Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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miércoles, 28 de febrero de 2018

Fuera de La carretera




Leer La carretera, de Cormac McCarthy, en diciembre: el espíritu festivo, la esperanza de un porvenir maravilloso se cubren de cenizas. Pero al final…
El inicio de esta novela, al primer intento, no me atrajo. Presentado a manera de adivinanza, pedante: «Si tu coeficiente intelectual no es alto, no cogerás la pista». Toda la novela me incomodará por frases de esta índole: “Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración”. También me fastidió mucho encontrar pasajes típicos de película taquillera gringa:
“Querías saber qué pinta tenían los malos. Pues ya lo sabes. Podría ocurrir otra vez. Mi deber es cuidar de ti. Dios me asignó esa tarea. Mataré a cualquiera que te ponga la mano encima. ¿Lo entiendes?”
Un poco más adelante, como para reblandecer al lector y más aún al espectador de la película que nadie me quita la idea de que este libro se hizo pensando en llevar la historia al cine sigue:
“¿Todavía somos los buenos?, dijo.
Sí. Todavía somos los buenos.
Y lo seremos siempre.
Sí. Siempre.
Vale.”
Escenas de este tipo son las que para mí, insisto, están hechas a la medida del gusto cinematográfico de los gringos, su cine más comercial, el de los “héroes” que representan la más idealizada imagen que ellos tienen de sí mismos: el bueno y bizarro estadounidense que es capaz de sobreponerse a todas las adversidades, encontrarle solución a todo. Escenas patéticas, con grandes dosis de ternura y esperanza, mas sin dejar de lado la practicidad, el positivismo que ha de estar bastante maltrecho dadas las circunstancias que es estereotipo de ese país.
Con esto los gringos todos somos América, dice Rammstein se sentirán muy satisfechos. Menos mal también encuentro para resarcirme lo siguiente:
“[¿…] si siempre estás alerta ¿quiere decir que todo el rato estás asustado?
Bueno. De entrada supongo que tienes que estar un poco asustado para que estés alerta. Ojo avizor. Vigilando siempre”.
Me da la oportunidad Cormac para tirarle duro a los gringos, ya que considero esto una pista de lo que ha llevado al Estados Unidos no sabemos si todo el mundo de La carretera a ser un gran país chamuscado. Me explico: esa política de seguridad internacional de los gringos en la que siempre están “ojo avizor” ante cualquier cosa que les parezca rara y amenazante, nos los muestra, bajo esta lógica, como si siempre estuvieran asustados del resto del mundo. Y, precisamente, asustada está la sociedad gringa por esa misma política internacional: el enemigo externo puede ser el vecino. Ese mismo miedo perenne los ha llevado a desconfiar, a temer de sí mismos: la paranoia, el ataque preventivo, las masacres estudiantiles, la locura, mata antes de que te maten. Asustados y armados, los gringos son muy peligrosos.
Además, me fastidió mucho las referencias comerciales: en esta obra el señor McCarthy parece tener fijo en mente la idea de su versión cinematográfica insisto y la expresión “la última Coca Cola en el desierto” está implícita varias veces, lo que por descontado aseguraría un gran inversor aquí entre nos, de buena fuente me he enterado de que sí hubo versión cinematográfica; Vigo Mortensen actuó en ella.
Otro escollo fue la técnica de los punto y seguido; no me convence. Siento frases cortadas de manera abrupta y seguidilla de frases, enunciados que pueden ir, en vez de separadas con punto, relacionados con coma, o punto y coma. Quizás al traductor en la versión que leí, Luis Murillo Fort, aunque me han dicho que no, que es cosa de Cormac se le pueda imputar el exagerar dicha técnica.
Con todo, llegué al final. Superando estos escollos, continúo en La carretera porque pongo mi interés en descubrir qué fue lo que llevó a los personajes al estado en que los encuentro, qué sucedió con el mundo. El ambiente en que se desarrolla el relato me parece lo mejor trabajado por el autor. Un mundo “cinéreo”, sobrecogedor, del cual se espera, quizás, el resurgir de la humanidad, renovada, mejor, como el Ave Fénix.
Los defectos son subsanados por las virtudes que hallo en el trayecto. Ya dejados muy atrás en el camino aquellos primeros párrafos casi tan áridos como el mundo que se transita, encuentro delicias verbales que sí insinúan cierta presencia de William Faulkner[1], reminiscencias a Luz de agosto, no obstante que Cormac McCarthy siga usando muchos punto y seguido; ya no es tan cortante, tan parco, tan seco. Incluso el uso de términos que lo obligan a uno a buscar en el diccionario lo ubican más cercano a Faulkner que a otro autor que me parece tiene cierta influencia en su escritura: Ernest Hemingway. Podría pensarse que McCarthy quiso encontrar un punto medio entre estos dos grandes autores; pero al final se ve que la balanza se inclina por fortuna un poco más hacia el del condado de Yognapatawpha. Me parece, no le va bien cuando se acerca más a Hemingway. Leamos esto, juzguen ustedes:
