Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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lunes, 24 de julio de 2017

No es otro simple inventario de muertos

Terrible. Se podría decir que excesivo. No, es la ficción tratando de calcar la realidad. ‘Los ejércitos’, la laureada novela de Evelio Rosero, hunde su prosa lírica en los abismos de esta otra Violencia colombiana, a mi juicio continuación de La Violencia partidista que derramó en los campos tanta sangre bajo las consignas “¡Viva el Partido Conservador!”, “¡Viva el Partido Liberal!” Esta otra Violencia, la que William Ospina, para hacer la diferenciación histórica de aquella Violencia, y haciendo uso de un término manido en los medios de comunicación, ha denominado con acierto “El Conflicto”, pues en ésta no se trata ya de una confrontación sangrienta entre los partidos políticos tradicionales (también continuación de esa Violencia que heredamos cuando los criollos, sacudidos de la dominación española, iniciaron una senda de enfrentamientos bélicos en defensa de sus idearios políticos: que si federales o centralistas…) sino entre las Fuerzas Armadas del Estado y los grupos guerrilleros que han pretendido instaurar un nuevo marco político y social.

Sin embargo, en ‘Los ejércitos’, como en nuestra terrible historia reciente (casi todas las etapas históricas de esta Nación han sido terribles), no sólo son dos las fuerzas que se enfrentan violentamente por el poder, el control de un territorio; además de los ejércitos del Estado y las guerrillas, están presentes los ejércitos paramilitares y del narcotráfico, de ahí que el protagonista de la obra, el profesor Ismael Pasos tienda a no distinguir qué grupo está atacando, pues todos actúan con la misma fiereza y aplastan el sosiego de la población civil. Y para colmo, esta violencia, tan arraigada ya en el núcleo mismo de la Nación, genera constantemente esas otras guerras particulares entre vecinos, también sangrientas.

Sería indigerible la novela si Rosero no hubiera tenido la brillante idea de contar toda esta violencia a través de un personaje como el profesor Pasos. El anciano voyerista posee un humor negro que logra hacer sonreír al lector a pesar de estar transitando por infiernos que hieren la sensibilidad. Su mirada crítica y autocrítica hace uso de la ironía para penetrar el absurdo drama humano, en especial la tragicomedia de los colombianos. Tal vez Rosero nos esté dando una clave de lo que ha sostenido a lo largo de los siglos a esta sufrida Nación: quizás el humor y cierta esperanza –como la del profesor Pasos y otros personajes de poder reunirse con sus “desaparecidos”– sea lo que ha dado al colombiano su capacidad de resistir tanta ignominia.

Otro factor importante que nos mantiene en la lectura de la novela son sus pinceladas poéticas. La belleza del lenguaje aún cuando se narran hechos atroces. No es sensiblero Rosero, ni tampoco frivoliza lo oprobioso; mantiene las dosis adecuadas de comedia, tragedia y estética del lenguaje. ‘Los ejércitos’ me recuerda ‘El campesino embejucao’, una canción bambuco guasca de Óscar Humberto Gómez Gómez, en la que un campesino santandereano expresa su rabia porque ninguno de “los ejércitos” que transitan por su vereda lo dejan tranquilo.

Gabriel García Márquez había expresado su inconformidad con la novela colombiana que se ocupaba del período de La Violencia, diciendo que sólo se trataba de un “inventario de muertos”. Lo decía porque consideraba que esas novelas sólo se dedicaban, sin mucho oficio estético, a relatar las atrocidades de la guerra bipartidista. Que en ellas, en fin, no se encontraba el oficio de un artista sino el de un contabilista. No se puede decir esto mismo de la novela de Rosero.

Los ejércitos’ no esconde la crudeza de El Conflicto: la expone. Diría que es una novela que, guardadas las proporciones y sin obviar las diferencias, tiene semejanza con ‘La vorágine’ por acercarse a realidades violentas, históricas, de nuestro país, pero con el tacto y la agudeza que confiere la poesía.

Domingo José Bolívar Peralta.
24 de julio de 2.017.

martes, 27 de junio de 2017

Adiós a la felicidad




“Más vale amar y haber perdido que nunca haber amado”. ¿Quién lo dijo? No lo sé, y ahora mismo no tengo internet para averiguarlo. ¡Al carajo las normas APA! ¿O es que me van a exigir un “abstract”? ¿Si me niego? ¡Inquisición academicista!

Frederic Henry va a su hotel. Frederic Henry llueve. Llovía cuando la retirada del ejército, llovía cuando él huyó de la guerra, llovía cuando salió de Italia. No hay lluvia más dolorosa que la de Frederic Henry al salir del hospital sin su felicidad. Las heridas de la guerra nunca dolieron tanto.

Esto es ‘Adiós a las armas’: una renuncia a tiempo y una pérdida irremediable.

