Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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viernes, 23 de diciembre de 2016

La agridolce vita de los conde… nados



Sólo por sus acertadas dosis de salero y “concupiscencia carnal”, y su estupenda “banda sonora” (¡qué delicia leer después de ¡Que viva la música! otra novela igualmente musical!), he tenido para sentirme a gusto con Maracas en la ópera; cumple con ese primer requisito de mucho aprecio en autores como Jorge Luis Borges y Umberto Eco: entretener. Aún más, cumple con eso otro que Borges y Eco no dejarían jamás de lado: la provocación al intelecto.
Ramón Illán Bacca baraja a lo prestidigitador la narración sorprendiéndome cada tanto con ases guardados bajo la manga. Es como el crochet, un tejido en el que personajes y situaciones, se entrelazan con maestría. A medida que avanzaba en la lectura fue como si estuviera viendo a una señora que con sus agujas iba retorciendo las hebras, e iba tomando forma aquello que inicialmente parecía sólo un hacer nudos.
Para mí, que en muchas ocasiones el autor lograra sembrar la duda de si lo que estaba leyendo eran hechos reales que no cuenta la Historia “oficial”, chismes de reuniones sociales y esquinas de barrio, o mera invención de su imaginación, demuestra un conocimiento enorme del oficio y un talento natural, que se evidencia cuando se parlamenta con él (sin dudarlo: mucho mejor parlamento que aquél de los “honorables padres de la Patria”), porque Maracas en la ópera, aun cuando la trama, la forma en que se presenta la novela con sus divisiones, la estructura, tenga su complejidad, es una obra impregnada de esa brillante soltura que tiene Ramón como conversador.
Este contar otra historia de la Historia es como si se tratara de un deliberado acto de rebeldía del escritor que se niega a aceptar la versión de los libros escritos por historiadores de cuello almidonado, en los cuales investiga al igual que recurre a otras fuentes. Nos ofrece una mirada oblicua de la realidad, tan confabulada con la de aquel otro célebre bizco a quien en vida y muerte se le conoce con el apodo de “Tuerto” y que aparece en su novela: el poeta Luis Carlos López, aparejado de una ironía y un gracejo tal los de Ramón; “cucarachas del mismo calabazo”, como alguien me dijo una vez.
Oportuno es tomar del trabajo de Estelle Irizarry titulado Seva, de Luis López Nieves: Un clásico incalificable, las palabras que dedica a esta obra del autor puertorriqueño bajo el capítulo “Este es un rompecabezas de difícil resolución”, puesto que refleja exactamente el efecto que ha logrado, al menos en mi caso, Ramón Illán Bacca con su Maracas en la ópera. En su estudio crítico Estelle Irizarry argumenta: “[…] como rompecabezas reta al lector a comprobar su verdad o mentira, al mismo tiempo que parece refractario a toda prueba. Como ocurre a menudo con Borges, la mezcla de verdad y mentira está elaborada de modo tan genial que el lector termina siendo víctima comoquiera, si suspende toda duda y se entrega a la ficción, o si se pone a buscar datos para comprobar la mentira.” (Estelle Irizarry, Seva, de Luis López Nieves: Un clásico incalificable, Seva/Luis López Nieves, Colección Cara y Cruz, Editorial Norma, 1ª edición, 1.996).
¿Por qué Maracas en la ópera? Ajá, el título original de la novela era Bratislava, pero acertadamente se cambió por este último. Digo yo que es tan exótico como unas maracas insertas en una ópera presentada en La Scala de Milán, que un conde italiano, Amadeo Antonelli-Colonna, vástago de una rancia familia de la nobleza, protagonista de la historia europea con hechos sobresalientes y aún polémicos como la bofetada que Sciarra Colonna le zumbara al Papa Bonifacio VIII, cuando secuestraron al pontífice, por allá en el año 1.303, pues que es exótico que este conde, sin el poder político ni económico de sus antepasados y con ciertas características especiales de su personalidad (tan amante de la música como de las negras), se haya fugado de Italia con una princesa Abisinia y después de un tiempo con ésta en Panamá, donde ella muriera, terminara arrejuntándose con una mulata cartagenera (prostituta y con apenas 17 años de edad) y su vida transcurriera mayoritariamente desde entonces en el Caribe Colombiano, y que su descendencia, dos generaciones más hasta donde termina la novela, naciera y se criara aquí, en este Caribe Colombiano, gozando y sufriendo estrambóticas aventuras y todo con harta música de fondo (todos ellos apasionados por la música y las negras), en especial el aria de la ópera Escándalo en la pensión inglesa, que no es del usurpador Azalli sino del músico japonés Yukio Mizuno, apellido nipón que al parecer también retoñó en el municipio de Usiacurí, lugar a donde llegó Julio Flórez en busca de aguas medicinales y encontró el amor.
Es maravilloso cómo Ramón Illán Bacca lleva a los personajes principales, los Antonelli-Colonna, de la holgura y hasta la gran fortuna hasta las penurias económicas, una y otra vez. Cómo siempre se hallará a una mujer en el ojo de sus huracanadas vueltas y revueltas, mujeres de piel oscura: “¡Kupris! ¡Astarté! ¡Astoreth!” afrocaribeñas.
La novela tiene sus momentos pesarosos, justos y necesarios para su equilibrio, y logra mostrar las contradicciones internas de los personajes, a quienes no se les puede encasillar de manera tan simple, como sucede en las telenovelas, a unos de buenos y a otros de malos.
He oído a otros decirlo y ahora lo compruebo con esta lectura, sumada a lecturas que he hecho de artículos de prensa, notas culturales y demás de Ramón Illán Bacca: es un autor que merece mayor atención por parte de los lectores. Que no se nos haga tarde, compremos ya sus libros.



