Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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jueves, 9 de julio de 2015

Trópico de aries

Todas las calles son fantasmas

Tengo las pupilas dilatadas... todos los sentidos dilatados. Es el efecto de algunos pasajes de Trópico de cáncer. Debo parar la lectura, quiero salir a beberme la noche. La brisa canta sobre las olas. En la oscura pista de baile, Júpiter y Venus danzan estáticos en un rincón, y la Luna regordeta, en las antípodas, espera sentada a que alguien le pida bailar una pieza (la Luna lo que quiere es que la inviten a una pieza).

Si pudiera, me tomaría una Miller a manera de homenaje, pero no está mal besarle el pico a una Águila. No está mal, las águilas conocen esas cumbres y esos profundos recovecos a donde llegan los poetas vagabundos que poco o nada les importa si está escrito en verso o escrito en prosa: lo que importa es escribir, con la misma urgencia de quien tiene hambre.

Y viene la cháchara magnífica de quien conversa consigo mismo. Cuando vas en bus urbano, lo mejor que puedes hacer es huir como un cobarde, evadir la idea de que estás en manos de quien sujeta el volante, habla por celular y cambia de emisora mientras pita y cobra los pasajes. ¡Cuántas extremidades tiene ese hombre! La cháchara narcótica de un putero que ha comprendido el universo de las putas, tiene ese poder suavizante de ropa desinfectante de baño y ya no estás en la hórrida prisión de hojalata sino en una maltrecha calle en donde todos saben que no saben lo que quieren, pero quieren. Ahí te bajas, como Neil Armstrong, y empiezas a andar, el moonwalker de Michael Jackson. Por fin la Luna tendrá quien la voltee y se la coja por el lado oscuro, otra vez, yo, y Henry Miller.

Aquí no hay catedrales que admirar, sí unas cuantas iglesias. Los gatos y los perros no confían en que seas diferente de los otros, y deseas meter los dedos en el cuero cabelludo, abrirlo, despojarte de la piel y hacerla ondear sobre las antenas de telecomunicaciones: “Al aire, desde las páginas que alguien ha roto y no aparecen en el libro, transmitimos este boletín urgente: necesito un lugar para dormir esta noche.” Un indigente me ha recibido en su limpia terraza de una casa abandonada, y una perra se ha dado cuenta que sí soy diferente, y muerde mis gafas oscuras traba segura.

Un buen libro siempre será una droga suficiente. Henry Miller me ha trabado.

Domingo José Bolívar Peralta.
9 de julio de 2.015, 10:56 a.m.


jueves, 2 de julio de 2015

¿Qué mató a Kurt Cobain?


No lo mató la escopeta
que deshizo su cerebro;
tampoco fue la heroína
lo que acabó con su vida.

No fue su alocada esposa
ni el teórico homicida
que ella habría contratado
para que hiciera el trabajo.

No fue un instinto suicida:
desde antes había muerto,
él murió por ser él mismo,

el éxito fue su ruina:
la mercancía de moda
del yupi de la oficina.