Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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jueves, 19 de octubre de 2017

El poema de Cesárea Tinajero

Sión

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Lo que pienso:

Podría, puede decirse que es un poema visual. Quizás haya quien diga que no, que, como en efecto explican Belano y Lima al señor Salvatierra, Amadeo, se trata de una broma. Sin embargo, la interpretación que daré a continuación, lector, manos que habrán de aplaudir o clavar el puñal o abofetear, es la que me sale de los surcos del encéfalo y de las pelotas luego de mirar y mirar y volver a mirar el poema y el título del poema. A mi conclusión llegué antes de haber leído lo que Lima y Belano concluyeron, o no concluyeron.

Este poema, sin duda vanguardista, nos muestra un título: "Sión". Luego se ve sobre una línea recta, horizontal, un pequeño rectángulo; después el mismo rectángulo sobre una línea, esta vez en forma de ondulaciones, de olas; finalmente la línea aparece como picos y simas de ángulos agudos, como un electrocardiograma, y sobre ella el rectángulo.

Esas imágenes, con ese título, me remiten al Templo de Salomón, que ha pasado a lo largo de los siglos a ser templo del judaísmo, del cristianismo y del islamismo. Se ha mantenido el Templo, y con él la fe, tanto en etapas apacibles en la historia del territorio donde se asienta, como en las etapas de inestabilidad y de paroxismo de las guerras que lo han marcado.

No había ocurrido aún, el poema aparece en los años 20 del siglo 20, la invasión y posterior imposición del Estado de Israel. Entonces el poema no tiene que ver con eso.

Quizás el poema, en su fondo último, se refiere a resistir y permanecer. Pero también, a pesar de sus diferencias, tenga que ver con que las tres religiones que representa el Templo son en esencia lo mismo: el mismo dios. Ergo, el mismo poema nos habla de adaptarse a los cambios, al devenir, sin perder la esencia.

Llego a la conclusión, teniendo en cuenta el contexto del poema, los años 20 del siglo 20, las propuestas de ruptura de Cesárea Tinajero como poeta inmersa en los experimentos formales y conceptuales de los movimientos de vanguardia en las artes, que la Poesía es ese rectángulo que se mantiene sobre la línea del tiempo y las contingencias, inalterable en su esencia aunque las apariencias indiquen otra cosa.

Allí está la Poesía sobre la línea recta de los modelos clásicos; allí sigue sobre las ondulaciones de movimientos como el Romanticismo y el Simbolismo; no se cae, no se hunde la Poesía ni se resquebraja con los sacudones telúricos de Dadá, el Futurismo y todos los ismos de las vanguardias.

El poema de Cesárea Tinajero, 'Sión', es, además, el mismo Roberto Bolaño y su novela. 'Los detectives salvajes' nos muestra al Bolaño que escribía en verso, pero en prosa. No es el mismo muchacho de su etapa "infrarrealista" pero es el mismo Bolaño, como Ulises Lima siguió siendo "real visceralista" aún en ese encuentro con Octavio Paz.


Domingo José Bolívar Peralta
19 de octubre de 2.017

lunes, 2 de octubre de 2017

Difuso, como foto de fantasma


Cuando se empieza a leer ‘Otra vuelta de tuerca’ (o como sea que le quieran traducir el título), encuentro elementos típicos de la tradición de la literatura gótica. Tan gótica como esa reunión de personajes victorianos en una gran mansión campestre, todos en torno al hogar, escuchando una historia extraña y macabra; reunión que es apenas la introducción a la historia de que se ocupará el libro. De inmediato remite esta escena a la que aconteció en Suiza, cuando reunidos Lord Byron, John William Polidori, Mary y Percy Shelley (y si hubo más personas no tienen peso histórico, o legendario), se impuso el reto de crear cada quien una obra que tuviera elementos sobrenaturales, dramáticos y terroríficos (góticos), y se dice que aquella ocasión es el germen de ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, de Mary Shelley, ‘El vampiro’, de John William Polidori y ‘Manfredo’, de Lord Byron.

Viene luego la historia que cuenta Douglas, la lectura de un libro que contiene el relato de la institutriz. A partir de aquí James aprieta más la tuerca, agrava y renueva la literatura gótica. Y esa vuelta de tuerca no es, a mi parecer, como adelantaría Douglas, la presencia de dos niños como personajes principales de la narración, sino la tenaz ambigüedad de la narración.

