Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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lunes, 30 de mayo de 2016

Instrumentos del mal

(Publicado en el fanzine Desastre Intelectual).

Desde que apareció la guitarra eléctrica, hay quienes la consideran creación del Diablo. Son famosas las historias de bluesmen que han tenido que ver con criaturas infernales (los Johnson). Con la aparición del Rock and Roll, la leyenda creció, más si vemos a Jimmy Hendrix gesticulando como poseído mientras incinera una en Monterrey, cual alegoría del destino que nos espera: “Los ‘rockeros’ van al Infierno”, dice la canción de Barón Rojo.
No se crea, sin embargo, que la guitarra eléctrica es la única creación de Les Luthiers del inframundo; Luzbel es muy viejo y desde mucho antes hace música. Se cuenta que algún “padre de la Iglesia”, en el siglo IV de la “era cristiana”, refiriéndose a la flauta afirmó que ésta es un instrumento "símbolo de la serpiente, portavoz del Diablo”, y se creía que los movimientos del flautista al momento de tocar su instrumento, se correspondían con las torsiones del Demonio que estaba en posesión de su alma pecadora. Sabemos en la Costa Caribe Colombiana, que si no es porque éste le canta el credo al revés, Satanás vence en duelo musical al mejor acordeonero del primitivo vallenato, el hoy insuperable Francisco El Hombre. Pero esto es también reciente en la –quisiera decir discografía; las discográficas son de lejos el mayor invento del Diablo en lo concerniente a la música, sobre todo si escuchamos lo que dicen los discos de Nancy Ramírez puestos a girar al revés– historia musical del simpático Señor; tenemos que bajar más en la Historia. Lo haré brevemente, porque este asco de fanzine no permite profundizar tanto como lo amerita el asunto.
Otro instrumento del que se ha servido a placer El Bajísimo, de entre los tantos y tantos de su orquesta, es el violín, y me parece que, según mi superficial investigación, es su favorito; sólo baste mencionar, de pasada, estos casos para que se tome en serio lo que afirmo:
La obra por la cual es mundialmente conocido Giuseppe Tartini, es una composición, “Il trillo del Diavolo”, de finales del siglo 17,  que él mismo definió como un precario intento de reproducir la música que el Diablo había tocado para él en un sueño, en el monasterio de Asís. Mas Tartini vio en vivo a un músico tan impresionante que se encerró de inmediato a practicar: el violinista Francesco María Veracini, tan inigualable que se sospecha hizo pacto con Luzbel. Sin embargo, la leyenda más conocida es la del exuberante músico Niccolò Paganini, a quien la Iglesia Católica, en pleno siglo 19, prohibió sepultar en “tierra consagrada”; como quien dice, “entiérreme en tierra bruta donde me trille el ganado.” Existen, además, leyendas sobre los fabricantes de violines por la calidad, el color y las enigmáticas marcas que se pueden encontrar en estas joyas de violeros como los mismos Guarneri y Stradivari. Por si fuera poco, hay composiciones como “El sueño del Diablo”, de principios del siglo 19, proveniente quizá de Nueva Inglaterra, o “El Diablo llegó un día a Georgia”, también de Estados Unidos. Como si todo lo anterior no bastase, se encuentran películas como “El violín rojo”, “El violinista del Diablo” o “La reina de los condenados”, con su escena de violinistas en la playa, una de ellas gitana y el otro vampiro.
El violín es el instrumento musical más agudo (por tanto, ingenioso) del cuarteto de cuerdas que forma junto con la viola, el violonchelo y el violón. Se puede rastrear su origen en antepasados suyos, tales como: ravanastra, un antiquísimo instrumento de la India; ar hu (ar: dos y hu: pueblos del norte, en recuerdo de su origen mongol); hu qin, sin diapasón quedando sus dos únicas cuerdas al aire y pasando la crin entre estas dos; rebab, de origen árabe, y su versión europea, el rabel, difundidos en el Medioevo en Europa mediterránea por los árabes. A partir del rebab surgen, en Italia, los antecedentes más evidentes tanto del violín como de la llamada viola de gamba, son tales precedentes la viela, originalmente llamada rebec, y también denominada fídula, y la lira da braccio ésta ya muy semejante a un violín primitivo aunque con el diapasón separando los bordones. La viola se conoce también, en español, como vihuela (aunque este sustantivo casi ya no se usa sino en comunidades rurales). En otras lenguas, el violín ha tenido estas denominaciones: en catalán viola, en catalán antiguo viula y en francés antiguo vielle, en celta irlandés fiddle. Viola tiene origen común con viula en la lengua provenzal de Oc, que deriva del verbo viuler ‘tocar la viola’, de origen probablemente onomatopéyico.
Todo este rollo, para explicar que tal vez el favoritismo del Lucifer por el violín tenga explicación desde el punto de vista etimológico: violín viene de violino, diminutivo italiano de viola. Para el filólogo Friedrich Christian Diez, viula viene del latín vitula, derivado de vitulari, que significaba ‘saltar como ternero’ y pasó luego a significar ‘saltar y bailar feliz’ (el violín es tan alegre como triste); y el verbo violar viene del latín violare, que tiene por raíz vis (violencia, fuerza). Veamos, pues, la gran semejanza existente entre viuler y violare.  El Diablo es el primer violador, puesto que violó al Creador. Satanás se creía el más grande violador, un violón, pero el Padre Celestial le reveló que la mencionada violación no era tan así, porque en verdad Él lo había presupuestado, quería que sucediera tal cual sucedió –Dios obra de maneras misteriosas–. Entonces Satancito, desengañado, supo que no era más que un triste violín, y para acompañar su vergüenza, su pena, creó este instrumento y le puso ese nombre. Pero de la vergüenza y la pena pasó a la rabia, y el violín ya no sólo sonaba melancólico y pusilánime sino también brioso y agresivo; de la rabia pasó a la salvaje alegría y el violín lo acompañó a las tabernas, ganó simpatizantes en las fiestas y bailes, y claro, las fiestas y los bailes son lugares frecuentados por Amor (otro ángel depravado) derivando el violín en acompañante musical de enamorados. De este modo, violar, pudo significar tocar la fídula y, para los músicos y poetas enamorados, también campo sembrado de violetas. 