Contada como la cuenta Hemingway, todo en ‘Adiós a las armas’ tiene una simpleza… como si quisiera demostrar que la vida es simple y, asimismo, como si quisiera demostrarnos que escribir literatura es tan sólo “soplar y hacer botellas”. Mas no es así; la vida no es simple, y la complejidad de la literatura de Hemingway está en hacerlo ver simple en la superficie. Me explicaré con plastilina: Hemingway nos da un bote para que naveguemos —como Frederic y Catherine— sobre un apacible lago, y nos deja en el bote un equipo de buceo. El lector decide si se queda contemplando las ondulaciones de la superficie del lago o si coge el equipo de buceo y se sumerge. De todas maneras, si el lector no toma el equipo de buceo y se lanza al fondo del lago, el equipo de buceo le dejará la sensación del “algo más”. Eso es lo que pasa cuando se lee ‘Adiós a las armas’, al menos en mi caso. Y así en otras obras de Hemingway que he tenido oportunidad de leer; pero esto que escribo es el testimonio de que he leído ‘Adiós a las armas’, no me referiré a lo demás, como “El viejo y el mar”, “Colinas como elefantes blancos”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “Los asesinos”, “Una historia natural de los muertos”…

La palabra “cotidiano” me parece clave en el trasfondo de la técnica para escribir ‘Adiós a las armas’, y, seguramente, toda la literatura de Ernest. Los horrores de la guerra, las lealtades de la amistad, la esplendidez del amor, son contados como cosa ordinaria que son, siendo extraordinarias. Ordinarias por lo cotidianas: siempre ha habido guerra, siempre ha habido amistad, siempre ha habido amor; extraordinarias a pesar de lo cotidiano: la guerra, la amistad, el amor sacan del fondo de los individuos lo más vil y lo más bizarro que permanece allí en el fondo mientras no haya un motivo para que emerjan. La guerra, el amor, la amistad magnifican todo lo que de ordinario tenemos, haciéndolo extraordinario.

Al final de ‘Adiós a las armas’ hallamos al hombre, solo, enfrentado a la peor de las muertes.


Domingo José Bolívar Peralta
27 de junio de 2.017.

sábado, 10 de junio de 2017

Sobre Artaud y Momo: la "fuerza psicolúbrica"

La “fuerza psicolúbrica del cielo”. Esta palabra -psicolúbrica- para indicar esa parte de la psique que responde en un nivel muy básico, sensual. La fórmula da el real punto de partida al tono del poema. Indica una, sino novedosa, sí atrevida y poco usual hipótesis escatológica: el poder divino o superior ejerce sobre los seres vivos, en especial los humanos, su influencia y mando con mayor intensidad desde lo sensual.

Lo sensual tiene su expresión máxima en el sexo: los órganos sexuales y el coito. El sexo, la cópula, es la fuerza que crea; bestial, básica, engendra bien y mal. Es una fuerza loca, disparatada: pasional.

La religión, esa locura negada, es la de “los decentes”. Contradictoria en su esencia, pretende ser la explicación de lo que no entiende, luchando por contener aquella fuerza que siempre la desborda: la fuerza psicolúbrica.

La poesía, como manifestación humana que pretende trascender lo aparente y efímero, interpreta y recrea lo que los sentidos y el intelecto absorben: crea. Lo que la poesía crea no es disparatado, no es un producto exclusivo de aquella psicolúbrica; hay en ella un orden riguroso que se ha manifestado en principio en la métrica y la ilación de ideas en el marco de un ritmo definido. Esta contención es del mismo tipo de la que produjo la religión. No se extrañe que el primer sacerdote haya sido el primer poeta. Pero cuando Dios se puso por sobre el poeta, la invención devino en poder aparte del poema; la fuerza psicolúbrica se disfrazó de orden divino. La fe es un eufemismo para pasión.

El poeta, Artaud, reclama el sacerdocio del poeta, reclama que la religión vuelva al seno de la poesía, y que no deje de ser sino intento de entender y creación sujeta al entendimiento. Que el coito entre lo sensual y lo intelectual sea fecundación poética. La fuerza psicolúbrica dominada, es la intención de fondo.

Cierto es que el desfile de imágenes, las jitanjáforas y hasta el modo cortado e inconexo de los discursos, en redondo, nos lleva a gritar, asentados en seco en el poema, «¡qué carajos!, ¿¡en verdad qué es lo que quiere decir el poeta!? ¡Toda mi argumentación anterior no es más que mi subjetividad irrumpiendo como la jijuepuerca fuerza psicolúbrica!»

-- O --

De una anticipación de no-ser,
de una asesina incitación del quizá
brotó la realidad,
como de la contingencia que la fornicaba.”

El remoto y esquivamente cognoscible origen. Dios es el poeta que crea la obra; la obra es su literatura, y, luego, la literatura, por obra de esa fuerza psicolúbrica, pasa a ser escatología: es llamada teología. Jorge Luis Borges, con su humor cínico, dirá que toda teología es otra forma de la literatura.

