Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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lunes, 22 de mayo de 2017

En este mundo

El proemio de El reino de este mundo, obra emblemática de Alejo Carpentier, nos pone de inmediato, de manera más concreta, en contacto con lo que estas palabras, “el reino de este mundo”, de manera nebulosa nos representa en el subconsciente.
Las palabras que se cruzan el Demonio y la Providencia, sacado de la obra escrita para teatro (en ese tiempo aún no se escribía para el cine) La famosa comedia del nuevo mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega, anuncian una novela con claras referencias a la ríspida colonización de América, con la venia de “el mariquita mayor de Palestina”1.
Pero en realidad, aquí el cristianismo europeo no llevará la batuta de los acontecimientos, porque se trata de la gesta independentista de los haitianos, y en esto, son los dioses africanos los que mandan: “El dios de los blancos ordena el crimen. Nuestros dioses nos piden venganza”, dicen los negros conspiradores. Aquí se habla de los Grandes Pactos que los negros de Haití, la más próspera colonia francesa, habían sellado con sus dioses de ultramar. Propone Carpentier que la independencia de Haití fue posible por esa cohesión de los negros en torno a sus creencias mágico-religiosas, a los conocimientos suyos ignorados por los blancos y al lenguaje común de los tambores, porque estos desterrados no provenían de un solo pueblo, lo cual queda claramente ilustrado cuando dice: “[…] la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondieron de montaña a montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronaban los tambores radás, los tambores bongós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú.” Es esta nueva religión, el “Vudú”, mezcla de religiones africanas y cristianismo europeo, el factor aglutinante. El Vudú (o Vodú, como escribe Carpentier) une las voluntades de los esclavos en torno a un proyecto de nuevo reino africano, un reino de este mundo, el mundo de América, del Caribe, en contraposición con el reino del otro mundo cristiano, y en añoranza a los reinos de aquel otro mundo que es África.
Pero toda rebelión, toda fe requiere de una figura, de un tótem, una leyenda. MacKandal será ese Jesús de Nazareth, espléndidamente viril, bravo y mágico; un líder que recuerda la idea de reyes africanos que eran guerreros, legisladores, sumos sacerdotes y amantes insuperables cuya descendencia heredaba estos rasgos; en contraste, como la misma obra los muestra, con esos reyes europeos de figurín, constreñidos por sus propios funcionarios, incapaces de estar al frente de una batalla luchando con superioridad de líder y guerrero diestro. Su muerte en la hoguera recuerda la muerte del Maestre de los Templarios, Jacques de Molay. Alejo Carpentier, a través de este personaje, nos muestra el proceso por el cual un hombre es deificado. MacKandal, el peculiar mandinga contador de historias, encabeza la primera asonada, se hace cimarrón, asciende a houngan y símbolo de los anhelos de libertad de la negramenta; con sus conocimientos logra forjar una leyenda, y, al final, en vez de un hombre chamuscado en la hoguera lo que ven los negros es un espíritu inmortal capaz de metamorfosearse en lo que le venga en gana. Un Lua.
Para entender esto del Vudú, es necesario despojarse de los prejuicios que desde el cristianismo satanizan todo lo que desborde sus dogmas o signifique contradicción a ellos. El Vudú es “una religión humanista, un conjunto de tradiciones culturales que constituyen el cimiento que une al pueblo haitiano en los momentos de crisis y lo salva de la desesperanza. El vudú procura obtener la invulnerabilidad del creyente por circunstancias de éste con la divinidad superior. De esa forma el creyente tiende a identificarse con la deidad o con los objetos divinizados, para hacerse invulnerable como la misma divinidad. Es una práctica religiosa que no está cerrada a la aparición de nuevos luases (divinidades). El hombre es uno con la naturaleza, es uno con sus dioses, es uno con su entorno, el vudú. Los cultos de vudú son sincréticos desde la época colonial, se mezclaron con los cristianos”, anota el mexicano Iván Renato Zúñiga Carrasco en su ensayo Vudú: una visión integral de la espiritualidad haitiana2. Es esto, en efecto, lo que se deja ver en el relato de Carpentier, en la leyenda de MacKandal.
Mas todo esto para demostrar que ni Papá Legbá ha podido mostrar a Haití el camino para que este reino africano en Las Antillas lograra consolidarse. Ti Noel, el personaje que sirve de hilo conductor, es la representación de todos los pobres de Haití, que pasaron de ser esclavos de los blancos a esclavos de negros como Henry Christophe o Papa Doc, y esclavos de la pobreza, del rechazo. Haití paga con creces su osadía de haber roto las cadenas con que la mantenía atada la metrópoli francesa, de haber desafiado el sistema colonialista europeo.