15 de diciembre de 2.016

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Es poeta


En su discurso de aceptación del premio Nobel dijo: «Muy raras veces me he expresado acerca de este tema [la poesía], casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.
El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso –o más bien principalmente– de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta –como si se tratara de algo vergonzoso–. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas.»
Es que es tan difícil para un poeta decir soy poeta porque rara vez se le creerá ni se le tomará en serio, puesto que no existen títulos académicos que gradúen de poeta, no es una profesión, y por tanto como “proyecto de vida” ya no tiene el valor suficiente como para “ser alguien”. El que llegara a sentir que no es capaz de concebir su vida sin la poesía y se quisiera dedicar con pasión a ella, deberá tener en cuenta que vivir de la escritura de versos es casi un suicidio a cuentagotas; la novela vende mucho mejor.
Es diáfana Szymborska cuando nos presenta este ejemplo: «Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como “parásito”, por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.» En efecto, demuestra el precio que ha debido pagar un poeta para ser, ante todo, poeta.
Asimismo, la poeta polaca da con otra de las claves por las cuales es tan difícil que un poeta pueda decir con propiedad soy poeta y sea tomado en serio: hay una predisposición de la gente a creer que los poetas tienen que ser unos personajes excéntricos, ensimismados todo el tiempo o como si anduvieran rodeados de una niebla. De igual manera, atinó cuando dijo lo siguiente: «La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos.» El poeta escoge ser poeta y si en verdad lo es, persistirá en sus versos, luchará una y otra vez por crear ese bello artefacto que es un poema, tal como lo hace el tornero, el panadero, el químico que ama su trabajo y brega por obtener los mejores resultados de su labor. La diferencia es que el poeta no trabaja sus poemas para ganar dinero sino para expresar lo que revolotea en su mente; el dinero, si viene como añadidura, bien recibido es, pero no es el objetivo. Y es que lo que revolotea en la mente de los poetas es de naturaleza muy diferente, como señaló Wislawa, a lo que se yergue en la mente de otro tipo de personajes a quienes «también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente». El poeta trabaja con dudas, con incertidumbres, mientras que «los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto» creen haber descubiertos verdades absolutas, piensan que con lo que ya “saben” no hay nada más que saber. En el contexto actual, estas consignas vuelven a oírse cada vez más fuerte; mas una poeta como Szymborska le ha recordado al mundo el peligro que éstas representan: «Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.»
Cuando se refirió a la inspiración, la galardonada con el Nobel de Literatura se limitó a considerar que no puede decir con exactitud que es. Y es como si el motor de la inspiración fuese esas dos palabras que la misma poeta dice valorar muchísimo: “no sé”; el motor de las «personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.» Es enfática: «También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente no sé», como los grandes científicos que están en perpetua búsqueda del saber (y nos mencionó a Isaac Newton y María Sklodowska-Curie –la famosa Marie Curie, de origen polaco, como ella)
Y remató su discurso Wislawa Szymborska atreviéndose a citar la frase “Nada hay nuevo bajo el sol” del Eclesiastés bíblico, para contradecir, con su personal visión de la realidad (la cual, como ella misma advierte, no es dogmática) que sí, que siempre hay algo nuevo, que siempre algo surge que no estaba, y el mundo no se ha terminado de hacer, y reflexiona sobre lo particular que es cada cosa en esto que conocemos como universo, por tanto ningún poeta podrá decir: «"Ya he escrito todo, no tengo nada que añadir."»