“Mucho tiempo atrás en algún lugar cerca de aquí había visto un halcón abatirse por la larga pared azul de la montaña y romper con la quilla de su esternón la grulla que iba en el centro exacto de un bando y llevársela al río toda hecha un guiñapo y arrastrando su plumaje suelto y descuidado por el quieto aire otoñal.”
Olvida los punto y seguido, incluso no hay comas; el efecto es magnífico.
Es difícil en ocasiones diferenciar al narrador, si es omnisciente o es “el hombre” quien está consignado la historia por escrito en alguna libreta o algo así esto es pura especulación mía‒ o simplemente está hablando para sí mismo, divagando. Uno de esos apartes en que el narrador se torna oscuro es cuando alguien dice: “No todas las palabras moribundas son verdad y esta bendición no es menos real porque la hayan despojado de su suelo”. La voz la tenía el narrador, pero parece que estas palabras las dijera “el hombre”. La novela nos presentará otros momentos similares. Ocurre que McCarthy, sin nada que lo indique, pasa de la voz del narrador a la voz de “el hombre”. Toca estar atentos para inferir, en estas transiciones, quien está hablando.
Eso que hace las veces de narrador omnisciente, al parecer evadía todo juicio de las personas y de las circunstancias. Cierto es que no son muchas las personas que aparecen en escena, quiero decir, en la narración objetiva del trasegar de los dos protagonistas en la realidad del mundo que nos relata, ni en las evocaciones de estos personajes, en especial “el hombre”. Cualquier concepto que el narrador haya emitido sobre las personas es velado, no directo; buenos o malos, estos juicios no son emitidos abiertamente como tal respecto a las personas, al mundo, a las cosas; sin embargo, en una escena en la que “el hombre” se enfrenta a otro sobreviviente, el narrador usa la palabra “forajido” para referirse a aquella persona extraña. Expresada por el narrador omnisciente,  la palabra “forajido” aparece de manera sorpresiva. Pocas veces más el narrador omnisciente dirá algo, aunque sea una sola palabra, como “forajido” que juzgue, califique o descalifique.
Las reflexiones van por cuenta de “el hombre”, por lo general; “el chico” es quien cuestiona, inquiere sobre lo que está sucediendo, sin dejar de sentir curiosidad por cómo era antes el mundo.
Respecto al futuro, sólo algo: llevar el fuego. Recordemos que Prometeo nos entregó el fuego a los humanos y por ello fue castigado. El mundo de La carretera está todo abrasado, pero es el fuego, para “el hombre”, la representación de la moral, la luz que preserva las más altas y nobles manifestaciones de la conciencia humana; “el chico” es el fuego. “El hombre” tiene la esperanza de que ese fuego no se apague, no sólo porque es su hijo, sino porque es lo que queda de bondad en el mundo: el resto de los sobrevivientes son, casi todos, la representación de la absoluta degradación de la humanidad, la representación de los peores instintos y comportamientos gobernando la conciencia, seres en cuyo interior ya no habita ningún principio ético, regidos por el afán de sobrevivir a toda costa cual alimaña humana cuya avaricia y adicción al poder nos está llevando a un mundo de pesadilla. Esta novela me ha recordado La peste, de Albert Camus. Pienso: Camus aboga por la ética: no hay Cielo ni Infierno, ni dioses ni demonios; estamos nosotros, los seres humanos. Yo tengo conciencia el médico del bien y del mal, no de manera metafísica sino práctica, yo quiero hacer el bien, voy a ayudar a los enfermos.  Y como el médico, muchos se ofrecen y trabajan como voluntarios para luchar contra la peste. Los hay unos pocos que en vez de ayudar lo que hacen es aprovecharse de la situación en pos de absurdos beneficios personales; éstos, en un proceso de degradación hasta la pérdida de todos los principios éticos, serían los mismos caníbales de La carretera. La novela de Camus tiene más fe en la humanidad que la novela de McCarthy.
En la página 204 de la versión en pdf que tengo “el hombre” le dice a “el chico”: «Tienes que llevar el fuego». Sin duda, el niño es para el padre, y para nosotros, los lectores, la última esperanza, la última representación de la parte puramente buena, noble de la humanidad. Pero el final de McCarthy me decepciona tanto como me decepciona el final de Los hermanos Karamazov. La esperanza de McCarthy nos devuelve a otra jugarreta de Yahvé: arrasar el mundo como lo hizo en el Diluvio Universal, con sus elegidos destinados a retomar el buen camino: salir de la sucia carretera en que se ha convertido la humanidad. ¿“El chico” será su nuevo profeta?