- - O - -

Ti Noel, como dije antes, es el hilo conductor de la novela en su totalidad; empero hay, aparte de la historia de Ti Noel, con la cual se conectan de manera especial las historias de Lenormand de Mezy, MacKandal y Henry Christophe; o sea la historia de la revolución y posterior independencia de Haití, una historia un poco aparte, paralela, que tiene dos personajes alimentándola: me refiero a la que se cuenta sobre Solimán, un negro que siempre se las arreglaba muy bien para vivir lo más cómodamente posible, como camarero, y Paulina Bonaparte, la hermosabuena catadora de varones”, hermana predilecta del insigne Napoleón Bonaparte. Es, en cierto modo, una historia de amor. Solimán, como todo hombre al que le gustaran las mujeres, admiraba con fervor la belleza de Paulina. La amaba con total sumisión. Pero no es una historia desligada o al margen del contexto en que ocurre todo lo demás. A Solimán lo encontramos, ya separado de Paulina, siendo lacayo de Henri Christophe y defendiendo a la esposa e hijas del primer y único rey negro de América cuando hubo la revuelta que acabó con su tiranía. Posteriormente Solimán viajará con las desterradas a Roma, donde una vez más sus manos, sinestésicas, acariciarán esta vez el recuerdo de Paulina Bonaparte desnuda… en mármol. La impresión que le produce hallarse ante esta Paulina de piedra lo enloquecerá.

- - O - -

Citas:

Con su voz fingidamente cansada para preparar mejor ciertos remates, el mandinga solía referir hechos que habían ocurrido en los grandes reinos de Popo, de Arada, de los Nagós, de los Fulas...”

En el África, el rey era guerrero, cazador, juez y sacerdote; su simiente preciosa engrosa estirpe de héroes. En Francia, en España, en cambio, el rey enviaba sus generales a combatir; era incompetente para dirimir litigios, se hacía regañar por cualquier fraile confesor, y, en cuanto a riñones, no pasaba de engendrar a un príncipe debilucho, incapaz de acabar con un venado sin ayuda de sus monteros”

mula de color burro”

A veces, se hablaba de animales egregios que habían tenido descendencia humana”

Se sabía de mujeres violadas por grandes felinos que habían trocado, en la noche, la palabra por el rugido”

todo mandinga era cosa sabida ocultaba un cimarrón en potencia”

Decir mandinga, era decir díscolo, revoltoso, demonio. Por eso los de ese reino se cotizaban tan mal en los mercados de negros”

Exasperados por el miedo, borrachos de vino por no atreverse ya a probar el agua de los pozos, los colonos azotaban y torturaban a sus esclavos, en busca de una explicación”

Hacía más de dos horas que los parches tronaban a la luz de las antorchas y que las mujeres repetían en compás de hombros su continuo gesto de lava-lava, cuando un estremecimiento hizo temblar por un instante la voz de los cantadores. Detrás del Tambor Madre se había erguido la humana persona de MacKandal. El mandinga MacKandal. MacKandal Hombre. El Manco. El Restituido. El Acontecido. Nadie lo saludó, pero su mirada se encontró con la de todos. Y los tazones de aguardiente comenzaron a correr, de mano en mano, hacia su única mano que debía traer larga sed”

hábil como pocas en artes falatorias”

¡Rompan la imagen del dios de los blancos, que tiene sed de nuestra lágrimas; escuchemos en nosotros mismos la llamada de la libertad”

Perezcan las colonias antes que un principio”

un tambor podía significar, en ciertos casos, algo más que una piel de chivo tensa sobre un tronco ahuecado”

hijas convalecientes de violaciones de negros que no era poco decir

Había que agotar el vino, extenuar la carne, estar de regreso del placer antes de que una catástrofe acabara con una posibilidad de goce”

Al alba lo despertaron de un latigazo”

Peor aún, puesto que había una infinita miseria en lo de verse apaleado por un negro, tan negro como uno”

Entonces, sin nada que pudiese hacer sombra ni pesar sobre él, más arriba de todo, erguido sobre su propia sombra, medía toda la extensión de su poder”

En alguna casa retirada lo sospechaba habría una imagen suya hincada con alfileres colgada de mala manera con un cuchillo encajado en el corazón”

Muy lejos se alzaba, a ratos, un pálpito de tambores que no tocaban, probablemente, en rogativas por su larga vida”

Henry (…), Rey de Haití, Soberano de las Islas de la Tortuga, Gonave y otras adyacentes (…), Primer Monarca Coronado del Nuevo Mundo (...)”

el don que tiene los borrachos de ver cosas terribles con el rabillo del ojo”

Palpó el mármol ansiosamente, con el olfato y la vista metidos en el tacto”

Instalado en su butaca, entreabierta la casaca, bien calado el sombrero de paja y rascándose la barriga desnuda con gesto lento, Ti Noel dictaba órdenes al viento. Pero eran edictos de un gobierno apacible, puesto que ninguna tiranía de blancos ni de negros parecía amenazar su libertad”

Seres con oficio de insectos”

ese inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía”

Hecho avispa, se hastió pronto de la monótona geometría de las edificaciones de cera”

Los gansos eran gente de orden, de fundamento y de sistema, cuya existencia era ajena de todo sometimiento de individuos a individuos de la misma especie”

Un cansancio cósmico, de planeta cargado de piedras, caía sobre sus hombros descarnados por tantos golpes, sudores y rebeldías”

había gastado su herencia y, a pesar de haber llegado a la última miseria, dejaba la misma herencia recibida”

1Sin APA, frase de Alexander Portnoy. Del libro El lamento (o El mal) de Portnoy, del escritor gringo Philip Roth.