La enfermedad mental inicia en nuestra incapacidad de penetrar ese punto muerto que denominamos “más allá”. Del más allá viene el poema, del más allá la vida, más allá está cualquier dios y más allá nosotros mismos en lo que constituye nuestra esencia. Más allá del “Big bang” quedamos nulos, y si nos aventuramos a él, hay un antes del antes de, inalcanzable: el más allá. Al más allá vamos después de vivir, y si el fin de esta vida no es la muerte, habrá aún más apartada de esta vida un final que será el verdadero más allá. Y el fin total del poeta es el ser borrado totalmente, cuando no haya rastros de su vida ni de su obra; cuando nadie recuerde que existió un poeta que escribió e hizo tales cosas. Los príncipes del Antiguo Egipto —por apenas citar una de tantas culturas donde se hacía y hace lo mismo— temían tanto ese “nunca haber existido” que hacían grabar su nombre en roca y homenajearse con grandes y muy sólidas construcciones que garantizaran perpetuidad. De aquel más allá surge el primer llanto al nacer.

El espanto y la locura de Artaud también surgen de ese más allá al que se quiso asomar. Todo poeta que lo sea en forma incondicional, conscientemente brutal, que es la única verdadera manera de merecer tal distinción, escudriña ese más allá, intenta profundizar en las hondonadas de su encéfalo en pos de la primera chispa eléctrica, quiere romper los velos de la mente que nos impiden ver a cabalidad, nítida, aquella primigenia manifestación de lo que es. Tan solo un poquito de imaginación y lo que nos sale de la nada es pavoroso. He ahí la lúcida locura del artista. Claro, de esta locura también toman parte los filósofos y los científicos que tratan de ir a esos límites. El religioso, por lo general ya no hace tal ejercicio; lo dejó de hacer desde que dejó de ser poeta para ser sacerdote. Ocurre que el poeta debilucho no avanza en la tarea, que demanda tanto de las neuronas y lo que va “más allá” de las neuronas; se conforma con una solución: la divinidad, el sistema religioso, y ahí se queda. Lo que tenía de poeta ese individuo, pasó al más allá adonde nunca se asomará el sacerdote remolón.

«...tuve que tratar de pensar lo que esta experiencia de «no tener nada qué decir» antes de escribir tenía de esencial para toda escritura. En cierta forma, la responsabilidad de la escritura, de lo que llamamos creación en general, se vive como algo hueco, proveniente de un vacío... de tal forma que, en el fondo, lo que habría que decir no existiría antes del acto de decir; porque si el contenido de lo que estuviera por decirse fuera previo, no habría, por un lado, responsabilidad qué asumir, no habría riesgo...»1
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1 http://javiergalarzants.blogspot.com.co/2007/02/antonin-artaud.html

-- O --

Los muslos de Momo son de melocotón.


Domingo José Bolívar Peralta.
8 de junio de 2.017

lunes, 22 de mayo de 2017

En este mundo

El proemio de El reino de este mundo, obra emblemática de Alejo Carpentier, nos pone de inmediato, de manera más concreta, en contacto con lo que estas palabras, “el reino de este mundo”, de manera nebulosa nos representa en el subconsciente.
Las palabras que se cruzan el Demonio y la Providencia, sacado de la obra escrita para teatro (en ese tiempo aún no se escribía para el cine) La famosa comedia del nuevo mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega, anuncian una novela con claras referencias a la ríspida colonización de América, con la venia de “el mariquita mayor de Palestina”1.
Pero en realidad, aquí el cristianismo europeo no llevará la batuta de los acontecimientos, porque se trata de la gesta independentista de los haitianos, y en esto, son los dioses africanos los que mandan: “El dios de los blancos ordena el crimen. Nuestros dioses nos piden venganza”, dicen los negros conspiradores. Aquí se habla de los Grandes Pactos que los negros de Haití, la más próspera colonia francesa, habían sellado con sus dioses de ultramar. Propone Carpentier que la independencia de Haití fue posible por esa cohesión de los negros en torno a sus creencias mágico-religiosas, a los conocimientos suyos ignorados por los blancos y al lenguaje común de los tambores, porque estos desterrados no provenían de un solo pueblo, lo cual queda claramente ilustrado cuando dice: “[…] la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondieron de montaña a montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronaban los tambores radás, los tambores bongós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú.” Es esta nueva religión, el “Vudú”, mezcla de religiones africanas y cristianismo europeo, el factor aglutinante. El Vudú (o Vodú, como escribe Carpentier) une las voluntades de los esclavos en torno a un proyecto de nuevo reino africano, un reino de este mundo, el mundo de América, del Caribe, en contraposición con el reino del otro mundo cristiano, y en añoranza a los reinos de aquel otro mundo que es África.
Pero toda rebelión, toda fe requiere de una figura, de un tótem, una leyenda. MacKandal será ese Jesús de Nazareth, espléndidamente viril, bravo y mágico; un líder que recuerda la idea de reyes africanos que eran guerreros, legisladores, sumos sacerdotes y amantes insuperables cuya descendencia heredaba estos rasgos; en contraste, como la misma obra los muestra, con esos reyes europeos de figurín, constreñidos por sus propios funcionarios, incapaces de estar al frente de una batalla luchando con superioridad de líder y guerrero diestro. Su muerte en la hoguera recuerda la muerte del Maestre de los Templarios, Jacques de Molay. Alejo Carpentier, a través de este personaje, nos muestra el proceso por el cual un hombre es deificado. MacKandal, el peculiar mandinga contador de historias, encabeza la primera asonada, se hace cimarrón, asciende a houngan y símbolo de los anhelos de libertad de la negramenta; con sus conocimientos logra forjar una leyenda, y, al final, en vez de un hombre chamuscado en la hoguera lo que ven los negros es un espíritu inmortal capaz de metamorfosearse en lo que le venga en gana. Un Lua.
Para entender esto del Vudú, es necesario despojarse de los prejuicios que desde el cristianismo satanizan todo lo que desborde sus dogmas o signifique contradicción a ellos. El Vudú es “una religión humanista, un conjunto de tradiciones culturales que constituyen el cimiento que une al pueblo haitiano en los momentos de crisis y lo salva de la desesperanza. El vudú procura obtener la invulnerabilidad del creyente por circunstancias de éste con la divinidad superior. De esa forma el creyente tiende a identificarse con la deidad o con los objetos divinizados, para hacerse invulnerable como la misma divinidad. Es una práctica religiosa que no está cerrada a la aparición de nuevos luases (divinidades). El hombre es uno con la naturaleza, es uno con sus dioses, es uno con su entorno, el vudú. Los cultos de vudú son sincréticos desde la época colonial, se mezclaron con los cristianos”, anota el mexicano Iván Renato Zúñiga Carrasco en su ensayo Vudú: una visión integral de la espiritualidad haitiana2. Es esto, en efecto, lo que se deja ver en el relato de Carpentier, en la leyenda de MacKandal.
Mas todo esto para demostrar que ni Papá Legbá ha podido mostrar a Haití el camino para que este reino africano en Las Antillas lograra consolidarse. Ti Noel, el personaje que sirve de hilo conductor, es la representación de todos los pobres de Haití, que pasaron de ser esclavos de los blancos a esclavos de negros como Henry Christophe o Papa Doc, y esclavos de la pobreza, del rechazo. Haití paga con creces su osadía de haber roto las cadenas con que la mantenía atada la metrópoli francesa, de haber desafiado el sistema colonialista europeo.