Domingo José Bolívar Peralta
25 de febrero de 2.018


[1] No es raro por parte de la crítica literaria que se mencione a Faulkner cuando se estudia la obra de McCarthy.

viernes, 2 de febrero de 2018

Respuesta a una pregunta frecuente


Algunas veces me han preguntado por las influencias, es decir, que debo tener un grupo selecto de autores que sean mi faro para no navegar sin rumbo en el inmenso —¿o debería decir incierto?— mar de la literatura. Por supuesto, he respondido a esta pregunta, pero siempre con incertidumbre, pues nunca he estado seguro de quiénes son mis faros. Podría —en efecto, así ha sido varias veces— mencionar a Julio Flórez, el poeta chiquinquireño que murió en Usiacurí, ya que por la vecindad de este municipio con el corregimiento de Isabel López pude conocer su casa museo y adentrarme en su poesía. Sin embargo, no soy un especialista, no conozco la totalidad de la obra de Julio Flórez, y en cuanto a su biografía, no creo conocerla mucho mejor de lo que la conocen la mayoría de sus admiradores.

En ocasiones he mencionado escritores y obras que he conocido desde mi infancia, por las clases de español y literatura en la escuela primaria y el bachillerato o porque de vez en cuando caían en mis manos libros o revistas y no los dejaba ir sin leerlos aunque sea un poco. Garcilaso de la Vega viene de una época ya lejana la de él, y ahora casi igual de lejana para mí aquella en que por primera vez leí:

Soneto V

Escrito 'stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo,
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto 'stoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nascí sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.

Este poema me parecía —y aún me sigue pareciendo— un poema para recitar el Día de las madres. Ahora sé que se puede dedicar si no a la madre de uno, al menos sí a aquella de quien uno quiere ser padre de sus hijos. De esos mismos años fue la lectura de El licenciado Vidriera, otra locura de Miguel de Cervantes Saavedra. Por cierto, de esta obra recomiendo a los “adeptos y amantes de la poesía” —parafraseando a Federico García Lorca— que lean al menos aquella parte en la que Vidriera habla de los poetas y de la misma poesía. La relectura me ha revelado que, al respecto, las disertaciones del cristalizado letrado contienen ideas que parecen haber trasegado de una mente a otra desde épocas anteriores a Cervantes; que ese contraste entre cantidad y calidad es antiguo y contemporáneo. Así que la percepción del “estado actual de la poesía”, viene siendo pesimista por tradición.

Claro, yo no podía entender a cabalidad. Que un niño lea estas obras sin la ayuda de alguien que le pudiera aclarar aspectos lingüísticos y le explicara su contenido… Tuve algunas buenas maestras en la primaria, pero ellas estaban limitadas por la rigidez y miopía del sistema educacional.

También al término de un recital, respondiendo a esta pregunta de las influencias, dije que me marcó en aquellos años finales de la primaria e iniciales del bachillerato, en el tránsito de la niñez a la pubertad y la adolescencia, algunos poemas de origen náhuatl, de Nezahualcóyotl:

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.

No he podido conseguir nuevamente un ejemplar de aquel libro de español y literatura donde estaban esos poemas. Lo más extraño es que recuerdo, o creo recordar, el estribillo de un poema: «tormenta de agua y de nieve», pero ni por internet he podido hallar el esquivo poema escribiendo estas palabras como referencia.

En fin, para no contar la historia de mi vida en detalle, resumiré que luego mi interés por la lectura se intensificó. Llegaron más libros y más autores, algunos de “lectura obligatoria” del colegio, entre los cuales puedo mencionar El cantar del Mío Cid, El Lazarillo de Tormes, La Celestina, cuentos y poemas de Poe, Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, La vorágine de José Eustacio Rivera, La rebelión de las ratas de Fernando Soto Aparicio, María de Jorge Isaacs, El túnel de Ernesto Sábato. Otros textos y autores me seguían llegando de manera inesperada como besos robados: Marcial Lafuente Estefanía con sus noveletas de vaqueros; El enigma de los templarios, libro de Vignati y Peralta, me puso de presente el esoterismo, asombrándome la forma en que se entremezclan historia y leyenda. Hubo en casa un libro de historia, las páginas amarillas y frágiles de lo viejo —el mismo libro era en sí una reliquia—, un tomo de historia que abarcaba hechos relevantes de los Siglos XVIII y XIX. De él recuerdo, por ejemplo, la versión pictórica de Marat asesinado, en la tina. En aquellos años las noticias que encabezaban los noticieros tenían que ver con los carteles de la droga en Colombia; mientras, yo leía sobre la “Guerra del opio” en China. Cometí un error que me dejó una lección: presté el libro a alguien. Pasadas dos semanas fui a su casa por el libro, ¿cuál libro?, contestó. Seguí insistiendo, cada vez más incisivo, pero fue infructuoso; se hizo el desentendido y jamás volví a ver el venerable tomo.

Recuerdo que leí una novela de Lahos Zilahy, autor húngaro, titulada El alma se apaga. De esa lectura sólo conservo en la memoria un sentimiento de melancolía.

Lo más “porno” en literatura que tuve en mis manos, en mis primeras lecturas, fue la Biblia. La pacatería cristiana no alcanza a reprimir la libertad de la imaginación; así que tenía a Sara y a Abraham revolcándose de lo lindo en su tienda —la televisión ya me había dado un adelanto disimulado de esas cosas—, y las suspicacias que siempre ha habido en torno a Jesús y María, la del perfume, y los celos de Judas. Imaginaba, gracias a la “palabra de ese dios”, un mundo en el que el fruto prohibido jamás fue mordido, todos desnudos y fornicando en cualquier sitio, a la vista de todos, como los animales. Un tiempo después apareció un librillo con un título tentador: La prostitución. En éste supe de sacerdotisas al servicio de Ishtar, de las hetairas griegas que en las suelas de sus calzados hacían grabar “sígueme” y de esta manera sus huellas indicaban a los hombres el camino hacia ellas, de las muy influyentes cortesanas francesas como Ninon de Lenclos. Y ya que estamos en éstas, recuerdo que también por aquellos años leí La dama de las camelias, de Alejandro Dumas “junior”, otro libro que no sé cómo llegó ni cómo se fue de la casa.

