Para ver y oír, oír sin ver o ver sin oír

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lunes, 10 de octubre de 2016

Luces del Caribe



A pesar de que La tejedora de coronas, que había leído meses antes, se afantasmara en la memoria mientras avanzaba en la lectura de El siglo de las luces, por las peripecias que estas novelas cuentan teniendo ambas como marcos geográficos principales el Caribe y Francia, por el protagonismo de mujeres que conocemos desde su adolescencia, dueñas de un carácter voluntarioso y con ideales románticos y revolucionarios (Genoveva y Sofía), porque la prosa de ambos autores en estas obras es minuciosa y abundante en sus descripciones, con largas digresiones, diálogos cargados de citas y referencias históricas, lenguaje un poco rebuscado (quizá debido a la misma época en que los autores las ubican) y la gran demostración de erudición que despliegan, pero con tanto tino que nunca llegan a ser tediosas u odiosas, Germán Espinoza, cartagenero, autor de la primera nombrada (concebida y publicada décadas después de la otra), diría de Alejo Carpentier, cubano, autor de la segunda: “Carpentier no está entre mis gustos, su estilo me parece sumamente acartonado, pesado.”[1] Tal vez Espinoza tuvo que responder muchas veces a preguntas sobre la posible influencia que el cubano (caribeño) Carpentier, como escritor, ejerciera en el escritor cartagenero (caribeño),  y esta declaración que he entrecomillado se deba a que estaba harto de verse comparado con el escritor de “lo real maravilloso”. Habrá que preguntarle a Ariel Castillo. Por ahora, ya no le jodo más la existencia (la existencia prolongada de los buenos escritores, que va más allá de sus vidas biológicas) a Germán Espinoza. Asaltemos (ustedes, mis anhelados lectores, y yo), al desbocaire, como corsarios de La Guadalupe, la nave de El siglo de las luces.
Al principio, sentí difícil la lectura. Ese hablar elusivo de aquella cosa que va en la proa de un barco con rumbo a una isla del Caribe, es como una extensa adivinanza, y aunque descubrí el objeto misterioso, seguí más perdido que el hijo de Lindberg (y ahora reflexiono sobre lo malévolo que es usar esta frase de manera tan frívola; lo que debió haber sufrido el aviador…). Recordé, entonces, a Umberto Eco que en su Apostillas a El nombre de la rosa nos dice, si no estoy mal, que la primera centena de páginas de su novela monástica-policíaca son el reto del autor a los lectores, suponiendo que el lector facilista abandonaría el libro privándose del deleite de lo que el resto de páginas depara, algo así como el candado que debe ser roto para abrir el cofre del tesoro. Pues sí, tanto Umberto como Alejo obran como la Naturaleza, los dioses o yo qué sé; estos libros exigen del lector un esfuerzo como la vida misma exige que para lograr lo anhelado se trabaje duro por ello, en la misma tónica del no hay placer sin dolor ni amor sin sufrimiento...
Ya superadas esas arduas primeras páginas, nos ubicamos en las vidas de tres jóvenes, apenas despuntando de la infancia, huérfanos y ricos, dueños de una casa señorial, una finca y una casa de comercio. Sofía y Carlos, hermanos, y Esteban, primo de los otros dos, criado con ellos. Se divierte uno jugando con esta muchachada que encuentra la libertad (muerto el adusto padre y tío, descargada Sofía del internado de monjas) entre los muros del caserón y de la tienda, aislados voluntariamente del contacto directo con otros seres humanos aparte de sus dos sirvientes negros y un albacea que administra la herencia familiar y de vez en cuando los visita, pero manteniendo contacto con el mundo a través de libros, instrumentos científicos, obras de arte y demás caprichos que encargan al protector de sus bienes (que más tarde se revelará que es un saqueador de lo que debía cuidar). A estos tres se suma un cuarto personaje y todo cambiará: Víctor Hugues. Este comerciante (contrabandista de sedas, entre otras actividades) francés llega una noche a la casa, con el pretexto de tratar asuntos de negocios con el patriarca, no sabiendo que ya hace tiempo su carne se había convertido en mero alimento de gusanos; así, el treintañero Hugues irrumpe en la plácida “anormalidad” que los tres adolescentes se habían forjado durante meses, conquistándolos con su desenfado, sus anécdotas, sus saberes, integrándose al mundo de ensueños y ansias de los dueños de casa. Es aquí donde la novela coge su verdadero rumbo, a partir de una equivocación, de una visita extemporánea.
