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sábado, 8 de abril de 2017

¡Amira!


La anécdota es de Rosa P., una muy buena amiga de letras. Cuenta Rosa, testigo presencial de los hechos, y yo lo escribo sin la gracia de su narración y omitiendo algunos detalles, que en [esa cosa que en Charran-kill-a llaman] la Catedral se oficiaría la ceremonia o misa de cenizas de la poeta o poetisa (como prefieran) Meira Delmar, algunos días después de su fallecimiento acaecido el 18 de marzo de 2.009, a los 86 años de edad, y en el transcurso la ceremonia un hombre de aspecto humilde, a la sazón borracho, gritaba como plañidera “¡Amira! ¡Amira!” El hombre no cesaba de clamar. Decía: “¡Amira, se debió morir todo el mundo menos tú! ¡Tus poemas, Amira…!” Pedía que no guardaran el cofre con las cenizas en el columbario destinado para ello, sino que dejaran la urna funeraria expuesta a la vista de todos en alguna parte. El empleado de la Catedral encargado de guardar la urna en su nicho, ubicado en la capilla Virgen de los Remedios, sección 4, osario No. 2 (entrando a la capilla, a mano izquierda, en lo más alto), casi cae de la escalera cuando el inconsolable y confundido admirador se agarró de ella y la estremeció. Con vergüenza ajena y enojo, varios de los presentes, entre ellos sobrinos de la fallecida poeta o poetisa (como gusten), varias veces, con delicadeza, trataron de hacer callar al hombre y, ante todo, hacerle caer en cuenta de que se trataba de la misa de cenizas de Meira Delmar y no de Amira de la Rosa, también conspicua escritora del terruño. Al fin, la respuesta del diletante borrachín fue que “Meira o Amira, la misma vaina”.

Tal vez la confusión del adepto, se deba a la lectura –alicorada– de aquellos versos del poema que Meira titulara Romance de Amira de la Rosa:

La que te asiste el silencio
y el decir, y la sonrisa,
y va siguiendo tu paso,
y es ella siendo tú misma

Pero este escrito, por el contrario, quiere referirse a Amira, más que a Meira.

Amira de la Rosa, por si no lo saben, es la autora de aquel himno que, en esta ciudad “ceñida de agua y madurada al sol”, cuando el Junior juega un partido crucial, se canta con más fuerza en las gradas del estadio de fútbol Roberto Meléndez (el “Metropolitano”, como metropolitana es la Catedral María Reina –sin celsitud de tal en su arquitectura–, donde reposan las cenizas de Meira [y también los restos de Amira, en la capilla 2, sección C, osario 46; al entrar, la pared de enfrente, detrás de la estatua, a la altura del hombro], y metropolitano el aeropuerto Ernesto Cortizoss, y un etcétera de metropolitanerías que a veces figuro vivir en la misma ciudad de Superman; pero sin Superman).

Pero el legado de Amira de la Rosa es mayor, aunque en su propia ciudad pocos sepan de ella y sólo asocien el nombre con el teatro municipal. A propósito, creo conveniente que en el Teatro Amira de la Rosa, en estos momentos en remodelación, reconstrucción, reforzamiento de su estructura…, ¡qué sé yo!, se instale un monumento en su honor, el cual enseñe a los visitantes algo de su obra, como el que en Cartagena hay en memoria de Luis Carlos López con su poema A mi ciudad nativa, o en Usiacurí mantiene viva la llama de Julio Flórez con su poema Ego sum. ¡Pero que no vaya a ser el ya conocido himno a la ciudad!, ¡otra obra!, ¡algo que ella misma, si viviera, pudiera leer con orgullo! Debería tenerse también un catálogo de la obra de Amira en el teatro, exhibición de textos de su autoría y libros que sobre ella versen, retratos…, y que la gente pueda leer sus escritos. Ojalá no sea esta una causa perdida.

¿A qué viene todo esto? Sencillo: soy tan ignorante de la obra de Amira de la Rosa como la gran mayoría de sus coterráneos; bueno, no tanto, gracias a la poeta o poetisa (como quieran) Fadir Delgado Acosta, quien alguna vez hizo una disertación sobre ella en desarrollo de Poetas bajo palabra, precisamente en el Teatro Municipal Amira de la Rosa. Por esto y porque acabo de leer Marsolaire, nombre que se abrió ante mí como abanico en los estantes de la Biblioteca Piloto del Caribe.