El foco está en la institutriz; es ella quien nos cuenta lo sucedido en Bly, la mansión campestre (¿acaso la misma mansión donde están los contertulios escuchando a Douglas? Y esta otra idea ha venido, peregrina, justo en este momento en que escribo: ¡Hemos sido trasladados a esa mansión también nosotros, los lectores, que por las artes mágicas de la literatura nos hemos convertido en parte del auditorio de Douglas!) que es casi un castillo, o por lo menos guarda restos de lo que fue un castillo. Es ella quien nos inquieta, nos pone a zozobrar en las medias tintas de su relato. Redactó el manuscrito ella mucho después de su estada en Bly, no obstante, al parecer la distancia temporal no ha sido suficiente para que lograra una sosegada relación de los hechos. La subjetividad de la institutriz sigue luchando con su objetividad, y esa lucha interna se percibe en un relato que, en términos generales, no dice sino que insinúa, que no asevera sino que supone. La misma institutriz se halla aún en la confusión, en la incertidumbre; ella misma se pone en duda, es por ello que nosotros, los que escuchamos (leemos) el relato, difícilmente podremos decir con certeza que lo sucedido en Bly fue producto de manifestaciones fantasmales o si se trata de un grave trastorno mental de la institutriz.

Ahora quiero empalmar ‘Otra vuelta de tuerca’ con una serie de televisión: ‘American horror story. Murder House’ (Historia de horror americana. Casa del asesinato). ¿Por qué? Porque los fantasmas en esta serie pueden dar la clave para interpretar la aparición de fantasmas en Bly, si aceptamos que había fantasmas en Bly.

En ‘Murder house’ los fantasmas se aparecen a voluntad a quien deseen, e incluso tienen el poder de interactuar con las personas y los objetos como los vivos. ¿Se acuerdan del beso al final de ‘Ghost’ entre Sam y Molly?, pues los fantasmas de ‘Murder house’ son capaces, sin que ello les demande un gran esfuerzo “paranormal”, de acuchillar y embarazar a personas vivas.

En ‘Otra vuelta de tuerca’ tenemos dos personajes que la institutriz cree que son fantasmas, o al menos eso es lo que en primer lugar se pone en duda: Jessel y Quint. Sin embargo siempre hay algo extraño, una sospecha que recae sobre los niños Flora y Miles. La señora Grose confirma que Quint y Jessel eran perversos y la institutriz intuye que detrás de toda la radiante estampa de niños  bellos, muy inteligentes y de noble espíritu, hay un fondo de perversión en Miles y Flora.

La crítica tiende a razonar sobre dos opciones: Quint y Jessel efectivamente son fantasmas que perturban la tranquilidad de la institutriz y acechan a los niños con fines malévolos, o la señorita institutriz tiene un tornillo flojo (una tuerca suelta). ¿Pero qué tal si los niños son también fantasmas, y lo mismo la señora Grose, todos en Bly excepto la institutriz? Eso explicaría en cierto modo la actitud del tío de los niños, que sólo se limita a contratar víctimas para los fantasmas de esa mansión campestre. Como un gato cuando atrapa un grillo, las apariciones de Quint y Jessel, el comportamiento de los niños y de la señora Grose zarandean emocionalmente a la institutriz y la ponen a dudar de su propia cordura. ¿Cuál es el fin de todo esto? Pues yo, al igual que la institutriz, no tengo ninguna certeza, no puedo asegurar con total convencimiento qué podría ser lo que finalmente pretenden los fantasmas; quedan cabos sueltos como esa repentina marcha de Grose con Flora y la muerte de Miles. Más ideas peregrinas: Flora y Grose fueron asesinadas por Quint en el camino y Miles fue asesinado entretanto por Jessel, en sus brazos, y todo esto es más o menos un repetir de fantasmas condenados a un sórdido eterno retorno, del cual la señorita institutriz pudo escapar de algún modo, porque ella debía morir en Bly, o enloquecer.

Domingo José Bolívar Peralta

26 de septiembre de 2.017

domingo, 3 de septiembre de 2017

Cosme: un albatros

Cosme, como Isaac, nacido de manera prodigiosa cuando sus padres estaban en una edad en la que el coito, supuestamente, según los convencionalismos morales, ya no debería practicarse en una pareja con recato, sino muy de vez en cuando, porque ya se les acababa la capacidad de procrear, única finalidad de la cópula.

Cosme, producto de una chanza del doctor Patagato sumado al indeclinable deseo de Ramona de tener un hijo y a su, a mi parecer, bien disimulado apetito sexual. Y veamos que a Cosme el prodigio le viene desde antes de nacer; no más con ser hijo de Ramona, una mujer con un talento inigualable para la comunicación: hablaba muy poco, pero se expresaba con total claridad por medio de sonrisas. Las sonrisas le bastaban para hacer incluso preguntas, las cuales eran al punto respondidas, de manera verbal, por los demás. Esta cualidad de doña Ramona es un antecedente de lo que desarrollaría más adelante Gabriel García Márquez y sería denominado “realismo mágico”. El viejo Fuenmayor es, entonces, un precursor, un verdadero maestro.

