonso y el matemático mentando la película funesta.

En lo que concierne al uso de los signos de puntuación, la marcación de diálogos y la manera de focalizar las voces de los personajes y la del narrador, Saramago es un escritor que crea su propia ortodoxia; es decir, la técnica que emplea es poco acorde con lo que se enseña en talleres de escritura y seguro no es un autor que recomienden a sus alumnos los profesores colegas de Tertuliano Máximo Afonso que enseñan literatura; a menos que quieran enseñar que en literatura las ortodoxias gramatical y estilística pueden ser un asunto de técnica particular. En esto es muy importante definir las voces, cómo se expresan los personajes (entre los cuales se cuenta el narrador); así podemos enterarnos de quién tiene la palabra en un momento dado. Por ejemplo, Tertuliano Máximo Afonso es un tipo cuya parla es bastante culta, acartonada, y por lo mismo los críticos (la ortodoxia) dirán que poco natural, por lo tanto no es verosímil. Sin embargo, dentro de este universo que es ‘El hombre duplicado’, la personalidad de Tertuliano Máximo Afonso ha sido construida para que se exprese como lo hace, y el narrador, muchas veces, anticipándose, encara a la crítica, trabajo también metaliterario, explicando o criticando la personalidad y actuaciones de éste y otros personajes.  También debe observarse, para saber cuándo acaban las palabras de uno y empiezan las de otro, en especial entre narrador y personajes, las formas en que aparecen conjugados los verbos, porque indican situaciones temporáneas distintas entre éstos.

He dicho que el narrador muchas veces explica o critica la personalidad y las actuaciones de Tertuliano Máximo Afonso. De él encontramos esta censura al profesor: “Como profesor, y de Historia para colmo, este Tertuliano Máximo Afonso, vista la escena que acabamos de presenciar en la cocina, que confía su futuro inmediato, y por ventura el que vendrá después, a tres migajas de pan y a un juego infantil y sin sentido, es un mal ejemplo para los adolescentes que el destino, el mismo u otro, pone en sus manos”. Ajá, uno de los dogmas enseñados en talleres literarios y por autoridades en la materia es que el narrador jamás debe juzgar a sus personajes, no interferir con sus juicios en la narración. El narrador debe ser imparcial y lo más objetivo posible, que sean los hechos y los personajes los que digan, y los lectores quienes juzguen. Saramago manda al carajo el dogma.

Sagaz, el narrador se anticipa a la crítica al razonar sobre las características y circunstancias de los personajes; mas también, y no raramente, aunque sí muy raro es, lo hace al razonar sobre sí mismo en lo concerniente a las vías elegidas para conducir su relato, y lo más audaz aún, se atreve a criticar entre líneas o explícito, siempre irónico, las razones que expondrían los críticos al censurar tal o cual cosa de la novela, en especial al narrador mismo.

Abónase a Saramago que nos ha sabido mantener a la expectativa. El esperado encuentro entre los dobles es aplazado por una buena cantidad de páginas y una vez efectuada la cita, la sucesión de eventos a partir de ahí van aumentando la zozobra por lo que va a ocurrir después, y luego… El final.

La novela, por el tema del doble, pasa a formar parte de una tradición literaria, como ya se ha consignado, muy antigua que ganó mucha notoriedad y estableció un tono macabro con la literatura gótica. En esta obra Saramago elude el tono siniestro, y para ello la ironía del narrador cumple tal objetivo, pero no lo abandona del todo; encontramos aparte de la inquietante idea del doble, sensaciones de dèja vu y de presencias, presentimientos o conocimientos subconscientes... Saramago saca un catálogo de “paranormalidades”, sin ser el relato abiertamente tenebroso sino más bien un caso de perturbación de la cotidianidad de un hombre, perturbación semejante a la que hallamos en la obra ‘La paloma’, del escritor francés Patrick Süskind. Pero nos reserva un golpe, contundente. De cualquier modo, es un relato que cumple con lo siguiente: “Tal como lo señala M.R. James, el objeto del relato de terror no es asustar, sino inquietar”[3].


Disquisiciones colaterales del narrador (autor) o del lector que sustancian la obra

Uno de los varios puntos sobre los que insiste el narrador es el del “caso improbable, aunque posible”. Diferencia entre lo probable y lo posible, que usualmente se tienen como sinónimos llanos. Es en el fondo, y así lo vemos en la novela con otros ejemplos propios del narrador y diálogos entre personajes, la crítica lingüística, las palabras que dejan de ser exactas, que no alcanzan para definir la realidad cambiante, que aún no se inventan para estados de la realidad que se señalan con palabras que pertenecen a otros estados de la realidad, y llevan a confusión, a malentendidos (preocupación que hallamos en otros autores, como Paul Auster: el paraguas roto, que ya no es paraguas porque no protege de la lluvia, pero se sigue llamando paraguas). Esta imperfección en el lenguaje es a la vez lo que posibilita la literatura como arte porque la literatura, entre otras cosas, se dedica a hallar esas grietas en las palabras y las explota, paradójicamente, para enriquecer la comunicación. El narrador de la novela (Saramago, por demás) expone y argumenta una hipótesis que denomina de los “subtonos”, porque las mismas palabras significan una u otra cosa según la entonación y el contexto de las mismas en la expresión verbal y escrita. Por eso hablamos de leer entre líneas, de los significados dobles (razón por la que se trata este asunto), de las metáforas, alegorías, sinestesias… La maravillosa ambigüedad de que hace gala el arte de la literatura.

Otro punto. Vemos a Tertuliano Máximo Afonso “salir a cenar a un restaurante cercano, donde ya es conocido por la poca consideración que demuestra por la carta, no por actitudes soberbias de cliente insatisfecho, sino por indiferencia, abstracción, por pereza de tener que escoger un plato entre los que le proponen en la corta lista de sobra conocida”. Este Tertuliano Máximo Afonso que demuestra en su actitud cierto grado de vacío existencial por la conciencia de la nada aniquiladora, no llega aún hasta el punto de la nada tiene importancia que enmarca el desinterés y el dejarse llevar por la corriente de Mersault y menos a los excesos violentos y dramáticos de Calígula (personajes de Albert Camus). No obstante, hallar un “duplicado” pone en marcha dentro de sí un mecanismo instintivo o, si lo prefieren, subconsciente que lo asusta, porque se trata de la defensa de lo único que es él en su efímero existir antes de caer en la nada que lo aniquilará por completo: su identidad, cualquiera que esta sea.