jueves, 13 de abril de 2017

Tras los rastros de un sueño que continúa

Lo que va de H. P. Lovecraft a J. L. Borges

Cuando Howard Phillips escribió en su cuento Los sueños en la casa de la bruja: “El cálculo no euclidiano y la física cuántica bastan para violentar cualquier cerebro, y cuando se los mezcla con tradiciones folklóricas y se intenta rastrear un extraño fondo de realidad multidimensional detrás de las sugerencias espantosamente crueles de las leyendas góticas y de los fantásticos susurros junto a una esquina de la chimenea, apenas puede esperar encontrarse completamente libre de una cierta tensión mental”, nos revelaba sus intereses y a qué acudía para crear sus relatos –además de lo que le demandaba mentalmente el ejercicio de escribir sus espeluznantes visiones–. Declarándose ateo, materialista mecanicista, sus conocimientos de los avances y teorías de la ciencia de su tiempo –en especial la física, la química, la astronomía y cosmología– los combina con los conocimientos de las leyendas y tradiciones de su región en lo concerniente a las historias de hechicería, y asimismo de ciertos conocimientos en materia de grimorios, sociedades ocultistas, sectas extrañas, y todo ello rebullendo en la olla brujeril de su cerebro da como resultado esa sórdida pócima que es su literatura.
Lovecraft aprovecha admirablemente las ancestrales historias de espantos de su natal Nueva Inglaterra, en especial la tradición de brujería y satanismo que sobre Salem se cuenta, y empalma aquello con sus dioses y criaturas particulares, habilidad que ha dado pie a la leyenda que sobre él mismo se ha tejido como especie de médium o persona especialmente receptiva a eventos paranormales y conocedor de secretos terribles.
Al darnos una información bibliográfica de “el pavoroso Necronomicón, del enloquecido árabe Abdul Alhazred, en versión latina de Olaus Wormius, impreso en España en el siglo XVII”, guardado en la Universidad de Miskatonic, como sucede en El horror de Dunwich, Lovecraft logra generar en el lector una especie de credulidad en lo que cuenta, aunque tengamos por descontado que se trata de una obra de ficción. Es cuando quien se entrega a la lectura de sus horrores se pregunta qué, de entre todo lo que es aquí mera ficción, puede ser una posibilidad de que sea cierto, real, que no conozco, que no he experimentado y Lovecraft sí. Digo, es aquí donde surge la leyenda de Lovecraft entre los más dados a creer que estamos rodeados de una realidad que no llegamos a captar con nuestros limitados sentidos en estado de vigilia, y que es probable que de algún modo nos penetra mientras estamos dormidos o de manera subconsciente influye en nuestras vidas. Leemos, en El ser en el umbral: “Edward Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de sus primeros tiempos y apenas cumplidos los dieciocho años, una recopilación de sus oníricos poemas, titulada Azathoth and Others Horrors, provocó una encrespada reacción entre la crítica. Por entonces mantenía una estrecha correspondencia con el famoso poeta baudelairiano Justin Geoffrey. el autor de The People of the Monolith, el mismo que murió en medio de alaridos en 1926 en un manicomio, tras visitar un ominoso poblado de Hungría cuya memoria es mejor no conservar.” Esto es lo que hacía Lovecraft y manejaba con maestría, recurso literario que encontramos también en otro escritor –más ‘serio’–, quien leyó las noticias y confesiones sobre las cósmicas y antiquísimas deidades monstruosas y razas no humanas que nos acechan: Jorge Luis Borges. El argentino, quizá aprendiéndolo de Howard Phillips o reforzándolo con la lectura de los Mitos de Cthulu, fue asimismo experto en la invención de autores, obras y demás relacionado, como si hubiese sido cierto, porque le da a la ficción un asidero a la realidad; en este caso del fragmento de El ser en el umbral, por ejemplo, se menciona a Baudelaire como influencia del supuesto famoso poeta Geoffrey, quien muere en 1.926 luego de haber hecho un viaje a Hungría, escritor de un libro llamado The people of the monolith. Es la misma clase de información que logra hacernos teclear en la barra del navegador con el fin de hallar en la internet su veracidad –aún sabiendo que la internet nos puede llevar a recoger más supuestos que certezas– llevados por esa curiosidad casi tan demencial como la de muchos de los personajes inventados por el escritor de Providence.
Cuando el protagonista de La ciudad sin nombre se interna por estrechos túneles hacia el profundo mundo subterráneo bajo las arenas del desierto arábigo, nos revela la historia de una civilización asombrosamente antigua, contada a lo Miguelángel en el techo de la Capilla Sixtina; es decir, pintada en murales. Nos la sintetiza de este modo: “pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes –representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles– se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.” Esta forma de resumir un mundo, una cultura, se halla también en la literatura de Jorge Luis Borges, quien en cuentos suyos es capaz de adaptarla a su estilo y propósitos. Borges, como Lovecraft, hace esta misma clase de resúmenes para hablarnos de obras literarias, hechos, gentes y lugares que sólo son reales en sus cuentos, aunque luego algunos hayan tomado estas ‘revelaciones’ como misterios guardados celosamente por iniciados. Hay que decir que esta ‘persuasión’ que lograron Borges y Lovecraft de insertar en la realidad sus ficciones, es porque en sus ficciones insertaban hábilmente trozos de realidad, como son obras literarias, sucesos, personajes, lugares, que entrelazaran lo real con lo imaginado. Intención más claramente expuesta por Borges en su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius: que la ficción fuese capaz de permear la realidad, dando como resultado esto una ‘crisis de la realidad’: todo lo imaginado o soñado es real, y puede hacerse tangible, materializarse, cuando la mente ya no lo separa de lo real sino que lo asume como tal. Puede decirse que Howard Phillips Lovecraft y Jorge Luis Borges –y con más énfasis en el último– pretendieron ‘falsificar la realidad’ o demostrar que sus cimientos no son muy firmes.