Como se ve, si a esto podemos llamarle influencias, los estilos son muy variados. No soy capaz de dar una respuesta definitiva sobre libros y autores favoritos, porque a medida que voy conociendo nuevos libros y nuevos escritores, voy sumando unos y restando otros.

A lo que sí puedo dar una respuesta más certera es a qué tipo de literatura me siento más atraído. María, de Jorge Isaacs, es una historia bonita, pero no creo que la vuelva a leer a menos que se trate de un algún trabajo. Si quiero leer una historia de amor, prefiero Cumbres borrascosas, de  Emily Brontë, o Drácula, de Bram Stoker. Otra historia de amor, que he leído una y otra y ya no sé cuántas veces es Ligeia, de Edgar Poe, por el mero gusto. ¿Podría decir que Poe es uno de mis autores favoritos? Creo que sí, pero como en el caso de Julio Flórez, tampoco he leído toda su obra y no me considero un conocedor minucioso de su biografía. Por placer he repetido novelas de Stephen King como La zona muerta. Me ha llevado el Diablo al divertido conciliábulo en el monte Brocken, al leer Fausto, de Goethe. Goethe también me ha maravillado con una historia de amor, en verso: la novia de Corinto. Las terribles deidades y cultos secretos de H.P. Lovecraft me entusiasmaron muchísimo. Ambrose Bierce me parece genial con su Aceite de perro. El horla, de Guy de Maupassant, me sedujo por la aborrecible presencia intangible.  Ya está claro que la literatura de terror, de horror, la literatura gótica está en lugar de privilegio entre mis gustos.

Pero no solamente respondo bien ante fantasmas, vampiros, dioses temibles y psicópatas asesinos; he leído algunas obras del Marqués de Sade, Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautremont; obras de Rimbaud, de Baudelaire, de Verlaine, llamados “poetas malditos”; Madamme Bovary, de Flaubert; de Dostoiesvki, Los hermanos Karamazov; la conmovedora narración en primera persona de Humbert Humbert con su Lolita, de Nabokov; William Blake me estremeció con sus cantos de inocencia y experiencia y El matrimonio del Cielo y el Infierno. Y mencionaré, aunque parezca que no tiene parentesco con los libros y autores precedentes, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Toda esta literatura tiene en común cuestionamientos a los juicios de valor, encara a la moral cristiano-burguesa. Me gusta la literatura que reta incluso la fe y los valores de sus propios autores y del contexto en que surgen.

Asimismo —y debo decir que contra la “literatura de superación personal” tengo esta literatura—, leer novelas, cuentos, poemas, ensayos que traten sobre la naturaleza del ser humano desde un punto de vista filosófico, en especial desde el enfoque del existencialismo, ha sido para mí muy gratificante no sólo a nivel intelectual sino también por la calidad estética de ciertas obras como la peste, El mito de Sísifo, El extranjero, éstos de Albert camus; Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietszche —de quien además conozco un excelente libro de poemas—; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; El libro negro, de Orham Pamuk.

He mencionado pocas mujeres —lo cual puede motivar reproches— y no tantos poetas y libros de poesía —cosa que les puede parecer extraña—. Entre Gabriela Mistral y Alfonsina Storni, elijo a Alfonsina. Entre Meira Delmar y Alejandra Pizarnik, escojo a Alejandra. Sor Juana Inés de la Cruz, si no fue admitida en el Cielo cristiano, sí estará en el Monte Parnaso de los poetas. Emily Dickinson de vez en cuando reaparece fantasmal en mis rincones. Safo de Lesbos sigue lozana. Silvia Plath carcome de lo lindo.

Y por último, mencionaré algunos contemporáneos y coterráneos que han dejado su semilla en mí, no por insistencia mediática o su cercana amistad, sino por formas y fondos en poemas suyos que de una forma u otra han nutrido mi poesía: Margarita Vélez Verbel, Joaquín Mattos Omar, John Better, Antonio Silvera, Fadir Delgado, Leo castillo…

De allende el vecindario, pero del mismo país, puedo mencionar a Harold Alvarado Tenorio, Pedro Blas Julio, John Fredy Galindo, Jaime Jaramillo Escobar…

Ya está claro que mis influencias y gustos son variados, que no me caso con un solo libro o un solo escritor, o con dos. Tengo un harem de autores y libros como influencias, y lo que caracteriza este harem es la selecta variedad. Todo puede entrar, pero no todo queda en él.