- - O - -

Ti Noel, como dije antes, es el hilo conductor de la novela en su totalidad; empero hay, aparte de la historia de Ti Noel, con la cual se conectan de manera especial las historias de Lenormand de Mezy, MacKandal y Henry Christophe; o sea la historia de la revolución y posterior independencia de Haití, una historia un poco aparte, paralela, que tiene dos personajes alimentándola: me refiero a la que se cuenta sobre Solimán, un negro que siempre se las arreglaba muy bien para vivir lo más cómodamente posible, como camarero, y Paulina Bonaparte, la hermosabuena catadora de varones”, hermana predilecta del insigne Napoleón Bonaparte. Es, en cierto modo, una historia de amor. Solimán, como todo hombre al que le gustaran las mujeres, admiraba con fervor la belleza de Paulina. La amaba con total sumisión. Pero no es una historia desligada o al margen del contexto en que ocurre todo lo demás. A Solimán lo encontramos, ya separado de Paulina, siendo lacayo de Henri Christophe y defendiendo a la esposa e hijas del primer y único rey negro de América cuando hubo la revuelta que acabó con su tiranía. Posteriormente Solimán viajará con las desterradas a Roma, donde una vez más sus manos, sinestésicas, acariciarán esta vez el recuerdo de Paulina Bonaparte desnuda… en mármol. La impresión que le produce hallarse ante esta Paulina de piedra lo enloquecerá.

- - O - -

Citas:

Con su voz fingidamente cansada para preparar mejor ciertos remates, el mandinga solía referir hechos que habían ocurrido en los grandes reinos de Popo, de Arada, de los Nagós, de los Fulas...”

En el África, el rey era guerrero, cazador, juez y sacerdote; su simiente preciosa engrosa estirpe de héroes. En Francia, en España, en cambio, el rey enviaba sus generales a combatir; era incompetente para dirimir litigios, se hacía regañar por cualquier fraile confesor, y, en cuanto a riñones, no pasaba de engendrar a un príncipe debilucho, incapaz de acabar con un venado sin ayuda de sus monteros”

mula de color burro”

A veces, se hablaba de animales egregios que habían tenido descendencia humana”

Se sabía de mujeres violadas por grandes felinos que habían trocado, en la noche, la palabra por el rugido”

todo mandinga era cosa sabida ocultaba un cimarrón en potencia”

Decir mandinga, era decir díscolo, revoltoso, demonio. Por eso los de ese reino se cotizaban tan mal en los mercados de negros”

Exasperados por el miedo, borrachos de vino por no atreverse ya a probar el agua de los pozos, los colonos azotaban y torturaban a sus esclavos, en busca de una explicación”