Y se atreve José Félix Fuenmayor en un capítulo, a hacer un atisbo de lo que él ha titulado “Prehumanidad, prehistoria y primitiva miseria de Cosme”. Esta síntesis de los orígenes, de los primeros meses y años de vida de Cosme son complementados con dos capítulos más: “Cosme, bestia” y “Cosme, ángel”, en los que de alguna manera engloba las etapas de la historia natural, las etapas del desarrollo de todos los seres vivos y las etapas del desarrollo de la criatura que devino en ser humano, todo esto en el mismo desarrollo de Cosme.

Hay otro hecho que hace suponer la influencia de José Félix Fuenmayor en Gabriel García Márquez, y es la pulsión pedófila de la señorita Dora hacia Cosme, que como efluvio imperceptible lleva a Cosme a sentir también una atracción teleiofílica (¡vaya palabra me encontré!) hacia la señorita Dora.

Por si fuera poco, el viejo Fuenmayor logra incluso tal grado de sofisticación en su prosa que es capaz de lograr que parezca lenguaje llano, corriente, expresiones de tipo eruditas y altamente intelectuales como son aquellas que aparecen en las conversaciones filosóficas entre el médico Patagato y el farmacéútico Damián. Asimismo se encuentra que el léxico y los modos de expresión verbal de Cosme son muy cultos, pero transmite el autor que son naturales a Cosme, conformes a su educación y condición.

Es más, esta calidad de la prosa de José Félix Fuenmayor nos presenta en el capítulo XXXIII, titulado “Mientras tanto...”, una escena que bien puede llevarse al cine en un cortometraje, ojalá una animación con excelente técnica. Don Damián se encuentra ante una espeluznante marcha macabra, de la cual intenta huir aterrorizado haciendo destrozos en la habitación, y luego, obedeciendo a un gesto de La Muerte, coge un frasco indemne “cuyo rótulo mostraba una calavera encima de dos huesos cruzados” y se zampa su contenido. Los espasmos de su agonía son presentados por el narrador como una lucha final de don Damián contra La Muerte. Este capítulo es interesante en grado sumo (¡oh, qué refinamiento el mío al hacer uso de expresiones tan trilladas como esta de “en grado sumo”!) porque el viejo Fuenmayor llega a ser tan ambiguo como Dante (no me maltraten por estas analogías y afirmaciones mías, soy un “diversamente hábil”) con su relato del Conde Ugolino; porque no puede decir uno si don Damián tuvo una alucinación como consecuencia de su abuso etílico, que lo condujo a acabar de una vez con su lento suicidio, envenenándose, o si fue efectivamente la visita de La Muerte. Ojalá tenga un lector que me coja la idea y lleve al cine esta escena.

Y he aquí una de esas geniales ironías que el viejo Fuenmayor acostumbra en sus textos: Remo Lungo, el escritor charlatán, interpreta una sonrisa de Cosme: “Su sonrisa, caballero, joven, Cosme, a acompañarlo me invita, me señala asiento y me ofrece vino. Todo en una sola chispa mímica. ¡Es prodigioso!” Recordemos, la madre de Cosme, doña Ramona, sí se comunicaba prodigiosamente con sonrisas; en este caso Remo Lungo sólo está representando una comedia para embriagarse a costa de Cosme, y en realidad la sonrisa de Cosme estaba muy lejos de todo lo que Remo Lungo dijo que le había dicho, porque “Cosme sonrió, inexpresivamente, con la imaginación embargada por la señorita Tutú.”

En cuanto al propio Remo Lungo, es el personaje del cuento que daría su nombre al libro de cuentos publicado años después de la muerte de José Félix Fuenmayor, ‘La muerte en la calle’, pero moralmente a la inversa. Sin embargo, a favor de Remo Lungo se puede decir que el vino y las monedas entregadas fueron justo pago por la clase particular de creación literaria que impartió éste a Cosme, siendo su charlatenería sólo un recurso para conseguir abastecerse de lo que su pobreza (seguramente un hombre al margen de la vida productiva formal de la economía) le negaba. Posiblemente sí era un escritor, pero el paquete que hacía ver como su novela, terminada, tal vez fuese usado para no poner en riesgo una verdadera novela, en proceso o terminada, o qué sé yo, esto ya es pura imaginería, que nos lo permite también el avezado José Félix.