Actitud del profesor Tertuliano Máximo Afonso que recuerda a Mersault, y levanta en el relator el ánimo de exponer ideas que podemos asociar con el existencialismo, así que no es peregrina la memoria del protagonista de ‘El extranjero’ o ‘El extraño’, como sea su traducción más certera (duplicidad hasta en la traducción acabo de hallar). Saramago es un escritor de raigambre existencial; sus libros tratan de la posición ética y moral del hombre respecto a su identidad y su discurrir como ser vivo con conciencia de sí mismo y de su entorno, de lo que ha sido, es y será o podría ser, las relaciones no sólo con los de su misma especie sino con el universo que habita, y su noción de deber, es decir, su responsabilidad en todo cuanto haga o deje de hacer.

Otro punto. En este discurrir humano, ser efímero, como todo, aunque no lo sabemos con certeza, ensarta la Historia, cúmulo de datos que no son capaces de reconstruir en su totalidad el devenir de nuestra especie. Peor aún, la Historia no pasa de ser la versión de los historiadores. Se repite en una y otra voz que “quien no conoce la Historia está condenado a repetirla”. Se repite la frase porque nos repetimos como loros lo que no sabemos (y Sócrates desde la nada nos grita: «¡Ni ustedes, gente del siglo 21, saben nada!»). La Historia no la sabemos completa, por eso hay novela histórica e historia novelada, para rellenar con supuestos algunos huecos. Somos la Historia de atrás para adelante; pero adelante, ¿qué hay adelante? Quizás una historia condenada a repetirse, el horror del eterno retorno, el martillo de Nietzsche, si así seguimos. La propuesta de Tertuliano Máximo Afonso de enseñar la Historia de ahora hacia atrás no es insensata, si se examina bien. Las razones con las que el personaje convence al director del colegio son suficientes para hacernos tomar en serio dicha idea, o la Historia nos seguirá sonriendo con sorna como hacían los colegas de Tertuliano Máximo Afonso cada vez que expresaba la idea, sin explicarla, en reunión de profesores. En esta historia particular, Tertuliano Máximo Afonso partió del presente hacia el pasado para constatar la identidad de un hombre: su doble: Daniel Santa-Clara, más al fondo, Antonio Claro. Para verificar la exacta duplicidad del rostro suyo en el actor de cine, buscó una fotografía suya de hace cinco años. El narrador por su parte reprochó que Tertuliano Máximo Afonso no viera las películas en que probablemente apareciera Daniel Santa-Clara (Antonio Claro) de la más reciente a la más antigua.

Aparece otro punto: la fuerza de la costumbre. A punta de repeticiones, nuestras y heredadas, se pierde la razón de los actos, el yo da paso a un autómata que no somos, una máquina biológica que no reflexiona sobre sus propias acciones. Y por costumbre hacemos cosas que ya no debiéramos hacer, mantenemos tradiciones que no se deben mantener, reiteramos errores sin darnos cuenta. También, por costumbre nos repetimos a nosotros mismos. Las rutinas, de las que se quejaba Tertuliano Máximo Afonso, tienen que ver mucho con uno mismo. La vida de Tertuliano Máximo Afonso es, como la escritura completa de su nombre y apellidos, la repetición de la repetidera. ¡Claro que ha de estar deprimido, fatigado de hastío! ¡Está harto de sí mismo, de repetirse tanto!

Otro punto. Esta sea tal vez una idea o una conclusión propia de Saramago fuera del contexto de la novela, al analizar el contenido ideológico, propagandístico de muchas películas, especialmente gringas como ‘Día de la independencia’, ‘Hombres de negro’, ‘La caída del halcón negro’, ‘Rescatando al soldado el Brayan’...: “así como la Historia que escribimos, estudiamos o enseñamos va haciendo penetrar en cada línea, en cada palabra y hasta en cada fecha lo que he llamado señales ideológicas, inherentes no sólo a la interpretación de los hechos sino también al lenguaje con que los expresamos, sin olvidar los diversos tipos y grados de intencionalidad en el uso que del mismo lenguaje hacemos, así también el cine, modo de contar historias que, por obra de su particular eficacia, actúa sobre los propios contenidos de la Historia, contaminándolos y deformándolos de alguna manera, así también el cine, insisto, participa, con mucha mayor rapidez y no menor intencionalidad, en la propagación generalizada de toda una red de esas señales ideológicas, por lo general orientadas interesadamente”. No hay mucho qué aclarar, y si el texto entrecomillado les ha parecido recargado, el mismo Tertuliano Máximo Afonso se disculpa; ya se dijo que su forma de hablar es acartonada.

Otro punto. Extraigo de la novela estas pocas líneas para tratar brevemente otro asunto: “Quiere esto decir que Daniel Santa-Clara quizá pudiera llegar a ser un gran artista si lo eligiera la fortuna para ser mirado con ojos de ver y un productor sagaz y amante de riesgos, de esos que si, a veces, les da por deshacer estrellas de primera grandeza, también a veces, magníficamente, les da por sacarles brillo.” Había dicho que entre los conceptos que con reiteración el narrador ausculta valiéndose de los hechos que relata y de las personalidades de los personajes que trata, están “los dúos de posibilidad - probabilidad y casualidad o azar - causalidad o destino”. Los había mencionado como parte de los trucos del narrador aplicados a su técnica narrativa, pues les sirven de motivo para ir y volver en el relato. Mas son una preocupación en sí mismos, y concatenados a las especulaciones sobre la Historia y el desarrollo de la identidad, la personalidad, nos ponemos frente a una ecuación con dos incógnitas, o peor aún, ante ‘El sendero de caminos que se bifurcan’, apelando a la lúcida visión de Borges. Nuestro ser, identidad, yo, expuesto siempre a los designios de una fuerza externa, superior. Se dice que la personalidad se construye en los primeros años de vida, creo que de los 3 a los 6 años ya se define gran parte de nuestro temperamento (no tengo ahora mismo libros, periódicos, revistas ni internet para hacer las respectivas consultas, me perdonan). Es decir, nuestro yo se delinea en sus perfiles más rotundos en una edad en la que somos todavía incapaces de sostenernos en la vida por cuenta propia, cuando dependemos muchísimo de otros. En esos años que no gobernamos prácticamente nada, serán las personas y los acontecimientos a nuestro alrededor los que moldeen nuestra personalidad: estamos expuestos a la posibilidad - probabilidad, casualidad o azar - causalidad o destino desde antes de nacer, y nacidos, nuestro ser sigue braceando en las ondulaciones de estas aguas indómitas. Quiero decir, ni siquiera esto que llamamos yo es algo que se construye a partir de uno mismo. ¡Horrible! ¿No es entonces ‘El hombre duplicado’ una novela de terror u horror si nos inspira estas meditaciones?