Hacía más de dos horas que los parches tronaban a la luz de las antorchas y que las mujeres repetían en compás de hombros su continuo gesto de lava-lava, cuando un estremecimiento hizo temblar por un instante la voz de los cantadores. Detrás del Tambor Madre se había erguido la humana persona de MacKandal. El mandinga MacKandal. MacKandal Hombre. El Manco. El Restituido. El Acontecido. Nadie lo saludó, pero su mirada se encontró con la de todos. Y los tazones de aguardiente comenzaron a correr, de mano en mano, hacia su única mano que debía traer larga sed”

hábil como pocas en artes falatorias”

¡Rompan la imagen del dios de los blancos, que tiene sed de nuestra lágrimas; escuchemos en nosotros mismos la llamada de la libertad”

Perezcan las colonias antes que un principio”

un tambor podía significar, en ciertos casos, algo más que una piel de chivo tensa sobre un tronco ahuecado”

hijas convalecientes de violaciones de negros que no era poco decir

Había que agotar el vino, extenuar la carne, estar de regreso del placer antes de que una catástrofe acabara con una posibilidad de goce”

Al alba lo despertaron de un latigazo”

Peor aún, puesto que había una infinita miseria en lo de verse apaleado por un negro, tan negro como uno”

Entonces, sin nada que pudiese hacer sombra ni pesar sobre él, más arriba de todo, erguido sobre su propia sombra, medía toda la extensión de su poder”

En alguna casa retirada lo sospechaba habría una imagen suya hincada con alfileres colgada de mala manera con un cuchillo encajado en el corazón”

Muy lejos se alzaba, a ratos, un pálpito de tambores que no tocaban, probablemente, en rogativas por su larga vida”

Henry (…), Rey de Haití, Soberano de las Islas de la Tortuga, Gonave y otras adyacentes (…), Primer Monarca Coronado del Nuevo Mundo (...)”

el don que tienen los borrachos de ver cosas terribles con el rabillo del ojo”

Palpó el mármol ansiosamente, con el olfato y la vista metidos en el tacto”

Instalado en su butaca, entreabierta la casaca, bien calado el sombrero de paja y rascándose la barriga desnuda con gesto lento, Ti Noel dictaba órdenes al viento. Pero eran edictos de un gobierno apacible, puesto que ninguna tiranía de blancos ni de negros parecía amenazar su libertad”

Seres con oficio de insectos”

ese inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía”

Hecho avispa, se hastió pronto de la monótona geometría de las edificaciones de cera”

Los gansos eran gente de orden, de fundamento y de sistema, cuya existencia era ajena de todo sometimiento de individuos a individuos de la misma especie”

Un cansancio cósmico, de planeta cargado de piedras, caía sobre sus hombros descarnados por tantos golpes, sudores y rebeldías”

había gastado su herencia y, a pesar de haber llegado a la última miseria, dejaba la misma herencia recibida”

Domingo José Bolívar Peralta.
22 de marzo de 2.017
1Sin APA, frase de Alexander Portnoy. Del libro El lamento (o El mal) de Portnoy, del escritor gringo Philip Roth.

