Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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viernes, 26 de junio de 2015

Siete entre tres

Esta manía de dividir siete entre tres;
llenar la hoja
y seguir dividiendo sobre la mesa,
el piso, la pared, el techo, las nubes,
la atmósfera;
llenar los espacios vacíos del Universo
de tres y tres y tres y tres y tres...
y diez y diez y diez y diez y diez...

Sangra la nariz.
El corazón ya no palpita
su acostumbrado tun tun, tun  tun:
tres diez, tres diez, tres diez.
El único sonido capaz de oírse en el vacío.

Siete entre tres;
llenar la hoja,
la mesa,
el piso, la pared, el techo, las nubes,
la atmósfera;
llenar los espacios vacíos del Universo
y no llegar al tres definitivo,
al diez último,
al final de la cuenta.

Tres diez, tres diez, tres diez, tres diez...
La matemática del uróboros.
Tres diez, tres diez, tres diez, tres diez...
La obsesión del psicópata.
Tres diez, tres diez, tres diez, tres diez...

Sólo es posible percibir
los espacios vacíos del Universo.
Todo lo demás dejó de ser,
fue absorbido por el vórtice infinito
de tres diez, tres diez, tres diez, tres diez...

Sin sentidos, contempla el orate,
a medida que progresa sin progreso,
la sucesión inefable
de cifras que no resuelven el misterio.

viernes, 19 de junio de 2015

Revoloteo de moscas

La oscuridad del corazón del hombre

Es el demonio de la putrefacción. Cuando este demonio sonríe, se ha llegado al punto de no retorno; el proceso de descomposición ha iniciado, el paraíso es engullido por un abismo que exige lágrimas y sangre. ¡Mátalo! ¡Degüéllalo! Grita el demonio desde lo más profundo del oscuro corazón humano.

Las guerras son el desahogo del demonio de la putrefacción y su forma de engañar a la conciencia, el súper yo, el policía interno, para saciar su sed de sangre y lágrimas. ¡Y no se sacia! No ha habido siglo sin guerras.

El ser humano ha tratado de contener a este demonio, no tanto por su sangre como por sus lágrimas.

El niño de la mancha en la cara

Este niño es una incógnita, y eso me agrada; creo que este es el tipo de asuntos en la literatura que me aparta de algunas personas. Hay quienes prefieren los textos que les generen certezas, mientras a mí me gustan mucho los que dejan incertidumbres. En Señor de las moscas, hay un niño que desaparece, no se sabe si murió (que es lo más probable) o sobrevivió, aislado de los demás en la isla; no se sabe si quizá fue rescatado antes que los demás, mientras estaba desmayado o dormido, en la parte de la isla que aún los otros no habían explorado. Es un ejercicio que el autor (estoy refiriéndome a Michael Golding y a su libro, Señor de las moscas) nos deja, como Humbert (Lolita): imagíname, lector.

Domingo José Bolívar Peralta

sábado, 20 de junio de 2015, 1:45:07 a.m.

jueves, 11 de junio de 2015

Je sui Charlie

No lugar, no fecha.


Monsieur:
Humbert Humbert
E.       S.       M.

Reciba un muy caluroso saludo.

¿Cómo debo empezar esta carta? Así, diciéndole viejo pervertido y tonto. ¿Cómo es que llamas a las niñas como Dolly, vírgulas? No, ¡nínfulas! ¡Qué risa!, viejo tonto y cómico. Mi vírgula –porque yo también era un niño– la pasó muy bien con tu nínfula. Tengo que admitir que yo sí tenía alguna experiencia: ser el único macho atractivo entre tantas chicas de algo tenía que servir. Un año antes de que Dolly apareciera en el campamento, una chica llamada Lilian –Lilly, a quien veo pasar a veces, con la misma apariencia de aquellos años, para atormentarme aún más de lo que lograría hacerlo si lo hiciera con alguna otra apariencia– me inició en... ¿cómo lo dirías tú?, ¿los placeres de la carne? No, no dirías así; lo dirías de una manera aún más extravagante. Pero eso fue. Por supuesto, era una niña mayor que yo, que por entonces tenía doce años. Ella, engañosos quince. Yo era un niño del todo ignorante en esos asuntos, que odiaba estar en ese verdadero paraíso rodeado de tantas chillonas, sin ningún compañero para jugar juegos de hombrecitos.