El terror

Me perdonarán o no, me importa poco. Creo que cuando enfilé mi discurso contra “Los días que se parecen unos a otros, producto de la homogeneización, y hasta pasteurización, de la masa bajo la dictadura de las industrias culturales, ahora dizque economía naranja […] de la sociedad de consumo y las obligaciones diarias que nos impone la feroz economía capitalista neoliberal, las cuales ordenan los usos y costumbres y estrechan nuestro margen de acción” y saqué a relucir la aculturización por parte de los gringos, más de uno lanzó sobre el texto un escupitajo y maldijo al castrochavista que escribió esto. Estamos en tiempos en los que es interiormente reparador (e inútil en todo lo demás) sacarse esta espina: “Daniel Santa-Clara, en rigor no existe, es una sombra, un títere, un bulto variable que se agita y habla dentro de una cinta de vídeo y que regresa al silencio y a la inmovilidad cuando se acaba el papel que le enseñaron”; es decir, Daniel Santa-Clara es Iván Duque, el actual presidente de Colombia. De veras que ‘El hombre duplicado’ es una novela de terror.

Domingo José Bolívar Peralta

miércoles, 28 de febrero de 2018

Fuera de La carretera




Leer La carretera, de Cormac McCarthy, en diciembre: el espíritu festivo, la esperanza de un porvenir maravilloso se cubren de cenizas. Pero al final…
El inicio de esta novela, al primer intento, no me atrajo. Presentado a manera de adivinanza, pedante: «Si tu coeficiente intelectual no es alto, no cogerás la pista». Toda la novela me incomodará por frases de esta índole: “Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración”. También me fastidió mucho encontrar pasajes típicos de película taquillera gringa:
“Querías saber qué pinta tenían los malos. Pues ya lo sabes. Podría ocurrir otra vez. Mi deber es cuidar de ti. Dios me asignó esa tarea. Mataré a cualquiera que te ponga la mano encima. ¿Lo entiendes?”
Un poco más adelante, como para reblandecer al lector y más aún al espectador de la película ‒que nadie me quita la idea de que este libro se hizo pensando en llevar la historia al cine‒ sigue:
“¿Todavía somos los buenos?, dijo.
Sí. Todavía somos los buenos.
Y lo seremos siempre.
Sí. Siempre.
Vale.”
Escenas de este tipo son las que para mí, insisto, están hechas a la medida del gusto cinematográfico de los gringos, su cine más comercial, el de los “héroes” que representan la más idealizada imagen que ellos tienen de sí mismos: el bueno y bizarro estadounidense que es capaz de sobreponerse a todas las adversidades, encontrarle solución a todo. Escenas patéticas, con grandes dosis de ternura y esperanza, mas sin dejar de lado la practicidad, el positivismo ‒que ha de estar bastante maltrecho dadas las circunstancias‒ que es estereotipo de ese país.
Con esto los gringos ‒todos somos América, dice Rammstein‒ se sentirán muy satisfechos. Menos mal también encuentro ‒para resarcirme‒ lo siguiente:
“[¿…] si siempre estás alerta ¿quiere decir que todo el rato estás asustado?
Bueno. De entrada supongo que tienes que estar un poco asustado para que estés alerta. Ojo avizor. Vigilando siempre”.
Me da la oportunidad Cormac para tirarle duro a los gringos, ya que considero esto una pista de lo que ha llevado al Estados Unidos ‒no sabemos si todo el mundo‒ de La carretera a ser un gran país chamuscado. Me explico: esa política de seguridad internacional de los gringos en la que siempre están “ojo avizor” ante cualquier cosa que les parezca rara y amenazante, nos los muestra, bajo esta lógica, como si siempre estuvieran asustados del resto del mundo. Y, precisamente, asustada está la sociedad gringa por esa misma política internacional: el enemigo externo puede ser el vecino. Ese mismo miedo perenne los ha llevado a desconfiar, a temer de sí mismos: la paranoia, el ataque preventivo, las masacres estudiantiles, la locura, mata antes de que te maten. Asustados y armados, los gringos son muy peligrosos.
Además, me fastidió mucho las referencias comerciales: en esta obra el señor McCarthy parece tener fijo en mente la idea de su versión cinematográfica ‒insisto‒ y la expresión “la última Coca Cola en el desierto” está implícita varias veces, lo que por descontado aseguraría un gran inversor ‒aquí entre nos, de buena fuente me he enterado de que sí hubo versión cinematográfica; Vigo Mortensen actuó en ella‒.
Otro escollo fue la técnica de los punto y seguido; no me convence. Siento frases cortadas de manera abrupta y seguidilla de frases, enunciados que pueden ir, en vez de separadas con punto, relacionados con coma, o punto y coma. Quizás al traductor ‒en la versión que leí, Luis Murillo Fort, aunque me han dicho que no, que es cosa de Cormac‒ se le pueda imputar el exagerar dicha técnica.
Con todo, llegué al final. Superando estos escollos, continúo en La carretera porque pongo mi interés en descubrir qué fue lo que llevó a los personajes al estado en que los encuentro, qué sucedió con el mundo. El ambiente en que se desarrolla el relato me parece lo mejor trabajado por el autor. Un mundo “cinéreo”, sobrecogedor, del cual se espera, quizás, el resurgir de la humanidad, renovada, mejor, como el Ave Fénix.
Los defectos son subsanados por las virtudes que hallo en el trayecto. Ya dejados muy atrás en el camino aquellos primeros párrafos casi tan áridos como el mundo que se transita, encuentro delicias verbales que sí insinúan cierta presencia de William Faulkner[1], reminiscencias a Luz de agosto, no obstante que Cormac McCarthy siga usando muchos punto y seguido; ya no es tan cortante, tan parco, tan seco. Incluso el uso de términos que lo obligan a uno a buscar en el diccionario lo ubican más cercano a Faulkner que a otro autor que me parece tiene cierta influencia en su escritura: Ernest Hemingway. Podría pensarse que McCarthy quiso encontrar un punto medio entre estos dos grandes autores; pero al final se ve que la balanza se inclina ‒por fortuna‒ un poco más hacia el del condado de Yognapatawpha. Me parece, no le va bien cuando se acerca más a Hemingway. Leamos esto, juzguen ustedes:
“Mucho tiempo atrás en algún lugar cerca de aquí había visto un halcón abatirse por la larga pared azul de la montaña y romper con la quilla de su esternón la grulla que iba en el centro exacto de un bando y llevársela al río toda hecha un guiñapo y arrastrando su plumaje suelto y descuidado por el quieto aire otoñal.”
Olvida los punto y seguido, incluso no hay comas; el efecto es magnífico.
Es difícil en ocasiones diferenciar al narrador, si es omnisciente o es “el hombre” quien está consignado la historia por escrito en alguna libreta o algo así ‒esto es pura especulación mía‒ o simplemente está hablando para sí mismo, divagando. Uno de esos apartes en que el narrador se torna oscuro es cuando alguien dice: “No todas las palabras moribundas son verdad y esta bendición no es menos real porque la hayan despojado de su suelo”. La voz la tenía el narrador, pero parece que estas palabras las dijera “el hombre”. La novela nos presentará otros momentos similares. Ocurre que McCarthy, sin nada que lo indique, pasa de la voz del narrador a la voz de “el hombre”. Toca estar atentos para inferir, en estas transiciones, quien está hablando.
Eso que hace las veces de narrador omnisciente, al parecer evadía todo juicio de las personas y de las circunstancias. Cierto es que no son muchas las personas que aparecen en escena, quiero decir, en la narración objetiva del trasegar de los dos protagonistas en la realidad del mundo que nos relata, ni en las evocaciones de estos personajes, en especial “el hombre”. Cualquier concepto que el narrador haya emitido sobre las personas es velado, no directo; buenos o malos, estos juicios no son emitidos abiertamente como tal respecto a las personas, al mundo, a las cosas; sin embargo, en una escena en la que “el hombre” se enfrenta a otro sobreviviente, el narrador usa la palabra “forajido” para referirse a aquella persona extraña. Expresada por el narrador omnisciente,  la palabra “forajido” aparece de manera sorpresiva. Pocas veces más el narrador omnisciente dirá algo, aunque sea una sola palabra, como “forajido” que juzgue, califique o descalifique.
Las reflexiones van por cuenta de “el hombre”, por lo general; “el chico” es quien cuestiona, inquiere sobre lo que está sucediendo, sin dejar de sentir curiosidad por cómo era antes el mundo.
Respecto al futuro, sólo algo: llevar el fuego. Recordemos que Prometeo nos entregó el fuego a los humanos y por ello fue castigado. El mundo de La carretera está todo abrasado, pero es el fuego, para “el hombre”, la representación de la moral, la luz que preserva las más altas y nobles manifestaciones de la conciencia humana; “el chico” es el fuego. “El hombre” tiene la esperanza de que ese fuego no se apague, no sólo porque es su hijo, sino porque es lo que queda de bondad en el mundo: el resto de los sobrevivientes son, casi todos, la representación de la absoluta degradación de la humanidad, la representación de los peores instintos y comportamientos gobernando la conciencia, seres en cuyo interior ya no habita ningún principio ético, regidos por el afán de sobrevivir a toda costa ‒cual alimaña humana cuya avaricia y adicción al poder nos está llevando a un mundo de pesadilla‒. Esta novela me ha recordado La peste, de Albert Camus. Pienso: Camus aboga por la ética: no hay Cielo ni Infierno, ni dioses ni demonios; estamos nosotros, los seres humanos. Yo tengo conciencia ‒el médico‒ del bien y del mal, no de manera metafísica sino práctica, yo quiero hacer el bien, voy a ayudar a los enfermos.  Y como el médico, muchos se ofrecen y trabajan como voluntarios para luchar contra la peste. Los hay unos pocos que en vez de ayudar lo que hacen es aprovecharse de la situación en pos de absurdos beneficios personales; éstos, en un proceso de degradación hasta la pérdida de todos los principios éticos, serían los mismos caníbales de La carretera. La novela de Camus tiene más fe en la humanidad que la novela de McCarthy.
En la página 204 ‒de la versión en pdf que tengo‒ “el hombre” le dice a “el chico”: «Tienes que llevar el fuego». Sin duda, el niño es para el padre, y para nosotros, los lectores, la última esperanza, la última representación de la parte puramente buena, noble de la humanidad. Pero el final de McCarthy me decepciona tanto como me decepciona el final de Los hermanos Karamazov. La esperanza de McCarthy nos devuelve a otra jugarreta de Yahvé: arrasar el mundo como lo hizo en el Diluvio Universal, con sus elegidos destinados a retomar el buen camino: salir de la sucia carretera en que se ha convertido la humanidad. ¿“El chico” será su nuevo profeta?