Sobre esto de la ‘falsificación de la realidad’ o socavar sus cimientos, y de lo que va de Lovecraft a Borges, circula cierta anécdota –que vaya a saber Azathoth cuánto hay de cierto en ella– la cual asegura que el escritor argentino en su calidad de director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, hizo correr el rumor de que, en efecto, allí se encontraba una copia antigua del funesto Necronomicón redactado por el árabe loco Abdul Alhazred. Investigadores de temas esotéricos y ocultistas –es curiosamente contradictorio lo exhibicionistas que son muchos de estos personajes misteriosos– de todas partes llegaban a la gran ciudad austral para estudiar el gran grimorio. Se dice que incluso se encontró la ficha bibliográfica, pero el libro jamás apareció. No me extraña que dicha anécdota fuese cierta, considerando que el mismo Howard Phillips Lovecraft había ubicado en sus relatos uno de los antiguos manuscritos del libro maldito en dicha biblioteca, y que el argentino, cuyo sentido del humor sardónico le pudo haber inspirado dicha broma al terminar de leer El horror de Dunwich, haya elaborado la ficha. De todos modos, el asalto a la realidad está hecho y seguramente los dos autores se están riendo, departiendo con Italo Calvino, Kublai Khan, Marco Polo y Samuel Taylor Coleridge, en aquella ciudad de los sueños… ¿R’lyeh? Entonces aquel inmortal o longevo que especulara Borges, el cual “trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos”… ¡es Cthulu! ¡Arrg, qué terrible verdad se me ha revelado y cómo es que aún sigo escribiendo sin enloquecer, justo antes de echarme a dormir, a las 2:41 de la madrugada!

sábado, 8 de abril de 2017

¡Qué largo me lo fiáis!


De los personajes más odiosos
que la literatura estima
éste de Tirso de Molina,
el Burlador de Sevilla,
el tunante don Juan Tenorio.

Mas peor este blandengue
que no aprueba y reprende,
pero la fechoría comete;
a la osadía, el sainete,
Catalinón, servil, se somete.

¡A mi palabra quien crea!
De amores no, sí de perjurios
es arquetipo el Tenorio;
sólo por amor quiso de novio
a él la enamorada Tisbea.

Aminta por interesada
las piernas abrió en el lecho
y también es un hecho
que Isabela fue engañada
y Ana tampoco lo amaba.

De amores éste no es héroe
sino traidor de amigos
y estafador de mujeres;
sin embargo, se impuso el mito:
gran seductor y amante. ¡Ahí tienes!

No hay plazo que no se cumpla
ni deuda que no se pague;
don Juan, tu fama injusta
tal vez algún día se acabe;
pero a Tirso: ¡Salve!

Domingo José Bolívar Peralta

¡Amira!


La anécdota es de Rosa P., una muy buena amiga de letras. Cuenta Rosa, testigo presencial de los hechos, y yo lo escribo sin la gracia de su narración y omitiendo algunos detalles, que en [esa cosa que en Charran-kill-a llaman] la Catedral se oficiaría la ceremonia o misa de cenizas de la poeta o poetisa (como prefieran) Meira Delmar, algunos días después de su fallecimiento acaecido el 18 de marzo de 2.009, a los 86 años de edad, y en el transcurso la ceremonia un hombre de aspecto humilde, a la sazón borracho, gritaba como plañidera “¡Amira! ¡Amira!” El hombre no cesaba de clamar. Decía: “¡Amira, se debió morir todo el mundo menos tú! ¡Tus poemas, Amira…!” Pedía que no guardaran el cofre con las cenizas en el columbario destinado para ello, sino que dejaran la urna funeraria expuesta a la vista de todos en alguna parte. El empleado de la Catedral encargado de guardar la urna en su nicho, ubicado en la capilla Virgen de los Remedios, sección 4, osario No. 2 (entrando a la capilla, a mano izquierda, en lo más alto), casi cae de la escalera cuando el inconsolable y confundido admirador se agarró de ella y la estremeció. Con vergüenza ajena y enojo, varios de los presentes, entre ellos sobrinos de la fallecida poeta o poetisa (como gusten), varias veces, con delicadeza, trataron de hacer callar al hombre y, ante todo, hacerle caer en cuenta de que se trataba de la misa de cenizas de Meira Delmar y no de Amira de la Rosa, también conspicua escritora del terruño. Al fin, la respuesta del diletante borrachín fue que “Meira o Amira, la misma vaina”.