El no voluminoso volumen, ya amarillento y frágil, una sobria edición de 1.941 de la sección editorial de Talleres Gráficos Rasch, según testigos y estudiosos del aporte de Amira a la literatura, sólo tuvo un tiraje de 300 ejemplares, y fue el único libro que publicó en vida Amira. El resto de sus trabajos literarios se hallaban dispersos o inéditos. Este libro contiene una historia también muy sencilla, pero contada con una agudeza singular, en donde convergen la pulcritud lingüística de la voz narradora y uno de los personajes (Gabriel Méndez Olaya, más conocido como “don Grabié”) con el habla coloquial de las gentes humildes [voces que coinciden con mi idea de que los del Caribe hablamos como hablamos por herencia de los andaluces, y Amira, quien residió en España, en otros textos que leí luego, me persuade más de ello]. Marsolaire es presentada por los editores de esta primera aparición en libro como “novela corta”; sin embargo, hallo en ella, en especial por su inicio y la técnica para sus diálogos, a la dramaturga que también fue Amira de la Rosa. Pero la poeta… La poeta es la presencia más fuerte. Las descripciones de Amira son primorosas. Dije que el inicio nos muestra a la dramaturga, y es cierto, como tan cierto que allí la poeta hace gala de su sensibilidad, mostrándonos una casa hecha con palabras, un mosaico arreglado con tanta habilidad y delicadeza como si cada palabra fuese una piedra preciosa que por color y forma encaja a la perfección. De igual manera procede cuando nos describe el trupillo, dándole un realce, una bizarría, que dan ganas de sembrar uno en el patio y otro en el frente de la casa.

Destacan los editores de esta obra su valor histórico como vistazo a la situación de Puerto Colombia, la decadencia que sobrevino luego de que los insaciables y torpes vecinos de la gran ciudad y los... [¿esclarecidos? No, más bien] deslucidos estadistas desde la andina capital, abandonaran la infraestructura de Puerto Colombia y llevaran toda la actividad portuaria a las riberas del Magdalena. Error que aún se está pagando caro, Navelena, y el muelle se sigue cayendo, a la vista de todos, pudiendo ser aprovechado como muelle turístico, para embarcaciones de recreo…

Ajá, aunque el pueblo sea bueno, parafraseando a Simón Bolívar Palacios, si es ignorante hace de instrumento ciego de su propia destrucción. Amira nos ofrece, aparte de aquella mirada de reojo a lo que le sucedió a Puerto Colombia cuando se dejó inutilizada su función portuaria (y no pierdo de vista que esta es una obra de ficción) como a pinceladas, el espíritu de los porteños de la época, sus hombres y mujeres pobres, ingenuos y supersticiosos, trabajadores y amables.  Según Germán Vargas, quien la cita en el libro Amira de la Rosa. Prosa. Colección literaria. Volumen 27, de la Fundación Simón y Lola Guberek, primera edición, mayo de 1.988, decía Amira de Marsolaire: “Es una vivencia. Un homenaje lírico al terruño. Un cuento de amor y calor entrañables. Algo así como una acuarela de mi costa encendida.” Cada cual puede decir cuánto conserva y cuánto ha cambiado Puerto Colombia desde entonces.

Novela corta, según los responsables de la primera edición; mas Ramón Vinyes (según aparece en el libro Amira de la Rosa. Obra reunida. Volumen II. Editorial Maremágnum, 2.006. Compilación e introducción de Enrique Dávila Martínez)  refiriéndose a Marsolaire dijo de ésta que era un “esbozo de novela”, reclamando que “no debió ser el esbozo de una novela; debió ser una novela, y bien larga.” Estoy de acuerdo; el relato debió, por sus posibilidades, su potencial, penetrar aún más en los personajes y lugar en que transcurren los hechos, llenar todos los espacios a fin de enriquecer aún más la obra. Tanto como “bien larga” no, pero sí un poco más gorda. En todo caso, me acojo también a lo que dijo el “Sabio Catalán” en el mismo artículo: “Sé que es mala posición de un crítico que juzgue una obra por lo que él quiere que hubiera sido y no por lo que la obra es”; haciendo la salvedad de que no soy, en toda regla, un crítico; más bien un curioso, y quizás un fastidioso borrachín.

Marsolaire… Marsolaire, la sin padrino, es la esperanza. Y bueno, hay que decirlo, los padrinos comen y se van; mejor que Marsolaire no tenga padrino.

Domingo José Bolívar Peralta



¡Al carajo las Normas APA!

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