Domingo José Bolívar Peralta
25 de febrero de 2.018


[1] No es raro por parte de la crítica literaria que se mencione a Faulkner cuando se estudia la obra de McCarthy.

viernes, 2 de febrero de 2018

Respuesta a una pregunta frecuente


Algunas veces me han preguntado por las influencias, es decir, que debo tener un grupo selecto de autores que sean mi faro para no navegar sin rumbo en el inmenso —¿o debería decir incierto?— mar de la literatura. Por supuesto, he respondido a esta pregunta, pero siempre con incertidumbre, pues nunca he estado seguro de quiénes son mis faros. Podría —en efecto, así ha sido varias veces— mencionar a Julio Flórez, el poeta chiquinquireño que murió en Usiacurí, ya que por la vecindad de este municipio con el corregimiento de Isabel López pude conocer su casa museo y adentrarme en su poesía. Sin embargo, no soy un especialista, no conozco la totalidad de la obra de Julio Flórez, y en cuanto a su biografía, no creo conocerla mucho mejor de lo que la conocen la mayoría de sus admiradores.

En ocasiones he mencionado escritores y obras que he conocido desde mi infancia, por las clases de español y literatura en la escuela primaria y el bachillerato o porque de vez en cuando caían en mis manos libros o revistas y no los dejaba ir sin leerlos aunque sea un poco. Garcilaso de la Vega viene de una época ya lejana la de él, y ahora casi igual de lejana para mí aquella en que por primera vez leí:

Soneto V

Escrito 'stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo,
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto 'stoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nascí sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.

Este poema me parecía —y aún me sigue pareciendo— un poema para recitar el Día de las madres. Ahora sé que se puede dedicar si no a la madre de uno, al menos sí a aquella de quien uno quiere ser padre de sus hijos. De esos mismos años fue la lectura de El licenciado Vidriera, otra locura de Miguel de Cervantes Saavedra. Por cierto, de esta obra recomiendo a los “adeptos y amantes de la poesía” —parafraseando a Federico García Lorca— que lean al menos aquella parte en la que Vidriera habla de los poetas y de la misma poesía. La relectura me ha revelado que, al respecto, las disertaciones del cristalizado letrado contienen ideas que parecen haber trasegado de una mente a otra desde épocas anteriores a Cervantes; que ese contraste entre cantidad y calidad es antiguo y contemporáneo. Así que la percepción del “estado actual de la poesía”, viene siendo pesimista por tradición.