Domingo José Bolívar Peralta
Enero 30, 31; febrero 2 de 2.018.

viernes, 12 de enero de 2018

Entretenimiento y venalidad

Hagamos distinciones, que está visto es necesario. Hay quienes utilizan el cuerpo y la desnudez con intenciones estéticas, artísticas, y quienes involucran el cuerpo y la desnudez como parte de un discurso “contracultural”, como un arma para atacar prejuicios que aún no han sido demolidos. Pero también están quienes utilizan su cuerpo y alardean de su desnudez haciendo lo que dice Fito Páez, “la parodia del artista”, o del activista, sólo para lucir sus abdominales marcados o sus tetas antigravedad: “I’m a sex bomb”.

Los simples (recogiendo la definición de Guillermo de Baskerville), el lumpemproletariado (recogiendo la de Marx) y hasta cierta parte de la burguesía (la deslustrada, que incluye individuos de los estratos más altos) no es capaz de ver estas diferencias, como otras en casos similares. La propaganda gobierna sus mentes, están condicionados a asumir como normales y necesarios ciertos modelos que los medios de comunicación, los que nos manipulan, ofrecen al mundo entero: ven, vaca, toma esta bola de yerba y máscala hasta que se te caiga la quijada.

Esa gente que se hace llamar artista y su mayor cualidad es la exhibición de su cuerpo, arduamente trabajado en el gimnasio y el quirófano, cuidado con cuanta clase de cremas, aceites, alimentos y máquinas, ha devaluado el arte mientras que ellos facturan millones. En la “industria” musical lo importante no es cómo canta sino cómo se ve, lo importante no es el contenido de la canción ni cómo confluyen los instrumentos musicales sino cómo mueve el culo. Los pintores más importantes de ahora, y todo lo que se llame “arte” posmoderno, son los que mejor manejan las relaciones sociales y le sacan provecho a los medios de comunicación, cosa que por igual hacen mujeres como Paris Hilton o Kim Kardashian.

Los artistas siempre han dependido de los poderosos, pero el arte era auténtico, expresaba lo más profundo y lo menos comprensible del ser humano, expresaba cómo el ser humano se enfrentaba al vasto mundo, al inabarcable cielo, a todo lo que su pensamiento pudiere cuestionar o intentara aprehender. Hoy el “arte” está demasiado atado a los caprichos de Mammón, y por ende, es una cosa que no pasa de las superficialidades del oropel.


Sabido es que ya Mario Vargas Llosa con su La civilización del espectáculo ha ahondado en el estudio de esta crisis que está jodiendo el mundo contemporáneo, así como otros intelectuales, ubicándose en orillas distintas, y es una discusión muy necesaria, porque, en especial estas primeras décadas del nuevo milenio, está imperando la mediocridad y la fanfarronería de quienes con poco talento trepan, tan solo por los medios (y con los medios) de su apariencia física y lo que están dispuestos a vender de sí mismos en pos de hacerse ricos y famosos, y a éstos les llaman artistas. Creo que está es la época dorada de Mefistófeles, quien se les aparece a estas figuras de oropel como ejecutivo de las grandes empresas del entretenimiento y la venalidad.

La Luna también quiere llorar

La primera vez sólo pude verla a partir de los minutos finales, cuando ya los padres lloraban sobre la nube. Estaba solo en la sala, más de las diez de la noche; es decir, ninguna razón para esforzarme por no lagrimear.

Un recuerdo de infancia: aquel capítulo de Banner y Flappy —las adorables ardillas, japonesas también— en que murió Abuelito Búho. No más recordar la muerte de Abuelito Búho —o cuando vuelvo a ver el capítulo por internet— y renace la pena que sentí frente a la pantalla del televisor y ante la parentela presente, mayores y menores, lloré. Tenía yo más o menos diez años. Aunque recuerdo que mi llanto fue sosegado, apenas leves gimoteos, nada escandaloso, hubo burlas. Éstas se prolongaron durante algún tiempo, en especial de ciertas personas mayores. No recuerdo que alguien me haya puesto el hombro y me haya acariciado el cabello, o algo parecido; no, nadie trató de consolarme. Ninguno comprendía mi pena: yo, al igual que Banner, amaba al Abuelito Búho y estaba atento a sus enseñanzas. Muchas veces he reflexionado sobre esta anécdota y creo que ejemplifica uno, sino el principal problema de la humanidad. Desde este episodio de mi infancia y otros similares —José Miel, otro japonés, también me hizo llorar—, trato de ni siquiera lagrimear ante los demás, especialmente si se trata de algo que estoy viendo en televisión, en casa, con personas presentes. Sólo borracho o cuando estoy solo no reprimo las ganas de llorar. Sin embargo, tantas veces me ha vencido el llanto en público cuantas he sufrido “golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!”

Studio Ghibli y Hayao Miyazaki, ¡factoría de ensoñaciones! Portan el estandarte de la imaginación y la belleza poética llevada a los dibujos animados. Abanderados de la sensibilidad artística más sublime de Japón, penetran muy profundo en el alma de quien, sin importar si culturalmente está en las antípodas, se da la oportunidad  de contemplar sus delicadas creaciones despojado de la armadura emocional que nos ponemos para afrontar la realidad tratando de recibir el menor daño posible.