Domingo José Bolívar Peralta
13 de diciembre de 2.016

jueves, 24 de noviembre de 2016

¡Que viva, carajo!


Propongo un juego: imagínese que Andrés Caicedo no se mató el 4 de marzo de 1.977, poco después de haber salido en libro su novela ¡Que viva la música!, y que no es ahora, cuando estamos muy cerca del cuarto aniversario de la edición príncipe de esta obra y su suicidio, que se haya llevado al cine por primera vez la narración de María del Carmen Huerta, sino que el mismo Caicedo y sus amigos del “Caliwood” (Mayolo, Ospina, Romero…) la adaptaran a la gran pantalla, digamos, en los años en que una jovencita caleña, una refulgente belleza de cabello rubio ondulado un poco alborotado, iniciaba su exitosa carrera de actriz, porque yo estoy casi al ciento por ciento seguro que si Andrés Caicedo la hubiera visto habría exclamado “¡Ve, esa es La Mona!”, o algo así.
Es la primera vez que leo ¡Que viva la música! y la imagen de la “rubia, rubísima”, no de ese rubio “trigo que secó el sol y hebra desteñida” de los gringos sino de un pelo color encendido como la carne del mango maduro, es la imagen de mi Juanita Acosta de mi adolescencia. Aún no he visto completa la película de Carlos Moreno (quizá nunca lo haga), pero sí algunos fragmentos de ella, y bueno…, no es La Mona ni es Juanita Acosta (Juanita, en diminutivo, como la gran mayoría de la muchachada de la literatura y vida real de Andrecito).
Supongo que todo esto que he escrito arriba (disculpa, lector, ardía por jugar con esta parte de El libro negro de Orhan Pamuk: hacer la petición de Galip [Celâl]: “tipógrafo: si ahora estamos en lo alto de una columna escribe «abajo» y no «arriba») compete casi exclusivamente a los mayores de 30 años.
Ahora, hipotético lector, tómate al menos un minuto de pausa, suspende esta lectura e imagina, si ya leíste la novela del niño Andrecito…
Ya desahogado contigo, fantasma querido ‒si era gol de Yepes, era también el papel para Juanita‒, paso a mi experiencia como lector de ¡Que viva la música! y arandelas. Las dedicatorias, ¡ay!, muchas veces por parecerme simplonas he pensado que deberían estar en la página que sigue al punto final de lo que conforma lo esencial del libro, aquello que escrito en verso o en prosa, es su razón de ser y la de los editores para publicarlo como la de los lectores para conseguirlo. Pero esta dedicatoria, que no lo es, a Clarisolcita, antidedicatoria, es una suculenta carnada para este pez. Antidedicatoria que, efectivamente, es un puente entre la ficción y la realidad, conjuga la vida del autor con la vida de la novela. El lector gatuno indagará quién es esa Clarisolcita y cómo se relaciona con la “heroína” de la novela.
Luego los epígrafes, arma de doble filo. En algunas obras he tenido la sensación de que el escritor es una persona pedante que los utiliza con arrogancia. Da gusto encontrar, como en este caso, epígrafes cuya intención es darnos indicios del espíritu del escritor y del espíritu del libro. Diré, para seguir la “arjoniana” analogía, que el pez ya no sólo mordisquea la carnada sino que ha abierto la boca y se clavó el anzuelo en el labio.
La perdición del pez, su total entrega al pescador, viene cuando acaba de leer ese primer párrafo de la narración. ¡Carajo! ¡A lo Gran Maestro! ¡Knock out, grita el juez! Y el hechizo sigue, y sigue… El pez, dócil, está en las manos del pescador, dispuesto a vivir o a morir, pero el pescador es tan bueno que lo deja vivir en las vitalísimas aguas de ¡Que viva la música!; aguas con tanta vitalidad que el punto final es una muerte regocijada, muerte que sabemos nos acompaña con una sonrisa en los trágicos finales de personajes memorables. ¡Oh, Ricardito Miserable!, ¿acabaron tus días lobotomizado por un científico loco? Llené el cuestionario del psiquiátrico.