Es una clase que nos da el viejo Fuenmayor a los lectores, en especial a los aspirantes a escritores. Una idea esencial que ha sabido transmitir el literato a través de Remo Lungo es esta: “Escasean tanto las ideas en nuestro pobre mundo, que la cosecha se recogió y se gastó de una vez en poco tiempo”, complementando esta idea con: “Ni las biografías son originales. Los hechos de un hombre, por singulares que parezcan, tienen precedentes y repeticiones”, mas su claridad de pensamiento resuelve: “Naturalmente, un puñado de elementos puede enredarse de manera que surja de su barajamiento un viso extraño, una apariencia nueva. 621 no es lo mismo que 126.” Y sale con una manifestación que no debe pasar desapercibida por los críticos de literatura: “Concreté, pues, mi deseo de originalidad, a la determinación de apartar modos ajenos y salir adelante con los míos propios.” Estas últimas palabras si, como se ha estudiado ampliamente, se examinan sin perder de vista la producción literaria en Colombia hasta su tiempo, son prueba de la voluntad de apartarse del rebaño. Esto se manifiesta en el grado de diferenciación que establece José Félix Fuenmayor respecto de lo conocido hasta entonces en cuanto a literatura en Colombia. Sus obras, en especial su obra en prosa, de la cual ésta, ‘Cosme’, se tiene por la primera novela urbana del país, y la noveleta ‘Una triste aventura de 14 sabios’ como la primera obra de ciencia ficción colombiana, demuestran que José Félix Fuenmayor estaba a la vanguardia de las letras nacionales, y su influencia sobre aquellos jóvenes del llamado “Grupo de Barranquilla” no es un mito.

No puedo dejar pasar esta oportunidad para denunciar la pésima edición del año 2.007, bajo la batuta del Fondo Editorial del entonces Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Barranquilla. Esa edición es un crimen contra la novela del viejo Fuenmayor, y debería haber un tipo penal que castigue con severidad tales atrocidades.

Domingo José Bolívar Peralta

Septiembre de 2.017

martes, 29 de agosto de 2017

Un bien adulto libro infantil

El relato en el espejo

El grupo fue menguando en el transcurso de las dos horas anteriores al amanecer, y cuando la aurora anunció la aparición del sol por levante, sólo Gigi seguía en las ruinas del anfiteatro, acompañando a Momo, así que tuvieron tiempo de contemplarse en el espejo de plata antes de que éste fuese empañado por la radiante alborada. Entonces el príncipe Girolamo le contó a la princesa Momo las aventuras de una huerfanita llamada Momo, quien tenía la rara virtud de escuchar con tanta atención, que a su alrededor la gente empezó a ser mejor porque ella los escuchaba, y que tuvo que combatir a una sociedad secreta de ladrones de tiempo...

– O –

Extractos

“les parecía que la vida representada era, de modo misterioso, más real que su verdadera vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa otra realidad.”

“las cigarras cantaban la siguiente estrofa de su interminable canción que, por lo demás, no se diferenciaba en nada de las estrofas anteriores.”

“―[…] ¿Quién te ha llamado así?
Yo dijo Momo.
¿Tú misma te has llamado así?
Sí.”

“―Por lo que puedo recordar, siempre he existido.”

A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día.

[…]

se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad. Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión.”

“―Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente”

¿Quién os dice a vosotros que las historias que ponen en los libros sabios no sean también inventadas, sólo que nadie se acuerda ya?”

Míralos, lo que parecen los que han vendido la vida y el alma por un poco de bienestar. No, a eso no juego yo.”

La cuenta está equivocada, pero cuadra”.

Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.”

¿Qué estoy haciendo de mi vida? El día que me muera será como si nunca hubiera existido”.

no tenía la menor idea de cómo habría de ser eso de vivir de verdad. Sólo se imaginaba algo importante, algo muy lujoso, tal como veía en las revistas.”

gasta el tiempo de un modo totalmente irresponsable”.

usted sabrá cómo se ahorra tiempo. Se trata, simplemente, de trabajar más de prisa, y dejar de lado todo lo inútil.”

Deje el cuarto de hora diario de reflexión, no pierda su tiempo precioso en cantar, leer, o con sus supuestos amigos.”

“―[…] ¿qué haré con el tiempo que me sobre? […].
[…] Puede usted estar seguro de que no se perderá nada del tiempo que usted ahorre. Ya se dará cuenta de que no le sobra nada.”

Puedo, pues, darle la bienvenida a la gran comunidad de ahorradores de tiempo. Ahora también usted […] es un hombre realmente moderno y progresista ¡Le felicito!”

El propósito de ahorrar tiempo para poder empezar otra clase de vida en algún momento del futuro”.

de todo el tiempo que ahorraba no le quedaba nunca nada.”

Diariamente se explicaban, por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que, un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida “de verdad”. En las paredes se pegaban carteles en los que se veían todas las imágenes posibles de la felicidad.”

tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir como fuera y a toda prisa diversión y relajación.”

Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio.”