Tal vez la confusión del adepto, se deba a la lectura –alicorada– de aquellos versos del poema que Meira titulara Romance de Amira de la Rosa:

La que te asiste el silencio
y el decir, y la sonrisa,
y va siguiendo tu paso,
y es ella siendo tú misma

Pero este escrito, por el contrario, quiere referirse a Amira, más que a Meira.

Amira de la Rosa, por si no lo saben, es la autora de aquel himno que, en esta ciudad “ceñida de agua y madurada al sol”, cuando el Junior juega un partido crucial, se canta con más fuerza en las gradas del estadio de fútbol Roberto Meléndez (el “Metropolitano”, como metropolitana es la Catedral María Reina –sin celsitud de tal en su arquitectura–, donde reposan las cenizas de Meira [y también los restos de Amira, en la capilla 2, sección C, osario 46; al entrar, la pared de enfrente, detrás de la estatua, a la altura del hombro], y metropolitano el aeropuerto Ernesto Cortizoss, y un etcétera de metropolitanerías que a veces figuro vivir en la misma ciudad de Superman; pero sin Superman).

Pero el legado de Amira de la Rosa es mayor, aunque en su propia ciudad pocos sepan de ella y sólo asocien el nombre con el teatro municipal. A propósito, creo conveniente que en el Teatro Amira de la Rosa, en estos momentos en remodelación, reconstrucción, reforzamiento de su estructura…, ¡qué sé yo!, se instale un monumento en su honor, el cual enseñe a los visitantes algo de su obra, como el que en Cartagena hay en memoria de Luis Carlos López con su poema A mi ciudad nativa, o en Usiacurí mantiene viva la llama de Julio Flórez con su poema Ego sum. ¡Pero que no vaya a ser el ya conocido himno a la ciudad!, ¡otra obra!, ¡algo que ella misma, si viviera, pudiera leer con orgullo! Debería tenerse también un catálogo de la obra de Amira en el teatro, exhibición de textos de su autoría y libros que sobre ella versen, retratos…, y que la gente pueda leer sus escritos. Ojalá no sea esta una causa perdida.

¿A qué viene todo esto? Sencillo: soy tan ignorante de la obra de Amira de la Rosa como la gran mayoría de sus coterráneos; bueno, no tanto, gracias a la poeta o poetisa (como quieran) Fadir Delgado Acosta, quien alguna vez hizo una disertación sobre ella en desarrollo de Poetas bajo palabra, precisamente en el Teatro Municipal Amira de la Rosa. Por esto y porque acabo de leer Marsolaire, nombre que se abrió ante mí como abanico en los estantes de la Biblioteca Piloto del Caribe.

El no voluminoso volumen, ya amarillento y frágil, una sobria edición de 1.941 de la sección editorial de Talleres Gráficos Rasch, según testigos y estudiosos del aporte de Amira a la literatura, sólo tuvo un tiraje de 300 ejemplares, y fue el único libro que publicó en vida Amira. El resto de sus trabajos literarios se hallaban dispersos o inéditos. Este libro contiene una historia también muy sencilla, pero contada con una agudeza singular, en donde convergen la pulcritud lingüística de la voz narradora y uno de los personajes (Gabriel Méndez Olaya, más conocido como “don Grabié”) con el habla coloquial de las gentes humildes [voces que coinciden con mi idea de que los del Caribe hablamos como hablamos por herencia de los andaluces, y Amira, quien residió en España, en otros textos que leí luego, me persuade más de ello]. Marsolaire es presentada por los editores de esta primera aparición en libro como “novela corta”; sin embargo, hallo en ella, en especial por su inicio y la técnica para sus diálogos, a la dramaturga que también fue Amira de la Rosa. Pero la poeta… La poeta es la presencia más fuerte. Las descripciones de Amira son primorosas. Dije que el inicio nos muestra a la dramaturga, y es cierto, como tan cierto que allí la poeta hace gala de su sensibilidad, mostrándonos una casa hecha con palabras, un mosaico arreglado con tanta habilidad y delicadeza como si cada palabra fuese una piedra preciosa que por color y forma encaja a la perfección. De igual manera procede cuando nos describe el trupillo, dándole un realce, una bizarría, que dan ganas de sembrar uno en el patio y otro en el frente de la casa.

Destacan los editores de esta obra su valor histórico como vistazo a la situación de Puerto Colombia, la decadencia que sobrevino luego de que los insaciables y torpes vecinos de la gran ciudad y los... [¿esclarecidos? No, más bien] deslucidos estadistas desde la andina capital, abandonaran la infraestructura de Puerto Colombia y llevaran toda la actividad portuaria a las riberas del Magdalena. Error que aún se está pagando caro, Navelena, y el muelle se sigue cayendo, a la vista de todos, pudiendo ser aprovechado como muelle turístico, para embarcaciones de recreo…

Ajá, aunque el pueblo sea bueno, parafraseando a Simón Bolívar Palacios, si es ignorante hace de instrumento ciego de su propia destrucción. Amira nos ofrece, aparte de aquella mirada de reojo a lo que le sucedió a Puerto Colombia cuando se dejó inutilizada su función portuaria (y no pierdo de vista que esta es una obra de ficción) como a pinceladas, el espíritu de los porteños de la época, sus hombres y mujeres pobres, ingenuos y supersticiosos, trabajadores y amables.  Según Germán Vargas, quien la cita en el libro Amira de la Rosa. Prosa. Colección literaria. Volumen 27, de la Fundación Simón y Lola Guberek, primera edición, mayo de 1.988, decía Amira de Marsolaire: “Es una vivencia. Un homenaje lírico al terruño. Un cuento de amor y calor entrañables. Algo así como una acuarela de mi costa encendida.” Cada cual puede decir cuánto conserva y cuánto ha cambiado Puerto Colombia desde entonces.