De todos los personajes clave (y notas, musicales) de la novela, es este Ricardito Sevilla, alias Miserable, el que más me conmovió, por dos razones: primera: por su aire melancólico, desamparado y tendencia asocial, pero muy noble; la segunda: porque se me hace que faltó ese libro, esa lectura compartida para que María del Carmen y él se besaran, se dieran cuenta, se convencieran de que estaban enamorados (bueno, me parece que Ricardito sí lo sabía, y que quizá La Mona lo intuía, pero se negaba aceptarlo por no “perder mi brillo”). Lástima, por un lado, pero por el otro está bien porque Andrecito me deja soñar con ese ¿qué tal si…? Ricardito Miserable, tan bello susurrándole Moonlight Mile, traduciendo al instante como los traductores de la ONU, ajustando la letra a su dolor; tan atento, de un lado a otro, angustiado, queriendo disculparse con cada uno de los asistentes a la fiesta del Flaco Flores por su “lamentable comportamiento”; aquel aullido y el “extraño fenómeno”, uno o dos fotogramas del reciente nuevo día que María del Carmen sintió detenidos tal vez por su “vinculación seria con el Miserable”, cosa que según ella nunca le importó, y yo digo que nunca quiso aceptar.
Perfecta pareja dispar: noche – día, desparpajada – taciturno, etcétera; ambos, sin embargo, en la misma sintonía del tormento y la insatisfacción. Fueron en verdad, como pensarían quienes los vieron subiendo agarrados de la mano al segundo piso de la casa del flaco Flores, “una historia de amor trágico”, siendo precisamente lo trágico de la historia que en ésta nunca se dio, como en el caso de los amantes Francesca y Paolo del Infierno de Dante, aquel momento que sellara la unión, la comunión, el libro u otro catalizador que propiciara el mutuo reconocimiento, filtro de amor, y deshiciera las barreras, apenas acaso telitas de telaraña por el lado del Miserable y gruesa muralla de hormigón por el lado de La Mona. La mayor miseria de Ricardito Sevilla fue amar a María del Carmen Huerta, personaje que ella, de soslayo, no deja entrever en estas memorias lo que le significó, porque aún se niega a reconocer lo que para ella ha significado.
En todo lo demás La Mona es fiel a sí misma, a lo que siente, piensa y hace; su vida dedicada por entero a la música, a la rumba brava, del rock a la salsa y del Nortecito al Sur; de niña bien a puta; pero siempre la más bailadora, la más aguantadora (salvo cuando vivía Mariángela, su yo misma tú), la más rumbera.
Termino mi atrevimiento, bendito espectro que aún sigues estas líneas, con cierto parangón que se me revuelca en el revoltijo de sesos: hace ya unos años leí El titiritero, novela del también valluno (nacido en Tuluá, oís) Gustavo Álvarez Gardeazábal, que si no estoy mal también salió a la luz en 1.977, y en ésta hay también una protagonista, “heroína”, que se llama María Victoria O’Byrne, jovencita de clase alta que desciende a las capas bajas de la sociedad y se une a ellas en las luchas juveniles de aquellos años posteriores al “Mayo del 68” francés y la “Masacre de Tlatelolco” mexicana, y sufre terriblemente el ensañamiento de la “bota militar” en un aula de la Universidad del Valle. Pues sí, algo había en esa época en Cali que dos escritores tan distintos concibieran dos personajes tan similares en ese espíritu rebelde, libertario, capaces de despojarse de los convencionalismos pendejo-burgueses y dispuestas a mandar al carajo el estatus social y el futuro que se les tenía previsto. Era una época en que la juventud anhelaba transformaciones y se enfrentaba a los patrones sociales, a la hipocresía moral y a las costumbres y tradiciones que no valía la pena conservar, reafirmando sólo aquellas dignas de “un mundo mejor”, como soñaba la canción de Los Speakers. Lástima que todo aquello se haya perdido; sólo en la última década del siglo pasado hubo un leve resurgir de aquella desazón e inconformismo, aquella actitud en la juventud se ha perdido casi que por completo en estas desagradables dos primeras décadas del siglo 21 de la world wide web  y los teléfonos móviles más inteligentes que quienes los portan. Son escasas incluso en las universidades públicas las agitadoras como Vicky O’Byrne y son escasas en las rumbas las tigresas con un discurso tan contundente como María del Carmen Huerta.
Ahora sí, termino diciendo que ¡Que viva la música! es una novela provocadora, arriesgada, a la que hay que cogerle el paso, porque si en verdad “Sufrir me tocó a mí en esta vida”, “Ponte duro” y “Agúzate”; sé la “Salt of the Earth”.