Claro, yo no podía entender a cabalidad. Que un niño lea estas obras sin la ayuda de alguien que le pudiera aclarar aspectos lingüísticos y le explicara su contenido… Tuve algunas buenas maestras en la primaria, pero ellas estaban limitadas por la rigidez y miopía del sistema educacional.

También al término de un recital, respondiendo a esta pregunta de las influencias, dije que me marcó en aquellos años finales de la primaria e iniciales del bachillerato, en el tránsito de la niñez a la pubertad y la adolescencia, algunos poemas de origen náhuatl, de Nezahualcóyotl:

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.

No he podido conseguir nuevamente un ejemplar de aquel libro de español y literatura donde estaban esos poemas. Lo más extraño es que recuerdo, o creo recordar, el estribillo de un poema: «tormenta de agua y de nieve», pero ni por internet he podido hallar el esquivo poema escribiendo estas palabras como referencia.

En fin, para no contar la historia de mi vida en detalle, resumiré que luego mi interés por la lectura se intensificó. Llegaron más libros y más autores, algunos de “lectura obligatoria” del colegio, entre los cuales puedo mencionar El cantar del Mío Cid, El Lazarillo de Tormes, La Celestina, cuentos y poemas de Poe, Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, La vorágine de José Eustacio Rivera, La rebelión de las ratas de Fernando Soto Aparicio, María de Jorge Isaacs, El túnel de Ernesto Sábato. Otros textos y autores me seguían llegando de manera inesperada como besos robados: Marcial Lafuente Estefanía con sus noveletas de vaqueros; El enigma de los templarios, libro de Vignati y Peralta, me puso de presente el esoterismo, asombrándome la forma en que se entremezclan historia y leyenda. Hubo en casa un libro de historia, las páginas amarillas y frágiles de lo viejo —el mismo libro era en sí una reliquia—, un tomo de historia que abarcaba hechos relevantes de los Siglos XVIII y XIX. De él recuerdo, por ejemplo, la versión pictórica de Marat asesinado, en la tina. En aquellos años las noticias que encabezaban los noticieros tenían que ver con los carteles de la droga en Colombia; mientras, yo leía sobre la “Guerra del opio” en China. Cometí un error que me dejó una lección: presté el libro a alguien. Pasadas dos semanas fui a su casa por el libro, ¿cuál libro?, contestó. Seguí insistiendo, cada vez más incisivo, pero fue infructuoso; se hizo el desentendido y jamás volví a ver el venerable tomo.

Recuerdo que leí una novela de Lahos Zilahy, autor húngaro, titulada El alma se apaga. De esa lectura sólo conservo en la memoria un sentimiento de melancolía.

Lo más “porno” en literatura que tuve en mis manos, en mis primeras lecturas, fue la Biblia. La pacatería cristiana no alcanza a reprimir la libertad de la imaginación; así que tenía a Sara y a Abraham revolcándose de lo lindo en su tienda —la televisión ya me había dado un adelanto disimulado de esas cosas—, y las suspicacias que siempre ha habido en torno a Jesús y María, la del perfume, y los celos de Judas. Imaginaba, gracias a la “palabra de ese dios”, un mundo en el que el fruto prohibido jamás fue mordido, todos desnudos y fornicando en cualquier sitio, a la vista de todos, como los animales. Un tiempo después apareció un librillo con un título tentador: La prostitución. En éste supe de sacerdotisas al servicio de Ishtar, de las hetairas griegas que en las suelas de sus calzados hacían grabar “sígueme” y de esta manera sus huellas indicaban a los hombres el camino hacia ellas, de las muy influyentes cortesanas francesas como Ninon de Lenclos. Y ya que estamos en éstas, recuerdo que también por aquellos años leí La dama de las camelias, de Alejandro Dumas “junior”, otro libro que no sé cómo llegó ni cómo se fue de la casa.

Como se ve, si a esto podemos llamarle influencias, los estilos son muy variados. No soy capaz de dar una respuesta definitiva sobre libros y autores favoritos, porque a medida que voy conociendo nuevos libros y nuevos escritores, voy sumando unos y restando otros.

A lo que sí puedo dar una respuesta más certera es a qué tipo de literatura me siento más atraído. María, de Jorge Isaacs, es una historia bonita, pero no creo que la vuelva a leer a menos que se trate de un algún trabajo. Si quiero leer una historia de amor, prefiero Cumbres borrascosas, de  Emily Brontë, o Drácula, de Bram Stoker. Otra historia de amor, que he leído una y otra y ya no sé cuántas veces es Ligeia, de Edgar Poe, por el mero gusto. ¿Podría decir que Poe es uno de mis autores favoritos? Creo que sí, pero como en el caso de Julio Flórez, tampoco he leído toda su obra y no me considero un conocedor minucioso de su biografía. Por placer he repetido novelas de Stephen King como La zona muerta. Me ha llevado el Diablo al divertido conciliábulo en el monte Brocken, al leer Fausto, de Goethe. Goethe también me ha maravillado con una historia de amor, en verso: la novia de Corinto. Las terribles deidades y cultos secretos de H.P. Lovecraft me entusiasmaron muchísimo. Ambrose Bierce me parece genial con su Aceite de perro. El horla, de Guy de Maupassant, me sedujo por la aborrecible presencia intangible.  Ya está claro que la literatura de terror, de horror, la literatura gótica está en lugar de privilegio entre mis gustos.

Pero no solamente respondo bien ante fantasmas, vampiros, dioses temibles y psicópatas asesinos; he leído algunas obras del Marqués de Sade, Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautremont; obras de Rimbaud, de Baudelaire, de Verlaine, llamados “poetas malditos”; Madamme Bovary, de Flaubert; de Dostoiesvki, Los hermanos Karamazov; la conmovedora narración en primera persona de Humbert Humbert con su Lolita, de Nabokov; William Blake me estremeció con sus cantos de inocencia y experiencia y El matrimonio del Cielo y el Infierno. Y mencionaré, aunque parezca que no tiene parentesco con los libros y autores precedentes, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Toda esta literatura tiene en común cuestionamientos a los juicios de valor, encara a la moral cristiano-burguesa. Me gusta la literatura que reta incluso la fe y los valores de sus propios autores y del contexto en que surgen.