jueves, 13 de abril de 2017

Tras los rastros de un sueño que continúa

Lo que va de H. P. Lovecraft a J. L. Borges

Cuando Howard Phillips escribió en su cuento Los sueños en la casa de la bruja: “El cálculo no euclidiano y la física cuántica bastan para violentar cualquier cerebro, y cuando se los mezcla con tradiciones folklóricas y se intenta rastrear un extraño fondo de realidad multidimensional detrás de las sugerencias espantosamente crueles de las leyendas góticas y de los fantásticos susurros junto a una esquina de la chimenea, apenas puede esperar encontrarse completamente libre de una cierta tensión mental”, nos revelaba sus intereses y a qué acudía para crear sus relatos –además de lo que le demandaba mentalmente el ejercicio de escribir sus espeluznantes visiones–. Declarándose ateo, materialista mecanicista, sus conocimientos de los avances y teorías de la ciencia de su tiempo –en especial la física, la química, la astronomía y cosmología– los combina con los conocimientos de las leyendas y tradiciones de su región en lo concerniente a las historias de hechicería, y asimismo de ciertos conocimientos en materia de grimorios, sociedades ocultistas, sectas extrañas, y todo ello rebullendo en la olla brujeril de su cerebro da como resultado esa sórdida pócima que es su literatura.
Lovecraft aprovecha admirablemente las ancestrales historias de espantos de su natal Nueva Inglaterra, en especial la tradición de brujería y satanismo que sobre Salem se cuenta, y empalma aquello con sus dioses y criaturas particulares, habilidad que ha dado pie a la leyenda que sobre él mismo se ha tejido como especie de médium o persona especialmente receptiva a eventos paranormales y conocedor de secretos terribles.
Al darnos una información bibliográfica de “el pavoroso Necronomicón, del enloquecido árabe Abdul Alhazred, en versión latina de Olaus Wormius, impreso en España en el siglo XVII”, guardado en la Universidad de Miskatonic, como sucede en El horror de Dunwich, Lovecraft logra generar en el lector una especie de credulidad en lo que cuenta, aunque tengamos por descontado que se trata de una obra de ficción. Es cuando quien se entrega a la lectura de sus horrores se pregunta qué, de entre todo lo que es aquí mera ficción, puede ser una posibilidad de que sea cierto, real, que no conozco, que no he experimentado y Lovecraft sí. Digo, es aquí donde surge la leyenda de Lovecraft entre los más dados a creer que estamos rodeados de una realidad que no llegamos a captar con nuestros limitados sentidos en estado de vigilia, y que es probable que de algún modo nos penetra mientras estamos dormidos o de manera subconsciente influye en nuestras vidas. Leemos, en El ser en el umbral: “Edward Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de sus primeros tiempos y apenas cumplidos los dieciocho años, una recopilación de sus oníricos poemas, titulada Azathoth and Others Horrors, provocó una encrespada reacción entre la crítica. Por entonces mantenía una estrecha correspondencia con el famoso poeta baudelairiano Justin Geoffrey. el autor de The People of the Monolith, el mismo que murió en medio de alaridos en 1926 en un manicomio, tras visitar un ominoso poblado de Hungría cuya memoria es mejor no conservar.” Esto es lo que hacía Lovecraft y manejaba con maestría, recurso literario que encontramos también en otro escritor –más ‘serio’–, quien leyó las noticias y confesiones sobre las cósmicas y antiquísimas deidades monstruosas y razas no humanas que nos acechan: Jorge Luis Borges. El argentino, quizá aprendiéndolo de Howard Phillips o reforzándolo con la lectura de los Mitos de Cthulu, fue asimismo experto en la invención de autores, obras y demás relacionado, como si hubiese sido cierto, porque le da a la ficción un asidero a la realidad; en este caso del fragmento de El ser en el umbral, por ejemplo, se menciona a Baudelaire como influencia del supuesto famoso poeta Geoffrey, quien muere en 1.926 luego de haber hecho un viaje a Hungría, escritor de un libro llamado The people of the monolith. Es la misma clase de información que logra hacernos teclear en la barra del navegador con el fin de hallar en la internet su veracidad –aún sabiendo que la internet nos puede llevar a recoger más supuestos que certezas– llevados por esa curiosidad casi tan demencial como la de muchos de los personajes inventados por el escritor de Providence.
Cuando el protagonista de La ciudad sin nombre se interna por estrechos túneles hacia el profundo mundo subterráneo bajo las arenas del desierto arábigo, nos revela la historia de una civilización asombrosamente antigua, contada a lo Miguelángel en el techo de la Capilla Sixtina; es decir, pintada en murales. Nos la sintetiza de este modo: “pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes –representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles– se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.” Esta forma de resumir un mundo, una cultura, se halla también en la literatura de Jorge Luis Borges, quien en cuentos suyos es capaz de adaptarla a su estilo y propósitos. Borges, como Lovecraft, hace esta misma clase de resúmenes para hablarnos de obras literarias, hechos, gentes y lugares que sólo son reales en sus cuentos, aunque luego algunos hayan tomado estas ‘revelaciones’ como misterios guardados celosamente por iniciados. Hay que decir que esta ‘persuasión’ que lograron Borges y Lovecraft de insertar en la realidad sus ficciones, es porque en sus ficciones insertaban hábilmente trozos de realidad, como son obras literarias, sucesos, personajes, lugares, que entrelazaran lo real con lo imaginado. Intención más claramente expuesta por Borges en su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius: que la ficción fuese capaz de permear la realidad, dando como resultado esto una ‘crisis de la realidad’: todo lo imaginado o soñado es real, y puede hacerse tangible, materializarse, cuando la mente ya no lo separa de lo real sino que lo asume como tal. Puede decirse que Howard Phillips Lovecraft y Jorge Luis Borges –y con más énfasis en el último– pretendieron ‘falsificar la realidad’ o demostrar que sus cimientos no son muy firmes.

Sobre esto de la ‘falsificación de la realidad’ o socavar sus cimientos, y de lo que va de Lovecraft a Borges, circula cierta anécdota –que vaya a saber Azathoth cuánto hay de cierto en ella– la cual asegura que el escritor argentino en su calidad de director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, hizo correr el rumor de que, en efecto, allí se encontraba una copia antigua del funesto Necronomicón redactado por el árabe loco Abdul Alhazred. Investigadores de temas esotéricos y ocultistas –es curiosamente contradictorio lo exhibicionistas que son muchos de estos personajes misteriosos– de todas partes llegaban a la gran ciudad austral para estudiar el gran grimorio. Se dice que incluso se encontró la ficha bibliográfica, pero el libro jamás apareció. No me extraña que dicha anécdota fuese cierta, considerando que el mismo Howard Phillips Lovecraft había ubicado en sus relatos uno de los antiguos manuscritos del libro maldito en dicha biblioteca, y que el argentino, cuyo sentido del humor sardónico le pudo haber inspirado dicha broma al terminar de leer El horror de Dunwich, haya elaborado la ficha. De todos modos, el asalto a la realidad está hecho y seguramente los dos autores se están riendo, departiendo con Italo Calvino, Kublai Khan, Marco Polo y Samuel Taylor Coleridge, en aquella ciudad de los sueños… ¿R’lyeh? Entonces aquel inmortal o longevo que especulara Borges, el cual “trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos”… ¡es Cthulu! ¡Arrg, qué terrible verdad se me ha revelado y cómo es que aún sigo escribiendo sin enloquecer, justo antes de echarme a dormir, a las 2:41 de la madrugada!

sábado, 8 de abril de 2017

¡Qué largo me lo fiáis!