El tiempo es precioso – no lo pierdas
El tiempo es oro – ahórralo”

Y estas calles monótonas crecía y crecían y se extendían hasta el horizonte: un desierto de monotonía. Del mismo modo discurría la vida de los hombres que vivían en ellas: derechas hasta el horizonte.”

esas cosas eran tan perfectas hasta el menor detalle, que uno no se podía imaginar nada.”

acababan volviendo a sus viejos juegos, para los que les bastaban un par de cajas, un mantel roto o un puñado de guijarros. Entonces podían imaginárselo todo.”

Todo está perfectamente organizado, ¿sabes? Hasta el último detalle...”

“―Hola, soy Bebenín, la muñeca perfecta.”

Si la muñeca por lo menos no hubiera dicho nada […] precisamente por hablar, Bebenín impedía cualquier diálogo.”

esa tarde era tan calurosa que el aire ondulaba bajo el sol”.

“―[…] ¿Quieres decirme qué le falta a esa muñeca perfecta?
[…]
[…] que no se la puede querer.”

Todo el mundo es un gran cuento y nosotros actuamos en él.”

la cuestión era que cada vez más gente tenía menos tiempo, aunque todos se dedicaban a ahorrar tiempo por todos los medios. Pero precisamente ese tiempo que ahorraban la gente lo perdía.”

“―[…] Sabe exactamente que a nosotros no puede mentirnos. ¿Por qué lo intenta?
Es una... deformación profesional”. Nota: No se trata de abogados sino ladrones de tiempo. Conste que se hace la aclaración.

“―Sus intenciones no nos importan ―repuso el juez―. Sólo nos importan los resultados.”

No aceptamos las circunstancias atenuantes. Nuestra ley es intransigente y no permite ninguna excepción.”

calculada muy exactamente [...]”

El que el suceso no haya ocurrido antes de ahora no significa que no pueda repetirse.”

Tenemos que enfrentarnos al hecho de que una potencia extraña se ha inmiscuido en nuestros asuntos.”

la mención de ese nombre no es del todo decente.” Nota: En exceso tenemos innombrables en Colombia.

no sólo debemos estar dispuestos a sacrificar el tiempo de una vida humana una vez más, o un múltiplo de ello; no, señores, si es necesario tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo, repito, todo.”

quien posee el tiempo de los hombres tiene un poder ilimitado.”

no existe el instante, sólo el pasado o el futuro.”

una especie de música que no se oye porque suena siempre.”

lo que los hombres hacen con su tiempo, tiene que decidirlo ellos mismos. También son ellos quienes han de defenderlo.”

Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.”

todavía han de crecer en ti las palabras.”

Fue devorada con la misma urgencia que todas las otras y olvidada con la misma rapidez. Se le exigían más historias.”

Llevado por el miedo de que el éxito pudiera abandonarlo”. Nota: Aquellos que dejaron de ser artistas por “deberse a su público”, y la “industria cultural” los convirtió en mero entretenimiento. Ojo, Vargas Llosa, que te pueden encerrar en el chiquero de ‘La civilización del espectáculo’.

ahora era rico y famoso y, ¿acaso no era eso lo que había soñado toda su vida?” Nota: Crisis del artista subyugado por la “industria del entretenimiento”.

Quedaba poco del viejo Gigi. Pero un día hizo de tripas corazón y decidió tomar conciencia de sí mismo. Ahora era alguien, se decía, cuya voz tenía peso y al que escuchaban millones. Quién, sino él, podía decirles la verdad a los hombres.” Nota: De la crisis a la denuncia de la falsa y fatua “industria del entretenimiento”.

¿Acaso crees en serio que lo que eres ahora lo debes a tu insignificante talento?”

Mejor que le cuentes a la gente lo que quiere oír.”

No te tomes tan en serio a ti mismo. En el fondo, tú no importas.”

Se convirtió en el payaso, en el pelele de su público, y lo sabía. Comenzó a odiar su actividad. Y así, sus cuentos se volvían cada vez más estúpidos o sentimentaloides. Pero eso no dañaba su éxito; al contrario, se decía que era un nuevo estilo y muchos trataban de imitarlo. Se convirtió en la gran moda.”

Gigi el soñador se había convertido en Girolamo el embustero.”

“―No puede ser ―decían otros― que se ponga en peligro la fluidez del tráfico por culpa de niños vagabundos. El aumento de accidentes causados por los niños en las calles cuesta cada vez más dinero que se podría emplear mejor en otros usos.

Los niños sin vigilancia ―explicaban otros― se estropean moralmente y se convierten en delincuentes. […] Hay que construir instalaciones ´donde se les eduque para que sean miembros útiles y eficientes de la sociedad.