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Para Eli, quien por su pelo y su belleza me recordó a Juanita Acosta antes de leer ¡Que viva la música!; pero por bien y por mal, no es como María del Carmen.



Domingo José Bolívar Peralta
20 de noviembre de 2.016

Toda la literatura es intertextual


“Estando ambos sentados juntos penetró en el espejo el reflejo del reflejo.”
   Hüsn-ü Aşk, JEQUE GALIP

“El cuento entró en el espejo.”
   El libro negro, ORHAN PAMUK

Te amo, aún ahora que te has ido dejando una telegramática carta llena de misterio como esas novelas policíacas que te gusta leer; te amo, te amo, consumiéndome en la desesperación por tu ausencia mientras sigo pistas que me lleven a ti para poder besarte que te amo, como nunca siempre te he amado.

-- O --

“He hecho de tu persona un espejo de la mía.”
La oportunidad de la salvación, SÜLEIMAN ÇELEBI

“No soy un enfermo mental, sólo soy un lector fiel.”
    El libro negro, ORHAN PAMUK

Todos los espejos, las cajas chinas, los rostros superpuestos y el azar de la causalidad, conducen al conocimiento del misterio del tejido que es la realidad, el sueño que es la vida. Sólo eso: el conocimiento del misterio, pero no sus entrañas.
Cuando terminas el libro, si estás en esa búsqueda, sabes que abriste una puerta que conduce a otras puertas que se suceden hasta llegar a ti mismo; que tienes que atravesar el jardín de tu memoria. Porque el fondo de esta novela, El libro negro, escrita por Orhan Pamuk, es la identidad, pensando esta palabra como el reconocimiento de la propia sustancia y accidentes que nos diferencian de los demás, mas también en todo aquello que nos lleva a reconocernos semejantes a otros, porque la personalidad de cada quien, su yo, está hecha de lo que por naturaleza le fue transmitido en el misterio de los genes, y de todo lo que absorbió y asumió para consolidarse, que también es un misterio porque se trata de elegir entre innumerables opciones.
Cuando Galip (Celâl) le dice a Emine «Se lo ruego, olvidemos cuanto antes este error de imprenta», mágicamente se abre una puerta y en el jardín de mi memoria lo primero que veo es ese bello árbol, La insoportable levedad del ser, sembrado ahí por el checo Milan Kundera, a quien conocí a través de ese libro gracias a otros en los que puedo reflejarme como lector. Si el hurufismo dice que todo lo creado es originado por las letras, Kundera me enseñaría que la vida se escribe sin posibilidad de ser corregida en una segunda edición; sólo somos el borrador de un texto; como los Buendía de Gabito, no tiene “segunda oportunidad sobre la tierra”. Pero este misterio de los espejos, las cajas chinas, los rostros superpuestos, ¿qué significan? Tal vez un eterno retorno sin que sea éste un círculo perfecto sino una espiral.
Ya que el Universo, la realidad, tiene su punto de partida en las letras, quien conoce del poder creador de las letras es un dios. El escritor de un poema es antes el lector de un poema; lo ha leído en las piedras, en las nubes, en las olas, en los gatos, en los grillos, en las sardinas enlatadas, en los rostros de sus vecinos y actores en el cine, en la mirada de su amante y en los libros que escribieron otros lectores que aprendieron a leer las letras y los significados que hay detrás de las apariencias, de las superficies, es decir, los significados más profundos. Cuando este lector que ha aprendido a leer tales significados, esto que está escrito en todo, se decide a tomar el lápiz, la pluma, el esfero, el teclado, y escribe un poema, está creando un universo que es, como él, uno en sí mismo; sin embargo, este nuevo universo que es su poema tiene su origen en todo lo que ha leído, y por eso otro lector que lea su poema tendrá la sensación de encontrarse con otro juego de espejos, cajas chinas, rostros superpuestos, y se maravillará ante el azar de la causalidad, y dirá, como Emine, con devoción al escritor, «tú, que todo puedes escribirlo».
Como el Universo, la realidad y los sueños son producto de las letras, ha de entenderse que “todo está escrito” y se sigue escribiendo en el espacio-tiempo-materia-energía, y sólo basta que dos personas fijen su mirada en las letras, las observen, y podrían leer lo mismo; escribirán, si deciden ser dioses, sobre aquello que leyeron, y no es raro que se dé el caso de que estas dos personas que para la historia podrían haber ocupado lugar y tiempo diferentes, al ser leídas por una tercera persona distanciada geográfica e históricamente, se les encuentre afines, se identifiquen la una con la otra. Se abre aquí otra puerta de mi jardín de la memoria que me conduce a las figuras (o mejor, las letras) de Jorge Luis Borges, Samuel Taylor Coleridge, Giovanni Papini, Marco Polo y Kublai Kan, quienes como si poseyeran el mismo atrapasueños, escribieron y fueron escritos sobre un mismo sueño. «Lo que quería explicarte es sólo la sensación de que pensábamos juntos la misma cosa».

Amigo Imago 

amigo, yo 
yo soy tú 
regurgitado, abstracto y desnudo 
Leonidas Castillo 


Amigo 
Imago, 
observo que me observas 
y me observo en ti, 
espejo  
que mis ojos han pulido y enmarcado, 
espejo 
que mis manos nunca han empañado. 

