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martes, 27 de junio de 2017

Adiós a la felicidad




“Más vale amar y haber perdido que nunca haber amado”. ¿Quién lo dijo? No lo sé, y ahora mismo no tengo internet para averiguarlo. ¡Al carajo las normas APA! ¿O es que me van a exigir un “abstract”? ¿Si me niego? ¡Inquisición academicista!

Frederic Henry va a su hotel. Frederic Henry llueve. Llovía cuando la retirada del ejército, llovía cuando él huyó de la guerra, llovía cuando salió de Italia. No hay lluvia más dolorosa que la de Frederic Henry al salir del hospital sin su felicidad. Las heridas de la guerra nunca dolieron tanto.

Esto es ‘Adiós a las armas’: una renuncia a tiempo y una pérdida irremediable.

Contada como la cuenta Hemingway, todo en ‘Adiós a las armas’ tiene una simpleza… como si quisiera demostrar que la vida es simple y, asimismo, como si quisiera demostrarnos que escribir literatura es tan sólo “soplar y hacer botellas”. Mas no es así; la vida no es simple, y la complejidad de la literatura de Hemingway está en hacerlo ver simple en la superficie. Me explicaré con plastilina: Hemingway nos da un bote para que naveguemos —como Frederic y Catherine— sobre un apacible lago, y nos deja en el bote un equipo de buceo. El lector decide si se queda contemplando las ondulaciones de la superficie del lago o si coge el equipo de buceo y se sumerge. De todas maneras, si el lector no toma el equipo de buceo y se lanza al fondo del lago, el equipo de buceo le dejará la sensación del “algo más”. Eso es lo que pasa cuando se lee ‘Adiós a las armas’, al menos en mi caso. Y así en otras obras de Hemingway que he tenido oportunidad de leer; pero esto que escribo es el testimonio de que he leído ‘Adiós a las armas’, no me referiré a lo demás, como “El viejo y el mar”, “Colinas como elefantes blancos”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “Los asesinos”, “Una historia natural de los muertos”…

La palabra “cotidiano” me parece clave en el trasfondo de la técnica para escribir ‘Adiós a las armas’, y, seguramente, toda la literatura de Ernest. Los horrores de la guerra, las lealtades de la amistad, la esplendidez del amor, son contados como cosa ordinaria que son, siendo extraordinarias. Ordinarias por lo cotidianas: siempre ha habido guerra, siempre ha habido amistad, siempre ha habido amor; extraordinarias a pesar de lo cotidiano: la guerra, la amistad, el amor sacan del fondo de los individuos lo más vil y lo más bizarro que permanece allí en el fondo mientras no haya un motivo para que emerjan. La guerra, el amor, la amistad magnifican todo lo que de ordinario tenemos, haciéndolo extraordinario.

Al final de ‘Adiós a las armas’ hallamos al hombre, solo, enfrentado a la peor de las muertes.


Domingo José Bolívar Peralta
27 de junio de 2.017.

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