Otros decían:

Los nisños son el material humano del futuro. El futuro será una época de máquinas a reacción y cerebros electrónicos. Se necesitará un ejército de especialistas y técnicos para manejar todas esas maquinarias. Pero en lugar de preparar a nuestros hijos para ese mundo de mañana permitimos todavía que muchos de ellos pierdan gran parte de su precioso tiempo en juegos inútiles. Es una vergüenza para nuestra civilización y un crimen ante la humanidad futura.”

Los vigilantes prescribían los juegos, que sólo eran aquellos con los que también aprendían alguna cosa útil.”

Puso su mejilla sobre el papel. Ya no tenía frío.”

lo más peligroso que existe en la vida son las ilusiones que se cumplen.”

Ya no me queda nada con qué soñar.”

pobre, y sin ilusiones… No, Momo, eso será el infierno.”

Como nadie le podía decir dónde estaba, no le quedaba más que la esperanza de que sus caminos se cruzaran por casualidad.”

Temía perder a Beppo por esperarle y temía perderlo por no esperarle.”

hay riquezas que lo matan a uno si no puede compartirlas.”

el verdadero tiempo no se puede medir por el reloj o el calendario.”

No nos dejarán perder el tiempo inútilmente.”

Ya no hay nadie con quien puedas compartir tu tiempo.”

Ellos mismos han convertido el mundo en un lugar donde ya no hay sitio para ellos.”

El tiempo ha comenzado una vez y acabará una vez, cuando los hombres no lo necesiten más.”

es un ser fuera del tiempo. Ella lleva su tiempo en sí misma.”

El miedo a tener que desaparecer del mundo había hecho perder la cabeza a los hombres grises.”

miraba, a través de sus viejas gafas, la porquería de la calle.”

un laberinto de regularidad e igualdad.”

Los trabajadores tenían tiempo para trabajar con tranquilidad y amor por su trabajo, porque ya no importaba hacer el mayor número de cosas en el menor tiempo posible.”

O –

Sobre Momo, de Michael Ende

Momo, de Michael Ende, es un libro que lleva el rótulo de “literatura infantil”; mas Ende no incurre en las boberías típicas de los malos libros para niños. Ende respeta la inteligencia de los infantes de tal manera que este libro no excluye de su disfrute a los adultos. Y es que el autor plantea en él cuestiones que llevan a la reflexión seria, además del placer que ofrece la simple narración de las aventuras de Momo y sus amigos en su lucha contra los ladrones de tiempo. Es un libro con una prosa sencilla que toca lo poético, de fácil lectura, que se desenvuelve de manera simple; pero no se crea por ello que es una obra superficial; el lector se dará cuenta de los llamados de atención que hace el libro hacia problemas que radican en el fondo de la condición humana, como la necia insistencia en someterse a formatos de cotidianidad que le arrebatan la tranquilidad, que le ocultan el placer de lo modesto.

martes, 22 de agosto de 2017

La intrincada novela


Sin duda, ‘El ruido y la furia’, su lectura, no es como pasar la peinilla por cabello de japonesa sino pasarla por una melena ensortijada: se tropieza con nudos que se deben soltar. Pasas la peinilla por segunda vez y no creas que ya no encontrarás nudos; a su paso las hebras se entrelazan y de nuevo debes desmenuzarlas para soltar los nudos.

Si tan difícil es leerla, me parece que debió de ser mucho más complicado para Faulkner escribirla, y reescribirla.

Si partimos de la idea original, escribir un relato contado por un “diversamente hábil”, que es la parte que le corresponde a Benjy, ya el asunto es arduo. Pero Faulkner embrolla aún más la idea cuando también quiere que el texto muestre las divagaciones, los pensamientos de Quentin y Jason, además de los de Benjy. Seguir, sin extraviarse, los diferentes vericuetos mentales de Benjy y Quentin, ambos semejantes con la diferencia que el segundo es un intelectual atormentado y el primero un inocente idiota, no es sencillo. Sin embargo, leer las partes que corresponden a Benjy y a Quentin tienen un ingrediente que por sí solo asombra y mantiene al lector engolosinado con la lectura: la poesía vertida por el autor a través de estos dos personajes. Este solo hecho me lleva a creer que si Quentin hubiese sido retrasado mental se comportaría y pensaría rudimentariamente del mismo modo que Benjy, y si Benjy no hubiese sido discapacitado mental actuaría y pensaría como Quentin. En cambio, la parte que le corresponde a Jason tiene un tono muy distinto, es un relato mucho menos fragmentado, muestra de un espíritu más pragmático, más lineal, que se aparta claramente de las formas de percibir e interpretar la realidad de los otros dos hermanos. Si Benjy es un inocente idiota y Quentin un intelectual atormentado, Jason es un individualista resentido.