Asimismo —y debo decir que contra la “literatura de superación personal” tengo esta literatura—, leer novelas, cuentos, poemas, ensayos que traten sobre la naturaleza del ser humano desde un punto de vista filosófico, en especial desde el enfoque del existencialismo, ha sido para mí muy gratificante no sólo a nivel intelectual sino también por la calidad estética de ciertas obras como la peste, El mito de Sísifo, El extranjero, éstos de Albert camus; Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietszche —de quien además conozco un excelente libro de poemas—; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; El libro negro, de Orham Pamuk.

He mencionado pocas mujeres —lo cual puede motivar reproches— y no tantos poetas y libros de poesía —cosa que les puede parecer extraña—. Entre Gabriela Mistral y Alfonsina Storni, elijo a Alfonsina. Entre Meira Delmar y Alejandra Pizarnik, escojo a Alejandra. Sor Juana Inés de la Cruz, si no fue admitida en el Cielo cristiano, sí estará en el Monte Parnaso de los poetas. Emily Dickinson de vez en cuando reaparece fantasmal en mis rincones. Safo de Lesbos sigue lozana. Silvia Plath carcome de lo lindo.

Y por último, mencionaré algunos contemporáneos y coterráneos que han dejado su semilla en mí, no por insistencia mediática o su cercana amistad, sino por formas y fondos en poemas suyos que de una forma u otra han nutrido mi poesía: Margarita Vélez Verbel, Joaquín Mattos Omar, John Better, Antonio Silvera, Fadir Delgado, Leo castillo…

De allende el vecindario, pero del mismo país, puedo mencionar a Harold Alvarado Tenorio, Pedro Blas Julio, John Fredy Galindo, Jaime Jaramillo Escobar…

Ya está claro que mis influencias y gustos son variados, que no me caso con un solo libro o un solo escritor, o con dos. Tengo un harem de autores y libros como influencias, y lo que caracteriza este harem es la selecta variedad. Todo puede entrar, pero no todo queda en él.


Domingo José Bolívar Peralta
Enero 30, 31; febrero 2 de 2.018.

viernes, 12 de enero de 2018

Entretenimiento y venalidad

Hagamos distinciones, que está visto es necesario. Hay quienes utilizan el cuerpo y la desnudez con intenciones estéticas, artísticas, y quienes involucran el cuerpo y la desnudez como parte de un discurso “contracultural”, como un arma para atacar prejuicios que aún no han sido demolidos. Pero también están quienes utilizan su cuerpo y alardean de su desnudez haciendo lo que dice Fito Páez, “la parodia del artista”, o del activista, sólo para lucir sus abdominales marcados o sus tetas antigravedad: “I’m a sex bomb”.

Los simples (recogiendo la definición de Guillermo de Baskerville), el lumpemproletariado (recogiendo la de Marx) y hasta cierta parte de la burguesía (la deslustrada, que incluye individuos de los estratos más altos) no es capaz de ver estas diferencias, como otras en casos similares. La propaganda gobierna sus mentes, están condicionados a asumir como normales y necesarios ciertos modelos que los medios de comunicación, los que nos manipulan, ofrecen al mundo entero: ven, vaca, toma esta bola de yerba y máscala hasta que se te caiga la quijada.

Esa gente que se hace llamar artista y su mayor cualidad es la exhibición de su cuerpo, arduamente trabajado en el gimnasio y el quirófano, cuidado con cuanta clase de cremas, aceites, alimentos y máquinas, ha devaluado el arte mientras que ellos facturan millones. En la “industria” musical lo importante no es cómo canta sino cómo se ve, lo importante no es el contenido de la canción ni cómo confluyen los instrumentos musicales sino cómo mueve el culo. Los pintores más importantes de ahora, y todo lo que se llame “arte” posmoderno, son los que mejor manejan las relaciones sociales y le sacan provecho a los medios de comunicación, cosa que por igual hacen mujeres como Paris Hilton o Kim Kardashian.

Los artistas siempre han dependido de los poderosos, pero el arte era auténtico, expresaba lo más profundo y lo menos comprensible del ser humano, expresaba cómo el ser humano se enfrentaba al vasto mundo, al inabarcable cielo, a todo lo que su pensamiento pudiere cuestionar o intentara aprehender. Hoy el “arte” está demasiado atado a los caprichos de Mammón, y por ende, es una cosa que no pasa de las superficialidades del oropel.


Sabido es que ya Mario Vargas Llosa con su La civilización del espectáculo ha ahondado en el estudio de esta crisis que está jodiendo el mundo contemporáneo, así como otros intelectuales, ubicándose en orillas distintas, y es una discusión muy necesaria, porque, en especial estas primeras décadas del nuevo milenio, está imperando la mediocridad y la fanfarronería de quienes con poco talento trepan, tan solo por los medios (y con los medios) de su apariencia física y lo que están dispuestos a vender de sí mismos en pos de hacerse ricos y famosos, y a éstos les llaman artistas. Creo que está es la época dorada de Mefistófeles, quien se les aparece a estas figuras de oropel como ejecutivo de las grandes empresas del entretenimiento y la venalidad.

La Luna también quiere llorar

La primera vez sólo pude verla a partir de los minutos finales, cuando ya los padres lloraban sobre la nube. Estaba solo en la sala, más de las diez de la noche; es decir, ninguna razón para esforzarme por no lagrimear.

Un recuerdo de infancia: aquel capítulo de Banner y Flappy —las adorables ardillas, japonesas también— en que murió Abuelito Búho. No más recordar la muerte de Abuelito Búho —o cuando vuelvo a ver el capítulo por internet— y renace la pena que sentí frente a la pantalla del televisor y ante la parentela presente, mayores y menores, lloré. Tenía yo más o menos diez años. Aunque recuerdo que mi llanto fue sosegado, apenas leves gimoteos, nada escandaloso, hubo burlas. Éstas se prolongaron durante algún tiempo, en especial de ciertas personas mayores. No recuerdo que alguien me haya puesto el hombro y me haya acariciado el cabello, o algo parecido; no, nadie trató de consolarme. Ninguno comprendía mi pena: yo, al igual que Banner, amaba al Abuelito Búho y estaba atento a sus enseñanzas. Muchas veces he reflexionado sobre esta anécdota y creo que ejemplifica uno, sino el principal problema de la humanidad. Desde este episodio de mi infancia y otros similares —José Miel, otro japonés, también me hizo llorar—, trato de ni siquiera lagrimear ante los demás, especialmente si se trata de algo que estoy viendo en televisión, en casa, con personas presentes. Sólo borracho o cuando estoy solo no reprimo las ganas de llorar. Sin embargo, tantas veces me ha vencido el llanto en público cuantas he sufrido “golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!”