Ya debió haber adivinado quien le escribe. ¿No? En franchute, entenderá mejor: je sui Charlie. Charlie Holmes.

Todo cambió para mí cuando esa Lilly me llevó una tarde a lo profundo del bosque. Me dijo, para convencerme, que había encontrado una cueva interesante y quería que yo la acompañara a explorarla. «¿Por qué yo?» pregunté, y ella sonrió: «Eres el único chico por aquí.» Ella iba delante de mí, guiando la expedición. Nos alejamos del campamento más de lo permitido, y cuando llegamos a un sitio donde nos rodearon los matorrales, con una rapidez asombrosa se dio vuelta y agachó al mismo tiempo, bajándome en el acto la pantaloneta y el calzoncillo, y sin mediar palabra ni darme tiempo para reaccionar, la muy bandida se metió mi inmaculada –sí, así dirías tú, inmaculada– vírgula en su endemoniada boca.

Imagino que estará disfrutando esta narración, señor condenado.

Al principio quise apartarme, pero ella hizo un movimiento envolvente con su lengua dominándome por completo. Placer puro. Cuando se dio cuenta de que me tenía subyugado, metió sus manos debajo de su faldita y se sacó las bragas. Se levantó y me besó en la boca. Abrió mis labios con los suyos y esa serpiente que tiene en su boca se metió en la mía. Desde entonces mi lengua es también una serpiente. «Tiéndete en el suelo.» Obedecí. Abrió sus piernas y dijo: «Esta es la cueva que quiero enseñarte.» Dio pasos, piernas abiertas, un pie a mi izquierda y otro a mi derecha, empezando desde mis pies. Yo temblaba. Llegó hasta mi cara y fue descendiendo hasta que su cueva quedó justo sobre mi boca.

¿Excitado, Hummie?

Ya ve lo que es capaz de hacer una de estas chicas a un indefenso niño de doce años. En fin, hicimos todo eso que se imagina usted; no, de seguro más de lo que se imagina usted, literato mediocre.

La sucia Lilly siguió con sus juegos casi todos los días durante aquel verano. La mañana en que se fue, ni siquiera se despidió de mí. Pero una semana antes de irse, una tarde brumosa, fuimos ella y yo al mismo lugar, acompañados esa vez por una chica que volvería un año después: Barbie. ¡Adivinó, Hammer! Y decía no ser bueno para las adivinanzas. Barbara Burke. Esa semana trabajé por partida doble, como un año después, cuando Barbara llegó con Dolly –su Lo li ta–.

¿Por qué escribí esta carta? No, depravado escritorzuelo. Pregúntese: ¿por qué estoy leyendo esta carta? Es parte de su castigo, Hummie, y también parte del mío. La cárcel no fue suficiente para usted, como tampoco la guerra para mí. En Corea no sólo disparé contra coreanos; también eyaculé sobre y dentro de coreanas, campesinas, niñas y adolescentes.

Lilith me ha ordenado que le escriba esta carta. Sus métodos de persuasión ya no son tan placenteros. En verdad no son nada placenteros. No dudo que se presentará dentro de poco ante usted, como Dolores Haze, como Dolly Schiller. Quizás aparezca como Lilith, acompañada de Lolita. No sé.

Sí, señor Hammer, dio en el clavo. Ella aquí. Y claro, también Clare. ¡Oh! No lo había pensado antes. Es muy probable que Lilith haga el montaje enfrente suyo de una obra de teatro porno protagonizada por la nínfula estrella de la actuación, Lolita, y el curtido actor, y además autor de la tal obra, Clare Guilty. O al menos así se lo haga parecer. No, no lo hará parecer, lo será. Una obra teatral que no disfrutará nadie, ni los actores –ni Guilty al escribirla, como parte de su condena–, salvo, claro está, Lilith y toda la horda de criaturas a las que confundimos con el azar cuando nuestros pasos ciegos nos conducen por senderos aciagos.

Perdóneme si mi lenguaje no ha sido tan pulcro y delicado como el suyo; aunque... ya nada nos podemos perdonar. Dieu ne nous pardonnera pas.

No queda más que darle una sarcástica bienvenida.

Su semejante en pena.


Charles No Home.