Novela corta, según los responsables de la primera edición; mas Ramón Vinyes (según aparece en el libro Amira de la Rosa. Obra reunida. Volumen II. Editorial Maremágnum, 2.006. Compilación e introducción de Enrique Dávila Martínez)  refiriéndose a Marsolaire dijo de ésta que era un “esbozo de novela”, reclamando que “no debió ser el esbozo de una novela; debió ser una novela, y bien larga.” Estoy de acuerdo; el relato debió, por sus posibilidades, su potencial, penetrar aún más en los personajes y lugar en que transcurren los hechos, llenar todos los espacios a fin de enriquecer aún más la obra. Tanto como “bien larga” no, pero sí un poco más gorda. En todo caso, me acojo también a lo que dijo el “Sabio Catalán” en el mismo artículo: “Sé que es mala posición de un crítico que juzgue una obra por lo que él quiere que hubiera sido y no por lo que la obra es”; haciendo la salvedad de que no soy, en toda regla, un crítico; más bien un curioso, y quizás un fastidioso borrachín.

Marsolaire… Marsolaire, la sin padrino, es la esperanza. Y bueno, hay que decirlo, los padrinos comen y se van; mejor que Marsolaire no tenga padrino.

Domingo José Bolívar Peralta



¡Al carajo las Normas APA!

martes, 31 de enero de 2017

Tan absurdo, perturbador y despiadado como esta vida


(Un amasijo de ideas en torno a Kafka y lo kafkiano).

Concuerdo con Leopoldo La Rubia Prado[1]kafkianas (aplicado el término como “categoría estética” –y yo sospecho que alcanza para ontológica) son aquellas situaciones tensionantes y hasta cruelmente cómicas en la obra de Franz Kafka, en que el individuo se encuentra sometido a “un aparente azar que parece estar regido por leyes incomprensibles e inaprensibles, ancestrales, ocultas e inescrutables, tras las cuales parece operar una "mano oculta", una instancia o poder invisible, monolítico y divinizante, una instancia lejana e inaccesible como las leyes que lo rigen”. Añado a esto que kafkianas son también las conductas, los modos de pensar y proceder, de personajes cuyos discursos tienen la apariencia de ser absolutamente racionales, sin embargo, rayan en lo absurdo y abstruso, porque parten de lo absurdo y porque son una maraña de raciocinios laberínticos. Además, para concurrir en la categoría de kafkiano, individuos y situaciones deben estar ubicados en ambientes, espacios exasperantes, angustiantes, que potencian la sensación de desasosiego. El coctel se completa, pues, presentado lo extraordinario como posible e incluso corriente; un conjunto de paradojas, una anomalía, que, sin embargo, se ofrece como lo más normal y lógico, no exento esto de altas dosis de ironía.

En obras capitales de la literatura de Franz Kafka, como El proceso y El castillo (esta última a pesar de ser una novela inconclusa), que guardan una relación muy estrecha entre sí no sólo por el argumento y las características de algunos personajes, sino también por la misma forma en que se hallan escritas: diálogos y monólogos donde se hace exhibición de una dialéctica complicada, la extensión de los párrafos, descripciones en las que se enfatizan detalles perturbadores…,en El proceso y El castillo se topa el lector con la incertidumbre (y, precisamente, en El castillo la incertidumbre trasciende a esas páginas que no llegaron a escribirse). Nunca, ni Joseph K., ni K., ni yo, y supongo que usted tampoco (y quién sabe si ni el mismo Franz Kafka), podríamos sacar una conclusión definitiva del porqué de tantas complicaciones. Lo inexplicable siempre es explicado de manera ambigua y contradictoria (como en ciertos libros de literatura fantástica –invoco a Borges– que no pocos consideran “sagrados”). Respecto a este punto, encuentro en un ensayo del escritor Gustavo Artiles[2]: “las contradicciones son la materia prima de la historia y de la vida real. Pronto habría de descubrir un escritor que trataba precisamente el tema de la contradicción y el absurdo cotidiano: Franz Kafka.” Apunta Artiles que se identificó con la literatura de aquel abogado oficinista de una agencia de seguros, porque encontraba en ella ese “sentimiento de impotencia contra lo que yo consideraba –y aún considero– la condición absurda del mundo”. Kafka, el escritor de ficciones, interviene solamente como frío funcionario, notario sin compasión de una absurda y cruel realidad detrás de la cual ha de haber una incognoscible sucesión de realidades superiores aún más absurdas y más crueles: no veremos jamás el rostro de Klamm ni mucho menos el del conde de Westwest, en el caso de K.; tampoco conoceremos al juez superior en el caso de Joseph K. Pero los sucesivos órdenes superiores tampoco la tienen fácil, es algo que consta en El proceso, El castillo y en Un mensaje imperial. Kafka llega a imaginar que así como el sentimiento de impotencia e inutilidad puede darse de abajo hacia arriba, también puede ocurrir de arriba hacia abajo, tal le sucede al mensajero del brevísimo Un mensaje imperial, que más bien puede ser apenas el embrión de una obra de mayor alcance (“A esta tarea literaria no puedo entregarme por completo, tal como habría de ser, y ello por diversas razones”, se quejaría Franz en una carta dirigida a Max Brod[3]). Este mensajero imperial se asemeja a Barnabás, el mensajero entre K. y (no es seguro –como nada o casi nada lo es) Klamm, porque ellos deben esforzarse, y se esforzarán, por cumplir un encargo inútil.