jueves, 12 de mayo de 2016

Veleidad de veleidades


Inicia Julio César, de El Bardo, con Flavio y Marulo (no éste un Marulanda de Marinilla), patricios, recriminando a los “simples” (no salgo aún de el enigmático nombre de la rosa [y aspiro no salir nunca], Eco, eco, eco…) por su veleidad: otrora vitoreaban a Pompeyo mas en este día esperan a Julio César, quieren verlo y aclamarle, siendo César rival y verdugo de la sangre de Pompeyo. Pero no teman, que de entre el pueblo uno, un bribón, bribonazo, sabe muy bien, con pomposo cinismo, hacerle frente a los de alta cuna: el “cirujano de zapatos viejos”: –¡Caminen, limen sus suelas en las calles de Roma; yo repararé sus zapatos; por menos de un denario tendrán viejos zapatos nuevos!

El remendón tiene claro que no perderá un día de trabajo sino que ganará varios, o, interpretando la conversación de otro modo, su voluntad, como veleta cuando no sopla el viento, apunta fijo en una dirección: burlar a los dos ceñudos señores. No, más bien, francamente, a decir verdad, está matando dos pájaros con el mismo tiro.

¡Ah!, no es del todo culpa nuestra. “¡Los hombres son algunas veces dueños de sus destinos!” ¡Sólo algunas veces, Cayo Casio!, y las pocas veces que podemos sujetar las riendas de ese potro son fugaces. Veleidosa es la Diosa Fortuna. ¡O Fortuna, velut luna, statu variabilis!” Quizá debamos seguir el consejo de aquel gran medievalista, Ignatius Reilly: “Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.” Hay cineclubes a los que puedes ir y apreciar de lo mejor del Séptimo Arte, gratis. No te salgas del tema, comentador, estamos en la antigua Roma, no en Cinecittà. ¿De qué hablaba? Del pueblo veleidoso.

Confieso que he plagiado… No, ¡qué palabra tan fea! Confieso que la idea inicial para escribir este malogrado… (esto no es ensayo ni crítica ni reseña…) La idea inicial saltó como salmón de unos comentarios del escritor Joaquín Mattos Omar, exhibidos en la vitrina de un negocito de un tal Fuckerverg, dizque Féizbuk, donde vendemos los productos de nuestra pujante empresa nominada (no a ningún premio) Clan de Lectura Crítica (crítico estoy yo con esto) de la Biblioteca Piloto del Caribe, con sede en la arroyosa Charran-kill-a. Uno de ellos dice: “¿La voz del pueblo es la voz… de qué? Y bajo ese epígrafe nos hace notar lo fácil que es variar el cauce de ese río, los “simples” Adso, el pueblo lego (perdónenme los etimologistas); primero desean rendirle honores a Bruto y poco después lo consideran despreciable. Fijémonos, de esto se quejaba Marulo, sin embargo el mismo Marulo acude al recurso de la palabra (la palabra tiene poder, la palabra a viva voz) como lo hará después Marco Antonio. No hay duda, Joaquín, que la voz del pueblo es la voz de “ese dios”, y que la voz de “ese dios” canta ¡Ooo Fortuuuuunaaaaa…!

Aun esto, digamos lo que es justo decir, no casquemos sólo al pueblo de “ese dios”, que los privilegiados por Fortuna también dicen cosas que denotan su esencia contradictoria. Casca llama “honrados vecinos” al pueblo, a la gente que tenía al lado mientras César se vanagloriaba y caía, y luego, en la misma conversación con Bruto y Casio, suelta estas perlas: “la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.” La hiel de Casca también se manifiesta aquí contra César. El juego de la burla retorna invertido: al principio el zapatero mofándose de los nobles y luego el noble mofándose de la plebe, cayendo César en la última mofa mientras que en la primera estuvo a salvo. ¡Y hay más!, la burla en griego de Cicerón, seguro mofándose de lo acontecido con César, y el que entendió que entienda.

Y como no estoy haciendo un discurso sobre la mofa sino sobre la inconstancia, Porcia, mujer de Bruto, da prueba de su firme constancia: se hiere el muslo, con tal de saber qué perturba a su esposo, y promete ser discreta si éste le revela qué lo saca del lecho, pero qué va, Porcia no se aguanta tanto; y César, dice de sí mismo que es constante como la estrella polar, pero lo vimos titubear: –Ir o no ir, ése es el dilema– cuando Calpurnia le ruega que no vaya al Senado.