Cuando vemos con plena atención cine animado de estos creadores, dejándonos atrapar por su magia, algo sucede. Nos sentimos extraños. Es tan sensible, tan rico en matices este cine japonés dibujado y pintado a mano, que nos inflama de saudade de cosas que hemos vivido o que quisiéramos vivir. El placer estético experimentado es indefinible.

Encantado, vuelvo a ver el final de una de las obras de Studio Ghibli: El cuento de la princesa Kaguya. ¡Por fin desde el inicio! Si la primera vez nomás el final me sacó lágrimas, ahora, que he visto la obra completa, siento a fondo una tristeza agradable. Las palabras de la Princesa antes de partir han adquirido un valor que no pude advertirlo la primera vez que escuché su pequeño discurso.

La Princesa, desde la Luna, observa la bucólica montaña. ¡Eso es la vida! Pero ver desde la distancia no es lo mismo que estar adentro. Viene y vive como humana. Goza en el campo como Brote de Bambú, una niña rara; sufre en la ciudad como Princesa Kaguya, una mujer deslumbrante. ¡Porque nos complicamos tanto! Una fuerza muy poderosa, fuente de alegrías y tristezas, la ata a este mundo: el amor. No quiere volver a la Luna. Ama a sus padres adoptivos, la pareja de ancianos que la llora sobre la nube. Ama al cariñoso amigo que tuvo en la montaña.

En la Luna era feliz, pero no. ¡Saber que la felicidad puede ser tan insoportablemente plana que deja de ser felicidad! La Princesa viene a la Tierra, a la montaña, porque quiere sentir. La montaña es un ideal: la vida variopinta, exuberante y a la vez sencilla.

El trasfondo de este poema audiovisual es la felicidad. ¿Qué nos alcanza la felicidad? ¿Qué es la felicidad? Quizá lo que nos impide ser felices es obligarnos a ser felices, retorcer tanto nuestras vidas en pos de la ansiada felicidad. En la montaña, donde todo es mucho más sencillo y libre que en la ciudad, Brote de Bambú tal vez fue feliz, lo mismo que los ancianos; pero el anciano padre se equivocó: la felicidad de Brote de Bambú y la de ellos mismos no era en la ciudad. La Princesa llega a creer y dice que pudo haber sido feliz en la montaña. La montaña es un ideal. Se hizo humana porque deseaba impregnarse de la “suciedad” de la montaña, de la “suciedad” de la canción que aprendió estando en la Luna. La canta con los otros niños, en la montaña, sin saber cómo o por qué sabe la canción. Yo creo que esa misma “suciedad” es la que la lleva a crecer de manera acelerada hasta que llega a estabilizar su crecimiento a la par de un personaje: Sutemaru.


La Princesa no llega a la montaña con el propósito de ser feliz sino de vivir la vida pletórica que veía desde la Luna, donde era feliz sin ser feliz. En la Luna no se llora.

¡Nada de "mujer marchita"!

En los burdeles hay rostros de ángeles que son de ángeles; es decir, rostros preciosos de mujeres preciosas. El Infierno está poblado de ángeles… caídos, el primero de ellos Luzbel o Lucifer, el más hermoso.

A las putas las condena el mismo tribunal que valida que el “macho” pueda (y deba) tener más de una mujer: la “oficial” y al menos una “sucursal”, aquí en Colombia (varias esposas en Arabia). A la puta la condena y persigue el mismo juez y policía que permite que a la púber la saquen de la escuela para que sea mujer de un “macho”. Siempre, en todo caso, puta, amante o esposa, ellas deben subordinarse a la autoridad de los “machos”. Pero las putas llevan la peor parte, porque aparte de ninguneadas, de deshumanizadas por los “machos” que sólo las conciben como mercancía para meter la verga y ejercer su “virilidad” tratando de agredirlas física y emocionalmente, son despreciadas por las de su mismo género, que no se dan cuenta que el desprecio que les profesan es inculcado por los “machos” que las dominan, porque para ellos la “mujer”, es decir “la oficial”, debe ser “mía y de nadie más”, y esta frase  conduce a otra muy conocida: “si no eres mía, no serás de nadie”, o a esta otra: “si me dejas, te mato”.

La puta es una sacerdotisa conocedora de misterios. Una canción dice que “las más putas son las más finas”; más bien las más refinadas, digo yo. Son las que ejercen su ministerio en el mundo de los grandes negocios, y en especial en uno de sus ámbitos: el mundo del espectáculo. Son putas que de alguna manera se convierten en modelo para las niñas y las jóvenes, y hasta para las que ya han cruzado cierto umbral cronológico. A esas putas de alto rango se les respeta un poco o mucho, porque bueno, ellas cuentan no sólo con el poder de Venus sino también con el poder de Mammón, el gran dios que rige a la humanidad, digan lo que digan, crean lo que crean. Algunas de estas putas sí que son verdaderamente “satánicas”.