Ríes tú tan como yo lloro 
y tu fruncido ceño es la dilatación de mi sonrisa. 

¡Ah,  
Amigo 
Imago! 

Mi cabello es ahora corto 
pero aún rizado; 
sin embargo, 
tus ojos no me ven distinto 
ni distinguen entre el yo que lo ha cortado 
y el yo que se ha cortado, 
y yo te miro y me doy cuenta 
de que en verdad no ha habido cambio alguno, 
salvo el imperceptible cambio que repta en cada uno. 
Siempre el mismo, 
El mismo mutante en uno solo diversificado; 
el mismo tú en el espejo modificado. 

Te he escogido porque me elegiste 
y contigo sigo porque somos uno. 

Somos uno, 
uno 
que en dos se ha dividido, 
dos que en uno se han soldado. 
Cuatro ojos de dos en dos multiplicados. 
Somos varios,  
incontables, 
repetidos, 
irrepetibles, 
unificados. 

Soy tú quien eres yo, 
Amigo 
Imago.

Domingo José Bolívar Peralta
7 de noviembre de 2.016

lunes, 10 de octubre de 2016

Luces del Caribe



A pesar de que La tejedora de coronas, que había leído meses antes, se afantasmara en la memoria mientras avanzaba en la lectura de El siglo de las luces, por las peripecias que estas novelas cuentan teniendo ambas como marcos geográficos principales el Caribe y Francia, por el protagonismo de mujeres que conocemos desde su adolescencia, dueñas de un carácter voluntarioso y con ideales románticos y revolucionarios (Genoveva y Sofía), porque la prosa de ambos autores en estas obras es minuciosa y abundante en sus descripciones, con largas digresiones, diálogos cargados de citas y referencias históricas, lenguaje un poco rebuscado (quizá debido a la misma época en que los autores las ubican) y la gran demostración de erudición que despliegan, pero con tanto tino que nunca llegan a ser tediosas u odiosas, Germán Espinoza, cartagenero, autor de la primera nombrada (concebida y publicada décadas después de la otra), diría de Alejo Carpentier, cubano, autor de la segunda: “Carpentier no está entre mis gustos, su estilo me parece sumamente acartonado, pesado.”[1] Tal vez Espinoza tuvo que responder muchas veces a preguntas sobre la posible influencia que el cubano (caribeño) Carpentier, como escritor, ejerciera en el escritor cartagenero (caribeño),  y esta declaración que he entrecomillado se deba a que estaba harto de verse comparado con el escritor de “lo real maravilloso”. Habrá que preguntarle a Ariel Castillo. Por ahora, ya no le jodo más la existencia (la existencia prolongada de los buenos escritores, que va más allá de sus vidas biológicas) a Germán Espinoza. Asaltemos (ustedes, mis anhelados lectores, y yo), al desbocaire, como corsarios de La Guadalupe, la nave de El siglo de las luces.
Al principio, sentí difícil la lectura. Ese hablar elusivo de aquella cosa que va en la proa de un barco con rumbo a una isla del Caribe, es como una extensa adivinanza, y aunque descubrí el objeto misterioso, seguí más perdido que el hijo de Lindberg (y ahora reflexiono sobre lo malévolo que es usar esta frase de manera tan frívola; lo que debió haber sufrido el aviador…). Recordé, entonces, a Umberto Eco que en su Apostillas a El nombre de la rosa nos dice, si no estoy mal, que la primera centena de páginas de su novela monástica-policíaca son el reto del autor a los lectores, suponiendo que el lector facilista abandonaría el libro privándose del deleite de lo que el resto de páginas depara, algo así como el candado que debe ser roto para abrir el cofre del tesoro. Pues sí, tanto Umberto como Alejo obran como la Naturaleza, los dioses o yo qué sé; estos libros exigen del lector un esfuerzo como la vida misma exige que para lograr lo anhelado se trabaje duro por ello, en la misma tónica del no hay placer sin dolor ni amor sin sufrimiento...
Ya superadas esas arduas primeras páginas, nos ubicamos en las vidas de tres jóvenes, apenas despuntando de la infancia, huérfanos y ricos, dueños de una casa señorial, una finca y una casa de comercio. Sofía y Carlos, hermanos, y Esteban, primo de los otros dos, criado con ellos. Se divierte uno jugando con esta muchachada que encuentra la libertad (muerto el adusto padre y tío, descargada Sofía del internado de monjas) entre los muros del caserón y de la tienda, aislados voluntariamente del contacto directo con otros seres humanos aparte de sus dos sirvientes negros y un albacea que administra la herencia familiar y de vez en cuando los visita, pero manteniendo contacto con el mundo a través de libros, instrumentos científicos, obras de arte y demás caprichos que encargan al protector de sus bienes (que más tarde se