Quien quiera tener la última palabra respecto a Franz Kafka, deberá considerar, antes de intentarlo, la afirmación de Gustavo Artiles sobre el escritor checo, que tampoco ha de tomarse como verdad absoluta: “Su valor descansará siempre en lo que él encierra de inexplicable. Pienso que, si algún día se lograra explicar del todo a Kafka, su fascinación disminuiría.”

Por mi parte, yo seguiré imaginando a ese muchacho de Carta al padre, Franz Kafka Löwy, vestido de policía, en una esquina de esta ciudad cualquiera que sea, aplicando la ley con rigurosa pasividad. Le preguntaré cuál era el camino, y, naturalmente, no me contestará que él es el camino, la verdad y la vida, sino que sonreirá y dirá:
—¿Por mí quieres conocer el camino?
—Sí —diré—, ya no puedo hallarlo por mí mismo.
—Renuncia, renuncia —dirá, y se volverá con gran ímpetu, como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.

Domingo José Bolívar Peralta.
26 de enero de 2.017.



[1]www.franzkafka.es (Ensayo: Objetos a los que se refiere lo kafkiano).
[2]www.franzkafka.es (Ensayo: La sobreestimación de Kafka (una herejía))
[3]www.ciudadseva.com (Sobre el arte de escribir. Comentarios y apreciaciones de Franz Kafka sobre sí mismo como escritor y sobre su literatura)

¡Amira!



La anécdota es de Rosa, una muy buena amiga de letras. Cuenta, más o menos así, que en [esa cosa que en Charran-kill-a llaman] la catedral se oficiaría una ceremonia en homenaje a la poeta o poetisa (como prefieran) Meira Delmar, y antes de que ésta iniciara, en el atrio, un hombre de aspecto más que humilde, a la sazón borracho, gritaba como plañidera “¡Amira! ¡Amira!” Con vergüenza ajena y enojo, varios de los presentes trataron de hacer callar al hombre y, ante todo, hacerle caer en cuenta que el acto era en conmemoración a Meira Delmar y no Amira de la Rosa, también conspicua escritora del terruño. La respuesta del diletante borrachín fue que Meira o Amira, daba igual.

Amira de la Rosa, como algunos saben, es la autora de aquel poema ascendido a himno, que, en esta ciudad “ceñida de agua y madurada al sol”, cuando el Junior juega un partido crucial, se canta con más fuerza en las gradas del estadio Roberto Meléndez (el Metropolitano, como metropolitana es “la catedral” y metropolitano el aeropuerto y un etcétera de metropolitanerías que a veces figuro vivir en la misma ciudad de Superman).

Pero el legado de Amira de la Rosa es mayor, aunque en su propia ciudad pocos sepan de ella y sólo asocien el nombre con el teatro municipal. A propósito, creo conveniente que en el Teatro Amira de la Rosa, en estos momentos en remodelación, reconstrucción, reforzamiento de su estructura…, ¡qué sé yo!, se instale un monumento en su honor, el cual enseñe a los visitantes algo de su obra, como el que en Cartagena hay en memoria de Luis Carlos López con su poema A mi ciudad nativa, o en Usiacurí mantiene viva la llama de Julio Flórez con su poema Ego sum. ¡Pero que no vaya a ser el ya conocido himno a la ciudad!, ¡otro poema!, ¡uno que ella misma, si viviera, pudiera leer con orgullo! Debería tenerse también un catálogo de la obra de Amira en el teatro, exhibición de obras de su autoría y libros que sobre ella se hayan escrito, retratos… Ojalá no sea esta una causa perdida.

¿A qué viene todo esto? Sencillo: soy tan ignorante de la obra de Amira de la Rosa como la gran mayoría; bueno, no tanto, gracias a la poeta o poetisa (como prefieran) Fadir Delgado Acosta, quien alguna vez hizo una disertación sobre ella en desarrollo de Poetas bajo palabra, precisamente en el Teatro Municipal Amira de la Rosa. Por esto y porque acabo de leer Marsolaire, nombre que se abrió ante mí como abanico en los estantes de la Biblioteca Piloto del Caribe.