Pero, ajá, las puticas de burdeles y hasta esas más caras “prepagos” anónimas, que comen y beben con el cliente, echan el polvo y no tienen más injerencia, porque no la quieren tener, en los asuntos de éste, ¿qué peligrosas pueden ser para el mundo? Ellas, las más inocuas, son las más “satanizadas”. Ellas, las que reciben los peores tratos, son las más rechazadas. A ellas se les quiere borrar u ocultar y es a ellas a las que más acude la masa de “machos” brutales y los buenos hombres (a veces los “machos” brutales se transforman en algodones de azúcar o paquetes de plastilina cuando atraviesan crisis sentimentales, que las tienen) necesitados de placer, de compañía, de consuelo e incluso de consejos. Porque la puta cuando ya ha adquirido cierta experiencia, conoce y aprende a manejar los misterios de la sexualidad y los temperamentos de los hombres; aprende, esto sí muy a las malas, a lidiar con los “machos” brutales.

Las putas más especiales, las mejores, son aquellas que se han ofrecido al servicio divino de Venus por vocación. Me dirán, “¿entonces por qué cobran?” ¡Ja! Pregunta tonta. ¡Cobran todos, los sacerdotes de Cristo y los de Mahoma, los de Buda y los de Krishna! ¡Ahora que no cobren las de Venus, que nos llevan al éxtasis sagrado de la cópula, algo mucho más tangible! Por demás, ya lo dije, el dios que rige a la humanidad es Mammón. Ahora, ciertamente, también las hay por mera necesidad económica, y entre éstas muy malas practicantes del oficio, a las que se les debe tener paciencia y pagar, y ojalá, si está a nuestro alcance, ofrecerles o conseguirles un empleo en el que se puedan sentir más a gusto. Porque las putas que no disfrutan del sexo con ningún o casi ningún cliente (sólo lo disfrutan, si acaso, con el “cabrón” —un “macho”— que las explota) están sometidas a esos rígidos patrones impuestos por los “machos”, pero la necesidad las ha arrastrado a practicar el oficio de puta como último recurso, y suelen sufrir terribles remordimientos de conciencia, que a la larga las vuelve hoscas o las envilece. Este problema también es producto de la mala leche con que los “machos” han propagado su mala semilla en el mundo.

Ah, no olvidar lo que una mujer me dijo una vez, una mujer casada, chapada a la antigua, fiel a su esposo, el único hombre con el que ha copulado, es decir una mujer sometida al machismo, y que me lo dijo (de eso hace una montonera de años) para recriminarme porque, discutiendo con ella, se me salió un hijueputa por costumbre. Me dijo, no exactamente con las mismas palabras, pues ya no las recuerdo textuales, pero la idea de fondo no se me olvida, me dijo que todas las mujeres que se casan son putas. No puedo yo decir que todas, pero si, como he venido afirmando, a la humanidad la rige Mammón, y la mayoría de las mujeres, cuyas vidas siguen las normas de conducta impuestas por los “machos”, se casan no sólo por amor sino por la manutención que le pueda ofrecer el hombre, se concluye que sí, al menos la mayoría de las mujeres que se casan han vendido sus servicios sexuales a un hombre en particular, con el agravante de que han vendido también otros servicios, ya se sabrá si muy barato o bien vendidos, como limpieza de la casa, lavado de ropa, preparación de alimentos, parir hijos (¿qué?, ¿no saben que hay mujeres que “alquilan el vientre”?), etcétera.

Te equivocas, ojitos que leen (manos, si en Braille —lenguaje inclusivo, por eso no escribí lector, para no tener que poner seguido lectora), esto no es una apología al libertinaje ni mucho menos un ataque a la monogamia; es una defensa a mis muy queridas putas, que nos brindan un servicio muy oportuno a tanto hombre sin fortuna en la lides del amor, porque hacerse la paja es rico pero no tanto como fornicar con una mujer (estoy refiriéndome a hombres heterosexuales, y dejo claro que tampoco tengo nada en contra de la homosexualidad, ni femenina ni masculina, como tampoco contra la bisexualidad). Las adorables sacerdotisas venéreas no nos dirán «te amo» amándonos de verdad, mas, ¡qué saludable ilusión, que nos lo digan, entrepiernados, disfrutando de los deleites de la carne!


Domingo José Bolívar Peralta

Enero de 2.018

Soliloquio entre Dante y yo

Pero giri Fortuna la sua rota
come le piace, e il villan la sua marra.
La Commedia.
Versos 95 y 96.

¡Oh! ¡Qué cautos debemos ser los hombres para con aquellos que no sólo ven las obras, sino que con su inteligencia penetran hasta lo interior del pensamiento.
La Commedia.
Versos 118 al 120.

Al final del Canto XVI, Dante llama ‘Commedia’ a “sus memorias” de su paso por el Infierno, y se dirige a mí, directamente; «lettor», me dice, y me jura, amonestándose, por lo difícil de creer, lo inverosímil, la “apariencia de mentira” que tiene su relato, que lo contado es cierto, le sucedió. Dice que el monstruo que a continuación aparecerá, digamos invocado por Virgilio, no es falso, y lo dice con tal convicción que le creo —¡cómo no!— mientras me hallo hechizado por su arte, absorbido por un libro tan difícil de soltar de los ojos.