El aleteo de una mariposa al otro lado del mundo puede ser el origen de un huracán en su isla del Caribe; los tres jóvenes que se mantenían al margen de la sociedad habanera serán zarandeados por las convulsiones al otro lado de la mar océano que marcarán sus vidas. Entra otro personaje en la novela, Ogé, amigo de Hugues, otro accidente, otra cifra del azar-destino, y vienen dos éxodos: el primero, la huida de la casa familiar; el segundo, la huida de Haití. La Revolución, entra en sus vidas, ellos entran en la Historia. La historia de los historiadores nos dice que Víctor Hugues es un personaje histórico, agente de la Revolución Francesa en costas caribeñas; el novelista lo sabe y lo utiliza para crear su historia. A partir de estos peregrinajes El siglo de las luces se instala del todo en el Siglo de las Luces. La Literatura y la Historia se abrazan. La objetividad del historiador da paso ahora a la subjetividad del literato, quien con su entendimiento e imaginación y haciendo uso de las herramientas de su arte, rellena los espacios en blanco, localiza y ubica piezas del rompecabezas humano, trata de comprender los luceros espirituales de este mundo historial.
Carpentier cumple aquello que dijo Picasso que es el Arte: una mentira que nos acerca a la verdad. La lírica de su prosa le sirve de lámpara que a su paso va iluminando zonas oscuras de la Liberté, Equalité et Fraternité. Pensar que un ideal noble puede ser llevado a extremismos contradictorios y odiosos, que en la práctica de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad se pueda ir en contra de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Libertad: sometida a nuestros mandatos. Igualdad: pero “unos somos más iguales que otros”, como en la Granja animal de George Orwell, o todos igualados por lo bajo, como en la Barra siniestra de Vladimir Nabokov. Fraternidad: donde unos son Abel y otros son Caín, unos son Isaac y otros son Ismael, unos son Jacob y otros son Esaú, unos son Thor y otros son Loki, unos son Atahualpa y otros son Huáscar, unos son Emilianito y otros son Poncho. Un botón: “Sabedor de que numerosos negros, en la comarca de las Abysses, se negaban a trabajar en el cultivo de fincas expropiadas, alegando que eran hombres libres, Víctor Hugues hizo apresar a los más díscolos, condenándolos a la guillotina.” Los negros pasaron de ser esclavos de los latifundistas a esclavos de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Mientras Esteban y Víctor llegan a Europa y se empapan de la Revolución, actuando en el teatro principal de los hechos y siendo enviado luego Esteban a la frontera con España, pasando más tarde ambos al Caribe, a la isla de La Guadalupe y después a la Guayana Francesa, Carlos y Sofía quedan en Cuba, poniéndose al día de cuanto sucede en Francia, adquiriendo de contrabando textos referentes a la agitación allende los mares y enterándose de la llegada de la Revolución al vecindario, fundan su clandestina logia prorrevolucionaria e intentan tibiamente introducir en La Habana, con el sigilo de conspiradores que son, aquellas ideas subversivas. Años en los que Sofía y Carlos (y un esposo de Sofía sin mucha importancia en la narración salvo para remarcar el carácter de la mujer) llenan sus espíritus de esa parte romántica de la Revolución Francesa de los ideales nobles, sin desconocer los excesos y contradicciones de los grupos que se turnan en el poder; años en los que Víctor sufre las metamorfosis de hombre afable a hosco fanático de “El Incorruptible” Robespierre y despreciable “animal político”; años en los que Esteban, conociendo de primera mano tales excesos y contradicciones por cuenta de Hugues principalmente, deja de ser el joven entusiasta de los nuevos aires y lo que inhala y exhala es pura decepción y desencanto, siendo el personaje que se nos muestra más introspectivo, a mi parecer, y el cual resumo en estas líneas del mismo autor del libro: “En aquellos últimos años, Esteban había asistido al desarrollo, en sí mismo, de una propensión crítica —enojosa, a veces, por cuanto le vedaba el goce de ciertos entusiasmos inmediatos, compartidos por los más— que se negaba a dejarse llevar por un criterio generalizado”. “Soy un discutidor […] Pero discutidor conmigo mismo, que es peor”