Studio Ghibli y Hayao Miyazaki, ¡factoría de ensoñaciones! Portan el estandarte de la imaginación y la belleza poética llevada a los dibujos animados. Abanderados de la sensibilidad artística más sublime de Japón, penetran muy profundo en el alma de quien, sin importar si culturalmente está en las antípodas, se da la oportunidad  de contemplar sus delicadas creaciones despojado de la armadura emocional que nos ponemos para afrontar la realidad tratando de recibir el menor daño posible.

Cuando vemos con plena atención cine animado de estos creadores, dejándonos atrapar por su magia, algo sucede. Nos sentimos extraños. Es tan sensible, tan rico en matices este cine japonés dibujado y pintado a mano, que nos inflama de saudade de cosas que hemos vivido o que quisiéramos vivir. El placer estético experimentado es indefinible.

Encantado, vuelvo a ver el final de una de las obras de Studio Ghibli: El cuento de la princesa Kaguya. ¡Por fin desde el inicio! Si la primera vez nomás el final me sacó lágrimas, ahora, que he visto la obra completa, siento a fondo una tristeza agradable. Las palabras de la Princesa antes de partir han adquirido un valor que no pude advertirlo la primera vez que escuché su pequeño discurso.

La Princesa, desde la Luna, observa la bucólica montaña. ¡Eso es la vida! Pero ver desde la distancia no es lo mismo que estar adentro. Viene y vive como humana. Goza en el campo como Brote de Bambú, una niña rara; sufre en la ciudad como Princesa Kaguya, una mujer deslumbrante. ¡Porque nos complicamos tanto! Una fuerza muy poderosa, fuente de alegrías y tristezas, la ata a este mundo: el amor. No quiere volver a la Luna. Ama a sus padres adoptivos, la pareja de ancianos que la llora sobre la nube. Ama al cariñoso amigo que tuvo en la montaña.

En la Luna era feliz, pero no. ¡Saber que la felicidad puede ser tan insoportablemente plana que deja de ser felicidad! La Princesa viene a la Tierra, a la montaña, porque quiere sentir. La montaña es un ideal: la vida variopinta, exuberante y a la vez sencilla.

El trasfondo de este poema audiovisual es la felicidad. ¿Qué nos alcanza la felicidad? ¿Qué es la felicidad? Quizá lo que nos impide ser felices es obligarnos a ser felices, retorcer tanto nuestras vidas en pos de la ansiada felicidad. En la montaña, donde todo es mucho más sencillo y libre que en la ciudad, Brote de Bambú tal vez fue feliz, lo mismo que los ancianos; pero el anciano padre se equivocó: la felicidad de Brote de Bambú y la de ellos mismos no era en la ciudad. La Princesa llega a creer y dice que pudo haber sido feliz en la montaña. La montaña es un ideal. Se hizo humana porque deseaba impregnarse de la “suciedad” de la montaña, de la “suciedad” de la canción que aprendió estando en la Luna. La canta con los otros niños, en la montaña, sin saber cómo o por qué sabe la canción. Yo creo que esa misma “suciedad” es la que la lleva a crecer de manera acelerada hasta que llega a estabilizar su crecimiento a la par de un personaje: Sutemaru.


La Princesa no llega a la montaña con el propósito de ser feliz sino de vivir la vida pletórica que veía desde la Luna, donde era feliz sin ser feliz. En la Luna no se llora.

¡Nada de "mujer marchita"!

En los burdeles hay rostros de ángeles que son de ángeles; es decir, rostros preciosos de mujeres preciosas. El Infierno está poblado de ángeles… caídos, el primero de ellos Luzbel o Lucifer, el más hermoso.

A las putas las condena el mismo tribunal que valida que el “macho” pueda (y deba) tener más de una mujer: la “oficial” y al menos una “sucursal”, aquí en Colombia (varias esposas en Arabia). A la puta la condena y persigue el mismo juez y policía que permite que a la púber la saquen de la escuela para que sea mujer de un “macho”. Siempre, en todo caso, puta, amante o esposa, ellas deben subordinarse a la autoridad de los “machos”. Pero las putas llevan la peor parte, porque aparte de ninguneadas, de deshumanizadas por los “machos” que sólo las conciben como mercancía para meter la verga y ejercer su “virilidad” tratando de agredirlas física y emocionalmente, son despreciadas por las de su mismo género, que no se dan cuenta que el desprecio que les profesan es inculcado por los “machos” que las dominan, porque para ellos la “mujer”, es decir “la oficial”, debe ser “mía y de nadie más”, y esta frase  conduce a otra muy conocida: “si no eres mía, no serás de nadie”, o a esta otra: “si me dejas, te mato”.

La puta es una sacerdotisa conocedora de misterios. Una canción dice que “las más putas son las más finas”; más bien las más refinadas, digo yo. Son las que ejercen su ministerio en el mundo de los grandes negocios, y en especial en uno de sus ámbitos: el mundo del espectáculo. Son putas que de alguna manera se convierten en modelo para las niñas y las jóvenes, y hasta para las que ya han cruzado cierto umbral cronológico. A esas putas de alto rango se les respeta un poco o mucho, porque bueno, ellas cuentan no sólo con el poder de Venus sino también con el poder de Mammón, el gran dios que rige a la humanidad, digan lo que digan, crean lo que crean. Algunas de estas putas sí que son verdaderamente “satánicas”.

Pero, ajá, las puticas de burdeles y hasta esas más caras “prepagos” anónimas, que comen y beben con el cliente, echan el polvo y no tienen más injerencia, porque no la quieren tener, en los asuntos de éste, ¿qué peligrosas pueden ser para el mundo? Ellas, las más inocuas, son las más “satanizadas”. Ellas, las que reciben los peores tratos, son las más rechazadas. A ellas se les quiere borrar u ocultar y es a ellas a las que más acude la masa de “machos” brutales y los buenos hombres (a veces los “machos” brutales se transforman en algodones de azúcar o paquetes de plastilina cuando atraviesan crisis sentimentales, que las tienen) necesitados de placer, de compañía, de consuelo e incluso de consejos. Porque la puta cuando ya ha adquirido cierta experiencia, conoce y aprende a manejar los misterios de la sexualidad y los temperamentos de los hombres; aprende, esto sí muy a las malas, a lidiar con los “machos” brutales.