Otro de los factores que también dificulta la lectura de ‘El ruido y la furia’ es el nada ortodoxo uso de los signos de puntuación. Debe el lector estar muy atento de cuándo termina una oración, una frase, cuándo se trata de una pregunta, una exclamación o una afirmación. Este uso irregular da también pistas de esas divagaciones y reflexiones de los hermanos Compson Bascomb y de la forma en que se expresan los demás personajes que aparecen en la novela, como los negros de la familia Gibson o los muchachos con que Quentin se topa en el deambular de su último día de vida.

Pasadas las partes correspondientes a Benjy y Quentin, la historia que se cuenta de los Compson Bascomb se esclarece mucho en la parte que le toca a Jason, el prosaico. Luego viene un capítulo que rompe con las tres partes anteriores porque ya no encontraremos divagaciones, pensamientos de uno de los miembros de la familia, sino que aparece el recurso de un narrador espectador que sigue especialmente a miembros de la familia Gibson (Dilsey, sobre todo) y a una bibliotecaria que se preocupa por la vida de Caddy luego de ver en una revista una foto de ella. Esta parte de la novela abandona los muy trabajosos experimentos formales, y si antes el lector no había podido hacer la reconstrucción de la historia familiar de los Compson Bascomb, esta será su última oportunidad, hasta que retome el libro. Importante capítulo que narra el desquite final de Quentin, la hija de Caddy. Caddy y Quentin son las figuras femeninas desafiantes de los convencionalismos sociales y las tradiciones familiares; las rebeldes de la mansión Compson.

El resto es un apéndice que Faulkner escribió después. En él hallamos un recuento histórico de la familia Compson aún desde antes de llegar a América, con breves biografías de cada uno y reseña de los integrantes de la familia Gibson. Esto no es fundamental para entender el relato de ‘El ruido y la furia’, pero sí sirve para contextualizar esta familia desde sus inicios, mostrarnos el linaje y su importancia histórica en la ciudad de Jefferson, y hasta nos lleva a pensar en el legado anómalo que precondiciona las personalidades y la disgregación y desaparición de la familia. Puede ser que la fuente de los males de los hermanos Compson Bascomb es el legado familiar. La altivez de una élite social en decadencia, con una madre anquilosada y un padre derrotista, ambos incapaces de adaptarse a los cambios de finales del Siglo 19 y comienzos del 20. Los hijos en medio de un tire y afloje entre la madre y el padre por la forma más conveniente de criarlos.

Domingo José Bolívar Peralta.
22 de agosto de 2.017

lunes, 24 de julio de 2017

No es otro simple inventario de muertos

Terrible. Se podría decir que excesivo. No, es la ficción tratando de calcar la realidad. ‘Los ejércitos’, la laureada novela de Evelio Rosero, hunde su prosa lírica en los abismos de esta otra Violencia colombiana, a mi juicio continuación de La Violencia partidista que derramó en los campos tanta sangre bajo las consignas “¡Viva el Partido Conservador!”, “¡Viva el Partido Liberal!” Esta otra Violencia, la que William Ospina, para hacer la diferenciación histórica de aquella Violencia, y haciendo uso de un término manido en los medios de comunicación, ha denominado con acierto “El Conflicto”, pues en ésta no se trata ya de una confrontación sangrienta entre los partidos políticos tradicionales (también continuación de esa Violencia que heredamos cuando los criollos, sacudidos de la dominación española, iniciaron una senda de enfrentamientos bélicos en defensa de sus idearios políticos: que si federales o centralistas…) sino entre las Fuerzas Armadas del Estado y los grupos guerrilleros que han pretendido instaurar un nuevo marco político y social.

Sin embargo, en ‘Los ejércitos’, como en nuestra terrible historia reciente (casi todas las etapas históricas de esta Nación han sido terribles), no sólo son dos las fuerzas que se enfrentan violentamente por el poder, el control de un territorio; además de los ejércitos del Estado y las guerrillas, están presentes los ejércitos paramilitares y del narcotráfico, de ahí que el protagonista de la obra, el profesor Ismael Pasos tienda a no distinguir qué grupo está atacando, pues todos actúan con la misma fiereza y aplastan el sosiego de la población civil. Y para colmo, esta violencia, tan arraigada ya en el núcleo mismo de la Nación, genera constantemente esas otras guerras particulares entre vecinos, también sangrientas.

Sería indigerible la novela si Rosero no hubiera tenido la brillante idea de contar toda esta violencia a través de un personaje como el profesor Pasos. El anciano voyerista posee un humor negro que logra hacer sonreír al lector a pesar de estar transitando por infiernos que hieren la sensibilidad. Su mirada crítica y autocrítica hace uso de la ironía para penetrar el absurdo drama humano, en especial la tragicomedia de los colombianos. Tal vez Rosero nos esté dando una clave de lo que ha sostenido a lo largo de los siglos a esta sufrida Nación: quizás el humor y cierta esperanza –como la del profesor Pasos y otros personajes de poder reunirse con sus “desaparecidos”– sea lo que ha dado al colombiano su capacidad de resistir tanta ignominia.