revelará que es un saqueador de lo que debía cuidar). A estos tres se suma un cuarto personaje y todo cambiará: Víctor Hugues. Este comerciante (contrabandista de sedas, entre otras actividades) francés llega una noche a la casa, con el pretexto de tratar asuntos de negocios con el patriarca, no sabiendo que ya hace tiempo su carne se había convertido en mero alimento de gusanos; así, el treintañero Hugues irrumpe en la plácida “anormalidad” que los tres adolescentes se habían forjado durante meses, conquistándolos con su desenfado, sus anécdotas, sus saberes, integrándose al mundo de ensueños y ansias de los dueños de casa. Es aquí donde la novela coge su verdadero rumbo, a partir de una equivocación, de una visita extemporánea.
El aleteo de una mariposa al otro lado del mundo puede ser el origen de un huracán en su isla del Caribe; los tres jóvenes que se mantenían al margen de la sociedad habanera serán zarandeados por las convulsiones al otro lado de la mar océano que marcarán sus vidas. Entra otro personaje en la novela, Ogé, amigo de Hugues, otro accidente, otra cifra del azar-destino, y vienen dos éxodos: el primero, la huida de la casa familiar; el segundo, la huida de Haití. La Revolución, entra en sus vidas, ellos entran en la Historia. La historia de los historiadores nos dice que Víctor Hugues es un personaje histórico, agente de la Revolución Francesa en costas caribeñas; el novelista lo sabe y lo utiliza para crear su historia. A partir de estos peregrinajes El siglo de las luces se instala del todo en el Siglo de las Luces. La Literatura y la Historia se abrazan. La objetividad del historiador da paso ahora a la subjetividad del literato, quien con su entendimiento e imaginación y haciendo uso de las herramientas de su arte, rellena los espacios en blanco, localiza y ubica piezas del rompecabezas humano, trata de comprender los luceros espirituales de este mundo historial.
Carpentier cumple aquello que dijo Picasso que es el Arte: una mentira que nos acerca a la verdad. La lírica de su prosa le sirve de lámpara que a su paso va iluminando zonas oscuras de la Liberté, Equalité et Fraternité. Pensar que un ideal noble puede ser llevado a extremismos contradictorios y odiosos, que en la práctica de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad se pueda ir en contra de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Libertad: sometida a nuestros mandatos. Igualdad: pero “unos somos más iguales que otros”, como en la Granja animal de George Orwell, o todos igualados por lo bajo, como en la Barra siniestra de Vladimir Nabokov. Fraternidad: donde unos son Abel y otros son Caín, unos son Isaac y otros son Ismael, unos son Jacob y otros son Esaú, unos son Thor y otros son Loki, unos son Atahualpa y otros son Huáscar, unos son Emilianito y otros son Poncho. Un botón: “Sabedor de que numerosos negros, en la comarca de las Abysses, se negaban a trabajar en el cultivo de fincas expropiadas, alegando que eran hombres libres, Víctor Hugues hizo apresar a los más díscolos, condenándolos a la guillotina.” Los negros pasaron de ser esclavos de los latifundistas a esclavos de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Mientras Esteban y Víctor llegan a Europa y se empapan de la Revolución, actuando en el teatro principal de los hechos y siendo enviado luego Esteban a la frontera con España, pasando más tarde ambos al Caribe, a la isla de La Guadalupe y después a la Guayana Francesa, Carlos y Sofía quedan en Cuba, poniéndose al día de cuanto sucede en Francia, adquiriendo de contrabando textos referentes a la agitación allende los mares y enterándose de la llegada de la Revolución al vecindario, fundan su clandestina logia prorrevolucionaria e intentan tibiamente introducir en La Habana, con el sigilo de conspiradores que son, aquellas ideas subversivas. Años en los que Sofía y Carlos (y un esposo de Sofía sin mucha importancia en la narración salvo para remarcar el carácter de la mujer) llenan sus espíritus de esa parte romántica de la Revolución Francesa de los ideales nobles, sin desconocer los excesos y contradicciones de los grupos que se turnan en el poder; años en los que Víctor sufre las metamorfosis de hombre afable a hosco fanático de “El Incorruptible” Robespierre y despreciable “animal político”; años en los que Esteban, conociendo de primera mano tales excesos y contradicciones por cuenta de Hugues principalmente, deja de ser el joven entusiasta de los nuevos aires y lo que inhala y exhala es pura decepción y desencanto, siendo el personaje que se nos muestra más introspectivo, a mi parecer, y el cual resumo en estas líneas del mismo autor del libro: “En aquellos últimos años, Esteban había asistido al desarrollo, en sí mismo, de una propensión crítica —enojosa, a veces, por cuanto le vedaba el goce de ciertos entusiasmos inmediatos, compartidos por los más— que se negaba a dejarse llevar por un criterio generalizado”. “Soy un discutidor […] Pero discutidor conmigo mismo, que es peor”