Usa Dante un recurso eficaz, de gran valor para lo que es el fondo de su vasto poema, su carácter teológico, moralizante. De esta manera nos afirma que su gnosis (católica) de los ámbitos ultraterrenos, de ultratumba, no es falaz. Y si tenemos en cuenta la época en que Dante escribió su magna obra, ¡qué gran aporte a la literatura! No sé si ya los antiguos griegos (tan avanzados, como siempre) o algún otro autor había usado antes o en su misma época el recurso de dirigirse directamente al lector. Es posible que sí haya antecedentes; pero, por la misma fuerza de la pluma de Dante, cuando encuentro que ¡el gran poeta me está incluyendo en su obra! al llamarme la atención sobre algo muy importante que desea que tome en serio, es impactante. Sentí que estaba a mi lado, como si un conjuro, escrito por él para que yo lo recitara, lo trajera para conducirme por sus versos, tal como Virgilio lo acompañaba a él por aquellos lugares misteriosos.

Gracias a ese conjuro toma fuerza la comunicación entre escritor y lector, porque el lector es invitado a participar, a ser activo. Dante permite entonces que el lector cuestione al escritor y él, desde los siglos pasados, responde a las preguntas del lector como por una alquimia que transforma las mismas preguntas en respuestas.


La obra, de este modo, no es estática; se mueve, se recrea en cada impulso electroquímico de donde saltan las ideas y emociones. Es decir, mientras se está en la lectura, aquella igualmente misteriosa y fascinante región que llevamos todos dentro o que nos envuelve, dividida en dos espacios que son la consciencia y la subconsciencia (y quizás tres, si agregamos la inconsciencia), se sumerge en el relato o es el relato quien se sumerge en ella. Dante nos llama y con él vamos, como testigo invisible ante Virgilio pero sombra que Dante percibe porque él mismo nos dio el poder de hablarle; y así como Virgilio guía a Dante por los diferentes círculos en que se divide el Infierno y el Cielo, Dante nos guía por el tejido de sus tercetos. Logra su propósito: al finalizar el libro estamos ante la Gloria. 

Domingo José Bolívar Peralta
Enero de 2.018

jueves, 19 de octubre de 2017

El poema de Cesárea Tinajero

Sión

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Lo que pienso:

Podría, puede decirse que es un poema visual. Quizás haya quien diga que no, que, como en efecto explican Belano y Lima al señor Salvatierra, Amadeo, se trata de una broma. Sin embargo, la interpretación que daré a continuación, lector, manos que habrán de aplaudir o clavar el puñal o abofetear, es la que me sale de los surcos del encéfalo y de las pelotas luego de mirar y mirar y volver a mirar el poema y el título del poema. A mi conclusión llegué antes de haber leído lo que Lima y Belano concluyeron, o no concluyeron.

Este poema, sin duda vanguardista, nos muestra un título: "Sión". Luego se ve sobre una línea recta, horizontal, un pequeño rectángulo; después el mismo rectángulo sobre una línea, esta vez en forma de ondulaciones, de olas; finalmente la línea aparece como picos y simas de ángulos agudos, como un electrocardiograma, y sobre ella el rectángulo.

Esas imágenes, con ese título, me remiten al Templo de Salomón, que ha pasado a lo largo de los siglos a ser templo del judaísmo, del cristianismo y del islamismo. Se ha mantenido el Templo, y con él la fe, tanto en etapas apacibles en la historia del territorio donde se asienta, como en las etapas de inestabilidad y de paroxismo de las guerras que lo han marcado.

No había ocurrido aún, el poema aparece en los años 20 del siglo 20, la invasión y posterior imposición del Estado de Israel. Entonces el poema no tiene que ver con eso.

Quizás el poema, en su fondo último, se refiere a resistir y permanecer. Pero también, a pesar de sus diferencias, tenga que ver con que las tres religiones que representa el Templo son en esencia lo mismo: el mismo dios. Ergo, el mismo poema nos habla de adaptarse a los cambios, al devenir, sin perder la esencia.

Llego a la conclusión, teniendo en cuenta el contexto del poema, los años 20 del siglo 20, las propuestas de ruptura de Cesárea Tinajero como poeta inmersa en los experimentos formales y conceptuales de los movimientos de vanguardia en las artes, que la Poesía es ese rectángulo que se mantiene sobre la línea del tiempo y las contingencias, inalterable en su esencia aunque las apariencias indiquen otra cosa.

Allí está la Poesía sobre la línea recta de los modelos clásicos; allí sigue sobre las ondulaciones de movimientos como el Romanticismo y el Simbolismo; no se cae, no se hunde la Poesía ni se resquebraja con los sacudones telúricos de Dadá, el Futurismo y todos los ismos de las vanguardias.

El poema de Cesárea Tinajero, 'Sión', es, además, el mismo Roberto Bolaño y su novela. 'Los detectives salvajes' nos muestra al Bolaño que escribía en verso, pero en prosa. No es el mismo muchacho de su etapa "infrarrealista" pero es el mismo Bolaño, como Ulises Lima siguió siendo "real visceralista" aún en ese encuentro con Octavio Paz.


Domingo José Bolívar Peralta
19 de octubre de 2.017