Otro factor importante que nos mantiene en la lectura de la novela son sus pinceladas poéticas. La belleza del lenguaje aún cuando se narran hechos atroces. No es sensiblero Rosero, ni tampoco frivoliza lo oprobioso; mantiene las dosis adecuadas de comedia, tragedia y estética del lenguaje. ‘Los ejércitos’ me recuerda ‘El campesino embejucao’, una canción bambuco guasca de Óscar Humberto Gómez Gómez, en la que un campesino santandereano expresa su rabia porque ninguno de “los ejércitos” que transitan por su vereda lo dejan tranquilo.

Gabriel García Márquez había expresado su inconformidad con la novela colombiana que se ocupaba del período de La Violencia, diciendo que sólo se trataba de un “inventario de muertos”. Lo decía porque consideraba que esas novelas sólo se dedicaban, sin mucho oficio estético, a relatar las atrocidades de la guerra bipartidista. Que en ellas, en fin, no se encontraba el oficio de un artista sino el de un contabilista. No se puede decir esto mismo de la novela de Rosero.

Los ejércitos’ no esconde la crudeza de El Conflicto: la expone. Diría que es una novela que, guardadas las proporciones y sin obviar las diferencias, tiene semejanza con ‘La vorágine’ por acercarse a realidades violentas, históricas, de nuestro país, pero con el tacto y la agudeza que confiere la poesía.

Domingo José Bolívar Peralta.
24 de julio de 2.017.

martes, 27 de junio de 2017

Adiós a la felicidad




“Más vale amar y haber perdido que nunca haber amado”. ¿Quién lo dijo? No lo sé, y ahora mismo no tengo internet para averiguarlo. ¡Al carajo las normas APA! ¿O es que me van a exigir un “abstract”? ¿Si me niego? ¡Inquisición academicista!

Frederic Henry va a su hotel. Frederic Henry llueve. Llovía cuando la retirada del ejército, llovía cuando él huyó de la guerra, llovía cuando salió de Italia. No hay lluvia más dolorosa que la de Frederic Henry al salir del hospital sin su felicidad. Las heridas de la guerra nunca dolieron tanto.

Esto es ‘Adiós a las armas’: una renuncia a tiempo y una pérdida irremediable.

Contada como la cuenta Hemingway, todo en ‘Adiós a las armas’ tiene una simpleza… como si quisiera demostrar que la vida es simple y, asimismo, como si quisiera demostrarnos que escribir literatura es tan sólo “soplar y hacer botellas”. Mas no es así; la vida no es simple, y la complejidad de la literatura de Hemingway está en hacerlo ver simple en la superficie. Me explicaré con plastilina: Hemingway nos da un bote para que naveguemos —como Frederic y Catherine— sobre un apacible lago, y nos deja en el bote un equipo de buceo. El lector decide si se queda contemplando las ondulaciones de la superficie del lago o si coge el equipo de buceo y se sumerge. De todas maneras, si el lector no toma el equipo de buceo y se lanza al fondo del lago, el equipo de buceo le dejará la sensación del “algo más”. Eso es lo que pasa cuando se lee ‘Adiós a las armas’, al menos en mi caso. Y así en otras obras de Hemingway que he tenido oportunidad de leer; pero esto que escribo es el testimonio de que he leído ‘Adiós a las armas’, no me referiré a lo demás, como “El viejo y el mar”, “Colinas como elefantes blancos”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “Los asesinos”, “Una historia natural de los muertos”…

La palabra “cotidiano” me parece clave en el trasfondo de la técnica para escribir ‘Adiós a las armas’, y, seguramente, toda la literatura de Ernest. Los horrores de la guerra, las lealtades de la amistad, la esplendidez del amor, son contados como cosa ordinaria que son, siendo extraordinarias. Ordinarias por lo cotidianas: siempre ha habido guerra, siempre ha habido amistad, siempre ha habido amor; extraordinarias a pesar de lo cotidiano: la guerra, la amistad, el amor sacan del fondo de los individuos lo más vil y lo más bizarro que permanece allí en el fondo mientras no haya un motivo para que emerjan. La guerra, el amor, la amistad magnifican todo lo que de ordinario tenemos, haciéndolo extraordinario.

Al final de ‘Adiós a las armas’ hallamos al hombre, solo, enfrentado a la peor de las muertes.


Domingo José Bolívar Peralta
27 de junio de 2.017.