A pesar de ser un discutidor, el problema de Esteban es que le faltaba cojones para soltar amarras; sus intenciones y deseos siempre estaban supeditados a una orden, a una autorización. Hacía lo que tenía que hacer, aunque no estuviera de acuerdo, no le gustara. Sólo al final, por amor a Sofía, se ve sacando uñas. Víctor hacía lo que tenía que hacer, porque estaba convencido de que debía hacerlo y le gustaba (no hay droga más adictiva que el poder). En cuanto a Sofía, siempre tuvo ansias de libertad, esa palabra le embriagaba, precisamente porque odiaba la severidad de su padre, por ser ella la que padeció el internado y las secuelas de la castísima educación de las monjas, porque era una mujer entre hombres, porque Víctor se fue a hacer su vida y ella tuvo que casarse con un buen hombre y representar el papel de esposa satisfecha sin estar satisfecha. Intangibles, inciertos lectores, discúlpenme si la comparación les parece desafortunada, pero no dejo de pensar que Sofía tiene cierto cariz…, cierta semejanza (aparte de Genoveva Alcocer) a Emma, la desdichada, adúltera, suicida y pasional esposa del doctor Bovary (¡ay, Emma, ser recordada como la esposa desdichada, adúltera, suicida y pasional del insípido Charles Bovary!). Esta idea se sostiene en mi perturbado cerebro al repasar el final de una y otra. Sofía va al encuentro de Víctor (su primer hombre, el que años atrás en la casa familiar le hizo saber que ya era una mujer, a más señas deseable, siendo que ella se veía aún como una niña: “La habían visto como Mujer, cuando no podía verse a sí misma como Mujer —imaginar que los demás le concediesen categoría de Mujer. «Soy una Mujer», murmuraba, ofendida y como agobiada por una carga enorme puesta sobre sus hombros, mirándose en el espejo como quien mira a otro, inconforme, vejada por alguna fatalidad, hallándose larga y desgarbada, sin poderes, con esas caderas demasiado estrechas, los brazos flacos y aquella asimetría de pechos que, por vez primera, la tenía enojada con su propio contorno. El mundo estaba poblado de peligros. Salía de un tránsito sin riesgos para acceder a otro, el de las pruebas y las comparaciones de cada cual entre su imagen real y la reflejada, que no se recorrería sin desgarramientos ni vértigos…”), el Víctor de sus recuerdos y el “Hombre de la Revolución”; se decepciona de él, lo abandona, y tiempo después, en España, encuentra de nuevo una razón para gritar ¡hay que hacer algo!, y sale a hacer algo, como salía Emma al encuentro de sus amantes. Carlos, pobrecito, el que quería ser músico; a Carlos le tocó ser el menos aventurero. Quizá Carpentier hubiese querido darle a Carlos más protagonismo, pero la novela cogió su rumbo, siempre alguien debía quedarse en casa, cuidar del comercio y sólo él era el indicado para rastrear, al final de las páginas, las huellas de su hermana y su primo. Los tres huérfanos fantasiosos y aquel simpático comerciante francés, devorados por la vorágine del Siglo de las Luces.

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No quiero terminar este parapeto sin mencionar, aunque sea de pasada, la maravillosa (no sé qué tan real, pero muy maravillosa sí) leyenda que cuenta Carpentier sobre los Caribes, que tras varias generaciones remontando la selva, con ahínco, enfrentándose a otras tribus, por fin llegan a las costas del mar y se toman su tiempo para aprender a deslizarse sobre las olas de ese gran charco salado. Como dando saltos van de una isla a otra, y justo cuando llegan a una muy grande y creen que esta será la última, que por fin están cerca de la costa que anhelan, la de aquella rica y sabia nación del norte, aquel imperio del que oyeron hablar sus antecesores, tierra de artesanos de curiosos y sofisticados objetos que llegaron a sus manos, ¡aparecen estos malditos hombres pálidos y barbudos, y frustran una empresa trazada tiempos atrás por sus ancestros!



[1] Germán Espinosa, un poeta que novela la historia. Ariel Castillo Mier. Aguaita. Diciembre 2.007 — junio 2.008