A pesar de ser un discutidor, el problema de Esteban es que le faltaba cojones para soltar amarras; sus intenciones y deseos siempre estaban supeditados a una orden, a una autorización. Hacía lo que tenía que hacer, aunque no estuviera de acuerdo, no le gustara. Sólo al final, por amor a Sofía, se ve sacando uñas. Víctor hacía lo que tenía que hacer, porque estaba convencido de que debía hacerlo y le gustaba (no hay droga más adictiva que el poder). En cuanto a Sofía, siempre tuvo ansias de libertad, esa palabra le embriagaba, precisamente porque odiaba la severidad de su padre, por ser ella la que padeció el internado y las secuelas de la castísima educación de las monjas, porque era una mujer entre hombres, porque Víctor se fue a hacer su vida y ella tuvo que casarse con un buen hombre y representar el papel de esposa satisfecha sin estar satisfecha. Intangibles, inciertos lectores, discúlpenme si la comparación les parece desafortunada, pero no dejo de pensar que Sofía tiene cierto cariz…, cierta semejanza (aparte de Genoveva Alcocer) a Emma, la desdichada, adúltera, suicida y pasional esposa del doctor Bovary (¡ay, Emma, ser recordada como la esposa desdichada, adúltera, suicida y pasional del insípido Charles Bovary!). Esta idea se sostiene en mi perturbado cerebro al repasar el final de una y otra. Sofía va al encuentro de Víctor (su primer hombre, el que años atrás en la casa familiar le hizo saber que ya era una mujer, a más señas deseable, siendo que ella se veía aún como una niña: “La habían visto como Mujer, cuando no podía verse a sí misma como Mujer —imaginar que los demás le concediesen categoría de Mujer. «Soy una Mujer», murmuraba, ofendida y como agobiada por una carga enorme puesta sobre sus hombros, mirándose en el espejo como quien mira a otro, inconforme, vejada por alguna fatalidad, hallándose larga y desgarbada, sin poderes, con esas caderas demasiado estrechas, los brazos flacos y aquella asimetría de pechos que, por vez primera, la tenía enojada con su propio contorno. El mundo estaba poblado de peligros. Salía de un tránsito sin riesgos para acceder a otro, el de las pruebas y las comparaciones de cada cual entre su imagen real y la reflejada, que no se recorrería sin desgarramientos ni vértigos…”), el Víctor de sus recuerdos y el “Hombre de la Revolución”; se decepciona de él, lo abandona, y tiempo después, en España, encuentra de nuevo una razón para gritar ¡hay que hacer algo!, y sale a hacer algo, como salía Emma al encuentro de sus amantes. Carlos, pobrecito, el que quería ser músico; a Carlos le tocó ser el menos aventurero. Quizá Carpentier hubiese querido darle a Carlos más protagonismo, pero la novela cogió su rumbo, siempre alguien debía quedarse en casa, cuidar del comercio y sólo él era el indicado para rastrear, al final de las páginas, las huellas de su hermana y su primo. Los tres huérfanos fantasiosos y aquel simpático comerciante francés, devorados por la vorágine del Siglo de las Luces.

--O—

No quiero terminar este parapeto sin mencionar, aunque sea de pasada, la maravillosa (no sé qué tan real, pero muy maravillosa sí) leyenda que cuenta Carpentier sobre los Caribes, que tras varias generaciones remontando la selva, con ahínco, enfrentándose a otras tribus, por fin llegan a las costas del mar y se toman su tiempo para aprender a deslizarse sobre las olas de ese gran charco salado. Como dando saltos van de una isla a otra, y justo cuando llegan a una muy grande y creen que esta será la última, que por fin están cerca de la costa que anhelan, la de aquella rica y sabia nación del norte, aquel imperio del que oyeron hablar sus antecesores, tierra de artesanos de curiosos y sofisticados objetos que llegaron a sus manos, ¡aparecen estos malditos hombres pálidos y barbudos, y frustran una empresa trazada tiempos atrás por sus ancestros!



[1] Germán Espinosa, un poeta que novela la historia. Ariel Castillo Mier. Aguaita. Diciembre 2.007 — junio 2.008