Domingo José Bolívar Peralta

10 de junio de 2.015

jueves, 4 de junio de 2015

Carpe Diem



Bitácora Taller José Félix Fuenmayor. Sábado, 30 de mayo de 2.015


Un día pleno de sol. Centros comerciales sonrientes. Restaurantes con el corazón contento. La embriaguez de las tiendas, cantinas, estaderos, bares, discotecas (al calor de las frías no hay diferencias). Saludables parques y gimnasios. Burdeles donde se le saca provecho al polvo que somos. Etcétera.

Quinto Horacio Flaco (los cuatro anteriores menos flacos que él, poeta al fin y al cabo) ha dicho (por encima de las sutilezas de las traducciones, la esencia): vita brevis.

En tanto que Garcilaso (imagen poética de una garza con su pico tocando la mitad de su cuello: un lazo; pero este lazo es con ‘z’, y los españoles la pronuncian. Más bien trata de una garcita con el cuello laso [y ahí sí, hace el lazo]) de la Vega dice: ni a contemplar tu belleza se detiene.

Visualiza entonces Pierre de Ronsard (algo pagado de sí mismo, como todo gran poeta) un suspiro melancólico y marchito, sepultos ya sus huesos. Y clama: ¡no esperes el mañana!

No hay carne que no se pudra; sólo Natura estrena Primaveras, murmuró Rubén Darío («¿Hernández?» «¡Nooo! Ése ya no es capaz de hacer un pique»), poeta de precoz otoño.

¡Ay! ¿Será que participo? Me da vergüenza. No estoy a la altura. Al final, deshojé la margarita (Margarita no vino. Quizá se fue a comer helado y luego a cantar en un karaoke. Aprovechar el día, en vez de estar metida en un cubo Rubik), y dijo: ¡sí, hazlo ahora, es el momento! Sólo dije que es mejor estar borracho, o algo así. ¡Ellos son tan altos!

Antes de que se leyeran los últimos versos, Juan Carlos Onetti vino y nos lanzó (siempre hay leña dispuesta a arder) un fósforo encendido, en prosa: Las mellizas.

Un lenguaje nada exuberante, hasta coloquial. “La verdadera Melliza”, quince años de miseria, flacura, con “cara pequeña e inocente”, y una forma de ser que choca con el ambiente sórdido de la vida de la calle y con la practicidad materialista de su hermana. Famélica prostituta que no cobra: espera a que el cliente pague, si quiere. Vive el momento. Cándida criatura, “carente de piedad”, que fue un motivo de sorpresa diaria, durante incontados (esta palabra me la corrige Word y no está en el diccionario; pero se entiende y me sirve) días, para un narrador que la recordará quince años después. No cuento más el cuento: mejor es que lo lean.

No cuento más el cuento, pero sí debo contar el incendio. En resumidas cuentas, dos posiciones hermenéuticas (esta palabrota le debe de gustar a Andreis): una considera que el narrador se enamoró de la desgraciada agraciada joven, y la otra considera que lo que lo atrajo a ella fue el extraño candor (incompatible con el mundo alrededor de ella y su oficio) de la chica y se involucró en su miseria por compasión y por su sorpresa diaria.

Si los poetas nos decían que había que aprovechar el momento, tomar lo que la vida nos ofrece y sacarle el mayor provecho, sin aplazamientos ni proyecciones futuras (aunque Ronsard sí fue al futuro, pero justamente para decir esto: ¡ahora!), este cuento nos muestra una versión más sombría de ese vivir la vida sin esperar más. la “Melliza segunda” cobra por sus servicios, tiene un aspecto más saludable... La “Melliza verdadera” tiene pesadillas por las noches y es despreocupada en el día. El narrador está fascinado por ella, tan fascinado que al final desea... (¿había dicho que no iba a contar más el cuento? Dispensen este pequeño desliz) Léelo. Ese final también nos puso a discutir.

Esta divergencia de interpretaciones encendió los ánimos de pugilato (exceptuando a Patricia, quien no está interesada en subir al cuadrilátero, porque es cosa del Patri-arcado) y se presentaron algunos retos. ¿Rayza Mar contra Mar Llarino?

Después de todo, la sugerencia del último poema fue tenida en cuenta por algunos compañeros: salimos juntos a beber el licor dorado, porque mañana no se sabe.

Domingo José Bolívar Peralta.
2 de junio de 2.015.