Las putas más especiales, las mejores, son aquellas que se han ofrecido al servicio divino de Venus por vocación. Me dirán, “¿entonces por qué cobran?” ¡Ja! Pregunta tonta. ¡Cobran todos, los sacerdotes de Cristo y los de Mahoma, los de Buda y los de Krishna! ¡Ahora que no cobren las de Venus, que nos llevan al éxtasis sagrado de la cópula, algo mucho más tangible! Por demás, ya lo dije, el dios que rige a la humanidad es Mammón. Ahora, ciertamente, también las hay por mera necesidad económica, y entre éstas muy malas practicantes del oficio, a las que se les debe tener paciencia y pagar, y ojalá, si está a nuestro alcance, ofrecerles o conseguirles un empleo en el que se puedan sentir más a gusto. Porque las putas que no disfrutan del sexo con ningún o casi ningún cliente (sólo lo disfrutan, si acaso, con el “cabrón” —un “macho”— que las explota) están sometidas a esos rígidos patrones impuestos por los “machos”, pero la necesidad las ha arrastrado a practicar el oficio de puta como último recurso, y suelen sufrir terribles remordimientos de conciencia, que a la larga las vuelve hoscas o las envilece. Este problema también es producto de la mala leche con que los “machos” han propagado su mala semilla en el mundo.

Ah, no olvidar lo que una mujer me dijo una vez, una mujer casada, chapada a la antigua, fiel a su esposo, el único hombre con el que ha copulado, es decir una mujer sometida al machismo, y que me lo dijo (de eso hace una montonera de años) para recriminarme porque, discutiendo con ella, se me salió un hijueputa por costumbre. Me dijo, no exactamente con las mismas palabras, pues ya no las recuerdo textuales, pero la idea de fondo no se me olvida, me dijo que todas las mujeres que se casan son putas. No puedo yo decir que todas, pero si, como he venido afirmando, a la humanidad la rige Mammón, y la mayoría de las mujeres, cuyas vidas siguen las normas de conducta impuestas por los “machos”, se casan no sólo por amor sino por la manutención que le pueda ofrecer el hombre, se concluye que sí, al menos la mayoría de las mujeres que se casan han vendido sus servicios sexuales a un hombre en particular, con el agravante de que han vendido también otros servicios, ya se sabrá si muy barato o bien vendidos, como limpieza de la casa, lavado de ropa, preparación de alimentos, parir hijos (¿qué?, ¿no saben que hay mujeres que “alquilan el vientre”?), etcétera.

Te equivocas, ojitos que leen (manos, si en Braille —lenguaje inclusivo, por eso no escribí lector, para no tener que poner seguido lectora), esto no es una apología al libertinaje ni mucho menos un ataque a la monogamia; es una defensa a mis muy queridas putas, que nos brindan un servicio muy oportuno a tanto hombre sin fortuna en la lides del amor, porque hacerse la paja es rico pero no tanto como fornicar con una mujer (estoy refiriéndome a hombres heterosexuales, y dejo claro que tampoco tengo nada en contra de la homosexualidad, ni femenina ni masculina, como tampoco contra la bisexualidad). Las adorables sacerdotisas venéreas no nos dirán «te amo» amándonos de verdad, mas, ¡qué saludable ilusión, que nos lo digan, entrepiernados, disfrutando de los deleites de la carne!


Domingo José Bolívar Peralta

Enero de 2.018

Soliloquio entre Dante y yo

Pero giri Fortuna la sua rota
come le piace, e il villan la sua marra.
La Commedia.
Versos 95 y 96.

¡Oh! ¡Qué cautos debemos ser los hombres para con aquellos que no sólo ven las obras, sino que con su inteligencia penetran hasta lo interior del pensamiento.
La Commedia.
Versos 118 al 120.

Al final del Canto XVI, Dante llama ‘Commedia’ a “sus memorias” de su paso por el Infierno, y se dirige a mí, directamente; «lettor», me dice, y me jura, amonestándose, por lo difícil de creer, lo inverosímil, la “apariencia de mentira” que tiene su relato, que lo contado es cierto, le sucedió. Dice que el monstruo que a continuación aparecerá, digamos invocado por Virgilio, no es falso, y lo dice con tal convicción que le creo —¡cómo no!— mientras me hallo hechizado por su arte, absorbido por un libro tan difícil de soltar de los ojos.

Usa Dante un recurso eficaz, de gran valor para lo que es el fondo de su vasto poema, su carácter teológico, moralizante. De esta manera nos afirma que su gnosis (católica) de los ámbitos ultraterrenos, de ultratumba, no es falaz. Y si tenemos en cuenta la época en que Dante escribió su magna obra, ¡qué gran aporte a la literatura! No sé si ya los antiguos griegos (tan avanzados, como siempre) o algún otro autor había usado antes o en su misma época el recurso de dirigirse directamente al lector. Es posible que sí haya antecedentes; pero, por la misma fuerza de la pluma de Dante, cuando encuentro que ¡el gran poeta me está incluyendo en su obra! al llamarme la atención sobre algo muy importante que desea que tome en serio, es impactante. Sentí que estaba a mi lado, como si un conjuro, escrito por él para que yo lo recitara, lo trajera para conducirme por sus versos, tal como Virgilio lo acompañaba a él por aquellos lugares misteriosos.

Gracias a ese conjuro toma fuerza la comunicación entre escritor y lector, porque el lector es invitado a participar, a ser activo. Dante permite entonces que el lector cuestione al escritor y él, desde los siglos pasados, responde a las preguntas del lector como por una alquimia que transforma las mismas preguntas en respuestas.


La obra, de este modo, no es estática; se mueve, se recrea en cada impulso electroquímico de donde saltan las ideas y emociones. Es decir, mientras se está en la lectura, aquella igualmente misteriosa y fascinante región que llevamos todos dentro o que nos envuelve, dividida en dos espacios que son la consciencia y la subconsciencia (y quizás tres, si agregamos la inconsciencia), se sumerge en el relato o es el relato quien se sumerge en ella. Dante nos llama y con él vamos, como testigo invisible ante Virgilio pero sombra que Dante percibe porque él mismo nos dio el poder de hablarle; y así como Virgilio guía a Dante por los diferentes círculos en que se divide el Infierno y el Cielo, Dante nos guía por el tejido de sus tercetos. Logra su propósito: al finalizar el libro estamos ante la Gloria. 

Domingo José Bolívar Peralta
Enero de 2.018