De los personajes más odiosos
que la literatura estima
éste de Tirso de Molina,
el Burlador de Sevilla,
el tunante don Juan Tenorio.

Mas peor este blandengue
que no aprueba y reprende,
pero la fechoría comete;
a la osadía, el sainete,
Catalinón, servil, se somete.

¡A mi palabra quien crea!
De amores no, sí de perjurios
es arquetipo el Tenorio;
sólo por amor quiso de novio
a él la enamorada Tisbea.

Aminta por interesada
las piernas abrió en el lecho
y también es un hecho
que Isabela fue engañada
y Ana tampoco lo amaba.

De amores éste no es héroe
sino traidor de amigos
y estafador de mujeres;
sin embargo, se impuso el mito:
gran seductor y amante. ¡Ahí tienes!

No hay plazo que no se cumpla
ni deuda que no se pague;
don Juan, tu fama injusta
tal vez algún día se acabe;
pero a Tirso: ¡Salve!

Domingo José Bolívar Peralta

¡Amira!


La anécdota es de Rosa P., una muy buena amiga de letras. Cuenta Rosa, testigo presencial de los hechos, y yo lo escribo sin la gracia de su narración y omitiendo algunos detalles, que en [esa cosa que en Charran-kill-a llaman] la Catedral se oficiaría la ceremonia o misa de cenizas de la poeta o poetisa (como prefieran) Meira Delmar, algunos días después de su fallecimiento acaecido el 18 de marzo de 2.009, a los 86 años de edad, y en el transcurso la ceremonia un hombre de aspecto humilde, a la sazón borracho, gritaba como plañidera “¡Amira! ¡Amira!” El hombre no cesaba de clamar. Decía: “¡Amira, se debió morir todo el mundo menos tú! ¡Tus poemas, Amira…!” Pedía que no guardaran el cofre con las cenizas en el columbario destinado para ello, sino que dejaran la urna funeraria expuesta a la vista de todos en alguna parte. El empleado de la Catedral encargado de guardar la urna en su nicho, ubicado en la capilla Virgen de los Remedios, sección 4, osario No. 2 (entrando a la capilla, a mano izquierda, en lo más alto), casi cae de la escalera cuando el inconsolable y confundido admirador se agarró de ella y la estremeció. Con vergüenza ajena y enojo, varios de los presentes, entre ellos sobrinos de la fallecida poeta o poetisa (como gusten), varias veces, con delicadeza, trataron de hacer callar al hombre y, ante todo, hacerle caer en cuenta de que se trataba de la misa de cenizas de Meira Delmar y no de Amira de la Rosa, también conspicua escritora del terruño. Al fin, la respuesta del diletante borrachín fue que “Meira o Amira, la misma vaina”.

Tal vez la confusión del adepto, se deba a la lectura –alicorada– de aquellos versos del poema que Meira titulara Romance de Amira de la Rosa:

La que te asiste el silencio
y el decir, y la sonrisa,
y va siguiendo tu paso,
y es ella siendo tú misma

Pero este escrito, por el contrario, quiere referirse a Amira, más que a Meira.

Amira de la Rosa, por si no lo saben, es la autora de aquel himno que, en esta ciudad “ceñida de agua y madurada al sol”, cuando el Junior juega un partido crucial, se canta con más fuerza en las gradas del estadio de fútbol Roberto Meléndez (el “Metropolitano”, como metropolitana es la Catedral María Reina –sin celsitud de tal en su arquitectura–, donde reposan las cenizas de Meira [y también los restos de Amira, en la capilla 2, sección C, osario 46; al entrar, la pared de enfrente, detrás de la estatua, a la altura del hombro], y metropolitano el aeropuerto Ernesto Cortizoss, y un etcétera de metropolitanerías que a veces figuro vivir en la misma ciudad de Superman; pero sin Superman).

Pero el legado de Amira de la Rosa es mayor, aunque en su propia ciudad pocos sepan de ella y sólo asocien el nombre con el teatro municipal. A propósito, creo conveniente que en el Teatro Amira de la Rosa, en estos momentos en remodelación, reconstrucción, reforzamiento de su estructura…, ¡qué sé yo!, se instale un monumento en su honor, el cual enseñe a los visitantes algo de su obra, como el que en Cartagena hay en memoria de Luis Carlos López con su poema A mi ciudad nativa, o en Usiacurí mantiene viva la llama de Julio Flórez con su poema Ego sum. ¡Pero que no vaya a ser el ya conocido himno a la ciudad!, ¡otra obra!, ¡algo que ella misma, si viviera, pudiera leer con orgullo! Debería tenerse también un catálogo de la obra de Amira en el teatro, exhibición de textos de su autoría y libros que sobre ella versen, retratos…, y que la gente pueda leer sus escritos. Ojalá no sea esta una causa perdida.