El libro, una muy sencilla edición de 1.941 de la sección editorial de Talleres Gráficos Rasch, ya amarillento y frágil, contiene una historia también muy sencilla, pero contada con una gracia singular, en donde convergen la pulcritud lingüística de la voz narradora y uno de los personajes (Gabriel Méndez Olaya, más conocido como don Grabié) con el habla coloquial de las gentes humildes (y refuerza mi idea de que los del Caribe hablamos como hablamos, por herencia de los andaluces). Marsolaire es presentada por los editores como novela corta, sin embargo, hallo en ella, en especial por su inicio y la técnica para sus diálogos, a la dramaturga que también fue Amira de la Rosa. Pero la poeta… La poeta es la presencia más fuerte. Las descripciones de Amira son preciosas además de precisas. Dije que el inicio nos muestra a la dramaturga, y es cierto, como tan cierto que allí la poeta hace gala de su sensibilidad, mostrándonos una casa hecha con palabras, un mosaico hecho con tanta habilidad y delicadeza como si cada palabra fuese una piedra preciosa que por color y forma encaja a la perfección. Del mismo modo procede cuando nos describe el trupillo, dándole un realce, una apostura, que dan ganas de sembrar uno en el patio y otro en el frente de la casa.

Destacan los editores de esta obra su valor histórico como vistazo a la situación de Puerto Colombia, la decadencia que sobrevino luego de que los insaciables y torpes vecinos de la gran ciudad y los del gobierno nacional abandonaran la infraestructura de Puerto Colombia y llevaran toda la actividad portuaria a las riberas del Magdalena. Error que aún se está pagando caro, Navelena, y el muelle se sigue cayendo, a la vista de todos, pudiendo ser aprovechado como muelle turístico, para embarcaciones de recreo… Ajá, aunque el pueblo sea bueno, ya lo dijo Simón Bolívar Palacios, “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”. Amira nos ofrece, aparte de aquella mirada de reojo a lo que le sucedió a Puerto Colombia cuando se dejó inutilizada su función portuaria, y no pierdo de vista que esta es una obra de ficción, como a pinceladas, el espíritu de los porteños de la época, sus hombres y mujeres pobres, ingenuos y supersticiosos, trabajadores y amables. Cada cual puede decir cuánto ha cambiado Puerto Colombia desde entonces.

Marsolaire… Marsolaire, la sin padrino, es la esperanza. Y bueno, hay que decirlo, los padrinos comen y se van; mejor que Marsolaire no tenga padrino.

Domingo José Bolívar Peralta

26 de enero de 2.017

jueves, 12 de enero de 2017

Seva: el “ménage à trois” entre la Ficción literaria, la Historia y la Realidad


Quizá sea cierto que Luis López Nieves nunca imaginó que publicar Seva sin la etiqueta de cuento en el suplemento literario En Rojo del periódico Claridad, de su natal Puerto Rico, conmocionaría tanto a los borinqueños; sin embargo, supongo que su intención al hacerlo así no estaba muy lejos del efecto que se registró en la isla a partir del 23 de diciembre de 1.983.
No voy a extenderme en detallar ni estudiar la reacción de los puertorriqueños de todos los niveles sociales e intelectuales ante la aparición de Seva, como cuento; estaría de más, puesto que me referiré a Seva como novela o experimento literario, en donde se encuentra abundante información al respecto.
Historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898, con ese complemento en el título, sin duda que Seva se proponía una reacción quizá no de los alcances pero sí del tipo que logró producir. El cuento cimienta su éxito en los recursos literarios utilizados por el autor López Nieves (epistolar, documental, épico) y en apostar a la idea de Nación, tan estropeada en el pueblo puertorriqueño y a la vez anhelada. Seva es hoy por hoy un símbolo de la lucha de quienes no quieren más estar en línea recta bajo las directrices de la política estadounidense y tampoco quieren ser dirigidos por políticos áulicos del imperio gringo.
Todo esto es muy importante, porque una vez más nos demuestra el poder de “la pluma”, y ratifica aquello que diría Picasso y he parafraseado en otras ocasiones: el Arte es una mentira que nos revela la verdad.
Siendo admirable todo el revuelo, las polémicas que Seva cosechó después de su publicación en el suplemento En Rojo del periódico Claridad, Luis López Nieves no llegó hasta ahí nomás. Se lo tomó en serio, como reclama Charlie García en su canción Deberías saber por qué. Luis López Nieves empieza a anexar, integrar a las páginas del cuento textos relacionados con el “efecto Seva” escritos por personalidades puertorriqueñas. Si el cuento es una alteración a la Historia, la novela empuja a la realidad al reino de la ficción. López Nieves lleva a un nivel más alto su propósito inicial, porque ya no es sólo el Puerto Rico de hace un siglo, también el Puerto Rico actual entra al ámbito de su obra, logrando con ello un resultado prodigioso. El lector se verá a sí mismo persiguiendo un conejo y caerá en el libro, como el personaje autor del Apéndice 3. Seva: ¿Historia, engaño o concreción de un sueño?, Marco Rosado Conde, quien se pregunta: “¿Cuál es la fantasía y cuál es la realidad?” Al final, tendremos que hacer nuestra la conclusión a la que llega Rosado: “Creo que a veces nos creemos demasiado lúcidos y en verdad las confundimos.” O tal vez asumir la actitud de Segismundo: “La vida es sueño y los sueños, sueños son.”
De todos modos, si de algo estoy convencido, es que “¡Seva vive!”

Domingo José Bolívar Peralta