¿A qué viene todo esto? Sencillo: soy tan ignorante de la obra de Amira de la Rosa como la gran mayoría de sus coterráneos; bueno, no tanto, gracias a la poeta o poetisa (como quieran) Fadir Delgado Acosta, quien alguna vez hizo una disertación sobre ella en desarrollo de Poetas bajo palabra, precisamente en el Teatro Municipal Amira de la Rosa. Por esto y porque acabo de leer Marsolaire, nombre que se abrió ante mí como abanico en los estantes de la Biblioteca Piloto del Caribe.

El no voluminoso volumen, ya amarillento y frágil, una sobria edición de 1.941 de la sección editorial de Talleres Gráficos Rasch, según testigos y estudiosos del aporte de Amira a la literatura, sólo tuvo un tiraje de 300 ejemplares, y fue el único libro que publicó en vida Amira. El resto de sus trabajos literarios se hallaban dispersos o inéditos. Este libro contiene una historia también muy sencilla, pero contada con una agudeza singular, en donde convergen la pulcritud lingüística de la voz narradora y uno de los personajes (Gabriel Méndez Olaya, más conocido como “don Grabié”) con el habla coloquial de las gentes humildes [voces que coinciden con mi idea de que los del Caribe hablamos como hablamos por herencia de los andaluces, y Amira, quien residió en España, en otros textos que leí luego, me persuade más de ello]. Marsolaire es presentada por los editores de esta primera aparición en libro como “novela corta”; sin embargo, hallo en ella, en especial por su inicio y la técnica para sus diálogos, a la dramaturga que también fue Amira de la Rosa. Pero la poeta… La poeta es la presencia más fuerte. Las descripciones de Amira son primorosas. Dije que el inicio nos muestra a la dramaturga, y es cierto, como tan cierto que allí la poeta hace gala de su sensibilidad, mostrándonos una casa hecha con palabras, un mosaico arreglado con tanta habilidad y delicadeza como si cada palabra fuese una piedra preciosa que por color y forma encaja a la perfección. De igual manera procede cuando nos describe el trupillo, dándole un realce, una bizarría, que dan ganas de sembrar uno en el patio y otro en el frente de la casa.

Destacan los editores de esta obra su valor histórico como vistazo a la situación de Puerto Colombia, la decadencia que sobrevino luego de que los insaciables y torpes vecinos de la gran ciudad y los... [¿esclarecidos? No, más bien] deslucidos estadistas desde la andina capital, abandonaran la infraestructura de Puerto Colombia y llevaran toda la actividad portuaria a las riberas del Magdalena. Error que aún se está pagando caro, Navelena, y el muelle se sigue cayendo, a la vista de todos, pudiendo ser aprovechado como muelle turístico, para embarcaciones de recreo…

Ajá, aunque el pueblo sea bueno, parafraseando a Simón Bolívar Palacios, si es ignorante hace de instrumento ciego de su propia destrucción. Amira nos ofrece, aparte de aquella mirada de reojo a lo que le sucedió a Puerto Colombia cuando se dejó inutilizada su función portuaria (y no pierdo de vista que esta es una obra de ficción) como a pinceladas, el espíritu de los porteños de la época, sus hombres y mujeres pobres, ingenuos y supersticiosos, trabajadores y amables.  Según Germán Vargas, quien la cita en el libro Amira de la Rosa. Prosa. Colección literaria. Volumen 27, de la Fundación Simón y Lola Guberek, primera edición, mayo de 1.988, decía Amira de Marsolaire: “Es una vivencia. Un homenaje lírico al terruño. Un cuento de amor y calor entrañables. Algo así como una acuarela de mi costa encendida.” Cada cual puede decir cuánto conserva y cuánto ha cambiado Puerto Colombia desde entonces.

Novela corta, según los responsables de la primera edición; mas Ramón Vinyes (según aparece en el libro Amira de la Rosa. Obra reunida. Volumen II. Editorial Maremágnum, 2.006. Compilación e introducción de Enrique Dávila Martínez)  refiriéndose a Marsolaire dijo de ésta que era un “esbozo de novela”, reclamando que “no debió ser el esbozo de una novela; debió ser una novela, y bien larga.” Estoy de acuerdo; el relato debió, por sus posibilidades, su potencial, penetrar aún más en los personajes y lugar en que transcurren los hechos, llenar todos los espacios a fin de enriquecer aún más la obra. Tanto como “bien larga” no, pero sí un poco más gorda. En todo caso, me acojo también a lo que dijo el “Sabio Catalán” en el mismo artículo: “Sé que es mala posición de un crítico que juzgue una obra por lo que él quiere que hubiera sido y no por lo que la obra es”; haciendo la salvedad de que no soy, en toda regla, un crítico; más bien un curioso, y quizás un fastidioso borrachín.

Marsolaire… Marsolaire, la sin padrino, es la esperanza. Y bueno, hay que decirlo, los padrinos comen y se van; mejor que Marsolaire no tenga padrino.

Domingo José Bolívar Peralta



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